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Bruma

Lima me confunde.

No empieza, no acaba, no se ve; es igual a Bogotá y de golpe ya no. El polvo en el aire dibuja montañas y mares como barreras repentinas. La neblina asciende al atardecer, borra los edificios y revela el cielo que podría ser pero no es. Los microbuses —énfasis en el “micro”— se atraviesan salvajemente. Lejos de la costanera, solo los nombres de las calles —¿Los Literatos? ¿Kon Tiki? ¿Doña Marcela?— me recuerdan que no estoy en casa. La comida es otro indicativo. “Poio” por todas partes y a todas horas. La gente se escandaliza por mi falta de apetito.

No obstante, esta es la ciudad-espejismo donde lo vimos todo claramente después de seis años. Vimos el pasado; lo que, como el cielo limeño, pudo ser pero no fue. Tardamos mucho persiguiendo (y evadiendo) las flechas azules que pretendían unirnos, pero al fin encontramos el final y nos hallamos paralelos. Nos sentamos en una banca al borde del acantilado y reflexionamos sin mirarnos. El mar parece estar hecho de metal y los surfistas se deslizan sobre las arrugas que el viento le esculpe. Él se pregunta por qué todos nos sentimos rotos. ¿Tú no te sientes rota? No, yo tengo mi música. Desafío la incompletitud con mi soledad y las cosas que saco de ella.

Nunca nos tendremos, pero siempre nos hemos tenido.

El sol desaparece y Lima se convierte en un nuevo laberinto. Mi guía lo sorteará con agilidad mientras yo intento darle sentido poniendo el río Sumida sobre una hilera de canchas de tenis iluminadas entre filas de edificios. No funciona. Lima es Lima es Lima. Y sin embargo es tantos otros lugares a la vez.

La radionovela

La única certeza del día era el arroz con curry. El arroz había sido preparado con el esmero que requiere oprimir un botón, y el curry era uno de esos instantáneos que, a juzgar por los trozos de grasa solidificada que se deshacían entre las muelas, no debería haber pasado directamente del sobre al plato.

La noche anterior había soñado con las calles de una ciudad polvorosa al lado del mar. El sueño culminaba a la entrada de una habitación donde alguien la esperaba. La expectación que había impulsado sus pasos y que se había detenido de golpe en aquel umbral la había dejado algo descompuesta. Esa mañana, mientras despertaba, creyó equivocadamente estar abriendo los ojos en su antigua cama. Cuánta incertidumbre: la luz matutina era tan distinta cielo tras cielo, y la cama era apenas un recuerdo reemplazado por la realidad cual pieza de utilería.

“¿Te quedarías conmigo?”, había dicho el héroe de la radionovela antes de ser interrumpido por una pesada y dramática orquesta mientras caía la tarde del día anterior. ¿Qué respondería la bella voz de su interlocutora? Sacudir el aparato no sacaría las respuestas; había que esperar a la siguiente emisión. Los personajes de aquella historia se habían reencontrado diez años después de una inexplicable separación para decidir el rumbo del resto de sus vidas, y los radioescuchas como ella no se resignaban a aceptar que sus rostros invisibles debían verse ajados por las decisiones mal tomadas, los desesperados saltos al vacío, las lágrimas de impotencia. En la fantasía de las ondas sonoras nada fallaba, los ojos chispeaban.

Al parecer, los vericuetos del camino habían conducido inexorablemente a la heroína de regreso a los brazos de su galán. Asimismo en el sueño, todas las calles desconocidas parecían conducir hacia aquel recinto que ella no se había atrevido a pisar. La diferencia entre el sueño y la realidad era que para cuando ella alcanzara aquel hipotético lugar, no quedaría más remedio que dar el paso y sentir la alfombra bajo los pies. ¿Nunca sintió miedo la protagonista cuando abordó aquel avión? Tras las voces cristalinas se ocultaban los gestos, los poros, la asimetría. Optar por la travesía significaba romper el hechizo de la perfección por entregas. Del otro lado del dial se conocían todas las respuestas de antemano, pero en el mundo visual lo único cierto era una sustancia marrón a medio cuajar sobre un montículo de arroz pegajoso.

El sol proyecta sombras tan distintas cada mañana, reflexionó ella mientras su mirada se tornaba hacia el cielo límpido. No valdría de nada hacer planes para el siguiente día soleado, si la luz nunca tocaría las barandas del balcón de la misma manera. Esa tarde ella no sintonizaría la radionovela.

[ Universo ao Meu Redor — Marisa Monte ]

Les flèches bleues ou Morceaux d’une photo sous le photo-maton

Elle a lu la lettre abandonnée devant le photo-maton. Ensuite, elle a noté les flèches bleues, dessinées sur le sol. Il semblait un long chemin… et morceaux d’une photo sont apparus sous la même cabine.

“…y sabes que si hubiera tomado el lado opuesto de una de las tantas bifurcaciones que tiene este laberinto, tal vez ni siquiera habría hallado las flechas. No las habrías pintado. El hecho es que esta tiza ya no se puede borrar, y así no lo aceptes avancé un par de pasos, curiosa por el misterioso destino que ofrecía, aunque no lo suficientemente cerca como para acercarme al posible barranco de la confusión…”

“…embargo, no hay razón alguna para estar confundido: tú estás en tu camino y yo en el mío, tal vez paralelos, tal vez entrecruzados. Las flechas que hallé siempre me harán sonreír y siempre querré seguirlas, aún si el final de la película no puede ser el mismo. Siempre pasaré por el fotomatón en busca de otra carta como la que tuve que abandonar aquí donde tratas de pegar estos fragmentos para generar una imagen completa…”

“…que si avanzara unos pasos más, si decidiera no mirar hacia atrás y abandonar las flechas de otro color que alguna vez alguien me tendió, correría a alcanzarte; porque el tonto mira el dedo que señala, porque un telescopio te anuncia y agitas los extraños fragmentos que nos unen, porque si el camino se hubiera bifurcado de otro modo habría abierto la puerta y te habría hecho seguir el patrón de…”

“…nada que lamentar. Tampoco podemos actuar, ni siquiera esperar un resultado determinado. Deja que las flechas apunten adonde deban, deja que creen senderos complejos por su cuenta y, sobre todo, deja que mis pasos se acerquen un poco a esa cabina telefónica desde la que agitas tu mano…”

“…Al fin y al cabo, no puedes evitar el flujo de tus palabras certeras en el momento preciso, ni la aparición de mi invisible sonrisa, ni el modo en que nuestras frases logran armonizar tan a menudo. Y por eso,…”