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Sueños recientes de viejos amores

Anoche soñé con alguien que quise hace mucho tiempo y con quien ya no estoy en contacto. Yo estaba trabajando en una mesa, en lo que parecía ser un café, y él aparecía de repente y se sentaba frente a mí a charlar, así tan campante. Hablaba de su familia y de su trabajo; se dedicaba a algo relacionado con el cacao. Yo estaba furiosa y le respondía de manera cortante a todo lo que me decía. ¿Cómo podía venir así, de la nada? ¿Cómo se atrevía a hablarme como si siempre hubiéramos sido un par de amigos y nada más? De todas formas, sin dejar de ser cortante, le daba una recomendación de algo que también tenía que ver con cacao.

De fondo en el recinto sonaba “Centro da saudade” de Carlinhos Brown.

En lo que parece ser un capítulo aparte del mismo sueño, se desconfiguraba el layout de este blog y todo se veía un poco pixelado y en colores pastel. Yo no recordaba cómo arreglar el código fuente.

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A veces sueño con mi ex. En mis sueños él es amable y podemos conversar. En la vida real eso nunca fue posible porque él creía que yo no lo había superado y entendía mis acercamientos en pos de una relación cordial como señal de que yo quería que volviéramos.

La semana pasada soñé que él me hablaba de la soledad a nuestra edad. Me decía que a estas alturas de la vida todos, de una u otra manera, nos habíamos quedado solos, y me daba a entender que creía que yo estaba divorciada. Yo le aclaraba que noooo, yo seguía casada. Mi tono era como de a mí no me venga a meter en su mismo costal de melancolía, que yo, lejos de usted, soy feliz.

Me desperté con cierta sensación de satisfacción.

Veintinueve

Jesús Cossio dice que a los veintinueve años la gente toma decisiones radicales. Enfrentadas a la inminencia de los treinta, las personas abandonan cosas, emprenden cambios drásticos, corrigen el rumbo en un último intento de verse bien encarriladas a la hora de cumplir edades más serias. Revisando las notas de este blog, me doy cuenta de que este comentario no dista mucho de lo que me dijo j. cuando cumplí años este año. En ese momento no le creí de a mucho, ya que veintinueve es apenas un número primo con dos enes, dos ves y dos tonos de azul. No suena importante; si acaso transicional, un largo letrero de “no se pierda después del corte”. Sin embargo, haciendo un recuento de todo lo que ha pasado en el breve lapso que llevo en esta edad, puedo confirmar que es tan revolucionaria como me prometieron.

Hoy es un día bastante aburrido. Tengo textos por traducir y dibujos por hacer. Pienso en mi breve agenda como si fuera cualquier cosa, pero hasta hace apenas unos meses la parte del dibujo no figuraba en mi vida cotidiana sino en una lista de remordimientos por abandono. Con nostalgia me veía a mí misma a los catorce años, sin amigos ni belleza pero con una guitarra a la cual recurrir, una novela que escribir y dibujos por hacer. Una tríada perfecta que me mantenía en pie y protegida del mundo externo. Con el tiempo, la guitarra fue reemplazada por el ukulele y las aspiraciones literarias por este blog, pero el dibujo se había esfumado en un abismo de inseguridad alimentado por el hecho de que yo nunca había tenido un entrenamiento artístico formal y lo que salía de mi mano era muy simplón. Y todos estos años, ese hueco me pesó.

Ahora hago un breve repaso por todo lo que, después del colegio, dije que era sin ser del todo con el fin de agradar a alguien más. De repente le gusto a otro ser humano —oh sorpresa, se acabó la adolescencia, ya puedo emerger de mi cueva— y tomo vestigios de recuerdos y preferencias para intentar formar un todo que se amolde al todo de esa persona. Y en el proceso no hago lo mío. No estoy dibujando porque no sé dibujar como los que hacen cómics de superhéroes, que en todo caso no me interesan pero igual dejo que los que admiro me hablen largas horas de Batman, así como dejo que me hablen largas horas de cómo entender el universo y sus fenómenos. Escucho. Es cómoda esa pose de fan de los científicos. Quiero ponerle un rótulo a mi aislamiento en términos de los otros pero eso solo me convierte en seguidora de mundos paralelos.

Es solo cuando dejo de mirar a los demás, cuando dejo de buscar afinidades, que comprendo finalmente que el dibujo no es lo que los demás piensen de él sino el ejercicio de intentar proyectar lo que se ve en mi cabeza. Tocar ukulele también es un ejercicio. Cuando las cosas que uno ama pierden su objetivo final es que uno las vuelve a disfrutar plenamente.

Ahora estoy acá, sola en la casa, con un cúmulo de cosas que aún cuando sean aburridas son exactamente lo que quiero hacer, y con la serena certeza de que nada de lo que yo sepa o haga me hace elegible para pertenecer a ningún círculo ni ser merecedora del cariño de nadie. Y eso está bien. No estoy intentando anunciar con esto que me creo muy especial e intocable, sino que en años pasados me sentía un poco perdida pero creo que ya me voy encontrando.

Dicen que los hombres en crisis de la mediana edad compran motos y carros para darle sentido a sus vidas. Yo llegué a los veintinueve y me hice a un curso de interpretación, una tableta de dibujar y un ukulele soprano.