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Horror subungueal

Cuando estaba en séptimo, Natalia G. metió la mano en el bolsillo delantero de su morral del colegio y se enterró un gancho de pelo bajo la uña. Yo estaba ahí cuando ocurrió. Siempre me pregunté cómo se sentiría eso, no con curiosidad entusiasmada sino con temor de llegar a averiguarlo.

Hoy metí la mano en mi morral de viaje y me enterré una cerda del cepillo de pelo bajo la uña.

He ahí mi respuesta, finalmente.

Adenda para mayor impresión:

En 2008 visité el Museo de la Guerra en Ho Chi Minh, Vietnam. Allí, entre muchas otras cosas tristes y horripilantes, había representaciones de cómo torturaban a los prisioneros. Dos métodos se me quedaron en la memoria para siempre: romperles los tobillos a martillazos y enterrarles agujas bajo las uñas.

Haber visto llover

Hace poco alguien preguntó en qué ciudades ha visto uno llover, pero como no me gusta la lluvia, no recuerdo mucho. Sin embargo, a modo de excusa para escribir, rememoraré unos cuantos chubascos.

Tokio (2006). La primera semana de mi vida en Japón tuve que comprar una sombrilla de ¥100 en una tienda de Akihabara. Creo que en realidad costó ¥500 precisamente porque estaba lloviendo. No era transparente como la que usaba Charlotte en Lost in Translation cuando atravesaba el famoso cruce de Shibuya y yo soñaba con emular esa película de algún modo, así que después me compré otra que sí lo era. No duraron mucho. Con el pasar del tiempo me volví un repositorio de sombrillas transparentes dañadas. Mis primeras expediciones por Tokio estuvieron casi siempre acompañadas de lluvia, así que el color gris suele remitirme a mis primeras impresiones de la ciudad.

Kamakura (2006/2009). Chee Siang, Cora y yo fuimos a Kamakura en verano y no fue exactamente el mejor paseo del mundo. Nos bajamos en una estación muy lejana, así que tuvimos que caminar un montón para llegar al templo del Gran Buda. Afortunadamente había una tienda de ¥100 en el camino y pudimos comprarnos impermeables, porque del mal genio ya casi ni hablábamos. Además, las constantes quejas por todo de mis compañeros de curso y viaje no ayudaban en absoluto. Me prometí arreglar ese mal recuerdo algún día. Años después llevé a Cavorite a conocer el Gran Buda bajo el cielo más azul del que tenga memoria. Había pasado un tifón la noche anterior y en todos los balcones había ropa puesta a secar. Fue uno de los días más felices de mi vida en Japón.

Huế (2008). En nuestro viaje por Vietnam —creo que la única verdadera aventura que he tenido—, Yin y yo teníamos una parada obligada de un par de horas en Huế, la antigua capital del Imperio Nguyễn. Tomamos entonces un tour expreso que incluía algo de tiempo en el Palacio Imperial, un complejo enorme que de ninguna manera llegaríamos a ver completo. Llegamos en medio de un aguacero torrencial, compramos un par de sombrillas arco iris completamente dañadas que la vendedora se negó a cambiar y nos pusimos a atravesar exquisitas estructuras antiguas ennegrecidas de barrizal en barrizal.

París (2010). Cavorite y yo veníamos del Museo de Orsay con muchas ganas de conocer la galería de paleontología que queda a un costado del Jardin des Plantes, pero apenas vimos la puerta cerrada se desgajó el aguacero y nos tocó meternos a un McDonald’s a escampar. Algo compramos para tener acceso al wifi y al baño, y cuando murieron nuestros computadores decidimos dejar de perder el tiempo y salir a la Biblioteca Nacional.

Buenos Aires (2010). Nunca he visto nubes más negras que las que cubrieron la ciudad cuando mi hermana y yo nos disponíamos a salir de su apartamento. El paisaje a través de las ventanas se desfiguró por completo y debimos conformarnos con ver The September Issue en mi computador.

El vestido de Hoi An

Ayer me puse un vestido que mandé hacer en Hoi An, un pueblito de Vietnam famoso por sus sastrerías y botes de colores. El vestido está descosido por un lado, pero siempre se me olvida eso y termino dejándome puesta la chaqueta encima para que no se vea el hueco sobre mis costillas.

Es un vestido extraño. Empezó como una muy mala reproducción de la foto de un catálogo, pero a falta de tiempo para exigir más revisiones tuve que recibirlo en su segunda versión porque era eso o irme para el siguiente pueblo sin vestido y sin plata. Las modistas se pusieron muy contentas cuando por fin lo acepté. Ahora pienso —o tal vez desde ese momento siempre he pensado— que debí haberme mandado hacer otra chaqueta en vez de ese adefesio. De todas maneras, es un adefesio en el que me veo bien (o eso dice mi madre, al menos).

Este pedazo de tela suave y deforme tiene la propiedad de enviarme a momentos que no tienen valor sentimental, como la fila para pagar en un supermercado en Medellín o el momento de subirme a una van en una esquina de mi barrio en Tsukuba. También me la llevé de compras a Tokio antes de Navidad, pero eso no lo recuerdo yo sino mi cámara.

No sé si esta reflexión venía al vestido en sí o a que me sorprende un poco todo el tiempo que ha pasado desde el viaje a Vietnam. O a que quisiera volver allá. O a que quisiera irme lejos. Como si no hubiera regresado de lejos hace apenas dos días. Como si no me fuera a volver a ir lejos dentro de poco. Como si no existiera nada lo suficientemente lejos para encontrarme de nuevo.

Retiro

Cuando estaba estudiando literatura en la universidad, estaba segura de que la frase “viaje de trabajo” nunca entraría en mi vocabulario a no ser que me entregara a la academia y me fuera re bien o me convirtiera en una escritora famosa que va a promocionar sus libros en todas partes. De la academia decidí darme un respiro y regresar en otra ocasión (if ever) y lo de llenar libros con mis letras, aceptémoslo, jamás ocurrirá. No obstante, la vida ha sido muy benévola conmigo y ahora me dispongo a viajar por segunda vez gracias a mi nuevo oficio.

Pero ahora metámosle un pero. Voy a pasar casi toda la semana sin teléfono fijo ni señal de celular ni internet. Se supone que yo tengo experiencia en este tipo de desconexiones —en 2008 pasé diez días saltando bus-hotelucho-bus en Vietnam sin mayor noticia del mundo exterior, y fuera de la cabecera municipal de La Dorada estoy en la olla— pero ahora leo la hoja de recomendaciones del sitio donde estaré a partir de mañana y entro en un estado como de inquietud. Incomunicación total en un santuario de flora y fauna. Me siento como si me fueran a mandar a ese retiro espiritual que hizo mi amiga Lynn donde tenía que pasar días sola en una montaña sin nadie con quién hablar ni comida ni agua. Además, a falta de Internet me tocará cargar un diccionario impreso como cuando la tripulación del Enterprise se tuvo que comunicar en klingon y la cubierta de la nave se inundó de tomos viejos. Este es el futuro y todavía nos mandan a volver al papel.

Aquí va un párrafo de conclusión pero la conclusión es que estoy nerviosa. Debería estar pensando en maticas y pajaritos pero ando preguntándome qué hacer cuando me falte la información instantánea como si de café o cigarrillos se tratara. Resignarme a la ignorancia, será, y ponerme a dibujar a ver si alcanzo la iluminación.

Forlorn

No me gusta la idea de irme de aquí, pero algunas cosas tienen que cambiar. No solo porque todos los ciclos se cumplen, sino porque hay condiciones en las que no es sano permanecer todo el tiempo. Sé que he sobrevivido, que he sido fuerte y que he aprendido a ver la belleza en medio de las ruinas, pero a veces me doy cuenta de que en realidad tengo las uñas clavadas al borde de un abismo. Soy como el monje del cuento que nos contaba Ariza Sensei en clase:

Un monje va caminando por ahí y de pronto se topa con un par de tigres. Corre y corre pero en su angustia tropieza y cae por un risco, con tan buena suerte de alcanzar a aferrarse a una raíz suelta. Pasado el susto inicial, respira profundo y evalúa su situación: está colgado de una raíz que probablemente no lo sostenga por siempre, tal vez apoyado pobremente sobre algún par de rocas. Seguramente se cansará tarde o temprano. Arriba lo esperan los tigres; abajo, un precipicio del cual aún no llega el eco de las piedras que él ha hecho rodar. Entonces se da cuenta de que justo a su lado crece hay un jirón verde del que penden unas bayas maduras. Las prueba. Están ricas.

Creo que acabo de perder el hilo por pensar en el monje y las bayas y el Sensei contándonos el cuento en un salón del edificio O en Los Andes. Hace poco compré una cantidad descomunal de fresas y me las he venido comiendo con leche condensada, tal como me enseñó Minori. Estábamos sentados en el comedor de mi casa en Bogotá sumergiendo fresas en ese azúcar viscoso. Al principio creía que era parte de sus gustos excéntricos, pero luego aprendí que en Japón la temporada de fresas —es decir, ahora en invierno— es temporada de fresas con leche condensada. En realidad una de las grandes lecciones que me dejó Japón es que Minori no tenía gustos propios, sino que todo hacía parte del Paquete Estándar de Personalidad Japonesa que venía en su disco duro. Hablando de leche condensada, en Vietnam siempre se endulza el café con leche condensada. Creo que es el café más rico que me he tomado en la vida. La leche condensada allá es no es muy dulce, por lo que uno puede echar un montón y queda el mejor café con leche de la historia de la humanidad. Por el contrario, el café vietnamita de Crepes and Waffles en Colombia es una bomba neural con sabor a falta de amor por la vida.

¿En qué iba? Ah, sí, en que empiezo a pensar que todo lo estoy haciendo mal si lo mejor que se me ocurrió para solucionar el problema de la soledad fue meterme a una iglesia bautista. O no sé. A mí me funcionó, al menos. No en el sentido religioso, sino en, por ejemplo, saber que un niño de tres años me recuerda y me llama a jugar con él y me llama Lola-chan y cuando ve cierto esfero de colores le menciona a su mamá que yo se lo regalé a ella hace poco más de un año. Supongo que esa idea debería servirme de consuelo cada vez que tengo la sensación de que no estoy en la cabeza de nadie nadie nadie nadie. No obstante, no dejo de preguntarme si mi existencia se limita a lo que está consignado en este blog. No a los sucesos que suscitan cada texto sino al texto en sí. Me pregunto si fuera de aquí existe algún trazo de mí.

[ We Won’t Run — Sarah Blasko ]

Están los procesos y los subproductos de dichos procesos. Lo que se desecha en el camino, la espuma que contamina los ríos en el paradójico acto de recuperar la pureza perdida. Está el resignarse a flotar en el caudal cual iceberg volátil y aceptar que la vida es una cadena de estafas. Es como un viaje por Vietnam, acoso tras acoso y pérdida tras pérdida, solo que en una de esas pesadillas donde por más que avance el bus nunca se llega al destino final.

Saberse tan hermoso como una flama multicolor en el desastre de Chernobyl.

[ Balloons and Champagne — Ephemera ]

Ein guter Freund kann ein Buch sein

Libros
Literary Theory es más gordo que el directorio telefónico de Medellín. Infinite Jest también lo es. Ay de la gente a la que le da por cargar estos monstruos a todas partes.


Imagino una escena en la que uno está sentado en una banca de un parque, meditabundo, con los codos apoyados sobre los muslos y las manos entrecruzadas bajo el mentón. La presión de los dedos arrastra la piel hacia los labios como los pliegues recogidos de una falda hasta fruncirlos en una mueca triste. Sin las manos interviniendo la cara sería menos graciosa pero igual de sombría. Al lado se encuentra un amigo con las piernas cruzadas (un tobillo apoyado sobre una rodilla) y un brazo extendido sobre el espaldar de la banca. El amigo tiene cosas que decir, pero uno en su estado taciturno no admite más voces que las de los niños que corretean cerca. No obstante, uno sabe que tarde o temprano levantará la cabeza de su pedestal, dirigirá la mirada al lado como para revisar si aún corre humo sobre los últimos vestigios de la hecatombe y, oh sorpresa, el amigo seguirá ahí. Nada tan reconfortante como esa certeza.

Hay libros que se portan como esos amigos silenciosos. Lo acompañan a uno, esperan pacientemente, no dicen nada si uno no quiere que digan nada. A veces uno los fuerza a hablar como para no sentirse ingrato —”a ver, cuénteme algo, pues”—, pero el desespero que uno carga es tan grande que las palabras le salpican a uno la cara como un vómito insultante. El libro espera a que uno le tenga la misma paciencia que él ha demostrado por uno.

Este año tuve un amigo así. Se trataba de la segunda edición de Literary Theory: An Anthology, de Julie Rivkin y Michael Ryan. Este hermoso bloque de 1314 páginas me acompañó a Bogotá, Medellín, Nueva York, Mito y Guam. Me vio deprimida, paralizada de pánico frente a una pantalla, tratando de embutirme el conocimiento que claramente no iba a entrar así con el líquido cefalorraquídeo contaminado de bilis. Se encogió de hombros al oírme maldecir por quincuagésima vez cada uno de los tres instantes en los que se me ocurrió meterme a esta carrera. Esperó su momento de hablar. Por meses y meses, simplemente esperó, pese a que lo insulté y le dije que si volvía a mencionarme a Lacan lo botaba del balcón. Supongo que nos volvimos como esas parejas que no se hablan pero tienen que hacer un viaje juntas y poco a poco empiezan a soltar frasecillas sobre el pésimo servicio de los paradores de carretera hasta que finalmente una de las partes hace un chiste y la otra no puede contener la risa que durante tanto tiempo ha estado aguantando para demostrar su odio. Puedo ver al libro sentado frente a mí en una carroza que va por un camino fangoso bordeando un bosque. Me ojea ansiosamente, quiere contarme cosas sobre Baudrillard e Irigaray, pero yo estoy mirando hayas por la ventana como si me dispusiera a ordenarle a algún sirviente que las tale todas. En algún momento el libro y yo nos tenemos que bajar a comprar jamalacs y me toca recordarle que el jamalac se puede comer todito con sal y picante, que si no se acuerda de cómo era eso en Vietnam. El libro me dice que no nos conocíamos en ese entonces. Ah, verdad. El silencio se hace menos pesado. Está bien, ahora sí cuéntame qué dijo Walter Benjamin. Bueno pero si prometes no mandarme lejos. Te lo prometo.

El próximo año este texto será reemplazado por The Cultural Studies Reader. Sin embargo, no quiero relegar al olvido a este fiel compañero de viajes que tan estoicamente aguantó mi ingratitud. Ahora que las nubes parecen disiparse en mi cerebro, quisiera retomar todo aquello que la parálisis no me permitió ver claramente. Es muy probable que al fin no haya sido tan mala idea decidirme tres veces por esta carrera. El libro se enorgullece de saberlo.

[ Buttons — Sia ]

2009

El año que empezó emprendiendo la retirada de Vietnam se acaba soleado y sosegado en mi apartamento. Tiene pinta de haber sido el año más emocionante de mi vida hasta ahora. Creo que es porque ha sido el año en que finalmente he abierto los ojos para reconocerme completa, viva, corpórea.

Pasaron tantas cosas, tantos lugares, tantas personas. Sonreí y quise y reviré y dije adiós. Desperté. Me liberé de las cadenas que me tenían dando vueltas en la cama, obsesionada hasta la furia con un rompecabezas de más de dos mil piezas de un cuadro de Mucha. Podé las partes de mi vida que me molestaban, saboreé el silencio y por primera vez no me supo amargo.

Del año quedan detalles esparcidos, trozos brillantes de espejos reflejando miles de colores. Una miga de tartaleta en el brazo del boticario. Mis pies al fondo del tibio mar de esmeralda en Waikiki. Un ave alzando vuelo desde la cúpula de la bomba atómica en Hiroshima. La voz de Ovidio susurrando mi nombre. Las luces extáticas iluminando entre rugidos a Alex Kapranos. El radiotelescopio al atardecer. El hallazgo a tientas de una moneda de Arhuaco. La fría oscuridad de la inconsciencia en el baño de mi apartamento. La mirada cansada de Minori. El cielo imposiblemente azul bajo el que abrí los ojos para hallar a Cavorite a mi lado.

Tintinean los fragmentos con el viento que los arrastra para dar paso a recuerdos nuevos. Ahora miro a través de la ventana: amanece. Los rayos anaranjados se explayan sobre un edificio en la distancia y me encandilan; es una mañana más de las que quisiera que él viera conmigo. Ya vendrá el momento.

Y ahora, 2010.

[ Close Your Eyes— Basement Jaxx ]

If You Buy, I Give You Good Price

Un día mi sempai me preguntó si quería ir a Vietnam. Como yo no tenía idea de lo que allí había por ver salvo platanales como los que adornaban los escenarios de Forrest Gump y Playa infernal, accedí. Pagué el tiquete de vuelo, compré un libro de vocabulario inglés-vietnamita y pasé una tarde en Tokio sacando la respectiva visa en una embajada donde lo mandaban a uno a almorzar “o algo” mientras la solicitud era procesada.

La noche anterior al viaje descubrí las aptitudes musicales del señor Sakaguchi en un karaoke, y creo que incluso me enamoré de su rendición de “Somewhere Over the Rainbow”. Para ese entonces no tenía la maleta hecha y no creía que al día siguiente estaría sintiendo calor en la capital mundial de las motos. Aún durante la escala en Taiwan fue difícil creerlo.

El viaje en sí transcurrió de manera un poco reminiscente de los documentales de Discovery Travel & Adventure. Probamos platos exquisitos, comimos frutas de nombres desconocidos, pasamos días y noches enteros en buses húmedos y apretados, paramos en baños con letrina, nos dejamos estafar, nos intentamos defender de las estafas y aún así nos siguieron estafando, tomamos muchísimo café con leche condensada e ignoramos como pudimos los incesantes llamados de “hello motorbike”, “hello cyclo”, “hello pineapple rambutan”, “hello, ma’am” y un largo etcétera coronado con una cínica promesa: “if you buy, I give you good price”.

El itinerario era bastante apresurado, un recorrido por el país entero de sur a norte en tan solo diez días, empezando en Ho Chi Minh (antigua Saigón) y terminando en Hanoi. A medida que avanzábamos hacia el reino del Viet Minh el ambiente se iba tornando más confuso, el clima más frío y la gente más dispuesta a liberarnos de nuestro dinero a cambio de baratijas, pan francés o servicios mal prestados. Sin embargo, por alguna extraña razón yo iba armada de paciencia tipo monje budista y sólo exploté en dos ocasiones:

  1. En una sastrería en Hoi An, donde me hicieron un adefesio por vestido (me pidieron una segunda oportunidad; cuando fingí satisfacción ante la casi imperceptible mejoría las modistas se pusieron contentas y me abrazaron).
  2. En el aeropuerto de Hanoi, cuando una mesera se inventó una treta compleja para cobrarnos un ojo de la cara por dos jugos y un huevo frito en aceite requemado. Al fin exclamé airada que no teníamos más plata y nos fuimos.

No nos hicimos amigos de ningún local, como suele suceder en los documentales. Sin embargo, el recepcionista del hostal en Hanoi me pidió el favor de ayudarle a mejorar su pronunciación del inglés. Mientras lo hacíamos repetir las palabras de su libro de vocabulario, descubrimos que el hombre confundía la l con la n y le daba lo mismo decir “light” o “night”. Entonces el hombre llegó a un vocablo extraño que pronunció correctamente mientras me señalaba: “Miss World”. Al otro día, todo su conocimiento del inglés había desaparecido.

Abandonamos Vietnam como emprendiendo la retirada de un campo de batalla indeseado y caótico. La promesa de calma y orden que se escuchaba en la voz automática de las rampas eléctricas nos hizo suspirar aliviadas, dichosas de regresar a este imperio frío y despojado de vida. No obstante, cuando recuerdo el sabor del cha ca (pescado frito típico de Hanoi) o las dunas de Mui Ne que apenas pude atisbar tras la ventana del bus pienso que no estaría mal darle otra oportunidad a aquel país inescrutable. Tal vez, algún día.

[ Marcia baila — Les Rita Mitsouko ]