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Quince y dieciséis de abril

Bulnes. Mer. Santiago. Una máquina de marcar tarjeta en el trabajo. El bus más tóxico del mundo. “Flaquitas y pulposas”. Presuntos niños atracadores siguen a su víctima. “El coiffeur de las estrellas”. Un apartamento como de revista. La máquina de marcar tarjeta cuadra sola su reloj. Baba ghanoush. Vino. Bondiola, puré de batata, pasta de membrillo que no es dulce de membrillo. Dibujitos. Vino. Pink Martini. Baile. Raffaella Carrà. Helado. Vino. “Manu, ¡Chao!” La novicia rebelde. El trío Los Panchos con Eydie Gormé. Catacrocker. Agua. No hallo manera de reportarme a la nave madre. Una medialuna exquisita, densa como el centro de Júpiter. Café. La máquina de marcar tarjeta se atasca con mi dibujo de “Santiago el operario” adentro. Gorra con linterna, regla, cuchillo, cartulina, todo es inútil. Me toca irme. No quiero. Línea 39, cielo azul perfecto. He quedado un poco enamorada.

Trece de abril

El problema de Buenos Aires es que me recuerda demasiado a Lyon. Tanto así, que a veces tengo una fuerte sensación de dejà-vu frente a un bloque de edificios o en medio de un parque y resulta que es una imagen de la Croix-Rousse o del Parc de la Tête d’Or que he superpuesto al nuevo paisaje. Este problema se hizo especialmente evidente hoy en los alrededores del Rosedal de Palermo. Casi que podía sentirme dentro de aquel paréntesis que hubo entre la partida de j. y la llegada de Cavorite; tanto así que esperaba mirar hacia abajo y encontrar los cuadros de la camisa roja que llevaba aquel día. Sin embargo, constatando la presencia de mi padre, tuve que aterrizar en el Hemisferio Sur en 2011. El otro elemento delator de la realidad fue un puesto de choripán.

El kiosco, atendido por un señor de estrábicos ojos azules, tenía al lado dos o tres mesitas con sillas plegables para la clientela. Su reino se extendía hasta donde llegaba el eco de la cumbia en su radio. La silla número uno, sin mesa y pegada a la caseta, tenía a un señor espiando gente con binoculares. El dueño del chuzo bailaba con todo sabor un éxito llamado “El mantecazo”, con una escoba por pareja.

—Con esa música y vos bailando te van a clausurar el negocio—, le advirtió el de la silla. El señor del choripán no se dejó intimidar. Solo volvió a la realidad cuando nos sirvió a mi papá y a mí lo que hasta ahora es para nosotros el mejor choripán de Buenos Aires.