Laringofaringitis y blefaroconjuntivitis, parte 2

Escribo esto porque por alguna razón me parece divertido hablar de mi salud y procedimientos médicos. También porque me sorprende el alcance de las enfermedades respiratorias.

Después de las aventuras sin voz y sin ojos, resulté sin oídos. Esto no ha sido tan grave como lo anterior, no he tenido que quedarme en casa ni dejar de trabajar, pero cuando uno es intérprete y no oye bien, la cosa se vuelve un poco angustiante. Pues bien, mi mamá me dijo que no le diera largas al asunto y fuera al otorrinolaringólogo lo más pronto posible. Ir al otorrinolaringólogo es chévere porque uno no tiene muchas oportunidades en la vida para incluir la palabra “otorrinolaringólogo” naturalmente en una conversación. El doctor me examinó y me mandó a hacerme una audiometría urgente.

Me hicieron tres exámenes: uno para verificar el estado de mis tímpanos, la audiometría propiamente dicha, donde me pusieron a oír pitidos, y una logoaudiometría, donde me pusieron a repetir palabras. Si no pasaba la logoaudiometría podría decirse que qué rayos hago en el gremio de la interpretación. La posibilidad de estar quedándome sorda me tenía nerviosa, pero afortunadamente todo salió bien. Ahora que se ha descartado una falla auditiva, lo más probable es que sea un problema nasal lo que me está bloqueando intermitentemente el oído medio. Tanto el otorrinolaringólogo como la audióloga me dijeron que todo esto puede venir de la laringofaringitis de hace unas semanas.

Después de darme los resultados y su parte de tranquilidad, la audióloga me recomendó que repita estos exámenes cada año y en lo posible nunca use audífonos. Pensé entonces en lo afortunada que soy al haber quedado un poco por fuera del radar en el mundo de la interpretación simultánea. Siempre le he temido a ese riesgo laboral.

Por su parte, el otorrinolaringólogo dice que la única manera de llegar al oído medio es a través de la nariz, así que me mandó unas gotas que debo dispararme en cada fosa nasal dos veces al día para desinflamarlo. Destapan todo tan bien que siento que al respirar se me enfría la parte de atrás de la lengua.

Laringofaringitis y blefaroconjuntivitis

Hoy fue mi primer día de libertad después de la cuarentena a la que estuve sometida. Coincidió con una cata de tés y postres japoneses, así que fue una buena forma de celebrar mi retorno a la sociedad y el aire fresco.

Las últimas dos semanas las pasé encerrada en el apartamento. Antes de eso había estado en Medellín, donde repentinamente empecé a sentirme mal. Por un lado, sentí que el aire acondicionado del hotel me estaba haciendo daño; por el otro, una tarde me tomé una bebida achocolatada ultradulce en un café bonito que revolvió el estómago y me dejó temblando. La última noche antes del regreso dormí muy mal, y al otro día me sentí incapaz de desayunar. Tuve apenas fuerzas para volver a Bogotá y meterme entre las cobijas en la casa vieja. Pronto arranqué para el apartamento; seguramente aquí dormiría mejor.

Esperé y esperé el fin de esta gripa, este impase, esta virosis cualquiera, pero al cabo de un par de días amanecí sin voz. La doctora que vino a examinarme me diagnosticó laringofaringitis. Usé los jirones de garganta que me quedaban para conversar con Cavorite antes de dormir. En algún momento me restregué un ojo, feliz de que él no alcanzara a ver el acto para regañarme. De una vez les digo la moraleja de esta historia: nunca se toquen los ojos, pero si tienen gripa, no se les ocurra hacerlo ni por error.

Al otro día tuve dificultad para abrir los ojos. Otra vez tocó llamar al médico domiciliario. El diagnóstico: conjuntivitis. El doctor me mandó unas gotas y reposo ocular. Nada de libros ni computadores ni celular ni televisión. El apartamento a oscuras. Fue un día aburrido pero beneficioso. Sin embargo, la mejoría fue engañosa, o tal vez yo no me cuidé como debía (me inclino a pensar que fue lo segundo). Me volqué a trabajar nuevamente apenas creí que pude para compensar el tiempo perdido en el reposo forzado. Me sentía la persona más responsable del mundo. Ni siquiera podía ver bien. El resultado: al día siguiente amanecí con los ojos clausurados. Empecé a parecerme a esas vírgenes milagrosas que lloran sangre pero llorando pus. Y lloraba y lloraba y lloraba. Tocó salir corriendo en busca del primer oftalmólogo disponible.

—Es el peor caso de conjuntivitis que haya visto en muchos años—, declaró el doctor.

Algunos casos de conjuntivitis incluyen la aparición de pseudomembranas al interior de los párpados, que hay que retirar. Adivinen a quién le tocó en suerte ese destino. El médico no me dejó irme sin antes ponerme anestesia y retirar los cuerpos extraños. Esperaba temblar al ver unas pinzas acercarse directo a mis ojos, yo que soy incapaz de participar en juegos que involucren pelotas que vuelen en mi dirección. Sin embargo, la promesa de detener la cascada verde que bajaba por mis mejillas era suficiente para borrar cualquier posible aversión. Además, el año pasado me habían operado de otra cosa sobrante ocular y yo había declarado la experiencia “interesante”, así que había que mantener esa actitud, o al menos fingirla.

Al salir del procedimiento el doctor me mandó a retomar el encierro en el apartamento por varios días más. Si me llegaba a exponer a los elementos corría el riesgo de anular cualquier posible progreso y volver al estado del que desesperadamente quería escapar. Por otro lado, no era recomendable que yo estuviera en sitios concurridos porque lo mío era un asunto altamente contagioso. “No te doy la mano”, dijo el doctor al despedirse. Con justa razón. Salí con la sensación de constituir un peligro para la sociedad.

Mi hermana dice que recuerda que mi recuperación de la cirugía el año pasado fue sorprendentemente rápida. Tal parece que ocurrió lo mismo esta vez. Empecé tratamiento con unas gotas mucho más fuertes que las que me habían recetado antes y pronto desapareció toda la porquería que tenía entre los párpados. Mis ojos no serán buenos para enfocar, pero sí que son resilientes. Sin embargo, he de decir que, sumando las dolencias que se sucedieron una tras otra sin tregua, esta ha sido una de mis convalecencias más largas. Por si ya lo olvidaron, les repito: nunca se toquen los ojos, y menos si tienen gripa.

Les histoires d’amour finissent mal en général (ou non?)

Al final de las vacaciones de verano de 2008, Himura me terminó. Pasé los siguientes meses llorando desconsolada, rogándole que me diera una explicación y que no me dejara sola porque no tenía con quién más hablar. Creo que esencialmente él se había cansado de fingir que teníamos cosas en común cuando en realidad no podíamos ser más distintos. Digo “fingir” porque a todas estas yo nunca llegué a conocerlo realmente. Era un espejo fiel de mis gustos y actitudes y luego, de repente, ya no lo fue más.

Diez años después pienso en cómo en ese entonces yo estaba convencida de que nunca llegaría a estar con nadie más porque quién rayos querría aguantarse a alguien tan raro como yo. Lo que yo no sabía era que, a principios del mes de la ruptura, nos habíamos reunido para desayunar con dos personajes que resultarían queriendo aguantarse a alguien tan raro como yo en el futuro. Tomé una foto de ellos ese día. De derecha a izquierda: Himura (quien me había dicho semanas atrás —en mi cumpleaños— que no quería seguir conmigo pero yo le había respondido que ese no era el momento para esas cosas), Ovidio (quien me enviaría un libro con una dedicatoria bonita al año siguiente, lo cual desembocaría en un cuento de verano en Medellín) y Cavorite (quien me pediría tips para un viaje a Japón después de mis vacaciones con Ovidio y con quien terminaría casándome varios años después).

La vida es bien chistosa. Uno ahí llorando por haberse quedado solo, hundido en el final amargo de una larga historia de amor, y resulta que en realidad una historia de amor muchísimo más larga acababa de empezar.

Cantina y guaro

Estoy en Medellín. No tengo mucho que hacer por acá, pero anoche me salió plan y tomé un Uber para ir. El conductor me preguntó si me iba de rumba.

—No, voy a visitar a unos amigos.
—¿Y no se van de rumba?
—No, no me gusta la rumba.
—¿No sabe bailar?
—No me gusta bailar. Tomé clases y descubrí que no me gusta.
—¿Entonces qué le gusta?
—Me gusta charlar.
—Ah, ¿entonces le gusta el plan cantina y guaro?

¿Qué responde uno ahí?

—Jajaja.

Uno jura que los tipos se van a callar si uno se limita a decir “jajaja” pero NO. El señor empezó a contarme sobre lo mucho que le gusta ir a cantinas a tomar guaro y cómo yo debería tomar guaro con los amigos que iba a visitar. “Jajaja”, volví a responder.

Luego pasó a preguntarme sobre mi situación sentimental. Le expliqué brevemente (no sé ni para qué) y procedió a interrogarme/reprocharme cómo rayos se logra mantener algo así. Obviamente hablaba del aspecto físico de la situación.

—Uno se acostumbra—respondí—, y además es algo temporal.

Respuesta inválida.

Este es el segundo conductor de Uber en Medellín en dos días que me pregunta si tengo novio y luego no puede dar crédito a sus oídos cuando le digo que vivo lejos de la persona que quiero. Hablan de “necesidades”, como si de la vejiga y el intestino se tratara.

Desafortunadamente todavía quedaba un trecho por recorrer y el señor tenía que seguir parloteando. Pasó a mi vestimenta. Que qué hacía mostrando pierna con este frío. Yo estaba en bermudas, así que eso de “mostrar pierna” era altamente discutible. Y en todo caso qué diablos le había de importar.

—Vengo de BOGOTÁ. Aquí está haciendo CALOR.

De repente entendí a los gringos que llegan a Bogotá y andan por La Candelaria en shorts y sandalias mientras que a su lado pasan niños chiquitos con la sudadera del jardín infantil rellena de mil capas de camisetas y la cabeza cubierta con un pasamontañas. Todo es cuestión de perspectiva.

Llegamos al centro de Medellín y el señor del Uber me preguntó si podía dejarme una cuadra antes de mi destino para poder encaminarse más rápido a su siguiente carrera. Qué dicha ahorrarme unos metros de su amable compañía, señor; claro, no hay problema, muchas gracias, hasta nunca.

De Chapinero a Penang

Esta mañana soñé que estaba caminando por Chapinero, sobre la carrera 13. Estaba hablando por celular con mi amigo Changhee, pero sonaba entrecortado y no podía entender lo que decía. De repente, en una esquina, encontraba un almacén que nunca antes había visto: una tienda china. El letrero de entrada incluía el nombre Penang.

Yo entendía entonces que no podía escuchar a Changhee porque ya no estaba en Bogotá sino en Penang, Malasia. También entendía, casi inmediatamente después, que esto era un sueño. Doblaba una esquina y me ponía a recorrer una calle empinada, maravillada de lo que veía y preguntándome cómo hacía mi cerebro para poner tantos detalles en un sitio que yo no había visitado jamás en la vida real. ¿De dónde salían estas paredes coloridas, estos avisos, estas puertas? Llegaba a un punto donde el barrio dejaba de ser bonito y me devolvía. Al darme la vuelta, la calle, donde hasta entonces me encontraba sola, ahora aparecía llena de turistas, y de pronto me veía acompañada de una amiga, mi guía local. Nunca le veía la cara ni me enteraba de su nombre. Se suponía que todo eso yo ya lo sabía. Ella me contaba que en las casas de aquella calle había viejos sabios que predecían el futuro. Las rejas estaban abiertas y en los antejardines había carpas donde vendían comida y souvenirs. Aparecía entonces Cavorite, como si todo este tiempo hubiera estado conmigo. Entrábamos a un antejardín al azar y él se animaba a pedirle un vaticinio a uno de los ancianos, así que se excusaba un momento y desaparecía. Yo, contemplando unos bizcochos como de pistacho sobre una mesa bajo una carpa anaranjada, seguía siendo consciente de que esto era un sueño y guardaba la esperanza de no despertar antes de que Cavorite volviera con su destino revelado. Me sentía como si me tocara tratar con cuidado el mundo alrededor para que no se rompiera.

Mientras tanto, en el mundo real, mi papá puso YouTube en el televisor y le subió el volumen a Ravel.

El Bolero se filtró en el antejardín malayo y me devolvió a mi cama en Bogotá. Desperté de mal genio: me había quedado sin saber qué le deparaba el futuro a Cavorite según un viejo adivino en una calle turística de Penang.

Un poeta en Cafam de La Floresta

Uno de mis eventos favoritos cuando estaba en el colegio era la Feria Escolar Cafam. Cafam de La Floresta, que normalmente tenía una sección de papelería relativamente pequeña, llenaba por un par de semanas su plazoleta central de útiles y cuadernos para los estudiantes que se disponían a volver a clase. Recuerdo especialmente una de esas ferias, en la que la gran novedad eran los esferos Bic de colores diferentes al rojo, azul y negro. Mi mamá nos los compró todos a mi hermana y a mí: azul claro, verde claro, rosado y morado. No eran transparentes sino blancos con diseños como de rayos —¿o venas?— del color de la tinta.

Cafam de La Floresta es un lugar muy importante en la historia de mi vida. Era el supermercado al que iban mis abuelos maternos, con quienes pasé buena parte de mis primeros años. Lo he visto cambiar. Como lo remodelaron a medias hace años, hay rincones en los que puedo ver lo que había cuando yo era chiquita superpuesto a la realidad actual.

No tengo muy claro cómo ocurrió lo que voy a contar, pero sucedió cuando yo era adolescente. Recuerdo que en una de nuestras visitas a Cafam resultamos hablando con un viejito que estaba promocionando su libro de poemas. No lo anunciaba abiertamente, más bien era cuestión de acercarse a algún incauto como nosotros y conversar. En esa época yo escribía poesía, la publicaba en mi página web y hasta la mandaba a Caracol Estéreo para que la leyera “El Gato”, el locutor del programa nocturno. Movidos por mi parecido a él como escritora en ciernes, compramos el libro, se lo llevamos al señor viejito, y él me hizo una dedicatoria deseando que mis poemas salieran publicados muy pronto. (Nunca salieron y eso está muy bien.)

Han pasado muchos años y el libro sigue en mi biblioteca, intacto. Nunca llegué a leerlo porque la carátula me daba una especie de vergüenza ajena quinceañera que nunca terminó de desaparecer. Sin embargo, hoy me lo encontré mientras organizaba el cuarto y me pregunté qué habría sido de aquel poeta. Seguramente ya murió, pero ¿quién era? ¿Qué hacía además de publicar libros e impulsarlos en Cafam de La Floresta?

Lo único que encontré en Google fue una escuela de música con su nombre en un pueblito de Boyacá. Me animé entonces a abrir por fin el libro en busca de alguna reseña del autor: la escuela queda en su pueblo natal. Luis Gabriel Uscátegui Parra, nativo de Gámeza, Boyacá, dedicó toda su vida a la docencia de ingeniería. Solo cuando se retiró fue que se puso a escribir sus libros, que era lo que realmente deseaba hacer desde pequeño.

En un último intento de búsqueda, encontré una de sus obras mencionada en el breve catálogo de una biblioteca comunitaria que salía en una edición del boletín informativo de la Junta de Acción Comunal del barrio Los Andes en Bogotá. Menciono este detalle porque el barrio Los Andes queda justo detrás de Cafam de La Floresta. No sé si sea apenas una coincidencia o si el señor Uscátegui era vecino del barrio y la gente a su alrededor resultó con copias de sus libros, como yo.

Sigo sin leerlo, pero de repente le tengo más aprecio. Quién sabe si yo, hacia el final de mi vida, también me anime por fin a escribir.

Las vacaciones de mi maleta

A México solo he ido una vez en la vida, en 2014. Fue un paseo genial. Vimos una exposición de Yayoi Kusama en el museo Rufino Tamayo, desayunamos combinaciones de huevo con lo que se nos pudiera ocurrir y lo que jamás hubiéramos imaginado, le pagamos a un señor en la Plaza Garibaldi para que nos cantara unos boleros y me enfermé del estómago como nunca. Las fotos dan cuenta del progresivo hundimiento de mis ojos. Y luego me caí en un hueco en una calle oscura y quedé hecha un Cristo. Pero insisto, fue un paseo genial.

Creo que mi maleta quedó con buenos recuerdos de aquel viaje porque al regreso de mi última visita a Estados Unidos, donde tuve que hacer escala en Ciudad de México, esta no llegó a Bogotá. No la culpo: yo también quisiera volver a México a pesar de todo. Me la imagino sucumbiendo al aroma que expiden las ollas en los puestos callejeros —algo impensable para mi intestino delicado— y echándole ají a todo lo que se le atraviese. Sin embargo, tampoco la envidio del todo: Cavorite y yo estuvimos ahorita en Los Ángeles y eso es, en cierto modo, casi como estar en México directamente. De hecho, vimos una exposición en el LACMA sobre cómo se refleja en el diseño y la arquitectura el estrecho vínculo entre México y California. Durante nuestra estadía comimos tacos, sopes, tlayuda oaxaqueña y pollo con mole negro y tomamos champurrado con pan dulce. También tomamos atol de elote, pero eso es salvadoreño. Sabe igualito al peto que venden en la plaza de mercado de Anolaima.

La maleta llegó a mi casa poco después que yo, apenas al otro día. Fue un alivio, pero me habría puesto aún más contenta si me hubiera traído ajíes de souvenir.

Tiene bigoticos como el gato del emoji

Ayer en la mañana, mientras Cavorite me miraba la cara de cerca, descubrió unos pelitos a los lados de mi boca. Cuando lo mencionó —con las palabras que dan título a este post— tuve una doble reacción interna: por un lado, me sentí desafiante porque así soy yo y tarde o temprano tenía que saberlo; por el otro, tuve el terror inculcado de haber sido descubierta en mi secreta realidad de persona horrible. Le conté, después de aclarar que no tengo por qué explicar nada sobre mi apariencia, que llevo ya un buen tiempo en tratamiento de depilación IPL pero esos pelitos nada que desaparecen. Al menos los del mentón sí, y esos sí que eran largos y gruesos y cuando descubría uno no podía dejar de tocarme la cara obstinadamente, intentando arrancarlo a ciegas con las uñas.

Desde que empecé el tratamiento he perdido la obsesión con los pelos de mi cuerpo. Antes andaba revisándome a cada nada en busca de algo que aniquilar, pero ahora es como que bah, en todo caso lo que pueda haber ahí está por desaparecer. Creo que más allá de los resultados visibles, el tratamiento de depilación me ha traído la libertad de no preocuparme nunca más por problemas que puede que aún no hayan sido resueltos. De ahí que ahora me dé lo mismo si hay o no pelitos en mi cara.

De todas maneras, no dejo de ser una mujer en la sociedad y la mirada del otro —el otro deseable, específicamente— activa una alarma que llevaba mucho tiempo adormecida. Y al mismo tiempo no, porque es natural y no me importa. Y al mismo tiempo sí, porque debería importarme. Y al mismo tiempo no, porque nos tenemos confianza. Al final termino pasándome la cuchilla —porque el tratamiento IPL me arrebató el maniático placer de usar las pinzas— y la vida sigue. Gana la sociedad, obviamente.

Horror subungueal

Cuando estaba en séptimo, Natalia G. metió la mano en el bolsillo delantero de su morral del colegio y se enterró un gancho de pelo bajo la uña. Yo estaba ahí cuando ocurrió. Siempre me pregunté cómo se sentiría eso, no con curiosidad entusiasmada sino con temor de llegar a averiguarlo.

Hoy metí la mano en mi morral de viaje y me enterré una cerda del cepillo de pelo bajo la uña.

He ahí mi respuesta, finalmente.

Adenda para mayor impresión:

En 2008 visité el Museo de la Guerra en Ho Chi Minh, Vietnam. Allí, entre muchas otras cosas tristes y horripilantes, había representaciones de cómo torturaban a los prisioneros. Dos métodos se me quedaron en la memoria para siempre: romperles los tobillos a martillazos y enterrarles agujas bajo las uñas.

El wok

De las cosas que tenía en Tsukuba y tuve que dejar ya no me hace falta ninguna. Ninguna, excepto el wok. El wok, marca T-Fal, edición limitada con un patrón de hibiscos impreso en toda la superficie exterior, fue una de mis últimas adquisiciones antes de abandonar Japón definitivamente. Sin embargo, ahora que lo pienso, en cierto modo marcaba también un comienzo truncado: por fin estaba empezando a aceptar mi apartamento como un hogar permanente, un espacio en el que merecía darme gusto. Hasta entonces el máximo lujo que me permitía era el cereal alemán que compraba en la tienda de importados. Eso y los viajes, obviamente.

Hoy llegó un paquete a mi nuevo apartamento: un nuevo wok. Misma marca. Mismo color. Mejor material. Un modelo más avanzado, en todo caso. Pero no tiene flores ni ningún tipo de dibujos. Esperaba ponerme más feliz al verlo, pero no. Lo dejé al lado del lavaplatos y me fui al computador a buscar fotos del otro.

Llevo años esperando el retorno del modelo de hibiscos o la aparición de uno mejor, no sé exactamente por qué. Podría haberlo comprado de nuevo por Internet y mandado traer apenas llegué a Colombia —solo lo vendían en Japón—, pero lo pospuse por la clásica falta de dinero del recién aterrizado. Cuando finalmente tuve un trabajo que me dio lo suficiente como para procurarme ese tipo de lujos nostálgicos, la línea entera de sartenes se había agotado. Después salieron otras ediciones especiales, pero una era de Winnie Pooh y la otra de Mickey Mouse. El año pasado hubo una con una Torre Eiffel fea, unos globitos voladores en los colores de la bandera francesa y la palabra “Merci!” flotando en el cielo con un corazón en la i.

Mirando las fotos que me tomé a finales de 2010 con mi wok de hibiscos, me pregunté por qué me gustaba tanto, por qué lo añoro aún. Mi memoria se expandió entonces a otros recuerdos de mi apartamento en Tsukuba, y a otros anhelos. Yo quería una aspiradora Electrolux anaranjada, pero nunca cambié la de ¥2000 con la que tocaba repasar y repasar para poder levantar algo del piso. Tenía un solo plato, negro con hojas blancas, comprado en una tienda de cien yenes en Fuchu, Tokio. Un solo bol, beige con pepitas cafés diminutas. Un solo platico chiquito y hondo que no supe para qué servía originalmente pero venía en el mismo juego del bol y terminó siendo mi platico de agua para pintar.

Tenía visillos de ramitas de bambú y cortinas rosadas del Jusco, el supermercado del centro. Pienso en esto específicamente porque ahora tengo una persiana súper bonita que hace resplandecer el apartamento cuando le da el sol. ¿Por qué me aferro a lo que tuve antes, a mi vida de antes? Tengo la impresión de que extraño aquella floreciente sensación de arraigo, de empezar a construir un hogar a mi gusto y no decorado al estilo de las limitaciones del estudiante. Reconozco, al mencionarlo, que esto es absolutamente ridículo porque ahora tengo un nuevo espacio propio, uno con mejores cosas si así lo quiero. Pero lo tengo que querer de verdad. Tengo miedo de volver a pensar en esto como algo temporal, como lo hice en tres años de vida en mi apartamento japonés, y no darle forma sino hasta que sea demasiado tarde. Extraño mi viejo hogar y en ese extrañar desperdicio el nuevo.

El sol de la tarde brilla sobre el santuario de Monserrate. No he tenido que moverme de la cama para verlo.