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Su Santidad

Hoy vi en televisión que el Papa estaba beatificando gente. No recuerdo cuál es el procedimiento para la beatificación, creo que es como cuando uno acumula sellos en las tarjetas de puntos y, entre más tengas, mejores premios te dan. Para los PapaPuntos hay que tener milagros comprobados, si mal no estoy. Me imagino a los fieles llamando a la línea de atención de la Oficina de Beatificación, Santificación y Milagros para reportar manchas de humedad, curaciones, misterios inexplicables (leer lentamente con voz nasal y entonación ondulada). Y luego a los curas-inspectores viajando para establecer si fue un milagro o no lo que hicieron Dominguito Savio, Juana de Arco, Karol Wojtyla o alguna monja muerta en Centroamérica.

Cuando era chiquita quería ser santa para figurar en el almanaque del Divino Niño del 20 de Julio. Yo no quería que me adoraran ni nada, lo único que me hacía ilusión era ver mi nombre impreso y multiplicado por todas partes. Después pensé que para adquirir ese tipo de fama tenía que morirme primero, y entonces ya no me entusiasmó tanto la idea. Más adelante quise ser monja, ya no por el reconocimiento sino porque estaba segurísima de que nunca jamás de los jamases le atraería a nadie, así que —siguiendo la lógica eclesiástica aprendida en el colegio— si no me casaba con un hombre, me casaría con Dios. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de darme cuenta en unos retiros espirituales de que el matrimonio con Dios es un muy mal negocio porque una ahí no es la esposa sino la empleada del Altísimo. Había una monja argentina en el convento al que nos llevaron, lindísima, y no hacía sino trapear y hornear tortas. Triste prospecto. Los geranios negros en los pasillos no lograban compensar la decisión tomada: figuró resignarse a afrontar la soledad de las adolescentes feas, esa que se siente como si fuera a durar para siempre. Claro, también estaba la opción de vivir como las monjas de Minnesota que habitaban nuestro colegio, cómoda y de particular, pero sin llegar a sopesar siquiera esa posibilidad me enteré de que María Magdalena y la adúltera no eran la misma persona y que en Japón la mayoría de la gente afirma no tener religión y logra vivir así tan campante. Y además le gusté a alguien. Shock y fin del problema.

En fin, ha pasado el tiempo y mucho ha cambiado. Ya no tengo ni medio chance de figurar como adalid de la moral en ningún lado, y tampoco es que quiera. De todas maneras mi afán de santidad nunca fue más que el deseo de ver mi nombre impreso en algún lugar visible. Por ahora, para eso está el blog.

Primero de mayo

En la adolescencia es fácil caer en la vergüenza infinita cuando las amigas íntimas se enteran de que uno se ha besado en una fiesta con un tipo más bajito que uno. O sea, ¡más bajito! ¿Pueden creerlo? ¿Será que a ella le tocó agachar la cabeza? The horror! Pero cuando la adolescencia ya pasó, y el tipo del beso es ahora uno de los amigos más antiguos y entrañables que uno tiene, y encima de eso uno ha seguido campante por la vida dándose besos y más que besos con otros tipos de menor estatura que uno, ¿no viene siendo hora de que las amigas dejen de burlarse de lo que pasó aquella noche?

***

Terminé de leer (¡por fin!) How to Live Safely in a Science Fictional Universe, de Charles Yu. Me quedé un rato pensativa, condensando ciertas ideas de lo que el libro llegó a representar para mí. Luego pasé otro rato tratando de que las lágrimas no se convirtieran en llanto ruidoso.

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Extraño el karaoke japonés.

Veintidós de abril

Un día en el colegio, M. (compañera de clase) nos cogió la mano a varias y, examinando no sé cuál de todas las sinuosidades de la palma, se puso a dictaminar quién sería buena en la cama en el futuro. Cuando me llegó el turno —no sé qué hacía yo ahí—, M. se desternilló de risa y dijo que yo sería frígida.

Ah, bueno. Menos mal.

Panza, bonete, libro y cuajar

Estoy mal del estómago. Otra vez. Siempre estoy mal del estómago. ¿Qué pudo ser esta vez? ¿La leche de soya? ¿El puré de ahuyama? No tiene caso señalar culpables. Me dan escalofríos, bajan hasta la altura del ombligo y ahí se quedan. Rrrrr, rrrrr. Es como si tuviera un motor defectuoso acá adentro. (“Chancletielo, chancletielo”, dice el mecánico inclinado bajo el capot del viejo Renault 4.)

Hace sol pero no quiero salir. Tiene cara de ser ese sol frío que solo sirve para dibujar sombras raras en el pavimento. Es como un abrazo insincero, como un apretón guango de manos. Creo que quiero eructar. O vomitar. O acostarme y agarrarme la barriga con las dos manos. Es blandita mi barriga. No sé para qué querría tenerla dura.

Cuando era chiquita odiaba mi panza. Estaba convencida de que era la única niña barrigona del mundo. Y bueno, en el colegio ayudaban a reforzarme esa noción. En clase de danza, cuando todas teníamos que andar en traje de ballet, una de las compañeras decía que yo parecía embarazada de nueve meses. Sí, definitivamente yo debía ser una anomalía de la naturaleza si todas eran tan rectas y espigadas. Olvidemos que la vida les regalaría poco tiempo después caderas de crinolina; ese es un detalle menor si en la feria de las formas a mí me tocó la de nevera.

En todo caso la barriga siguió siendo un problema central en mi adolescencia. ¿Por qué no usar bikini? Por la barriga. ¿Fotos sentada? Se nota la barriga. La barriga, la barriga, la barriga. Intentaron ponerme una banda de caucho gruesa alrededor de las caderas a modo de recordatorio para meter panza, pero al final del día eso resultaba enrollado bajo las costillas y la pipa seguía ahí, invicta. Para colmo de males, a los catorce años me mandaron a Estados Unidos a un “intercambio cultural” organizado por el colegio. El paseo, que lo único que tuvo de intercambio fue la iluminación que trajimos a nuestros host parents and siblings“yes, we go to school”, “no, we don’t live on trees”, “yes, we do have cars”, “yes, I know that’s a computer and it’s much older than mine back home”—, contaba con la escolta de nuestra profesora de música, quien no dudó en reprochar mis elecciones alimenticias (¡un sándwich entero en vez de medio sándwich! ¡engendro de Gargantúa!). Quién sabe qué diferencia habrá hecho medio sándwich, pero volví del helado estado de Minnesota hecha un tonel. Un tonel con gafas y brackets y acné severo. Y barriga.

Lo siguiente entonces fue la dieta: perder toda esa eh, ganancia, antes de cumplir quince años porque… porque son quince años y quince años no se cumplen todos los días y la fiesta y todo, ustedes saben. Una fiesta a la que invité a dos amigas, de las cuales una llegó un día antes y luego no fue el día que sí era. Así que me consagré a la piña y el atún. Bueno, piña y atún y huevo cocinado y una galleta con chocolate de postre al almuerzo. No hay mucho que pueda decir al respecto, salvo que para la digestión una rodaja de piña en ayunas todos los días es bendita. La panza no se va, claro, pero cuando el ejercicio no es una opción, con que lo abombado se desinfle un poquito ya todos respiramos aliviados.

Supongo que el último capítulo de esta saga de la autoestima juvenil femenina ocurre exactamente diez años después, en Hawaii. Olavia Kite se da cuenta de que no ha comprado un vestido de baño en ocho años y el que lleva a sus vacaciones solitarias es bastante poco presentable. Entra a Macy’s, se dirige a la sección de trajes de baño convencida de que alguien como ella —neveroide, con barriga, toda blandita— requiere uno de una sola pieza. Es una zona remota, pequeña y con una oferta bastante pobre, comparada con la cantidad impresionante de bikinis alrededor. De repente se detiene y piensa: “¿por qué debería comprarme un vestido de baño de una sola pieza? ¿Qué es lo que debería avergonzarme? ¿Acaso tengo algo que esconder?” Así es como por primera vez en mi vida, neveroide, con barriga y toda blandita, me compré un bikini. Y me sentí muy bien.

Ah, sí, el estómago me sigue doliendo, pero a punta de té digestivo y galletas de soda con mermelada estoy segura de que muy pronto me sentiré mejor.

Es lo que hay.

[ Big Girl Little Girl — Sia ]

Tomber

Una vez fingí estar inconsciente para asustar a mi hermana. Éramos chiquitas y ella se puso a llorar. Prometí no volver a hacerlo.

Cuando estaba en bachillerato me gustaba dejarme caer en el pasto como si me desmayara. Esto siempre culminaba en un doloroso golpe en la cabeza, pero era divertido.

Una vez me desmayé de verdad. Estaba en mi casa. Nadie se enteró.

[ Murder of Birds — Jesca Hoop ]

Las joyas de nuestra amiga muerta

Hay que visitar a la madre de nuestra amiga muerta. No debemos dejarla abandonada ahora que no está su hija. Somos tres: nosotras dos y el hijo de ella. La madre de nuestra amiga muerta nos espera con una sonrisa radiante. Llevamos postre en una caja mojada, nos da almuerzo, nos da otro postre, nos regaña por no repetir. Hay preguntas generales, lo de siempre, dónde viven y dónde vivirán. El niño pide agua.

La madre de la amiga muerta habla de un acné que hace diez años curó, de un novio cubierto de capas de olvido, de episodios borrosos con conocidas ahora desconocidas. Pregunta por el presente, mira al hijo que la amiga muerta no llegó a conocer ni en proyecto, insiste. Qué pasa. Qué hay. Qué más. Ambas agachamos la mirada con la excusa de alguna frase ingeniosa del niño. Al menos ella puede abrazarlo y ausentarse brevemente. Mis ojos atraviesan la sala, una mirada sostenida con palos, con el tensor de mi sonrisa que en cualquier momento puede reventar. El niño se retuerce un poco y pregunta si ya nos vamos.
Cuando no está atenta, ella y yo nos miramos. La madre quiere que el niño aprenda a rezar, que nos casemos, que vivamos nuestra vida como buenas hijas de dios. El niño pregunta si el ángel de la guarda hace referencia al señor guarda.
La madre de nuestra amiga muerta desaparece un momento. Vuelve cargada de cosas. Cinturones pasados de moda, pulseras hechas a mano en el hospital, un reloj dorado, un collar de lapislázuli, ropa que a todas luces no nos queda a ninguna de las dos. Hace tiempo recibimos otro cargamento igual. No somos capaces de usarlo ni regalarlo. Y así pasan las eras y aún puedo ver la cicatriz gigantesca en la pierna de nuestra amiga recostada en aquel sofá contra la ventana. La madre dice que nos vemos iguales que antes pero lo único que es igual es este apartamento congelado y ella dentro de él, y nuestra amiga que pasan los años y sigue muerta.

[ Dear Prudence — The Beatles ]

There Is No Such Thing as a Free Lunch

El sábado pasado, en el trabajo, nos regalaron un almuerzo en caja tan grande como un juego de mesa. Contenía langostino, camarón, pollo, pescado, masas cárnicas de dudoso origen, arroz, arroz y arroz. Era la primera vez que nos daban algo que no fuera aburrimiento crónico, así que nadie se quejó por el regalo. Considerando que además nos dieron un adelanto del pago en efectivo —que horas después invertí en “Images de l’univers”, un libro con CD-ROM incluido lleno de exactamente lo que dice el título—, había sido un día bastante bueno.

Sin embargo, ya lo decía el libro de economía del colegio con monedas en la cubierta: there is no such thing as a free lunch, y el precio de este almuerzo parecía haberse grabado entre nuestros pliegues estomacales. Azuma, Yin y yo volvimos a casa con distintos niveles de dolor en las entrañas. Yin solo pudo comerse medio bol de cereal al otro día y Azuma tuvo pesadillas. A mí me tocó esconder mi libro nuevo porque los anillos de Urano me daban náuseas.

Después de un angustioso sueño en el que Minori me salvaba de un hiphopero puertorriqueño estafador y me regañaba y me regañaba y me regañaba, pasé todo el día de ayer en cama, adolorida. No le aporté a mi organismo más que leche de soya y té de yuzu, salvo al almuerzo, cuando me atreví a engullir un plato de arroz con huevo revuelto mientras hablaba con mis papás. Tomé una siesta y soñé que encontraba en Internet un artículo sobre la supuesta obra literaria de una compañera del colegio, señalando que ella era Olavia Kite. Qué bien: un día perfectamente desperdiciado en brotes de delirio y líquidos con sabor a salud concentrada.

Hoy me miré al espejo: no sé por qué mi cara me recordó a Igor el del Conde Pátula.

[ St. James Infirmary Blues — Cab Calloway ]

十年前の自分

Hace 10 años estaba escribiendo una novela.
Hace 10 años aprendí a tocar bajo.
Hace 10 años pintaba en acuarela y tinta china.
Hace 10 años me pasaba las tardes componiendo canciones.
Hace 10 años canté un solo en portugués con el coro del colegio.
Hace 10 años empecé a aprender portugués por mi cuenta.
Hace 10 años arreglar el computador de la casa era un excelente plan de fin de semana.
Hace 10 años la otra fan de los Beatles del curso me regaló un casete con canciones de John, Paul y George en solitario.
Hace 10 años cambié las gafas por lentes de contacto.
Hace 10 años conocí la nieve y la odié.
Hace 10 años me quedé dormida escuchando el Bridge Over Troubled Water de Simon & Garfunkel en un Greyhound.
Hace 10 años me prometí a mí misma que volvería a Chicago algún día.
Hace 10 años fue la masacre de Columbine.
Hace 10 años una profesora me llamó “tragona” por pedir un sándwich grande en Subway y comérmelo todo.
Hace 10 años nadie quería bailar conmigo en las fiestas.
Hace 10 años se suicidó un amigo y ya no recuerdo su cara.

(Fue por esto, más o menos.)

[ Someone Saved My Life Tonight — Elton John ]

Baloncesto vs. Basketball

No sé cuánto tiempo llevo sin hablar sin Himura. Pueden ser dos días como puede ser una semana. Desde que se le dañó el computador todo se ha invadido de un intenso silencio. No obstante, no me alarmo. Ya se está acabando abril; luego viene Gianrico de visita y para cuando se vaya será la mitad de mayo. Después me concentraré en evadir mis estudios hasta última hora y mágicamente será julio. Entonces podremos sentarnos en el sofá del estudio de mi casa y leer la Muy Interesante.

A veces, ya sea en el sofá o en Skype, hablamos de las cosas que nos diferencian. La más importante (además de que él hace la cama mientras yo la tiendo), es que él estudió en un colegio donde jugaban baloncesto y yo en uno donde se jugaba basketball. Eso dice mucho en una sociedad tan superficial y pendiente de las apariencias como la bogotana—¡Oh, no! ¡Recuerdos del colegio! ¡Vienen en avalancha, en estampida furiosa! ¡Huyan!

Si he de ser justa, debo aceptar que no todo fue malo en el colegio. En noveno me hice a los derechos sobre un tablero de acrílico y cada día ponía una cita en él. “Everybody loves you when you’re sixfoot underground” (John Lennon), es la única que recuerdo ahora. También tuve derechos parciales sobre el tablero de atrás y lo llenaba de dibujitos de mis amigas y símbolos de Om. Ese fue el mismo curso en el que tres niñas nos pusimos a bailar mientras cantábamos Amigo de Roberto Carlos en plena clase de geometría (“pa paaara papara papaaaara, pa paaara papara papaaara…”). También fue el año en que Valeria fue a Canadá con un grupo del colegio y se cortó la mano en la nieve, tiñéndola toda de rojo. Yo nunca vi eso, pero la imagen que me hice del relato es inolvidable. Ahora que lo pienso, por cada paseo que le ofrece el colegio a sus alumnas, una debe resultar herida. Una vez, como en cuarto o quinto de primaria, fuimos a una finca ecológica y Juliana se peló el dedo meñique cual papa con una hoz. De Villa de Leyva, pocos años después, todas volvimos completas—sólo ligeramente desnutridas gracias al excelente servicio del hotel. Después prohibieron las salidas ecológicas por miedo a la guerrilla, y fue la hora de viajar a Estados Unidos. Cuando yo fui, Carolina, la mayor del grupo, se enterró una astilla gigantesca en pleno escenario y tuvo que bailar cumbia descalza aguantando el dolor. Creo que alcanzó a dejar un caminito de sangre por el pasillo. ¿Y yo? Yo bien, gracias.

(Pequeño paréntesis para llorar por mi defectuosa memoria al no recordar cuál de todas las niñas de mi curso era la que les llamaba “mocos de elefante” a las granadillas.)

¿En qué iba? ¡Ah, sí! Ahora que estoy lejos del asunto me doy cuenta de la nula importancia que debería tener el colegio del que uno sale. Sin embargo, la triste realidad es que frente a una entrada de Los Andes conocí a alguien que no esperaba mucha amabilidad de mi parte sólo porque esa persona jugaba baloncesto y yo basketball. Pero bueno, eso es Bogotá y es inevitable, así como es inevitable ir al complejo comercial Andino-Atlantis-Retiro vestido con la ropa que tenga más visible la marca a poner cara de puño. Lo verdaderamente increíble es enterarse uno de que en Tianjin, China, algún compatriota haya tenido la desfachatez de preguntar de qué colegio salió la visitante (y por demás completa desconocida) que llegaría de Japón en unas semanas.

(Creo que ya recordé quién era la de las granadillas. No estoy del todo segura, pero es factible que lo sea.)

Hace poco salió en la revista SoHo una sección de guerra de colegios, pero tuvieron que cancelarla pronto porque como que todo el mundo se iba tomando el asunto demasiado a pecho. Igual las diatribas estaban pésimas. Yo no recuerdo cuál era nuestro colegio enemigo… No sé siquiera si teníamos un colegio amigo. Oh, por cierto; acabo de recordar que anoche soñé que pensaba escribir con nostalgia en el blog que este año participaría por última vez en el coro de Uncoli (Unión de Colegios Internacionales). Sin embargo, en realidad yo terminé el bachillerato hace casi seis años y no puedo estar más lejos de Bogotá.

Temo que para lo único que me ha servido verdaderamente mencionar mi colegio ha sido para entrar al coro de Los Andes. El director preguntó, yo respondí y la respuesta le simpatizó. Sin embargo, me salí como al mes por privilegiar mi almuerzo sobre los ensayos. Muy poco después Himura asistiría a un concierto de dicho grupo para ver a una amiga suya, pero como las cosas no debían suceder entonces, yo no estuve allí y no nos cruzamos. La hora de hablar de diferencias, del baloncesto que él practicaba y el basketball del que yo huía, habría de llegar mucho más adelante.

[ Bubbly — Colbie Caillat ]

Así se ve una piscina en medio de una sala

Cuando tenía 12 años, las niñas de mi curso solían preguntarse entre ellas si tenían novio, traga o amor platónico. Para ser considerada normal, una debía tener al menos uno de los tres. Hasta la mejor alumna del curso tenía un amor platónico. La más exitosa era aquella niña que se había cuadrado con Simón—de su conjunto, claro, porque todos los novios, las tragas y los amores platónicos emergían invariablemente en inmediaciones de la casa de una. Siempre nos contaba sobre las frecuentes sesiones de besos que sostenía con él. Un día le pregunté cuánto tiempo duraba cada beso. “Seis o siete minutos”, me contestó.

Pero yo había dejado de salir a jugar con mis vecinos hacía ya tiempo. Ese año yo estaba descubriendo de la mano de Mr. Barfield, mi profesor de inglés y geografía, que lo mío era escribir cuentos y hablar con gente mayor, así se quedara dormida en la mitad de una frase en el bus del colegio. Además, los niños de mi conjunto eran horribles y Leonardo DiCaprio tenía cara de niña. Me habría quedado de mil amores con Paul McCartney pero, desgraciadamente, él ya estaba viejo y lucía una especie de mullet rojizo desagradable. Así que cuando la ineludible pregunta llegaba, yo no tenía ninguna respuesta satisfactoria que ofrecer.

Tal vez haya derivado del escándalo de poseer un corazón distraído el que durante un paseo a Villa de Leyva, una noche en la que casi todo el curso se reunió en un cuarto adornado con un aterrador pirograbado de Jesucristo para hablar mal de las ausentes, alguien me confesara que de mí se decía que era “infantil”. Nada nuevo. Al fin y al cabo siempre habían tenido alguna excusa para echar pestes de mí. Primero habían sido las buenas notas, ahora la ausencia de hombres en mi vida, pronto mi léxico y poco después la fealdad. El bachillerato hasta ahora empezaba, y según mis coetáneas yo era un exótico caso de mojigatería jamás visto desde la cacería de brujas en Salem.

El convencimiento de mis compañeras respecto de mi extremista inocencia adquirió tintes legendarios. Me rodeaban de cuando en cuando para ver si podían sacar de mi boca una grosería. Una vez oí desde mi puesto que la niña del pupitre de al lado se preguntaba con un par más por qué los labios son una zona erógena. Yo levanté la mirada y la dirigí hacia ella pensando en Desmond Morris, pero ella frenó en seco y dio por terminada la conversación, como si yo fuera a cubrirme los oídos y aullar “¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio!” Años más adelante, al final de una reunión de despedida en un asadero me tomaron una foto con una copa de aguardiente, porque mi mano tocando un receptáculo con alcohol era una novedad, una ocasión irrepetible digna de ser inmortalizada.

A nadie se le ocurrió preguntarme qué pensaba, qué sabía, qué hacía. Igual para qué, si es tan fácil darlo todo por sentado. Cool, uncool. Nos mirábamos frente a frente, ellas y yo, y era como ver en un espejo el reflejo de lo que uno jamás querría llegar a ser en la vida. Yo tampoco exhibí interés alguno en conocerlas. Años después seguiría dando lo mismo recordar sus nombres o no.

Un 15 de junio me puse el uniforme de colores chillones por última vez. Esa noche miré a la segunda de la lista, sentada a mi derecha en el coliseo del colegio, y tuve la entera certeza de que aquella sería la última vez que la vería. Llamaron mi nombre y con alivio recogí mi diploma de bachiller. Desde entonces no volví a saber nada de ellas. De la mayoría de ellas, al menos.

[ Why — Annie Lennox ]