Jennifer López

Anoche soñé que Cavorite y yo estábamos casados con Jennifer López.

Estábamos en una reunión con mucha gente, pero ella no estaba. Los demás invitados querían saber cómo se sentía estar casado con tremenda celebridad. Caía un breve silencio, yo suspiraba hondamente, y entonces abría mi corazón: nada era igual desde que se había vuelto más famosa. Mi mente acongojada invocaba el recuerdo de su cara sonriente antes de las cirugías. Se alejó mucho, casi no la vemos, explicaba yo. Cavorite asentía con la cabeza, como haciendo eco al sentimiento. Luego nos preguntaban cómo había empezado todo: en el caso de Cavorite, en una era temprana de Internet, Jennifer López lo había buscado y le había empezado a mandar mensajes en un chat rudimentario de texto plano. Yo, por mi parte, simplemente había pasado mucho tiempo conversando con ella y de ahí las cosas se habían dado naturalmente.

Pero ahora que Jennifer López estaba ocupada y distante, Cavorite y yo solo nos teníamos el uno al otro.

El molino del Sabio Caldas

Un buen día, más exactamente anteayer, me hicieron subir a un carro sin explicación alguna y me llevaron a toda velocidad por una carretera estrecha y sinuosa escondida entre las montañas. Hasta ese entonces, yo había conocido muy poco de la belleza del paisaje caucano pese a mis conexiones locales, pero dada mi falta de agencia en el momento, no me sentía en capacidad de aceptar que esa fuera la mejor manera de experimentarlo. Sobre el tablero del carro un celular mostraba una hora de llegada, pero en mi reloj esa hora llegó y pasó y seguíamos avanzando, curva tras curva tras curva sin ningún destino a la vista. Finalmente empezaron a aparecer casitas empotradas en la ladera y, poco después, una pequeña red de calles rodeando un parque. Se trataba de Paispamba, cabecera municipal de Sotará.

(Dato curioso: En Colombia existen alrededor de cuarenta municipios heteronominales, es decir, aquellos cuya cabecera municipal se llama diferente. Un ejemplo tristemente famoso es Armero, cuya cabecera municipal actualmente es Guayabal.)

En el carro se oyó una mención de un buen almacén de fresas en lo alto de una vía empinada, pero al subir lo encontramos cerrado. Pensé que ese era el objetivo de la misteriosa misión, que había fracasado y que ahora nos devolveríamos. Pero no. Nos alejamos del centro poblado por una carretera aún más estrecha y aún más boscosa, y un bisbiseo que venía del puesto del conductor me dio a entender que estábamos en la búsqueda de un molino. Por qué era tan necesario ver un molino, me pregunté, molesta. No obstante, sabía que no podía hablar, y mucho menos cuestionar los motivos de este viaje espontáneo.

Tras una bifurcación en la vía destapada, el carro se detuvo frente a una estructura pequeña y blanca pegada a una cuesta, por la cual bajaba un canal de piedra con flancos de madera. Eran tablas muy viejas, larguísimas, como si alguien hubiera tajado hace siglos un árbol por todo lo largo. Al otro lado de la vía pedregosa, frente a un muro de eucaliptos altísimos, crecían cardos de enormes flores moradas. Había una quebrada muy cerca, a juzgar por el constante murmullo que amortiguaba el silencio. Vinimos a enterarnos entonces que nos hallábamos ante un molino de trigo que había diseñado Francisco José de Caldas cuando tenía diecinueve años. Por la manera como se presentó esta información, percibí que había una especie de obligación de sentir orgullo patrio, o al menos admiración, por esto que estábamos presenciando. Al fin y al cabo, la estructura databa de 1787. A mí, empero, me tomó tiempo aclimatarme a la idea de que esto valía la pena.

Me pregunté si el molino estaba abandonado. Se encontraba en muy buen estado, sin maleza ni grafitis, lo cual era sorprendente para un lugar aparentemente dejado a su suerte. Aparte de una valla informativa un poco retirada, carecía de cualquier elemento interpretativo, como para pensar que era una atracción turística activa. Tal vez su ubicación recóndita la protegía. Exploramos la casita con curiosidad, por dentro y por fuera, preguntándonos cómo funcionaría el molino, por dónde saldría la harina y cómo la recogerían. Conjeturamos pero no llegamos a ninguna conclusión. Después de recorrer brevemente la bocatoma que lo alimentaba desde más arriba, se nos ocurrió meternos en una especie de túnel que la atravesaba por debajo para conocer el resto de su maquinaria. Entonces la paupérrima linterna de nuestros celulares perturbó el sueño de unos murciélagos y salimos corriendo.

En algún momento se detuvo muy cerca de la casa una moto con dos jóvenes mucho más abrigadas que nosotros. Lejos de percatarse de nuestra presencia, una de ellas se dedicó a ayudar a la otra a sacarse una pestaña del ojo o algo así. Estaban muy concentradas, pero también se reían. No quise entrometerme, así que aparté la mirada para que pudieran cumplir su cometido en paz.

Cuando consideramos que ya no había más por descubrir, nos tomamos una foto frente a la casa del molino. Entonces dedicamos unos instantes a apreciar el bosque circundante y, cuando eso también nos pareció suficiente, volvimos al carro. La noche se metió como betún entre los pliegues de la montaña y salpicó de luces el valle que se desplegaba a un lado. A lo lejos resplandecía la ciudad que nos esperaba de vuelta. Varios minutos después, detrás de las ramas y las ventanas de una colina imposible de discernir, vi alzarse una luna llena gigantesca, dorada, un poco difuminada por la bruma.

El paseo se acabó y nadie más dijo nada.

Se puede dibujar más

El año pasado estuvo particularmente escaso de dibujos. Tampoco toqué casi mi ukulele. Quisiera poder argüir que es difícil mantener múltiples hobbies, pero la verdad es que ya sabemos a qué basurero tiré mi tiempo, como si me sobrara. Pues bien, hoy tuve un pequeño (e infausto) chispazo sobre lo que ha venido sucediendo y a lo que me he de enfrentar de ahora en adelante.

Conforme a mi manifiesto sobre la persona que quiero ser este año, esta mañana cogí mi iPad —el mismo que me demoré tanto en estrenar y que aún ahora sigue casi nuevecito— y abrí Procreate. Consciente de que no quería ser ambiciosa para no desanimarme, dibujé un perrito. Salió bastante rápido, y se veía más o menos bien. Aquí viene entonces lo triste: habiendo terminado, me quedé un poco sin saber qué hacer. Tardé unos instantes en darme cuenta de que, si después de terminar un dibujo aún queda tiempo libre, lo lógico es hacer otro dibujo. Y luego otro. Y otro.

Pero dibujar —y seguramente practicar el ukulele también— se había convertido para mí en un mero paréntesis, una breve pausa de la que regresar cuanto antes para retomar el crucial acto de regalarle el tiempo (¡la vida!) a una pantalla. Era como si yo no entendiera el concepto del tiempo libre en función de algo que no fuera la absorción pasiva de información, o cosas que se hacen pasar por información. Fue una revelación que me acongojó mucho.

Hoy estuve sentada cerca de alguien que se pasó todo un almuerzo familiar absorto en su celular. Su pulgar inquieto pescaba y prontamente descartaba retazos de otros mundos más vibrantes, mientras a su alrededor se desenrollaba lentamente el hilo de una conversación larga. ¿Cómo puede haber llegado a incomodarnos tanto el momento presente? ¿Qué es la vida si no eso? ¿Qué recordaremos haber hecho cuando, años después, emerjamos de ese coma autoinducido?

No puedo ser eso que vi. No puedo ser eso. Me niego rotundamente a ser eso.

2026: en aras de

En algún momento de la vida se debe tornar angustiante el cambio de año, la vista del nuevo número consecutivo en el calendario. Temo que, para mí, ese momento es ahora. 2026 ya me parece una cifra demasiado grande. Sin embargo, si hay algo sobre lo que definitivamente no tengo control, es el paso del tiempo y sus convenciones. No queda sino aceptarlo y entender que lo que realmente cuenta es tener la salud y energía para ver salir el sol de otro año más. De otro día más, incluso.

En alguna parte leí que en Taiwán han adoptado recientemente la costumbre de las doce uvas a la medianoche, pero justo con una variedad grandísima que más parece ciruela que uva. Así no hay quien le lleve el ritmo a las doce campanadas, pero siendo sinceros, si de rapidez se trata, tampoco hay mucho que hacer con las uvas normales. Por eso yo siempre me he tomado mi tiempo para masticar cada deseo.

De cara a este año liso, brillante y de pliegues definidos que acaba de llegar a mi puerta, quiero establecer qué tipo de persona quiero ser. Así, las cosas que me proponga tendrán un sentido más profundo que el mero engrosamiento de una lista de hábitos. Actuar en aras de.

Quiero ser una persona escrupulosa con el uso de su tiempo y dinero, alguien que viva en resistencia contra el consumismo banal. Quiero que mis acciones, especialmente las que lleve a cabo en mi tiempo libre, redunden en la creación de algo: una gran serie de puntos que dibujen una línea. Ascendente, descendente, en zigzag; no importa. Lo importante es tener con qué trazarla para poder leerla en retrospectiva.

Quiero ser alguien que reconoce y defiende su derecho a existir en los espacios que habita. Quiero mirar a la cara a la gente, no huirle a la interacción. Entrar con paso firme. Deshacerme de una vez por todas de los vestigios de vergüenza existencial que me dejó Japón.

Finalmente quiero, al llegar a cierta edad cada vez menos lejana, ser una persona que les ha hecho el quite a los presagios al vivir libre de determinados dolores. La ventana de acción está bien abierta, pero puedo ver cómo se va cerrando.

¿Estaré siendo demasiado ambiciosa? El solo haber formulado la pregunta es señal de que existe miedo. El miedo es importante. El miedo significa que vale la pena. He llegado hasta este punto de querer lo que quiero porque soy capaz. Esto no es una reinvención: es un yo más enfocado, con bordes menos difusos. Avanti.

Explicaciones no pedidas, parte II

La vida es muchísimo más compleja de lo que cierta voz en mi cabeza quisiera creer. La voz —no le he dado un nombre, como hacen algunos; es como otro yo, o un pedazo sobrante del yo original adosado a mí que provoca redundancias en mis pensamientos— quiere encontrar un detonante exacto, un punto que señalar en el mapa, una génesis lineal de los cambios positivos. La voz, en mi opinión, busca explicaciones porque no cree en mí.

Llevo apenas un par de días escribiendo de manera constante, y ya hay algo en mi interior que no deja de reclamarme. Cómo puede ser posible, protesta, si esta persona (que soy yo misma) no es sino una letanía de promesas rotas. Dígame qué pasó. Explíqueme qué ocasionó todo esto. Deme una lista exhaustiva de posibles hechos que pudieran haber desencadenado este cambio insólito.

A veces le obedezco a la voz. Suena idéntica a la mía, así que es fácil confundirse. Le cuento:

  1. Llevo meses hablando de mi deseo de volver a escribir
  2. Recientemente oí a más de una persona en diferentes conversaciones mencionar este blog, que yo creía olvidado por todos aparte de mí
  3. Me siento inconforme con la forma en que uso Internet ahora
    • El descubrirme inmersa en la más absoluta pasividad me horrorizó
  4. Estoy sumamente disgustada con cosas de mí misma que he querido cambiar y no he podido
    • Entonces quiero intentar cambiar otras como para compensar
  5. Una tarde esta semana estaba desgranando granadas en silencio y me di cuenta de repente de que podía escuchar mi tren de pensamiento
    • Entonces me dieron ganas de registrar todo eso que estaba pasando por mi cabeza
  6. Tengo muchas pestañas abiertas con intentos fallidos de escritura y me rehúso a abandonarlas
  7. Las redes sociales me han mandado, en forma de publicaciones de personas que no conozco, señales tipo “retome su proyecto”
  8. Noto con preocupación el deterioro de mi vocabulario
  9. La voz en mi cabeza me ha estado jugando muchas malas pasadas últimamente, así que quise probar la hipótesis de que ocuparme más la acallaría (literalmente “coger oficio”)

Entonces, le digo a la voz (a ver si me deja en paz), el mapa en el que pretende posar su dedo en señal de veredicto final está lleno de marcas por todos lados. Todas apuntan a caminos largos y sinuosos, más que a puntos discretos. Nada ocurre aisladamente. Hay múltiples arroyos, y todos desembocan en un gran río. Y en últimas, ¿de qué sirve hacer este inventario? ¿De qué sirve lanzarme a la búsqueda del Big Bang de cada cosa que me pase? Lo único que importa ahora es que he recuperado un impulso que solía acompañarme continuamente desde la adolescencia, algo que consideraba parte fundamental de mí, y eso es motivo de regocijo.

Pero el punto no es ese, por más que suene como un bonito final. El punto es que hay algo en mí que no cree que yo sea capaz de adoptar (o retomar) un hábito positivo. No cree que yo pueda cambiar si me lo propongo. Al fin y al cabo, cuántas veces van que me lo vuelvo a proponer y nada. Algo en mí desconfía de mí. Y razones no le faltan. Eso es lo realmente inquietante. No me queda más sino demostrarle que esta vez se equivoca. Debo convertirme en mi propio político que milagrosamente cumple y convencer a ese algo, que soy yo misma, de que el cambio es posible, que vale la pena volver a creer.

Explicaciones no pedidas, parte I

En parte lo que me ha traído de vuelta aquí —ahora sí con un impulso serio e irrefrenable— fue darme cuenta de que andaba contándole anécdotas repetidas a Cavorite y ya él empezaba a reaccionar con la abnegada paciencia de quien escucha a la abuelita. Debo acotar que mi abuelito era un narrador increíble y sus historias eran fascinantes, así que nunca sentí que sentarme a escucharlo requiriera esfuerzo alguno. Pero yo no soy mi abuelito y mi vida ha estado cómodamente exenta de aventuras, así que quiero ahorrarle a Cavorite la constante rotación de recuentos tibios y blandos. Heme aquí entonces.

Barbara Ann

Cuando estaba en cuarto de primaria, la profesora de danza nos puso un día a hacer grupos por filas (teníamos puestos fijos en el salón) y hacer una coreografía. La selección de tema musical en mi grupo se dio sin discusiones: una de las Natalias del curso llegó de la nada con una canción y de inmediato a todas nos pareció perfecta para nuestro baile. No hubo mayor curiosidad por parte del grupo sobre los intérpretes o siquiera el título. Nos gustó, la bailamos, nos fue bien. Sin saberlo, esa había sido mi primera exposición a los Beach Boys. Pasarían muchos años antes de llegar a conocerlos un poco más a profundidad, cuando me obsesioné con Pet Sounds durante los últimos años de mi vida en Japón.

Creo que tiendo a darle poco crédito a la capacidad de los niños de desarrollar gustos alejados de las modas de su época, pese a que yo misma me hice fan irredenta de los Beatles el mismo año que hicimos la coreografía. Aún me sorprende pensar que una niña de diez años pudiera introducir un tema de 1965 a un grupo de coetáneas noventeras (que no eran necesariamente sus amigas) y este fuera acogido de forma unánime. Sin embargo, este asombro es completamente carente de sentido si tengo en cuenta que el año anterior yo tenía con quién hablar de Jesus Christ Superstar en la fila del almuerzo. La verdad es que en primaria yo estaba rodeada de gente fascinante, y solo con los años me he venido a percatar de ello.

Por si de algo sirve, si es que acaso busco un atisbo de “normalidad” en mi vida preadolescente: para la siguiente iteración del proyecto decidimos bailar el último hit de Mariah Carey, “All I Want for Christmas Is You”. Una vez más, todas aprobamos con entusiasmo la selección musical.

Laberintos y ruinas en el área de Broca

Me imagino mi cerebro como un queso. No un queso Emmental, sólido y con huecos redondos agradables a la vista, sino más bien como uno de esos azules friables que se asemejan a un muro viejo. Le faltan palabras. Le faltan estructuras sintácticas enteras. Se derrumba al tacto sin aspavientos.

Escribo esto porque me prometí a mí misma que iba a madrugar a empezar un trabajo y quiero cumplir mi palabra, así sea parcialmente: no trabajo, pero al menos madrugo. Los tentáculos de las fuentes de entretenimiento se extienden a través de las pantallas y acarician mi cara, pero me resisto a dejarme abrazar. Redes sociales. Telarañas mentales.

Pienso en la pasividad del uso de Internet en esta época. Absorbemos sin resistencia lo que nos caiga, lo que la divina tómbola haga manifestar frente a nuestros ojos. Hace tiempo dejamos de hablar.

A veces siento que persigo mi uso del lenguaje por diferentes compartimentos de mi cerebro. Ya he tenido que ir a buscarlo en la sección de interpretación, donde las ideas nunca son mías. Hay palabras de un idioma que se extravían y solo afloran cuando estoy usando otro. Ahora estoy tratando de invocarlo del fondo del alma. No pensar. Sentir y dejar fluir. Dejarse sorprender por lo que sale a flote.

Hace tiempo dejamos de hablar, pero no quedamos en silencio. La divina tómbola rueda y nos premia con ruido incesante. No hay nada que escuchar atentamente, pero tampoco podemos oír nuestros pensamientos. Sé que si no apago ese grifo gigante de invitaciones a la indignación y al consumo no voy a poder percibir mi voz interna, mucho menos reconstruirla. No sirve de nada pretender rescatar mis palabras si voy a dejarlas ahí, metidas en una caja junto a la puerta, cual compra compulsiva.

Rescate en las profundidades (de la basura)

Estaba empezando a trasplantar unas matas en mi casa cuando me di cuenta de que tenía puesto un anillo. No era el anillo más especial del mundo, pero era bonito y no le había dado mucho uso. Queriendo cuidarlo y que no se ensuciara, me lo quité.

Sin pensarlo mucho, porque estas acciones no se piensan, lo llevé al mesón de la cocina. Cuando lo solté, el anillo rebotó sobre el mármol y se fue directo a una bolsa de basura llena que me disponía a cerrar y sacar más tarde. Lo oí repicar sobre diferentes superficies, cada vez más distantes. Luego, silencio.

Sentí mi corazón caer también, rebotando de la misma manera por las paredes de un pozo.

¿Ahora qué? ¿Dejarlo ir? No sin haber luchado antes, decidí.

Me puse un par de guantes, saqué una segunda bolsa de basura y empecé a sacar el contenido de la primera, pieza por pieza, para examinarlo y transferirlo a la nueva. Salieron paquetes de galguerías, el esqueleto de un pescado frito, su cabeza, envoltorios de quesos, pelusas que había barrido de debajo de la cama y hojas secas. Olía horrible, como era de esperarse.

Al cabo de unos minutos, llegué al fondo de la bolsa. Para mi sorpresa y disgusto, no había encontrado ni rastro del anillo. Podría rendirme ahora sí. Sin embargo, esta no era una alcantarilla. Era un espacio pequeño y confinado en el que había un 100% de certeza de la presencia de un anillo. Hora de volver a transferir la basura a la bolsa original, pues.

Una por una, fueron volviendo las pelusas, las bolsas vacías y las hojas secas. A veces un pequeño brillo me hacía detener en seco. Era el envoltorio de un bombón de chocolate. Pronto llegó el turno de la cabeza de pescado, espolvoreada de residuos barridos del piso. La tomé entre mi mano enguantada, casi sin mirarla.

De repente, esta también brilló.

¡Brilló!

Dentro de la cabeza, engarzado, estaba el anillo. ¡Qué felicidad me dio este descubrimiento asqueroso!

Lavé el anillo y ese fue el fin de la aventura. Se sintió bien dejar de escarbar entre la basura para seguir escarbando entre la tierra.

He aquí, para cerrar, la moraleja más obvia del mundo: no hay que rendirse y siempre vale la pena volver a intentarlo, así el proceso sea un poquito horrible.

Montreal (primeras impresiones)

Esta semana volví de mi primera (y muy breve) visita a Canadá.

Mis primeros minutos en el país los pasé perpleja: el proceso de inmigración fue tan sencillo y tranquilo que me quedé un montón de tiempo esperando a que apareciera una puerta, una fila larga, un agente malacaroso, una barrera de verdad. Pero no. Lo siguiente que supe era que ya estábamos abordando el bus que nos llevaría al centro de Montreal.

Salimos del aeropuerto y ante nosotros se abrió el horizonte explayado que normalmente asocio con Estados Unidos, el baldío paisaje del desarrollo con sus autopistas enormes. Sin embargo, al fijarme en los camiones en la vía, noté que los letreros al costado estaban en francés. Era como una versión de otra dimensión de lo ya conocido. La arquitectura residencial en la ciudad se sintió también así: era como una versión reconfigurada de una mezcla entre Chicago y Nueva Orleans. No conocía nada, y al mismo tiempo tenía la impresión de haberlo visto todo ya.

Escuchaba francés en la calle pero entendía aún menos de lo usual (que de por sí ya es poco). En ocasiones me parecía estar escuchando un idioma completamente distinto. Aunque en muchos lugares era casi seguro que podría comunicarme cómodamente en inglés, preferí lanzarme a pedir cosas en las tiendas con mi francés de dos pesos y luego sonreír y asentir ante las respuestas porque pasaban derecho por mi cerebro sin dejarme nada. Por suerte tenía a Cavorite a mi lado para llenar los espacios en blanco en la conversación.

Pero nada de esto fue tan impactante como descubrir que había colombianos por doquier. Incluso un señor se tropezó con Cavorite y le dijo “¡Uy, perdón!”, directamente en español y con una entonación inconfundible. En San Francisco vivimos con la sensación de ser los únicos colombianos. No podemos evitar lanzarnos miradas furtivas si escuchamos nuestro acento o vemos una mochila por la calle. Tenemos numerosas oportunidades de comunicarnos en español cuando vamos de compras, pero nuestro acento les resulta extraño a los tenderos y no conocemos las comidas que venden, así que terminamos pareciendo extraterrestres que preguntan con qué se come habitualmente la longaniza guatemalteca y examinan con genuina curiosidad las tortillas. En Montreal, en cambio, somos legión. Hay restaurantes que venden bandeja paisa y fiestas gratuitas en la calle con multitudes que bailan salsa. La cosa llegó a un punto surreal cuando pasamos frente a un letrero que no tenía por qué reconocer pero lo hice: era una sucursal de la panadería de toda la vida del barrio de mis abuelos.

El regreso fue no menos desconcertante que la llegada, nuevamente por lo fácil. Pasamos por inmigración para entrar a Estados Unidos sin haber dejado aún Canadá. En la ventanilla solo nos preguntaron dónde vivimos, me tomaron las huellas y una foto y nos dejaron pasar.

Desde el avión vi el lago Hurón. Parecía como si estuviéramos adentrándonos en el mar, pero me distraje un momento y, cuando volví a mirar por la ventana, ya estábamos al otro lado.