¿Por qué…

… no puedo empezar a hacer los ensayos de la universidad a tiempo pese a que me levanto tan temprano para ello?

… repito Surfing on a Rocket de Air hasta el mareo?

… se reventó la cuarta cuerda de mi guitarra la misma tarde que quise sentarme a tocar un rato?

… estoy comiendo tantas galletas?

… me acecha el recuerdo de los edificios iluminados de Peoria, IL, mientras voy caminando por ahí o mientras trato de pensar en algo importante?

… la gente en Transmilenio no abre las ventanas y todos prefieren quedarse dormidos por la falta de aire fresco?

… desapareció mi CD de Lennon Legend?

… me hace tan feliz la música de Yann Tiersen?

… apareció mi cuaderno de Español de 7° de manera tan inexplicable?

… abrí el archivo del ensayo de Gonzalo Arango y sigo escribiendo esto, mirando blogs y jugando Neopets?

… lo tratan a uno tan horriblemente mal en la Biblioteca Nacional?

… el mismo señor que hacía cinco minutos metió un manuscrito antiguo a la fuerza en una caja me gritó porque según él me estaba apoyando sobre un libro?

… se rayó el CD que quemé, justo en Itsumo Nando Demo?

… dejaron de funcionar los parlantes mientras sonaba Halflight (Tomandandy)?

… los japoneses son morenitos y las japonesas son blancas?

… salen signos de interrogaci?n en vez de tildes y e?es en los posts de Blogger?

Changhee y Francisco viven tan lejos?

… Minori y Kotaro viven tan pero tan pero tan pero tan lejos?

… no puedo ir a visitar a Minori de manera fácil y asidua?

… suena tanta música dentro de mi cabeza?

… no me puedo concentrar al escribir pero sí al dibujar?

… soy tan ingrata?

Éstas y otras preguntas tendrán respuesta… algún día, algún día. Y si no pues me las invento.

SUENA (en mi cabeza): Surfing on a Rocket — Air

La gouachafite, c’est fini!

Pues sí que se acabó la guachafita. Contra todos mis pronósticos, quedé en Francés 4. Tengo hasta agosto para ponerme al día.

SUENA: Re-Offender — Travis

Borrador de algo

Todo el mundo lo sabía, en especial los vendedores de sombrillas: llovería en Bogotá una vez más. Me cubrí con la rosada capota y me dispuse a abrir la destartalada sombrilla —”sombrilla de aguacate”, les oí decir a unas estudiantes a mi lado— cuando llegaron mis acompañantes de siempre, menos una, seguidas de mi madre. Ésta era una visita que no podía hacerse como cuando caminábamos todas juntas hacia el viejo vagón de tren donde saboreamos un poco de granizado y colaciones. No, ésta sería una visita especial: nos dirigíamos hacia la cárcel de libros.

El trayecto fue corto, aunque mirábamos hacia todas partes, temiendo a los vagabundos y a los perros. Cuando llegamos, la lluvia había cesado, pero el aire le había conferido un tono plomizo a todo, inclusive a las plantas que intentaban hacer más amable aquel recinto hostil.

—Aquí no nos importan sus autorizaciones ni la razón por la cual vengan. Tienen que afiliarse si quieren entrar —, dijo fríamente la mujer de amarillo que nos atendió, si es que a eso se le puede llamar “atención”. Al final de los forzados papeleos, mi madre y Tomoyo, la más joven de nosotras tuvieron que quedarse atrás mientras las dos restantes, Kitty y yo, éramos minuciosamente escrutinadas por seres que parecían no tener vida propia más allá del laberíntico edificio. Una mujer gorda y antigua nos miraba fijamente desde un ascensor color carmín que llevaba un letrero: “no maniobre el ascensor, puede ser peligroso”.

Nadie nos guió hasta la sala de visitas: tuvimos que encontrarla por nuestros propios miedos, no sin perder una gran cantidad de silenciosa adrenalina por entre las escalinatas. Allí un guardia volvió a revisarnos de pies a cabeza y nos interrogó:

—¿Qué buscan?

—Venimos por…; queremos investigar acerca de todas sus ediciones.

El rostro del guardia cambió de color, de amarillo ocre a rojo escarlata a blanco pergamino.

—¿Vienen solas? ¿Alguien más busca ese libro?

—Nadie más.

El guardia nos quitó la ficha que nos habían entregado a la entrada: ahora no tendríamos medios para recuperar nuestros objetos, que se habían quedado en un armario oscuro como las casas llenas de almas departidas. No tendríamos modo de salir. Kitty y yo nos hicimos a una mesa inmensa de madera burda, con puestos marcados por números blancos. La lluvia había regresado. A través de las ventanas parecía como si el cielo gris derritiéndose suavemente fuera una parte inseparable del edificio, como si los lomos de los libros encerrados hubieran sido condenados a contemplarla eternamente.

Había pasado mucho tiempo desde la última rebelión por derechos de autor. El Estado se había apropiado de cuanto material escrito existía, prometiendo un pago decente a los autores. Aun cuando era permitido asistir a clases y aprender, los libros no salían jamás de las aulas o las bibliotecas, por lo cual algunos activistas les empezaron a llamar “cárceles de libros”. Mi madre hablaba de una época en la que paseaba libremente en busca de revistas antiguas, justo en el mismo lugar donde ahora nos encontrábamos sin demasiadas esperanzas de encontrar algo interesante. Al fin y al cabo, nada saldría de estas cuatro paredes excepto en forma de una síntesis de dos o tres frases: eso era todo lo que se nos permitía para demostrar que habíamos ‘aprendido’.

Las copias solicitadas llegaron pronto. ¡Más que libros, eran revelaciones! Eran mucho más de lo que nos habrían prometido sobre ellos. En sus páginas se respiraba el aire de una historia que debía ser revelada. ¿Pero cómo hacerlo, si a la salida nos revisarían los cuadernos? Si llegábamos a ser descubiertas robándonos la información que le pertenecía al Estado, podríamos inclusive morir ejecutadas.

Ya se nos ocurriría algo. Por lo pronto, di un vistazo más a los libros encerrados y sonreí, prometiéndoles que los liberaría de su prisión.

(continuará… tal vez)

La media guayaba

Todo comenzó hace muchos meses, cuando Piet publicó en su blog una lista de requisitos para el amor ideal. En Las cinco del viernes surgió una pregunta al respecto, así que he aquí mi lista.

El hombre perfecto de Olavia Kite no fuma – no bebe hasta la inconciencia – es un poco asocial – no le pone problemas a la comida (nada de “uyyyy guácala la lenteja noooo yo no me como eso”) – no es tacaño – no hace obvia su idolatría a las modelos de las revistas – no hace énfasis en el hecho de que no me parezco ni remotamente a las modelos de las revistas – le gusta que no me parezca a ellas (como quien dice, no me usa de camiseta para mostrar) – toca un instrumento musical (la guitarra es muy bienvenida) – canta (no profesionalmente… con que le guste mucho basta) – es bilingüe – no le gustan Los Prisioneros – no intenta convertirme a la religión Charlista/Spinettista/Fitista – preferiblemente no sabe quiénes son los tales Charly/Spinetta/Fito – no me lee cuentos de Cortázar – no me lee poemas de Borges – ni de Benedetti – pero le gusta leer – no huye de los computadores – comprende mi adicción a los computadores – tiene ortografía aceptable – tiene buen gusto – pero no es quisquilloso – sabe cocinar – no es fanático empedernido absorbido moribundo furioso del fútbol – le gusta viajar – le gustan los jardines botánicos – no insulta a Billy Joel – le gustan los Beatles – se burla conmigo de los demás – se burla de mí pero no se pasa – se burla de sí mismo – no me llama “gorda” o “cosita” – no es otaku – no es cuentero – pero tiene anécdotas – es romántico pero no cursi – establece buenas relaciones con mi hermanita

Ya me cansé. Nada de esto tiene sentido. Llené una lista de requisitos que ya no tienen importancia… En fin. Quise hacerlo y ya lo hice, y no sirvió, y ahora… seguiré pasando esta noche de viernes sabiendo que por fin puedo descansar un poquito.

SUENA: Discovery Channel

Las cinco del viernes senreiv led ocnic saL

Todo queda en pareja.

1) ¿Qué debe tener alguien para que sea tu pareja perfecta?

Hay muchos requisitos… Los pondré en un siguiente post.

2) ¿Qué es lo que más detestas en tu pareja?(si no tienes pareja actualmente, puedes elegir entre decir lo que detestabas más de tu última pareja o de la que te gustaría que fuera la próxima)

No me gusta lo terquito, pero yo también soy terca entonces terminamos entendiéndonos.

3) ¿Harías algo por cambiar a tu pareja?

Nah… está demasiado bien.

4) Si tienes pareja o la estás buscando, ¿esperas que dure y tener una relación con futuro, o es por pasar el tiempo?

¿¡Para pasar el tiempo!? Uy no, qué tal… que dure y dure y dure…

5) En una relacion de pareja, ¿que función o actitud adoptas?

La de una persona que ama mucho a otra persona, sea lo que sea.

SUENA: el noticiero

"Sin una chancla quedo más loca"

Ayer fui a la BLAA en busca de unos artículos sobre Alvaro Mutis. Mi sombrilla se había empezado a desbaratar en el camino, tenía los pies helados y me di cuenta demasiado tarde de la falta de preciosas monedas de $200 o $500 para guardar mis mojados útiles en un casillero. Salí del edificio y compré unas galletas de chips de chocolate en un puestecillo callejero para obtener el cambio deseado y al mismo tiempo calmar las ganas de postre que tenía desde mi almuerzo poco usual de shawarma con gaseosa (suelo comer sandwich casero y jugo o Pony Malta).

Me hice a unos escalones de mármol para disfrutar mis galletas calmadamente cuando mis ojos se posaron en un travesti que conversaba con otro vendedor callejero, unos pasos loma arriba. El curioso sujeto vestía una blusa pegada de muchos colores, unos jeans pescadores muy pero muy ceñidos, una chaqueta y… una chancleta. La otra la tenía en la mano. No pude evitarlo; me quedé mirando la escena galletita tras galletita. De repente, el travesti se alejó en dirección de la entrada principal de la biblioteca.

Supuse que ése había sido el final del extraño momento, o tal vez no supuse nada y simplemente seguí divagando… cuando noté que el vendedor, canoso y sonriente, se acercó a mi escalón mirándome fijamente.

—Esa loca sí está bien loca —me dijo riendo —. Dijo: “Yo loca, y sin una chancla ¡quedo más loca!”

Reí con la boca cerrada, aún sin reponerme de la sorpresa causada por ser ésta la primera vez que un vendedor ambulante me hablaba espontáneamente. Por lo general soy el objetivo de señoras mayores que preguntan la hora o comentan sobre los nuevos supermercados que están abriendo… pero aparte de eso, nadie suele hablarme.

No contento con la anécdota reciente, el vendedor me contó:

—Era un hombre hecho y derecho. Tenía un negocio grande… Y de pronto, ¡se volvió mariposa!

Habría sido testigo de una historia interesante contada nada menos que por alguien que conocía al travesti desde antes de serlo, de no ser por el retorno de nuestro personaje. El vendedor volvió a su puesto de dulces, el travesti siguió gesticulando animadamente frente a él, unas niñas de uniforme se acercaron a comprar y la última galletita en mi boca se volvió una masa achocolatada con ptialina. Me levanté pesadamente y a pasos lentos regresé a la biblioteca.

SUENA: Landslide — Dixie Chicks

El taxista endemoniado, según Piet

A – let me entertain you dice:

“De día, un apacible taxista recorriendo las calles de la ciudad.

De noche, un lider satánico en busca de agradar al Señor de las Tinieblas”

TWENTIETH CENTURY FOX

PRESENTS

“SATAN’S CAB DRIVER”

El taxista endemoniado

Me encontré este cuento perdido entre los drafts.

(Basado en un hecho de la vida real.)

Hasta la llegada del nuevo sistema de transporte, mi barrio solía ser calificado como una especie de Macondo bogotano, un lugar más allá de los monstruos al final del mapamundi. La oficina de transportes del colegio tenía establecido que una distancia mayor a dos kilómetros era ya demasiado lejos; su directora se reía de mi hermanita y de mí cuando mi madre averiguaba si era posible que un bus nos recogiera. Pero aún teníamos que ir a estudiar. Así que mi madre halló el amable servicio de un taxista.

Don Gonzalo era un hombre cincuentón, amante de la música llanera y dueño de la colección completa de poemas llaneros recitados por Juan Harvey Caicedo. Gracias a él mi hermana y yo aprendimos fragmentos de tesoros nacionales tales como:

“Sí, señor, ya soy un viejo,

Mis canas son el trabajo y el pasar lento del tiempo.

Nací en un palmar hermoso, a orillas de un gran estero…”

La vida con él era casi perfecta. Casi, porque sufría desperfectos cada vez que su radio se estacionaba en Radio Recuerdos. Así fue como me enteré de la existencia de “Je-suis Santos, étzito-motivador”, dueño de la “casa del étzito”, la cual tenía una “tienda etzotérica”. También supe de los grandes beneficios del centro médico naturista Los Olivos, con diversas sedes dispersas por el sur de Bogotá. Creo que con él habría terminado muy bien mi época colegial en cuestión de transporte. No obstante, todos sabemos que lo bueno no dura. Don Gonzalo decidió cultivarse (porque más vale tarde que nunca) e ingresó a la universidad a estudiar derecho. Nos dijo que no nos preocupáramos, pues un vecino suyo, Don Hernando, quedaría al mando de su vehículo.

La primera vez que vimos a Don Hernando en el taxi pude oír en el aire los compases de Una noche en la árida montaña. Su mirada a través del espejo retrovisor era una visión acertada del fin de los tiempos. Mi hermanita y yo le tuvimos un profundo resentimiento desde ese mismo instante. Intentó contarnos historias moralistas de su vida y de su paso por una fábrica de carros, pero nosotras apenas le dirigíamos la palabra para pedir que cambiara la emisora de noticias por la emisora de rock. Cuando quedábamos atrapados en embotellamientos interminables, lo maldecáamos por habernos llevado justo por esa calle, la calle de todos los días. En una ocasión estrelló a un bus y nos pidió que testificáramos a su favor en la corte. No podíamos por ser menores de edad; sin embargo, sabíamos que de haberlo hecho habría sido en su contra. Lo odiábamos simplemente por existir, por no tratarnos tan bien como Don Gonzalo, por no ser Don Gonzalo sino Don Hernando, el de los ojos demoníacos. Era tan diabólico que consiguió sus propios medios sobrenaturales para dejarnos calladas.

Una mañana cualquiera, el taxi llegó temprano al colegio. Esto era bastante extraño, puesto que Don Hernando se empeñaba en llevarnos tan lento como le fuera posible a su máquina. Lo habíamos escuchado cantar, lo cual no era nada común en él, y en cierto modo nos asustaba. No había nadie a la entrada. Pagué la carrera del día y salimos del vehículo, convencidas de que pronto quedaríamos solas en ese lugar, esperando a que llegaran más niñas de uniforme. Por alguna razón me sentía feliz en ese momento, tal vez era por habernos deshecho una vez más de ese insoportable señor. Sin pensar en nada especial, empecé a caminar al lado de un gigantesco charco, nada que no pudiera ser esquivado… de no ser por un pequeñísimo desperfecto en el andén. Un huequito diminuto en el que cupo perfectamente la punta de mi zapato café. Uno, dos pasos fueron necesarios para la perfecta unión de mi pie con el hoyito… y caí. Caí como un árbol, tal vez incluso con la armonía del árbol que languidece bajo la implacable mano del hombre. Se oyó un chapuzón y la mitad de mi uniforme quedó cubierta de un agua verdinosa que afortunadamente no olía a nada. Parecía como si yo me hubiera acostado ahí por mi propia voluntad. Cuando me levanté, me di cuenta de que el taxi no se había retirado del solitario parqueadero… Don Hernando seguía allí, observándome fijamente… y cuando mi convulsa mirada encontró el infierno de su cara, no pudo despegarse de allí. El hombre no dejaba de mirarme, y en su faz de chivo demoníaco había una conmoción sabiamente disfrazada de inmutabilidad. Pero en sus ojos de aceituna aceitosa había, llena de todo el odio del mundo y con una satisfacción casi sexual, una sonrisa.

Al día siguiente, el taxista llamó a mi madre para avisarle que no le sería posible recogernos durante el resto de la semana. Mi madre quiso protestar, pero yo le toqué la mano suavemente, y en mi silencio aterrorizado le hice comprender que la suya era una supremacía que más valía no cuestionar.

Tomoyo & Olavia from Fashion Police



(Camiseta usada muy frecuentemente por un señor que vemos de lejos en las clases de Teoría I e Imágenes Tempranas de América)

Tommy: ¿De dónde será esa camiseta?

Kite: No puede ser japonesa.

Tommy: ¿Por qué?

Kite: Porque tener una camiseta de un restaurante de sushi en Japón sería como tener una camiseta de una empanadería en Colombia.

SUENA: Butterfly Collector — Garbage

DCP

Quiero tener un aparato GPS y ponerme a viajar buscando los puntos de confluencia de grados para tomarles fotos y mandarlas a publicar en la página del proyecto DCP (Degree Confluence Project).

Poder ver los rincones más inusitados del mundo a través del esfuerzo de cientos de personas que se han aventurado con sus aparaticos es casi para lagrimear de la emoción. Surgen paisajes que uno jamás imaginó en puntos por los que uno jamás se preguntó. Lamentablemente, el punto de confluencia más cercano a Bogotá (cerca de Versalles, Cund.; un paisaje muy familiar para el habitante de la sabana) ya fue tomado. Quedan cientos de puntos en el país por tomar.

Y así de contenta (como con esa sonrisa que se tiene cuando uno despierta de un sueño feliz) quedo para seguir con las labores diarias.

SUENA: Sic Transit Gloria… Glory Fades — Brand New