Monthly Archive for September, 2011

Un cerebro en un frasco y otros dolores

Hoy mi cerebro flota libremente en un frasco lleno de líquido. Desafortunadamente ese frasco viaja en un camión sobre una carretera destapada. Pa-pum, pa-pum, hace el camión sobre un hueco. Clinc, clinc, clinc, hace mi cerebro contra el vidrio del frasco. Los golpes duelen pero no sé cómo pedirle al camionero que pare, si el camionero soy yo.

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Ayer en la tarde se hizo claro el punto de donde irradiaba todo mi dolor. Era un gigantesco clavo que atravesaba una de mis vértebras lumbares y desde el cual emanaban rayos que se derramaban lentamente por mis muslos hasta mis rodillas. Intenté distraer de mi mente la presencia de tan incómodo pedazo de chatarra, pero los rayos se extendieron por la parte superior de mi cuerpo y empecé a preguntarme: si me cortaran la cabeza, ¿perdería el cuerpo o perdería la cabeza? ¿Podría aliviarme la cabeza quitándome el cuerpo adolorido? Pero el hachazo tendría que doler todavía más. Además sería justo sobre la garganta, que no me estaba doliendo en absoluto. ¿Y si fallara al primer golpe como el remate del seppuku de Mishima? Se convertiría en algo así como la escena del sacrificio del búfalo en Apocalypse Now. Y entonces me moriría y no habría servido de nada porque ya no sentiría dolor pero tampoco alivio.

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Tenía ganas de escuchar “Miss Misery”, de Elliott Smith, pero el sonido se fue desintegrando y se convirtió en arenas que se metían en las náuseas y me hacían más insoportable la incomodidad general. Cerré los ojos para apagar la canción, le di la espalda, deseé que se acabara la batería del computador. Las náuseas iban y venían. La marea del mareo. Logré evadir la tormenta con intervalos de sueño, pero en la noche resulté lidiando con un casco de dolor que me recubría la cabeza. No era la misma sensación de ahora —clinc, clinc— sino un colador de espaguetis metálico que no cedía a la presión de los dedos. Rogué por el fin de todas las luces y me agazapé bajo las cobijas.

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Desperté. Ya no tenía fiebre. Me incorporé en la cama, convencida de mi mejoría total. Clinc, clinc, clinc.

Tenemos miedo

Tenemos miedo de escribir. Tenemos miedo frente a una ventana pintada de rascacielos, sobre un arrozal enlodado, detrás de un escritorio tapizado de pendientes. Tenemos miedo porque a dos pasos de distancia alguien lo hace mejor, o por lo menos sí tiene algo que decir. En ellos hay pasos dados y proyectos en desarrollo y tertulias entre creadores en cultivo y estoy-en-el-mejor-momento-de-mi-vida. Mientras tanto yo —cada yo de este nosotros— tengo que luchar contra la libertad de buscar cualquier cosa entre el mar inmenso que se me ha dado. No quiero-no puedo-no quiero.

Alguna vez estuve en un círculo de creación literaria. Bueno, eso suena muy pomposo. Éramos solo cuatro (¿cuatro?) amigas de la universidad que nos poníamos tareas cada viernes y las leíamos a la hora de almuerzo. Como ninguno de mis intentos logró captar la atención de la Premio Nacional de Poesía que era una de las participantes —y creo que de nadie en general—, decidí que lo mío no era escribir y relegué al blog mis impulsos de contar cosas. No mucho tiempo atrás me había resignado a que lo mío tampoco era dibujar, así que para el final de mis días en Los Andes yo me había reducido a un manojo de inseguridades con ínfulas de japanofilia. Mi última y secreta esperanza era obtener la aprobación de un mítico personaje de Internet, pero sin textos que ofrecer eso no iba a ocurrir jamás. Corrijo: sin textos que ofrecer eso no va a ocurrir jamás.

No sé a qué iba con esta historia. Ah, sí: el miedo. El miedo a escribir es mucho más común de lo que pensaba —yo que me creía la única cobarde, o al menos la más cobarde de todas (aunque esto último sí puede ser verdad)—. Sin embargo, ya empiezo a sentirme bastante ridícula cargando con este temor. Esto no necesariamente quiere decir que esté tomando la decisión de hacer algo al respecto; es decir, llevo dos posts desvariando alrededor del tema, el equivalente escrito de las reflexiones de los futbolistas en Supercampeones antes de patear el balón. Lo único que sé, por lo pronto (y no sé si con alivio), es que somos varios los que miramos a lado y lado y vemos que por allá todo es bueno y aquí qué, aquí qué.

Inner Peace

Mi nuevo trabajo —que ya no es tan nuevo, ahora que lo pienso— exige que yo lea insultos todo el tiempo. Los insultos no van dirigidos a mí pero es mi responsabilidad recibirlos. A veces termino disgustada porque la gente se queja por pequeñeces o siempre hace el mismo chiste malo o encuentra maneras cada vez más creativas y asquerosas de morbosear al personaje cuyas redes sociales administro. Así pues, consciente de que mi vida actual requiere una dosis enorme de paciencia, he decidido reducir al mínimo las fuentes del mal genio. Esto en principio no es demasiado difícil en un ambiente de trabajo tan divertido como el que me ha tocado en suerte, pero de todas maneras hay que hacer lo posible por conservar la paz interior para no terminar deseando que tres cuartos de la población tuitera se electrocuten con el mouse por trinar tantas idioteces.

Así pues, estoy intentando adoptar una estrategia de optimización de la calma. Se trata de algo sencillo, de pequeños cambios efectivos —aprendí en un trabajillo extra que es más factible obtener respuestas positivas cuando se trata de cambios pequeños acumulativos—. Por ejemplo, ¿sí han visto a las personas que abandonan Twitter del todo porque les produce estrés innecesario? Bueno, mi propuesta es mucho menos drástica —en parte porque necesito mantener una cuenta personal activa para no enloquecer con la del trabajo—: dejar de seguir gente y ya. Una ventaja que tiene Twitter sobre la vida real es que uno no tiene que verle la cara de bofe a toda esa gente que escribe como si siempre tuviera cara de bofe. ¡Y se pueden eliminar del día a día! Es así de fácil.

Otro aspecto del plan ha consistido en retornar a las fuentes básicas de felicidad y satisfacción: comer bien, buscar espacios para compartir con gente agradable, practicar música todos los días. El ukulele es esencial. Hasta ahora el plan ha funcionado a las mil maravillas (salvo al momento de abordar un Transmilenio lleno como frasco de encurtidos). Sin embargo, las inquietudes silenciosas aún quedan guardadas al fondo como la amenaza invisible del coral filoso al fondo del mar. Sorteo las olas pero apenas pongo pie en tierra me hieren las preguntas. ¿Hasta cuándo seguiré dilatando la espera? ¿Cuándo me tiraré finalmente al abismo y haré algo de verdad? Toda la vida he sabido lo que quiero y, sin embargo, he preferido que el miedo me relegue a una nada rutinaria para conseguir que los días pasen como páginas de un libro sopladas por el viento. De prisa y sin que nadie las lea.

Ahí va entonces otro ítem para la lista de pequeños cambios necesarios, solo que abandonar el temor sería un cambio inmenso. Acobardada sigo vadeando, preocupada por la violencia de la superficie del mar para no pensar en las corrientes profundas. Mientras me mantenga congelada en esta orilla —¡la cómoda seguridad de la inutilidad!—, seguiré lejos de encontrar la paz interior.

Missed Appointments

Michel Houellebecq se perdió. Lo esperaban en una reunión y nunca apareció. Lo llamaron y no contestó. La gente debe haber temido un final funesto al estilo del del creador de Crayon Shinchan, que inexplicablemente se fue por un barranco en un parque. O como al dueño de la compañía Segway, que por darle paso a una señora montado en su aparatito rodante también se fue al fondo de un abismo entre las rocas.

Otro Miguel en otra época, Michael Jackson, tampoco llegó a una reunión importante. Se quedó dormido y gracias a eso la nariz se le siguió desmoronando durante ocho años más en vez de tener que tirarse él de un edificio en llamas. El 11 de septiembre simplemente no era su día.

Divagación indigesta

Extraño mucho el arroz con curry japonés. Bueno, tal vez no en este preciso instante puesto que estoy a punto de vomitar un curry “tailandés” de un popular restaurante “asiático” bogotano. Supongo que debo anotar que no fracasan del todo los dueños de esta franquicia: la evocación asiática se logró en cuanto a que el malestar que tengo ahora podría equipararse en cierto modo al que me mantuvo al margen de todo manjar en Bangkok. La diferencia es que en Tailandia me enfermé mucho antes de darle un primer bocado a cualquier cosa, y aquí fue la comida la que me enfermó. Siento que no voy a poder volver a darle nada sólido a mi estómago en mucho tiempo.

Quería escribir acerca del kare raisu que preparaba Minori y el que servían en las cafeterías de la Universidad de Tsukuba, pero el dolor —y la vívida evocación de ese potaje grasoso color anaranjado que me comí al almuerzo— no me deja. No obstante, mi estómago aún tiene el criterio para anhelar (¡pese a todo!) un buen curry con tonkatsu del viejo cocinero de Ichinoya, mi dormitorio-cárcel.

Bueno, no es más porque no puedo más. Deséenme suerte esta noche.