Archive for the 'beauty myth' Category

Tiene bigoticos como el gato del emoji

Ayer en la mañana, mientras Cavorite me miraba la cara de cerca, descubrió unos pelitos a los lados de mi boca. Cuando lo mencionó —con las palabras que dan título a este post— tuve una doble reacción interna: por un lado, me sentí desafiante porque así soy yo y tarde o temprano tenía que saberlo; por el otro, tuve el terror inculcado de haber sido descubierta en mi secreta realidad de persona horrible. Le conté, después de aclarar que no tengo por qué explicar nada sobre mi apariencia, que llevo ya un buen tiempo en tratamiento de depilación IPL pero esos pelitos nada que desaparecen. Al menos los del mentón sí, y esos sí que eran largos y gruesos y cuando descubría uno no podía dejar de tocarme la cara obstinadamente, intentando arrancarlo a ciegas con las uñas.

Desde que empecé el tratamiento he perdido la obsesión con los pelos de mi cuerpo. Antes andaba revisándome a cada nada en busca de algo que aniquilar, pero ahora es como que bah, en todo caso lo que pueda haber ahí está por desaparecer. Creo que más allá de los resultados visibles, el tratamiento de depilación me ha traído la libertad de no preocuparme nunca más por problemas que puede que aún no hayan sido resueltos. De ahí que ahora me dé lo mismo si hay o no pelitos en mi cara.

De todas maneras, no dejo de ser una mujer en la sociedad y la mirada del otro —el otro deseable, específicamente— activa una alarma que llevaba mucho tiempo adormecida. Y al mismo tiempo no, porque es natural y no me importa. Y al mismo tiempo sí, porque debería importarme. Y al mismo tiempo no, porque nos tenemos confianza. Al final termino pasándome la cuchilla —porque el tratamiento IPL me arrebató el maniático placer de usar las pinzas— y la vida sigue. Gana la sociedad, obviamente.

Miss Belt

«Todas queremos ser talla S», dice una mujer en la televisión, muy feliz de volver al SXIX.

Intento descifrar la lógica de ese argumento mientras me sirvo arroz. La ropa viene en diferentes tallas y uno escoge la que le queda bien, o al menos eso creería yo. A veces una prenda no le queda bien a uno en ninguna talla y eso es normal. Frustrante, pero normal. Nadie le pregunta a uno qué talla es a no ser que lo esté ayudando a uno a comprar ropa. La talla de una prenda está en la marquilla al interior de dicha prenda, no en un letrero gigante para que todos lo vean, como ocurre muchas veces con la marca.

Ahora pasemos al asunto de cómo la faja solucionaría el problema de querer ser talla S. Por un lado, el tamaño de una prenda no se define exclusivamente por el grosor de la cintura. Hay gente como yo, por ejemplo, que si quisiera ser S tendría que serrarse los huesos y rebanarse el pecho. Por el otro, entre una marca y otra puede haber una importante diferencia de tamaños. Entonces, si uno realmente quiere ser talla S a como dé lugar, no es sino que compre toda su ropa en un sitio donde esa sea la talla que mejor le quede y ya.

En fin. No sé por qué alguien querría ponerse un corsé a estas horas de la vida, pero el mundo de las televentas no es exactamente el mejor sitio para ir a buscar sensatez.

Reflexiones inconclusas en Copacabana

En la anterior entrega de este diario de viaje, dejamos a mis amigas en un bar de samba mientras yo dormía. Pues bien, ellas volvieron a la casa a las 3 o 4 de la mañana con historias de encuentros surreales con chicos hermosos y cuentas pagadas por desconocidos. Y muchas caipirinhas. Todo eso me hizo pensar en mi condición actual de no-del-todo-soltera, cosa que no lamento pero que tal vez habría interferido con la experiencia de anoche si hubiera ido. Debo confesar que pienso mucho en Cavorite. Sería bonito cantar juntos La Bossa Nostra bajo el sol de Copacabana (preferiblemente sin quemarnos).

Almorzamos bolinhos de bacalhau, frango à passarinho y yuca frita en un puesto junto a la playa en Copacabana. Luego nos echamos a descansar frente al mar. El sol ya no brillaba tanto, pero de todas formas me cubrí generosamente con diversos productos bloqueadores recién comprados en una droguería frente a la entrada del metro. Hasta chapstick especial llevé, porque esta mañana los labios se me estaban descascarando cual papel de colgadura viejo. Al final de la tarde paramos por una tienda de jugos y probé uno de cacao. No sabía a chocolate.

En la playa estuve pensando acerca de una cuenta de Instagram que había visto la otra vez, cuya dueña era muy delgada y salía en bikini y todos la alababan. Para una persona blandita como yo, vencer el temor de exponerse en la playa en bikini es relativamente fácil. Al fin y al cabo, a la playa va todo tipo de cuerpos y a nadie le importa. Sin embargo, creo que esa liberación aún no llega a traducirse en las fotos. ¿Cómo sería si la del bikini en Instagram fuera alguien como yo, con pliegues en la panza? Seguramente pocos comentarían directamente, pero haría las delicias de grandes y chicos con mi cuerpo feo, o algo así. (A veces pienso que es más fácil ser una voz del feminismo cuando se es convencionalmente atractivo. A Gloria Steinem le funcionó y ella misma lo acepta. Es una paradoja tremenda.) Se me acaba de ocurrir que al no publicar fotos con mi panza blandita estoy ayudando a perpetuar la idea de que solo las ultraflacas/megaatléticas tienen derecho a salir en fotos en bikini. Tengo que ponerme a hacer harto ejercicio y decirle no al bolinho de bacalhau para ganarme el derecho de… ¿ser un objeto? Esto está difícil y yo tengo que madrugar mañana. Le voy a echar cabeza.

Empiezo a pensar que no sería mala idea seguir estudiando rudimentos del portugués aún después de regresar a Bogotá. Lo poco que entiendo ha sido útil. Además, tengo la impresión de que algún día volveré a este país.

Celulitis

El otro día me compré por Internet un pantalón para hacer ejercicio. Mi trabajo me exige quedarme sentada todo el santo día, así que me toca hacer como los hámsters y correr en una ruedita para no anquilosarme. El pantalón llegó por correo poco tiempo después. Era tan bonito como en la foto. Me lo medí y me miré al espejo. Hm. Mi trasero se veía como si en algunas partes le hubieran sacado cucharaditas. Probablemente debía devolver la prenda y comprar algo más acorde con mi realidad.

Sin embargo, el pantalón me gustaba mucho y yo me sentía particularmente terca respecto de mi compra; el problema era simplemente el cuerpo que lo rellenaba. Pero tal vez eso se podía arreglar. Con un poco de disciplina, posiblemente. Busqué en Internet remedios y ejercicios para eliminar esos huecos. Cepillarse la piel, pagar por unos masajes agresivos, echarse no sé qué cremas, comer tal cosa y beber tal otra, levantar pesas. A medida que avanzaba en mi investigación, la esperanza de hallar una cura se fue reduciendo. Vi fotos de muchas celebridades en bikini. Flacas, no tan flacas, musculosas. Todas con celulitis. Y si esta gente tiene todo el dinero del mundo para arreglarse lo que sea y el problema sigue ahí, pues debe ser que realmente no tiene solución. Recordé incluso un episodio de Dr. 90210 donde una actriz porno adicta a las cirugías plásticas se mandaba operar un hoyuelito que le salía en la parte trasera de su muslo y doctor le hacía una costura especial bajo la piel. Al final salía una toma de la actriz satisfecha con el resultado, alejándose en shorts por un terreno rocoso. El hoyuelito seguía ahí.

Más del 90% de las mujeres tenemos celulitis. Entonces, ¿por qué debo sentirme mal? ¿Por qué debo esclavizarme en la búsqueda de una solución que no existe para un problema que no lo es? ¿Por qué debería esconderme como si fuera un monstruo? A este paso, todas las mujeres tendrían que taparse y sentirse avergonzadas. Y claro, muchas lo hacen. No es noticia que la industria de la belleza vive de vender lo normal como error de la naturaleza (¡o error de uno mismo al negarse a usar los productos redentores!). Las revistas de chismes hablan de “los peores cuerpos para la playa” y escrutan hasta el último centímetro de mujeres que se están dando el lujo de pasar tiempo en un buen balneario. Como si uno tuviera que ganarse ese derecho. Los medios andan diciéndonos que aún en pleno descanso tenemos que hacer lo posible por no dañarles el paisaje a los demás vacacionistas con nuestras abominables masas gelatinosas. Las mujeres debemos sacrificarnos por el bien de las miradas que nos acechan. El premio de quienes sufren es atraer más miradas.

Pero bah, yo digo que al diablo con todo eso. Yo lo que quiero es hacer ejercicio con ropa chévere y estoy en todo mi derecho porque sí. Abandoné la búsqueda y las preocupaciones y me quedé con el pantalón. Es cómodo y me gusta como se ve: no hay nada más acorde con mi realidad que eso.

Dos mujeres, dos caminos

En 2008, mi novio terminó conmigo. Ya veníamos mal desde hacía rato, pero yo estaba totalmente obcecada por el poder del amor (o la dependencia emocional) y reaccioné de manera poco decorosa. Poco después el hombre empezó a aparecer en Facebook con su nueva novia: una bombshell total que le gustaba a todo el mundo, según me contaban por ahí. Mientras tanto, yo era… bueno, lo que ya se sabe: carenerd, narigona, gafufa, mente random y cuerpo de nevera. Es vergonzoso escribir las burradas que se me pasaban por la cabeza en ese entonces, pero yo sabía que en estas condiciones no tenía cómo competir.

Anoche estaba tomando café con unos amigos cuando apareció un conocido de ellos y nos saludó. Iba acompañado de una mujer vestida de negro con el pelo teñido de rojo arreglado en una especie de victory rolls que me parecieron muy bonitos. Solo al final del breve encuentro la presentó y nos despedimos. De repente tuve un destello de lucidez y la reconocí.

Era ella.

Al darme cuenta de quién era la persona que acababa de ver, también noté que en ningún momento había sentido que hubiera estado en presencia del Nacimiento de Afrodita ni nada por el estilo. No estoy tratando de decir que ella era fea o que yo era más bonita que ella. Lo que quiero decir es que durante años yo estuve alimentando el mito de que un hombre había dejado a Amy Farrah Fowler por Jessica Rabbit y resulta que ninguna de las dos era tal. Éramos dos mujeres y ya. La atracción de mi ex se había marchitado en un lado y había florecido en otro, pero la competencia que yo estaba perdiendo nunca había existido.

Sintiéndome mucho mejor conmigo misma, seguí charlando animadamente con mis amigos.

Nota final: Después del terremoto de 2011, el ex en cuestión me llamó sorpresivamente para saber cómo estaba y darme apoyo moral. Después de la discusión obligada sobre el pánico y la incertidumbre, me preguntó por mi vida después de él. Le conté. Entonces se le ocurrió decir que tenía muchos puntos porque había estado con la más más (sic) de los geeks del anime y la más más de los geeks de la computación. ¿Así que ambas éramos ganadoras en diferentes categorías? En fin, ya lo saben: soy la más más.

2013-08-07 (El problema)

El problema es que si me miro al espejo desnuda me encanta lo que veo, pero no es sino ponerme un vestido de baño para que los elásticos lo deformen todo y me hagan sentir miserable. Ah, lo que es amoldar el cuerpo a los agentes externos para estar bien internamente.

Nunca es suficiente

Ayer mi mamá y yo nos pusimos a ver un concurso de compradoras de ropa en televisión. Antes de que empezara el programa, alcanzamos a ver los últimos minutos de otro, el cual mostraba la transformación de una madre y su hija (nueva ropa, nuevo corte de pelo, adición de maquillaje). La hija era apenas una adolescente, su cara seguía siendo de niñita, pero todos sabemos que una mujer nunca es demasiado joven para requerir mejoras.

Mientras la familia y amigos de la niña la vitoreaban por el nuevo look, la cámara se detuvo brevemente en su novio, quien aprobó el cambio. El chico se veía realmente mal con su bozo obstinado y melena fallida (una especie de casco de pelo inflado), pero era claro que a él nunca se le pediría modificar nada de su apariencia. Como hombre que era, tenía derecho a ser él mismo tal cual, mientras que ella había tenido que pasar por la picota pública por no ser su mejor versión posible.

Después del concurso de compradoras de ropa —nada que comentar al respecto— empezó otro programa, esta vez sobre una mujer que se ponía ropa demasiado holgada porque le acomplejaba su cuerpo después de una temporada de sobrepeso posparto y ahora a su esposo se le había conferido el poder de destruir todas las prendas de ella que le desagradaran para luego escoger lo que preferiría verle puesto. “Esta es la mujer de la que me enamoré”, se lamentaba el esposo frente a una foto de la señora vestida de gala para un evento cuando aún no tenía hijos. Una vez más, lo cautivante no era la mujer en sí, sino su mejor versión posible, y a eso aspiraba él a devolverla mediante la humillación de pasarle la ropa por una trituradora.

La vida de la mujer se va en estar parada frente al jurado de la gente que la rodea y esperar su aprobación, aguardar por sus notas de edición, sus sugerencias de retoques. Se va en saber que, tenga las cualidades que tenga, nunca es suficiente. Podrá ser una gran persona, pero nadie quiere una persona sino una mujer, algo que más que un género es una especie de quimera. No se trata de ser más bella porque incluso a la más bella también habrá algo que achacarle. Algo hay que cambiar. Se requiere más esfuerzo. La mujer debe aspirar a ser la mejor versión posible de sí misma, pero como la zanahoria atada a la caña sobre la espalda del burro, esta versión es inalcanzable. El jurado se va insatisfecho.

No es el peso sino el género

Ya todos conocemos el revuelo que causó la columna de Alejandra Azcárate en Aló. Yo procuré abstenerme de hablar al respecto; al fin y al cabo es una enorme estupidez. Sin embargo, el artículo no dejó de parecerme revelador. Es claro que ataca a las mujeres gordas, pero yo creo que su opinión no habla tanto de la obesidad como de la condición femenina en una era supuestamente postfeminista.

Estamos en pleno XXI, pero una mujer todavía sale a atacar a otras porque no se rigen por los estándares impuestos de un cuerpo en conflicto. A la luz de la columna, en esta época todavía se habla de mujeres virtuosas que no ocupan espacio, son invisibles y no disfrutan de los placeres terrenos. Nos referimos a la histeria como cosa del pasado, a la ablación de clítoris como práctica de bárbaros, y sin embargo sale alguien a criticar a las mujeres que gozan del sexo sin inhibiciones. Condenamos el uso de la burqa y al mismo tiempo nos dicen que nuestros cuerpos no son dignos de ser vistos en la playa. Esto no se limita a un grupo poblacional por encima de cierto índice de masa corporal; es impensable que una mujer, sea como fuere su figura, no se resigne a los sacrificios cuasirreligiosos que implican el pertenecer a su género. Hay que castigarse por caer en el descontrol de comer, hay que adelgazar hasta desaparecer. Hay que corregir los errores de la naturaleza y entregarle el cuerpo a los cirujanos para que lo purifiquen en el altar del quirófano como ofrenda a la diosa Belleza. Azcárate nos repite a todos —se repite a sí misma— que es mejor ser flaca que gorda, pero al mismo tiempo reconoce en su texto que todo eso que la hace virtuosa es “una lucha sin sentido”. La feminidad a la que ella se ha sometido y que nos intenta imponer a toda costa es un esfuerzo tan incansable como inútil.

La comunidad ha salido lanza en ristre contra esta columna y su autora. Sin embargo, los mismos pecados de los que se le acusa son involuntariamente cometidos por sus detractoras: descalificarla por su físico y justificarse con la propia deseabilidad. Decir que Azcárate tiene cara de caballo o que alguna vez fue gorda no es un argumento válido, de hecho ni siquiera nos dice por qué es ofensiva la columna. Asimismo, cada mujer que ha sentado su voz de protesta contra el artículo ha señalado que la gordura no ha sido un impedimento para tener parejas sexuales. Azcárate menciona el temor de la mujer gorda de que cada relación sexual sea la última de su vida, como si de ello dependiera su credibilidad como miembro del género femenino. Las lectoras se defienden y sacan a relucir sus credenciales de mujeres deseables, contando cómo a ellas sí se las quieren comer. ¿Esos son los parámetros con los que establecemos nuestra feminidad? Pasan las décadas y seguimos midiéndonos con la vara de la mirada masculina.

A mí no me vengan a decir que alcanzamos la igualdad hace mucho tiempo y que este es solo un chiste de autocrítica en la ‘jocosa’ guerra de los sexos que tanto explota la autora de la columna. Azcárate se engañó a sí misma creyendo que escribía en contra de la gordura: en realidad nos puso a todas en un espejo tristísimo y nos demostró que el verdadero problema no es el peso sino el género.

Dos de mayo

Mis jeans de barrer barrizales quedaron adentro del vestier. Me vistieron primorosa, me subieron a unos tacones con vista a toda la ciudad, y me pararon frente al espejo. Tenía piernas kilométricas.

Panza, bonete, libro y cuajar

Estoy mal del estómago. Otra vez. Siempre estoy mal del estómago. ¿Qué pudo ser esta vez? ¿La leche de soya? ¿El puré de ahuyama? No tiene caso señalar culpables. Me dan escalofríos, bajan hasta la altura del ombligo y ahí se quedan. Rrrrr, rrrrr. Es como si tuviera un motor defectuoso acá adentro. (“Chancletielo, chancletielo”, dice el mecánico inclinado bajo el capot del viejo Renault 4.)

Hace sol pero no quiero salir. Tiene cara de ser ese sol frío que solo sirve para dibujar sombras raras en el pavimento. Es como un abrazo insincero, como un apretón guango de manos. Creo que quiero eructar. O vomitar. O acostarme y agarrarme la barriga con las dos manos. Es blandita mi barriga. No sé para qué querría tenerla dura.

Cuando era chiquita odiaba mi panza. Estaba convencida de que era la única niña barrigona del mundo. Y bueno, en el colegio ayudaban a reforzarme esa noción. En clase de danza, cuando todas teníamos que andar en traje de ballet, una de las compañeras decía que yo parecía embarazada de nueve meses. Sí, definitivamente yo debía ser una anomalía de la naturaleza si todas eran tan rectas y espigadas. Olvidemos que la vida les regalaría poco tiempo después caderas de crinolina; ese es un detalle menor si en la feria de las formas a mí me tocó la de nevera.

En todo caso la barriga siguió siendo un problema central en mi adolescencia. ¿Por qué no usar bikini? Por la barriga. ¿Fotos sentada? Se nota la barriga. La barriga, la barriga, la barriga. Intentaron ponerme una banda de caucho gruesa alrededor de las caderas a modo de recordatorio para meter panza, pero al final del día eso resultaba enrollado bajo las costillas y la pipa seguía ahí, invicta. Para colmo de males, a los catorce años me mandaron a Estados Unidos a un “intercambio cultural” organizado por el colegio. El paseo, que lo único que tuvo de intercambio fue la iluminación que trajimos a nuestros host parents and siblings“yes, we go to school”, “no, we don’t live on trees”, “yes, we do have cars”, “yes, I know that’s a computer and it’s much older than mine back home”—, contaba con la escolta de nuestra profesora de música, quien no dudó en reprochar mis elecciones alimenticias (¡un sándwich entero en vez de medio sándwich! ¡engendro de Gargantúa!). Quién sabe qué diferencia habrá hecho medio sándwich, pero volví del helado estado de Minnesota hecha un tonel. Un tonel con gafas y brackets y acné severo. Y barriga.

Lo siguiente entonces fue la dieta: perder toda esa eh, ganancia, antes de cumplir quince años porque… porque son quince años y quince años no se cumplen todos los días y la fiesta y todo, ustedes saben. Una fiesta a la que invité a dos amigas, de las cuales una llegó un día antes y luego no fue el día que sí era. Así que me consagré a la piña y el atún. Bueno, piña y atún y huevo cocinado y una galleta con chocolate de postre al almuerzo. No hay mucho que pueda decir al respecto, salvo que para la digestión una rodaja de piña en ayunas todos los días es bendita. La panza no se va, claro, pero cuando el ejercicio no es una opción, con que lo abombado se desinfle un poquito ya todos respiramos aliviados.

Supongo que el último capítulo de esta saga de la autoestima juvenil femenina ocurre exactamente diez años después, en Hawaii. Olavia Kite se da cuenta de que no ha comprado un vestido de baño en ocho años y el que lleva a sus vacaciones solitarias es bastante poco presentable. Entra a Macy’s, se dirige a la sección de trajes de baño convencida de que alguien como ella —neveroide, con barriga, toda blandita— requiere uno de una sola pieza. Es una zona remota, pequeña y con una oferta bastante pobre, comparada con la cantidad impresionante de bikinis alrededor. De repente se detiene y piensa: “¿por qué debería comprarme un vestido de baño de una sola pieza? ¿Qué es lo que debería avergonzarme? ¿Acaso tengo algo que esconder?” Así es como por primera vez en mi vida, neveroide, con barriga y toda blandita, me compré un bikini. Y me sentí muy bien.

Ah, sí, el estómago me sigue doliendo, pero a punta de té digestivo y galletas de soda con mermelada estoy segura de que muy pronto me sentiré mejor.

Es lo que hay.

[ Big Girl Little Girl — Sia ]