Laberintos y ruinas en el área de Broca

Me imagino mi cerebro como un queso. No un queso Emmental, sólido y con huecos redondos agradables a la vista, sino más bien como uno de esos azules friables que se asemejan a un muro viejo. Le faltan palabras. Le faltan estructuras sintácticas enteras. Se derrumba al tacto sin aspavientos.

Escribo esto porque me prometí a mí misma que iba a madrugar a empezar un trabajo y quiero cumplir mi palabra, así sea parcialmente: no trabajo, pero al menos madrugo. Los tentáculos de las fuentes de entretenimiento se extienden a través de las pantallas y acarician mi cara, pero me resisto a dejarme abrazar. Redes sociales. Telarañas mentales.

Pienso en la pasividad del uso de Internet en esta época. Absorbemos sin resistencia lo que nos caiga, lo que la divina tómbola haga manifestar frente a nuestros ojos. Hace tiempo dejamos de hablar.

A veces siento que persigo mi uso del lenguaje por diferentes compartimentos de mi cerebro. Ya he tenido que ir a buscarlo en la sección de interpretación, donde las ideas nunca son mías. Hay palabras de un idioma que se extravían y solo afloran cuando estoy usando otro. Ahora estoy tratando de invocarlo del fondo del alma. No pensar. Sentir y dejar fluir. Dejarse sorprender por lo que sale a flote.

Hace tiempo dejamos de hablar, pero no quedamos en silencio. La divina tómbola rueda y nos premia con ruido incesante. No hay nada que escuchar atentamente, pero tampoco podemos oír nuestros pensamientos. Sé que si no apago ese grifo gigante de invitaciones a la indignación y al consumo no voy a poder percibir mi voz interna, mucho menos reconstruirla. No sirve de nada pretender rescatar mis palabras si voy a dejarlas ahí, metidas en una caja junto a la puerta, cual compra compulsiva.

Rescate en las profundidades (de la basura)

Estaba empezando a trasplantar unas matas en mi casa cuando me di cuenta de que tenía puesto un anillo. No era el anillo más especial del mundo, pero era bonito y no le había dado mucho uso. Queriendo cuidarlo y que no se ensuciara, me lo quité.

Sin pensarlo mucho, porque estas acciones no se piensan, lo llevé al mesón de la cocina. Cuando lo solté, el anillo rebotó sobre el mármol y se fue directo a una bolsa de basura llena que me disponía a cerrar y sacar más tarde. Lo oí repicar sobre diferentes superficies, cada vez más distantes. Luego, silencio.

Sentí mi corazón caer también, rebotando de la misma manera por las paredes de un pozo.

¿Ahora qué? ¿Dejarlo ir? No sin haber luchado antes, decidí.

Me puse un par de guantes, saqué una segunda bolsa de basura y empecé a sacar el contenido de la primera, pieza por pieza, para examinarlo y transferirlo a la nueva. Salieron paquetes de galguerías, el esqueleto de un pescado frito, su cabeza, envoltorios de quesos, pelusas que había barrido de debajo de la cama y hojas secas. Olía horrible, como era de esperarse.

Al cabo de unos minutos, llegué al fondo de la bolsa. Para mi sorpresa y disgusto, no había encontrado ni rastro del anillo. Podría rendirme ahora sí. Sin embargo, esta no era una alcantarilla. Era un espacio pequeño y confinado en el que había un 100% de certeza de la presencia de un anillo. Hora de volver a transferir la basura a la bolsa original, pues.

Una por una, fueron volviendo las pelusas, las bolsas vacías y las hojas secas. A veces un pequeño brillo me hacía detener en seco. Era el envoltorio de un bombón de chocolate. Pronto llegó el turno de la cabeza de pescado, espolvoreada de residuos barridos del piso. La tomé entre mi mano enguantada, casi sin mirarla.

De repente, esta también brilló.

¡Brilló!

Dentro de la cabeza, engarzado, estaba el anillo. ¡Qué felicidad me dio este descubrimiento asqueroso!

Lavé el anillo y ese fue el fin de la aventura. Se sintió bien dejar de escarbar entre la basura para seguir escarbando entre la tierra.

He aquí, para cerrar, la moraleja más obvia del mundo: no hay que rendirse y siempre vale la pena volver a intentarlo, así el proceso sea un poquito horrible.

Montreal (primeras impresiones)

Esta semana volví de mi primera (y muy breve) visita a Canadá.

Mis primeros minutos en el país los pasé perpleja: el proceso de inmigración fue tan sencillo y tranquilo que me quedé un montón de tiempo esperando a que apareciera una puerta, una fila larga, un agente malacaroso, una barrera de verdad. Pero no. Lo siguiente que supe era que ya estábamos abordando el bus que nos llevaría al centro de Montreal.

Salimos del aeropuerto y ante nosotros se abrió el horizonte explayado que normalmente asocio con Estados Unidos, el baldío paisaje del desarrollo con sus autopistas enormes. Sin embargo, al fijarme en los camiones en la vía, noté que los letreros al costado estaban en francés. Era como una versión de otra dimensión de lo ya conocido. La arquitectura residencial en la ciudad se sintió también así: era como una versión reconfigurada de una mezcla entre Chicago y Nueva Orleans. No conocía nada, y al mismo tiempo tenía la impresión de haberlo visto todo ya.

Escuchaba francés en la calle pero entendía aún menos de lo usual (que de por sí ya es poco). En ocasiones me parecía estar escuchando un idioma completamente distinto. Aunque en muchos lugares era casi seguro que podría comunicarme cómodamente en inglés, preferí lanzarme a pedir cosas en las tiendas con mi francés de dos pesos y luego sonreír y asentir ante las respuestas porque pasaban derecho por mi cerebro sin dejarme nada. Por suerte tenía a Cavorite a mi lado para llenar los espacios en blanco en la conversación.

Pero nada de esto fue tan impactante como descubrir que había colombianos por doquier. Incluso un señor se tropezó con Cavorite y le dijo “¡Uy, perdón!”, directamente en español y con una entonación inconfundible. En San Francisco vivimos con la sensación de ser los únicos colombianos. No podemos evitar lanzarnos miradas furtivas si escuchamos nuestro acento o vemos una mochila por la calle. Tenemos numerosas oportunidades de comunicarnos en español cuando vamos de compras, pero nuestro acento les resulta extraño a los tenderos y no conocemos las comidas que venden, así que terminamos pareciendo extraterrestres que preguntan con qué se come habitualmente la longaniza guatemalteca y examinan con genuina curiosidad las tortillas. En Montreal, en cambio, somos legión. Hay restaurantes que venden bandeja paisa y fiestas gratuitas en la calle con multitudes que bailan salsa. La cosa llegó a un punto surreal cuando pasamos frente a un letrero que no tenía por qué reconocer pero lo hice: era una sucursal de la panadería de toda la vida del barrio de mis abuelos.

El regreso fue no menos desconcertante que la llegada, nuevamente por lo fácil. Pasamos por inmigración para entrar a Estados Unidos sin haber dejado aún Canadá. En la ventanilla solo nos preguntaron dónde vivimos, me tomaron las huellas y una foto y nos dejaron pasar.

Desde el avión vi el lago Hurón. Parecía como si estuviéramos adentrándonos en el mar, pero me distraje un momento y, cuando volví a mirar por la ventana, ya estábamos al otro lado.

Desenterrando bombas

Esta mañana mi hermana nos informó que en Colonia (Alemania) han tenido que evacuar a un montón de gente porque encontraron tres bombas de la Segunda Guerra Mundial sin detonar en una obra a orillas del Rin. Estas bombas son delicadísimas y no se pueden transportar a ninguna parte sin haberlas desactivado primero. Además son súper potentes, por lo que el radio de evacuación es bastante amplio, e incluye buena parte del centro histórico de la ciudad, un hospital y dos hogares de ancianos. Los afectados no saben cuándo podrán volver a sus casas y lugares de trabajo, porque no se puede calcular cuánto tardará la maniobra de desactivación.

Al otro lado del Atlántico, tan al otro lado que es más bien el borde del Pacífico, yo encontré ayer en mi bandeja de correo no deseado un email de LiveJournal (un servicio antiquísimo de alojamiento y publicación de blogs) felicitándome por los veinte años de mi blog.

¿Qué? ¿Acaso no es este mi blog?

Seguí el enlace adjunto. En efecto, frente a mí tenía un puñado de entradas escritas entre 2005 y 2009, principalmente en japonés —¿¡en japonés!? ¿¡no que yo era incapaz!?—. Las más recientes hacían alusión a un romance incipiente que finalmente no terminó en nada. La ilusión y desilusión estaban igualmente documentadas. Tardé en identificar al pretendiente en cuestión: en el momento solo atiné a recordar que ese verano había visto a mi ex en una feria, me acerqué a saludarlo y al otro día me mandó un email lleno de improperios. No podía ser él.

Tras mirar con más detenimiento las fechas y ubicación geográfica de las entradas, finalmente di con el sujeto: un cuento veraniego lleno de ambigüedades y no exento de humillación de cuyo fin me enteré cuando encontré que había borrado la foto de los dos que tenía publicada. En el blog estaba consignada mi reacción al descubrimiento. Después de eso, no había nada más.

Me llamó la atención la fecha de aquella última entrada. El blog queda cortado en una nota triste, abandonado en un acto abatido de media vuelta y retirada. Sin embargo, desde el futuro lejano, yo puedo ver que en realidad algo increíble estaba a punto de suceder. Deseé, como buscando darle ánimo a mi cabizbajo yo del pasado, que hubiera seguido escribiendo ahí después del desengaño (o incluso a pesar del mismo). Si tan solo hubiera persistido, habría podido consignar un extraordinario revés del destino. Apenas un mes después del desaire, Cavorite haría su triunfal aparición en la estación de Tokio.

No sé si pasar las entradas a alguno de mis blogs actuales o dejar esas bombas sin detonar enterradas, confiando en que tal vez algún día se desintegren.

[Varias horas más tarde, coincidencialmente poco antes de que su hermana le compartiera una imagen de las bombas de Colonia ya desactivadas —eran enormes—, Olavia Kite decidió transcribir las entradas de aquel efímero blog, de tal manera que el destino de sus viejos pensamientos, por más infaustos que sean, no quede en manos de un tercero que venga a aparecerse cada veinte años.]

A la caza de buenas noticias

Esta mañana encontré una cuenta de Instagram donde una persona entrevista gente en la calle en Chile. Los aborda con una única pregunta: “¿Tiene una buena noticia?”

Las respuestas son variadas.

Un hombre cuenta que a la hermana le amputaron un dedo del pie, fue a la cita de la curación y le encontraron en buen estado la herida. Varios mencionan que a los hijos les está yendo bien. Una mujer anuncia emocionada que logró comprarse una casa en Colombia con la plata que ha ahorrado trabajando en Chile. Hay alusiones a buenas notas, buena salud, el hecho de estar vivos. Se siente raro cuando alguien responde que no tiene buenas noticias para dar.

Al ver estos videos, decidí que yo también tengo una buena noticia, y que es bueno registrarla y comunicarla: hoy tuve un evento de interpretación remota en la madrugada y me fue muy bien. Ayer había interpretado en uno donde me fastidiaba mucho la pronunciación y los giros rimbombantes del intérprete de portugués al que le estaba haciendo relé, vacilé mucho y no lograba escuchar mi propia voz para monitorearme, y encima me la pasé pensando en que estoy perdiendo poco a poco a este cliente porque está en proceso de convertir todo su programa en uno exclusivamente hispano/lusoparlante. Como es de esperarse, salí exhausta y sintiéndome un poco derrotada.

El evento de hoy, con un cliente diferente, tenía que salir bien, especialmente conociendo a la oradora y sabiendo que tiende a hablar a toda velocidad. Me preparé física y mentalmente para no trastabillar: comí bien, hice ejercicio, dejé el glosario abierto en una esquina visible de la pantalla, acomodé un pequeño biombo a modo de aislamiento acústico en el espacio de trabajo y me acosté a dormir temprano. Durante el evento me concentré mucho e, inspirada por un artículo que leí recientemente, me aseguré de ser económica con mi producción (sintetizar lo sintetizable, descartar lo redundante). La diferencia fue notable: no titubeé, no me extravié en mis propias frases porque me oía claramente y no me cansé tanto. Me retiré del computador al término de la sesión con una sonrisa en la boca.

Puedo agregar que el resto del día fue todo un compendio de buenas noticias: desayunamos huevos pericos con arepa, almorzamos pasta con ragú de pollo, tomamos café al desayuno y después del almuerzo, salí a caminar y el día estaba soleado, comí cerezas en la tarde y entregué más pronto de lo previsto una traducción que tenía para mañana. Ahora me dispongo a dormir temprano otra vez porque mañana tengo evento de nuevo.

Si alguien me lee, y tiene una buena noticia, quisiera conocerla.

Dancing Around My Head to Avoid Getting Hit by My Own Thoughts

A continuación, intentaré describir algo que me pasa:

Cuando tengo una buena idea, o empiezo a adoptar un buen hábito, en fin, cuando se pone en marcha algo positivo en mi vida, mi mente tiende a buscar el origen exacto de ese proceso. Cómo fue que se me ocurrió tal cosa. Cómo fue que empezamos a discutir este plan. Cómo fue que llegamos a este tema en la conversación.

Más o menos recientemente —aquí mi mente empieza a sentir la piquiña del cuándo y cómo— aprendí que esto no es normal, y que no debo alimentar esas ideas con respuestas porque su apetito es infinito y nada las aplaca realmente. No queda sino ignorar la urgencia. En consecuencia, con cierta frecuencia me siento evadiendo a mi propia mente como si de un contrincante de boxeo se tratara. Es muy complicado; mi mente es hábil y persistente.

Siempre he pensado que una de las peores cosas que le pueden pasar a uno es que la propia mente se vuelva enemiga de uno. Si la mente configura la realidad, ¿qué puede esperar uno de una mente que se rehúsa a dibujar un mundo en el que uno pueda moverse libremente?

En defensa de los pasatiempos: una primera aproximación

Hay una idea que se cocina a fuego lento en mi cabeza desde hace varios días y no me deja en paz. Sin embargo, me cuesta trabajo ponerla en palabras. Este es un breve primer intento.

Recuperar la atención usurpada por las redes sociales no se traduce solo en retomar la lectura de largo aliento, sino en reanudar los pasatiempos que producen cosas improductivas. Me explico: en este mundo donde los pasatiempos corren el riesgo de desaparecer porque, por un lado, no hay tiempo para llevarlos a cabo porque todas las horas posibles se van por el sifón del feed infinito y, por el otro, se percibe como un sinsentido el crear algo y no sacarle réditos monetarios —el término creador de contenido no deja de darme escalofríos—, es importante hacer cosas que no den más recompensa que el disfrute propio.

Estoy desempolvando el ukulele —y, de paso, mi garganta oxidada— y me encuentro próxima a hacer lo mismo con los implementos de dibujo. Le estoy dedicando horas enteras a este blog por el puro placer de mantener este registro de mis pensamientos no mediado por un potencial público. Se siente un poco como sacarle brillo amorosamente a un carro viejo.

Reflexión brevísima sobre el quehacer del comediante

Durante una conversación particularmente hilarante con mi mamá, en la que le conté que había retomado la escritura del blog pero era difícil tener ideas, ella me propuso que escribiera algo chistoso. En teoría eso no debería ser difícil, porque creo que en general mi vida es un poquito graciosa. El problema es que el mundo no se encuentra en un momento muy jocoso que digamos. Pero siempre resulto haciendo reír a mi mamá.

Independientemente del estado del mundo, hacer reír no es nada fácil. A veces pienso que podría tener madera de comediante, pero en realidad no paso de contadora aceptable de anécdotas. Además, exponerse frente a un público implacable requiere una coraza de la que carezco por completo. Puedo cantar, pero hasta ahí llegamos. He perdido concursos de karaoke por falta de carisma.

En todo caso, debe ser interesante darse a la tarea de escribir algo intencionalmente gracioso para una gran audiencia. Seguramente hay maneras de aprender a hacerlo. No sé si me apuntaría al reto, pero tal vez en esas aprendería a tener ideas. Eso sí, por encima de eso, necesito dejar de quedarme varada al empezar a escribir algo por una necesidad apremiante de recordar cada detalle de la conversación que me llevó a sentarme frente al computador en primer lugar. Así no hay idea que sobreviva.

Rêver de crêpes

Anoche soñé con crepes. Crepes con huevo frito muy blandito, crepes con jamón serrano. Masa súper delgadita, casi un encaje crocante en los bordes. Espectacular.

En el sueño aparecía un viejo amigo mío. Era él quien me había invitado a la crepería de sillones rojos donde me encontraba. Creo que conocía al dueño, quien nos atendía con mucha amabilidad. Hacía su pedido y se iba, dejándolo olvidado. Cuando reaparecía, tenía la mirada ausente y casi no hablaba; era como si la invitación y la comida ya no tuvieran nada que ver con él. El mundo que lo rodeaba escasamente lo tocaba. Estaba claro que no se encontraba bien de la cabeza. Me entristecía verlo tan ido.

No sé qué será de mi amigo, cómo estará. Si le escribo, ¿me contestará?

Por otro lado, y pido perdón por la frivolidad, me pregunto dónde podré conseguir unos crepes así de buenos.

Nuevo iPad para nuevos dibujos

Tengo nuevo iPad. El viejo sigue funcionando, pero ya estaba demasiado lento y me mostraba los trazos del lápiz en diferido. No era exactamente la mejor experiencia de dibujo que pudiera tener. En todo caso, la última vez que dibujé algo fue hace como ochenta millones de años. ¿Por qué? No sé, me creía una persona demasiado ocupada, supongo. Pero la vida me ha dejado un montón de tiempo libre a las malas y es menester usarlo de manera provechosa.

(Acabo de tener una especie de dejà vu: creo que escribo casi exactamente igual que hace diez o quince años. Supongo que eso le pasa a la gente que jura que escribe pero lo hace apenas esporádicamente, como yo. Cero mejoría. Siempre empezando de nuevo. O tal vez simplemente así hablo y no mucho ha cambiado en mí como para adquirir un tono diferente.)

Después de comprado, el iPad permaneció sobre mi escritorio sin abrir un largo rato. Las excusas desfilaron una tras otra, semana tras semana: el dengue, la incertidumbre política, la materialización de la incertidumbre política en una repentina pérdida de trabajo, el descorazonamiento que trajo dicha pérdida. Nunca era un buen momento. Pero la verdad era que le tenía miedo a dibujar. Dibujar toma tiempo, nunca tengo ideas y nada de lo que hago es genuinamente bueno. Dibujar significa enfrentar al yo talentoso y dedicado del pasado con el yo distraído y degradado por las distracciones. Esto, digo señalando la pantalla con el lápiz, es lo que pasa cuando uno no practica.

Hace un par de días le estaba contando a alguien que mi papá me enseñó a dibujar casas. Mientras escribía el mensaje, un desfile de recuerdos de infancia pasó frente a mis ojos de repente: vi a mi mamá dibujando las partes de la cara en un cuaderno para que yo pudiera hacerlas también, a mi papá llenando hojas con paisajes y mostrándome con su trazo inconfundible cuántas cabezas mide un cuerpo humano, a mi abuela enseñándome a tocar guitarra, a mi tía y mi tío tocando canciones para que yo las cantara con ellos. Entonces tuve una epifanía: dejar de hacer las cosas para las que alguna vez tuve algún tipo de talento no es solo desperdiciar ese talento, sino dejar perder lo que mi familia me había legado. ¿Estaba yo dispuesta a hacerles semejante desplante?

Hoy estaba sintiéndome un poco perezosa en la tarde cuando de repente algo dentro de mí me dijo: “Este es el momento”. Me incorporé, abrí la caja rápido, configuré lo que hubo que configurar y, sin darle un segundo más de espera, dibujé la cara de un vampiro.