Análisis breve del borde de bocadillo en la pizza de barrio bogotana: una hipótesis

Tengo entendido que existen pizzerías de barrio en Bogotá donde los bordes de la pizza vienen rellenos de bocadillo. Digo “tengo entendido”, no porque la pizza de barrio me sea ajena, sino porque mis pizzerías de confianza no incluyen ese atributo, o al menos no en las pizzas de mis sabores preferidos. Cabe aclarar que no estoy en contra de la pizza hawaiana —por si es aquí donde se encuentran los bordes dulces—, pero hace rato no pruebo una, entonces no estoy al tanto de los últimos avances en su evolución. La pizza me gusta mucho, pero pienso en ella con mucha más frecuencia de lo que la como.

Algunos dirían que una pizza con borde relleno de bocadillo es un exabrupto y muestra de la loca obsesión bogotana con el manjar de guayaba, pero basta con examinarla desde una perspectiva particular para entender perfectamente la lógica subyacente. Apenas a una hora y media de Bogotá, en el municipio de La Vega, se produce con gran éxito el roscón resobado. A diferencia del roscón tradicional, el roscón resobado no es voluminoso y blandito, sino que se trata más bien de una especie de galleta en forma de rosca delgada rellena de bocadillo. Cuando la calle principal de La Vega aún no había sido convertida en autopista, efectivamente partiendo el pueblo en dos, se la veía adornada de bolsas de roscón resobado, que colgaban como guirnaldas a la entrada de las tiendas. Ahora los negocios son más variopintos —apenas de esperarse en un municipio en crecimiento—, pero todavía las buscan los viajeros que, en esa especie de portal entre tierra fría y tierra caliente, hacen una breve parada antes de remontar el rumbo por la carretera zigzagueante hacia las nubes o en busca de parajes aún más cálidos.

Con esta descripción, creo que ya saben para dónde voy: el borde de la pizza es fácilmente concebible como un roscón resobado adosado a una masa plana con queso y otros ingredientes. En otros países ya lo rellenan de queso, de salchichitas, de mantequilla de ajo, incluso de huevas de pescado. A la luz de esto, la presencia del bocadillo ya no suena tan impensable. Al fin y al cabo, ¿qué es el borde si no un anillo crocante rebosante de posibilidades? Es más, creo que me ha faltado imaginación al suponer que el bocadillo solo iría bien en una pizza con ingredientes dulces. Con pepperoni, por ejemplo, debe hacer un contraste buenísimo.

Ahora me temo que tengo una misión entre manos: en mi próximo viaje a Colombia, buscaré una pizza con borde de bocadillo y la probaré. Reportaré mis hallazgos cuando suceda.

La nada intenta hablar de la nada

Esta semana estuve tratando de hacer un post sobre un capítulo de mi vida que transcurrió hace más de veinte años. Tenía toda la intención de atender por fin al consejo de una profesora de escribir al respecto. Para encarnar mejor al yo de esa época puse a sonar el disco que escuchaba en ese entonces cuando trasnochaba haciendo trabajos de la universidad (The Invisible Band, Travis) y me zambullí en las profundidades de mis blogs e emails. Investigación de archivo, le llamé. Gasté dos días en esa labor. El proyecto se sentía ambicioso.

En la mañana del tercer día, me di cuenta de que no iba para ninguna parte con los párrafos inanes que había acumulado hasta el momento. Era un recuento de nada. Si bien quería resaltar el carácter vacío del pueblo donde vivía, sentí que era mi propia experiencia la que había sido vacía. Una niñita que poco o nada ha vivido se lanza a la aventura en un lugar donde poco o nada pasa. Para mayor decepción, después de leerme quedé un poco disgustada con mi yo de esa época por su excesiva propensión a sobreexplicarlo todo. El problema es que sigo siendo así, solo que se nota menos porque ahora hablo con menos gente. Sin ir más lejos, este blog está lleno de borradores inconclusos que no son más que explicaciones de explicaciones. Toda una vida de ansiedad.

No obstante, hay algo dentro de mí que insiste que de cualquier cosa se puede sacar un escrito. Tengo que seguir intentándolo sin preguntarme para qué. Hacerlo solo por el placer de sufrir haciéndolo. Aún las personas que no viven nada pueden encontrar maneras de describir esa nada en la que flotan.

Noticias en vivo desde Instagram (II)

Cuando me enteré del terremoto en el norte de Venezuela, acudí a Instagram en busca de más información. De primerazo no me salió nada. Entonces hice una búsqueda y abrí el primer video relacionado que encontré, consciente de que así podría doblar el algoritmo cual varilla blanda para que me llevara a las noticias que quería ver. Fue como abrir un hidrante.

Durante tres días, el algoritmo me dio un flujo constante de novedades desde el lugar del suceso. Me obsesioné. Vi cosas que hubiera preferido no ver. No podía parar.

Apenas el programa se dio cuenta de que me tenía en sus garras, se puso cómodo y empezó a mandarme la información que había buscado originalmente solo a cuentagotas, a pesar de que seguían saliendo reportes constantemente. Sin darme cuenta, mi feed se llenó de capturas de imagen de cosas escritas en otras redes sociales y videos de situaciones sin contexto con la sección de comentarios llena de súplicas por una explicación. Y yo estaba gastando mi tiempo ahí de todas maneras, a pesar de no estar obteniendo nada relacionado con lo que me había llevado a esa aplicación en primer lugar.

No sé qué me hizo salir del trance, pero quedé horrorizada al entender lo que había pasado. “Para esto es que sirve Internet”, dije hace poquísimo, alabando la utilidad de la red como herramienta generadora de empatía. Pero la información no es más que un gancho, y la empatía puede degenerar rápidamente en vulgar morbo. Qué ingenua he sido.

Noticias en vivo desde Instagram (I)

Llevo tres días pegada a la pantalla de mi celular, siguiendo incesantemente los reportes (formales e informales) que salen de La Guaira en Venezuela. Yo, que ni siquiera sabía que existía un lugar en el mundo llamado así, ahora no puedo dejar de pensar en él. Era un día festivo junto a la playa y, de repente, el mundo se acabó. Cuántas familias rotas, cuántos años de esfuerzo esfumados entre los escombros.

No entiendo por qué yo, que estoy en otro país y no tengo conocidos allá, estoy tan enterada ahora. Venezuela era, para mí, el país de al lado y ya. Ni siquiera podía señalar a Caracas en un mapa. Ahora sé que Venezuela queda entre dos placas tectónicas y la atraviesan tres fallas. Sé que, pese a esta situación geológica, el desastre dejó perplejos a muchísimos venezolanos que estaban convencidos de que su país no era sísmico. Pedí una explicación para este desconcertante modo de pensar en Gemini. La respuesta desapareció de la pantalla al cabo de un segundo, pero alcancé a leer dos palabras: amnesia histórica.

Me siento mal de saber tanto, de haber visto tanto. Pero creo que es importante. Es claro que no debo ser la única, que este dolor debe estar propagándose por todo el mundo. Seguramente somos muchos los que nos preguntamos qué podemos hacer para ayudar. Para esto es que sirve internet.

Deficere humanum est

Es bueno ser humano y cometer los errores de los humanos.

Al mismo tiempo, duele ser humano y cometer los errores de los humanos.

Mi cerebro se llena rápido de polvo y telarañas, y luego quién limpia el desastre. Mi mente, como la casa de un acumulador compulsivo, a veces deja entrever estrechos pasillos por entre la basura. Deseos, ambiciones, planes, cosas que hacer. Si transito con cuidado puedo pasar al otro lado, pero la mayoría de las veces se produce un derrumbe y quedo atrapada cual camionero en carretera andina. Las rocas frente a mí se me antojan catedrales. Si tan solo posara mi dedo índice en una de ellas, la podría hacer rodar cual canica. Pero alguien tiene quedarle la orden a ese dedo. La fruta que llevo dentro se va pudriendo.

Todo aquello que me gusta me es inalcanzable. Frente a mí se alzan, colosales, las montañas de mis pasatiempos, la correspondencia con mis amigos, los idiomas que no llego a dominar. Este blog. Cada cierto tiempo, tomo una decisión radical. Me amarro las botas, doy dos o tres pasos, y oronda erijo mi carpa en el campamento base como si ya estuviera en el quinto. Pronto se me olvida que estaba escalando, y me dejo escurrir en la inevitable avalancha sisífea. Pasado un rato, me invade nuevamente el impulso de amarrarme las botas.

Pese a todo, sigo empeñada en nadar contra la corriente de mi propio río revuelto. Me niego a rendirme. Es tan fácil abandonarse, resignarse a ser menos carne palpitante, más masa absorbente, más eslabón de cadenas de suministro. Sin embargo, a veces me llega una revelación pequeñísima, un chispazo en la oscuridad, y entiendo de repente lo necesaria que es toda esta imperfección, toda esta accidentalidad; lo crucial que es buscarla una y otra vez, fracasar de nuevo. Seguir abriendo caminos en mi cerebro polvoriento a sabiendas de su fugacidad. En este mundo pulido delegado a las máquinas, la tozudez de mi deficiencia me reafirma en mi humanidad. Es un despropósito no abrazarla.

Detesto el dolor, pero como titular de un cerebro orgánico, es mi deber salir a su encuentro.

Memorias de quien no empieza, no sigue, no termina

Hoy, en mi caminata diaria, estuve pensando en lo mucho que me cuesta empezar las cosas. Cada vez me cuesta más. La caminata misma me costó un montón. Y cuando las empiezo, no las termino. Sin ir más lejos, este blog está lleno de borradores semiabandonados. Digo “semi” porque dejo las pestañas abiertas para que no se me olvide seguir escribiendo, pero lo único que consigo con eso es abarrotar la memoria de mi pobre computador y, de paso, abarrotar también mi cabeza.

¿Siempre fui así?, me pregunté a pocas cuadras de mi casa. En el camino me había encontrado con cosas de las que quería hablar pero siempre se me olvidaba sentarme a escribirlas. Haciendo memoria encontré lo que parecen ser algunos indicios: en ciertos momentos complicados de mi vida, relacionados con nudos en el corazón difíciles de desenmarañar, caí en un estado de completa incapacidad para hacer mis trabajos de la universidad. Recuerdo, por ejemplo, una página en blanco sobre la cual no se materializó ni media palabra durante mi primer viaje a Europa. Aún puedo ver la pantalla, con el rectángulo vacío, rodeada de la habitación en Ginebra donde no se me ocurría nada. Otra instancia aún más antigua de este fenómeno está registrada en este blog. Sin embargo, a modo de contraejemplo, debo mencionar que mi tesis de pregrado salió rapidísimo con un corazón roto.

Sea lo que sea, lo cierto es que el constante influjo de entretenimiento fácil no le hace a uno ningún favor cuando uno sufre de dificultades para empezar las cosas, especialmente si las cosas tienen que ver con la expresión personal. Las ideas propias se ven ahogadas por las pantallas como una laguna infestada de buchón. En estos días, después de una larga racha de productividad, caí en el falso encanto de las noticias y las opiniones. Horas de mi vida perdidas. Y las cosas que quería decir, desaparecidas en acción.

***

Interrumpimos este programa para dar un breve anuncio: En un momento de distracción mientras escribía esto me acabo de enterar de que un artículo que traduje hace años salió publicado en un libro. Yo hago mi trabajo sin darle mayor importancia (más allá de la exigencia que me impongo a mí misma) y casi nunca me entero de lo que pasa con el producto final. Todo es un encargo de alguien más y lo olvido en cuanto lo entrego. Según el editor, hice un trabajo espléndido. Vaya. Bueno, pues qué dicha.

Encuentros cercanos en la carrera Tercera

Siempre he estado convencida de que nunca me encuentro a nadie en la calle por casualidad; pero eso, de entrada, es falso: una vez me encontré a un compañero de clase en una tienda de Adidas en Tokio mientras le buscaba una chaqueta de la edición especial de Tron a Himura. En Tokio uno no se encuentra a nadie por casualidad en ningún lado; es una ciudad demasiado densa como para que algo así pase. Y sin embargo, a mí me pasó.

Menciono esto porque hace unos días pasé por una calle en La Candelaria, una que, curiosamente, no suelo tomar en mis recorridos. Iba examinando fugazmente el interior de los cafés a través de las ventanas que iba cruzando. Un instante después de dejar atrás un café argentino, mi cerebro terminó de procesar algo de forma tardía: acababa de ver a Ovidio, con quien tuviera un romance de verano en 2009. Para cerciorarme de que mis ojos no me habían engañado, me devolví varios pasos y volví a pasar frente al café. Bajé la velocidad junto a la última ventana. Era él.

Paré y me quedé mirándolo hasta que se sintió observado y levantó la vista. La perplejidad que adquirió su rostro parecía más propia de una aparición sobrenatural que de un encuentro fortuito con un ser humano del pasado. El pasado también puede tener algo de fantasmagórico. Entré al café.

Se puso de pie y nos saludamos de abrazo. Un abrazo un poco ladeado, me pareció. Tampoco es que yo buscara nada más, pero me pareció algo exagerado. No es la primera vez que alguien del pasado me da un abrazo así. Yo tenía clase de japonés en breve, así que no hice ademán de quedarme. Me preguntó si me encontraba por ahí por trabajo. Sí, respondí: al otro día tenía un evento en la Feria del Libro. Preguntó entonces si vivía cerca. Sí. ¿Él? No; estaba ahí esperando a que pasara el trancón. La cara de asombro no lo abandonó ni un instante.

La última vez que me lo había encontrado —yo, que juro que nunca me encuentro a nadie— había sido antes de pandemia, en un restaurante al lado del Museo Nacional. En esa ocasión también me había preguntado por mi trabajo, si estaba afiliada a alguna institución. No. Me invitó entonces a escribirle a su correo institucional, cosa que hice, pero obviamente no contestó.

Ahora que lo pienso, volviendo a aquel café en la carrera Tercera, es probable que nuestro diálogo haya sido un poco confuso por falta de contexto de ambas partes. He aquí un intento de ilustración de lo no dicho:

—¿Estás por aquí [en La Candelaria] por trabajo?
—Sí [estoy en Bogotá]. Mañana tengo un evento en la Feria del Libro [fuera de La Candelaria].
—¿Vives cerca?
—Sí [cuando estoy en Bogotá, que no es todo el tiempo].

Que yo sepa, Ovidio no sabe que yo me casé con Cavorite, a quien él me presentó en 2008, y que me fui a vivir a San Francisco después de pandemia, tras una espera eterna por la visa. A no ser que lea este blog, cosa que me parece altamente improbable.

Me despedí. Cuando estaba por cruzar el umbral hacia la calle, exclamó: ¡tal vez nos vemos mañana en la Feria del Libro!

¡OK!, respondí, sonriendo. Y me fui.

Sabiendo cómo terminaron las cosas con él, y cómo fueron, se sintió bien ser yo quien pusiera fin a la interacción.

La amiga persistente

A finales del año pasado tuve una conversación con una mujer sumamente sociable, de esas personas que todo el mundo conoce y que reconocen a un montón de gente con la que se cruzan. Nos contó que, pese a que le gustaba conocer gente y siempre ofrecía sus datos de contacto, nunca le contestaba a nadie cuando le escribían. Casi guardaba la esperanza de que sus nuevos conocidos no fueran a intentar contactarla. Su teléfono estaba lleno, llenísimo, de mensajes sin abrir. Incluso tenía una vieja amiga que periódicamente le dejaba mensajes que se iban acumulando —casi parecía un diario, nos decía— hasta que por fin ella los leía todos de corrido y enviaba una breve respuesta. Valoraba esa constancia y aseguraba que apreciaba esa amistad.

Al escuchar esto, se me ocurrió que tal vez ese podría ser el caso de un amigo cercano que había dejado de escribirme, y que —¿por qué no?— podría hacer como la amiga persistente e insistir periódicamente hasta que me contestara. Al fin y al cabo, él y yo no habíamos tenido ningún conflicto que nos hubiera distanciado, y yo seguía estimándolo por conocerlo de toda la vida. Entonces tomé mi teléfono y, en un solo mensaje resumido, le conté sobre la persona sociable y su amiga, y algunas novedades breves sobre mí.

Contestó de inmediato.

Me dijo que tenía toda la razón, que él era malísimo para comunicarse con sus amigos. La conversación continuó por un par de mensajes más hasta que, como un fósforo entre mis dedos, se apagó nuevamente.

Un par de semanas después, le escribí otra vez para dejarle un saludo de Año Nuevo. No hubo respuesta. No sé cómo hará la amiga persistente porque yo hasta ahí llegué. Hablarle a la pared a ver si algún día se manifiesta en forma de migajas no es lo mío.

La historia bien podría acabar ahí. La vida seguirá, el dolor del desengaño se irá y llegará silencioso el día en que olvidaré que alguna vez tuve ese amigo en particular. Sin embargo, hay algo al respecto que no ha dejado de darme vueltas en la cabeza. No es el escozor en el ego, no es la nostalgia de los recuerdos compartidos; es darme cuenta de que yo podría estar siendo para otras personas lo que ese amigo ha sido para mí. ¿Y qué les voy a decir cuando por fin me digne a hablarles? ¿Que soy malísima para comunicarme con mis amigos? ¿Cuánto tiempo aguanta una excusa de ese calibre? ¿Y cuánto tiempo más va a durar la vida como para darme el lujo de esperar un mejor momento?

Desde que tuve esa revelación hace unos días, cada vez que me acuerdo de alguien, le escribo inmediatamente.

Auge y caída de mi primer y único Meetup

Durante mucho tiempo viví convencida de que el tiempo que pasé en Japón fue el más solitario de mi vida, pero en cierto modo San Francisco me trajo un aislamiento un poco peor. La diferencia es que lo estoy pasando con la presencia constante de alguien a mi lado, lo cual supone un inmenso alivio. Pero algo queda faltando.

Es sabido que no vale la pena quejarse incesantemente de algo y no hacer algo al respecto, así que, motivada por la misma angustia lingüística que me trajo de regreso a los blogs, me metí a un grupo de intercambio conversacional japonés-inglés.

Al principio fue interesante: me gustaba la idea de tener una rutina que me obligara a salir de la casa y charlar con gente. Incluso hice una nueva amiga, que luego se fue del país. Sin embargo, como al grupo siempre llegaban nuevos participantes, con el tiempo me fui dando cuenta de que cada semana la conversación no avanzaba mucho más allá de las presentaciones. Por otro lado, el único asistente habitual local que tenía un nivel alto de japonés solo quería hablar con las japonesas más jóvenes que iban ahí a practicar inglés. Supongo que era comprensible porque a) no entiendo la jerga juvenil en japonés y b) no soy joven.

Y es que, con contadas excepciones, todo el mundo era súper joven. Todos estaban a punto de viajar a Japón o acababan de llegar de un paseo por el país. Yo no tenía gran cosa que aportar a la conversación porque mis recuerdos ya eran reliquias de otrora, nada que ver con la realidad actual. Un día me tocó hablar con alguien también mayor, incluso mayor que yo; no cabíamos de la dicha. Él también había vivido en Japón hacía rato. Pero entonces nos rotaron de mesa y hasta ahí llegó la felicidad.

A fuerza de apariciones repetidas me hice más o menos amiga de un hawaiano (también jovencísimo) que vivía en el barrio contiguo al mío y tomaba el mismo metro que yo para volver a casa. Asistía al Meetup para llenar el tiempo porque llevaba meses sin encontrar trabajo. Cuando por fin se le hizo el milagro laboral, dejó de ir, y a mí me dio cosa escribirle. Nunca más supe de él.

A medida que los días se fueron alargando y poniendo más bonitos, se fue afincando en mí la sensación de que estaba desperdiciando mi tiempo bajo las luces fluorescentes de una plazoleta de comidas medio vacía en vez de contemplar las espectaculares panorámicas de la ciudad bañada de ámbar que ofrecería cualquier calle empinada a esa hora. Finalmente, en una ronda de preguntas sobre planes para el verano, mencioné que pensaba viajar a Europa.

A los ojos de ellos, bien podría decirse que me fui y jamás regresé.

A veces pienso que sería bueno volver, darle otra oportunidad al grupo, ejercitar nuevamente mis músculos sociales. Sin embargo, no puedo sacudirme de la cabeza la sensación de que no encajo ahí. Además, si es para decir “hola, soy tal persona y vengo de tal parte” una y otra y otra vez, mejor me dedico a las caminatas en solitario. Al menos de esas nunca me arrepiento.

Wisteria

El año pasado, por esta misma época, tenía muchas ganas de escribir que la primavera del norte de California es una especie de explosión. Una explosión de qué, ¿floral? ¡Si aquí siempre hay una flor u otra! Precisamente eso es lo que no supe describir. Luego se me acabó el impulso de seguir intentándolo, y poco después se acabó la primavera. Pero hela aquí de nuevo, imposible de ignorar, y heme aquí de nuevo frente al computador, tratando de explicar qué es lo que me parece tan difícil de pasar por alto cuando salgo a la calle por estos días.

Por las cercas, y a veces alrededor de las puertas de las casas, se entorchan gruesos nudos leñosos de donde cuelgan por algunos días los más exquisitos racimos de florecillas lilas: las glicinias (en inglés, wisteria). En japonés se llaman 藤 (“fuji”; la palabra no guarda relación con el monte Fuji (富士山). Recuerdo que en el campus de la Universidad de Tsukuba había una pérgola de glicinias a la orilla de un lago que se usaba como telón de fondo de algunos conciertos estudiantiles. Creo que allá son más veraniegas. Mientras tanto, acá se sincronizan con las inflorescencias del orgullo de Madeira. Vaya nombre. No se me ocurre una flor más norcaliforniana y resulta que es de una remota isla portuguesa. Bueno, pues menos mal se adaptó, porque no puedo concebir el paisaje local sin su presencia.

El caso es que uno sale a caminar en San Francisco y las calles y los muros están notablemente salpicados de morado. El morado es un color misterioso: una amiga fotógrafa, mientras se concentraba en unos lirios violetas durante una visita a Tsukuba (nuevamente a orillas de un lago), me dijo que era un color difícil de capturar fielmente, y hoy mismo me enteré de que el pigmento morado en los esmaltes de uñas tiende a degradarse más rápidamente que otros colores. El morado nos da guerra; tal vez por eso es tan fascinante.

Las glicinias que he visto en la calle ya se están marchitando, pero una de ellas promete nuevas flores. Yo que no tengo cómo inmortalizarlas no puedo sino seguir saliendo a caminar, seguir deteniéndome unos segundos a contemplarlas, seguirme sintiendo rodeada de ellas, y del orgullo de Madeira, y de tantos otros morados. Hasta que, de repente, ya no quede ninguno. Y así hasta el próximo año.