Monthly Archive for January, 2006

Pump It Up!

Hoy tomaré un bus viejito hacia la oficina de Pasaportes, donde me toman las fotos bonitas. Posteriormente tomaré otro bus, uno que me deje en la 7 con 72. Entraré al gran edificio de mármol gris y rojo y en mi librito vino tinto aparecerá una visa más, la única vigente. No he terminado de arreglarme, y tampoco he hecho la composición sobre un compañero de clase que tengo de tarea para la clase de Asai Sensei. Debería estar más bien angustiada.

Me quedan 15 minutos para salir de la casa de acuerdo con el plan, pero ¿qué estoy haciendo?
Estoy escuchando house.

[ Pump Up the Jam — Technotronic ]

Acá conociendo

En el costado derecho de este blog hay una caja donde solía recibir razones de mis amigas de universidad en época de trabajos finales. Ahora no es muy útil que digamos: la mayoría de comentarios que allá llegan son cosas como “¿Hay alguien ahí?” o “¿Por qué eres tan gomela?” Sin embargo, hay un tipo de mensajes que siempre llama mi atención, en vista del parecido que tiene este blog con la última fritanguería de Monserrate (todo queda ahí exhibido para el consumo de nadie). Se trata de “Acá conociendo”, un mensaje que me hace pensar en los lectores como turistas dirigiendo sus miradas hacia las paredes y el techo de una casa-museo. A veces sigo el link que traen sus nombres y leo una o dos entradas para volver después a mis lecturas habituales de Internet.

No crean ahora que tengo apenas un círculo exclusivo de blogs que merecen mi lectura, no. Leo una cantidad impresionante de blogs. Sé que este tiempo debería dedicarlo a los libros de Asimov que me prestó mi tía, a estudiar para el próximo examen de japonés o al repaso del chino que estoy olvidando, pero hallo relajante la lectura de tantos estilos distintos. Sin embargo, esto no se ve reflejado en la cantidad de comentarios que dejo en ellos. Por lo general empiezo a escribir algo y luego pienso “Va a pensar que soy una entrometida, ni me conoce” y lo borro. Los saludos los restrinjo a dos o tres blogs donde no me voy a sentir enviando spam. Aquello que hallo medianamente atractivo lo pongo en el feed. No propicio encuentros en la vida real con otros bloggers.

Si “Acá conociendo” es una implícita norma de cortesía que pone a prueba la capacidad de socialización del blogger en cuanto lo invita a establecer cierto vínculo de reciprocidad en la visita, creo que soy una autora con una marcada tendencia al aislamiento.

[ El arrepentimiento de Juan Carlos Bodoque — 31 Minutos ]

School, Interrupted

Entré a la universidad como si éste fuera mi primer semestre, observándolo todo y a todos con ojos muy abiertos. Esta actitud no la tuve en mi primer día real de clase, cuando me limité a esperar la hora de la clase en el borde de un muro y volver a casa una vez terminada la jornada. Claro que ahora es distinto; puedo darme el lujo de no conocer a nadie nuevo y aún así tener con quiénes compartir la hora del almuerzo. Entonces pasan por mi cabeza todos los estilos de comida que he tenido estos (ya no sé cuántos) semestres… crepe y ensalada en Dos gatos con la recién conocida Monique, lonchera en la terraza del Q con Kitty, Margret, Vero y Monique; melocotones compartidos con Himura a los pies de la Pola,—

Interrumpimos esta romántica visión de la vida universitaria de Olavia Kite para anunciar que la susodicha ha perdido la primera clase de Chino II debido a un inesperado exceso de somnolencia. Gracias por su atención.

En enero de 2005 recibí un comentario en este blog de parte de alguien que, aunque no conocía personalmente, no me caía muy bien. El autor del mensaje preguntó por la clase de Japonés III que se dictaría entonces. Supuse que el hombre se proponía nada menos que meterse a mi clase con el Sensei. ¡Ese arrogante que se la pasa corrigiéndome! ¡En persona! ¡En mi clase! ¡¡¡Participando todo el tiempo, restregándome lo bueno que es después de cada parcial en el que obviamente le irá mejor que a mí, preguntando socarronamente por mi relación con los japoneses, lanzándome miradas llenas de odio si de casualidad sé una respuesta que él ignora, buscando errores en el tablero, haciéndome la vida imposible!!!

Un año, dos niveles y un sensei después… ese arrogante osa darme un beso en el pasillo del Au después de clase e, incapaz de abandonar su espíritu competitivo, propone que el que obtenga mejor puntaje en el examen de cuarto kyu que acabamos de presentar gasta brownie.

[ The Suffering — Coheed and Cambria ]

¿Sólo cinco, Milord?

Lord Engel se apea del blanco caballo, se lo encarga al hombre del establo y vuelve a la mesa de encaje metálico pintado de blanco, donde lo he venido observando con una pava de ligero rosa y un largo vaso de limonada rosada. Trascendiendo la barrera de la charla sin importancia y encendiendo una larga pipa de exótico aroma, el caballero declara que está dispuesto a contarme cinco de sus más curiosos hábitos a cambio de cinco de los míos. Titubeo un poco, me refresco la cara enrojecida con un abanico español, tomo un sorbo más de limonada rosada y procedo a enumerar aquello que sólo reconocen mis más cercanos sirvientes:

  1. Suelo comerme los ingredientes crudos o a medio hacer de lo que cocino. Si hago pancakes, me como los sobrantes de la mezcla. Saco cucharadas de arroz aún duro de la olla.
  2. No tomo agua porque le encuentro un gusto horrible. Por más que me digan “¡pero si no sabe a nada!” yo siempre haré muecas tras animarme a tomar un sorbo. La única vez que el agua no me supo a nada, nada, nada fue en Uruguay.
  3. Tengo una agenda donde anoto a lápiz todo lo que tengo que hacer y todos los lugares a los que debo acudir. Cuando hago lo que está escrito, tacho con fuerza (también con lápiz), de tal manera que la hoja quede con relieve y textura cuando esté toda tachada. Si se me olvida escribir algo antes de hacerlo, lo escribo en el espacio de la fecha en que sucedió e inmediatamente procedo a tacharlo.
  4. Cuando la comida no está recién hecha, me la como fría. Pastas, carnes, arroz, sopa, —lo que sea menos huevo. Siempre tengo que reiterar que lo hago por gusto y no por pereza.
  5. Mi borrador se divide en dos secciones: la esquina más usada para áreas grandes, y las otras tres esquinas para áreas pequeñas como signos de puntuación y letras individuales. Esto me acarrea problemas al prestarlo, pues la gente tiende a borrar lo grande con la esquina menos usada y ahí es donde entro yo a abalanzarme sobre mi preciado bien: “¡No! ¡Por ahí no!”

Una vez confesados estos puntos entre ahogadas risitas leves, tomo mi cartera de seda color pastel sin correa y espero a que otro apuesto ayudante mi guíe de vuelta a la mansión, a través del amplísimo corredor, hacia la entrada donde espera el Rolls Royce reservado a los invitados. Aquella noche habrá un inmenso banquete para cientos de personajes de la alta sociedad: es el cumpleaños del caballero de la corte y un ponqué de cinco pisos de semillas de amapola y pétalos de rosa de todos los colores será repartido, tras lo cual habrá fuegos artificiales y un multitudinario baile.

Ya en casa, desenrosco la tapa de mi pluma Mont Blanc y les escribo al Barón Maladjusted —para que se tome un tiempo fuera de sus prácticas de tiro con arco y considere mi invitación a jugar Baccarat —y al potentado Himura —para que por favor me envíe un poco de la fina confitura que ha fabricado su imperio en una tradición de cinco generaciones —. En una postdata, les pido que me cuenten algo como lo que yo le he confiado a mi anfitrión bajo el sol de la tarde en su inmenso jardín.

Tomando otra hoja membreteada, le escribo mi formal deseo de feliz cumpleaños a Lord Engel, ya que una visita vespertina no es suficiente, y espero que coma mucho ponqué de semillas de amapola, gane mucho dinero en el casino y tome mucho té en tacitas brillantes de porcelana.

[ Don’t Dream It’s Over — Crowded House ]

Lady Picture Show

Sensei dijo una vez que yo era como los japoneses, tomándole fotos a todo. Preguntó si uno llega a ver toda esa cantidad de fotos en el futuro. Yo dije que sí, que las repasaba seguido.

Todavía me duele la pérdida de mis fotos. Pienso en las imágenes que quedaron borrosas en mi mente, en los detalles que no alcancé a contemplar (y que nunca podré memorizar del todo). Aparecen frente a mí los pies llenos de arena de un Maladjusted con capul, el overol blanco de Engel rubio al sol, la cara deprimida de un hombre sin nombre que apareció en la carpeta sin más, Lowfill y Himura observando triunfantes la ciudad desde las alturas, la cara suave e inmutable de Minori a los tres años y un Changhee relajado —como siempre —contra una pared en San Francisco.

Detesto perder los recuerdos visuales de lo que fui, de lo que los que me rodean han sido, aquello que a alguien alguna vez le pareció bonito. La primera sensación de pérdida fotográfica la tuve a los 6 años, cuando una profesora nos pidió una foto de nosotras chiquitas para su carpeta. Llevé una de cuando tenía 2 años sin mucho convencimiento, y la veía entristecida cada vez que llamaba a la lista y abría la página de cada una, en cuya esquina superior se ubicaba el tesoro. Nunca la devolvió. Desde ese entonces y todavía me irrita saber que hay una foto menos en mi colección de infancia.

Ahora que vivimos en la era digital y las fotos no tienen que ser necesariamente impresas, es más fácil llegar y decir “¿por favor me vuelve a mandar su foto?” y, a no ser que al otro también lo haya golpeado un virus monstruoso, la imagen vuelve a su sitio como por arte de magia. Sé que hay archivos que jamás volverán a mí y que toca conformarse con el recuerdo de lo vivido —o al menos de lo visto. Tal fue el destino de mi primera foto con Minori, pero ya no vale la pena llorar por la leche derramada. Me encuentro pues en el lentísimo proceso de recuperar lo perdido. Creo que además de eso debería aprovechar este tiempo para crear más momentos memorables con los dueños de aquellos segundos congelados, porque muy pronto estas calles, los cerros y ellos no serán más que añoranza y letras en Messenger.

PD: Tengo la impresión de que los japoneses no pueden vivir sin orquestar sus canciones con marimbas.

[ When You’re Gone — Cranberries ]

Mi Buenos Aires querido


Fiesta gaucha. En primer plano, una señora gata, muy posiblemente colombiana. Detrás, mi hermana, mi mamá y yo muy hippies. El de bermudas con tenis blancos no tiene nada que ver con mi familia. Atención a mi cara de Robin Gibb.

  • Por la promo de 12 empanadas en la rotisería Los girasoles
  • Por el acento cantado y altamente pegajoso
  • Por los bizcochos gratis en la confitería El Socorro
  • Por la fiesta gaucha con anillito y beso del gaucho
  • Por el dulce de membrillo y la pasta frola
  • Porque el dulce de leche se parece demasiado al arequipe, si es que no son lo mismo
  • Por las remeras, las polleras, las promos, las limpierías, las rotiserías y los locutorios
  • Por las canciones pegajosas (Don de Miranda!, la del comercial de Speedy —”tengo un parque de diversiones en mi casa”… ¿alguien sabe cómo se llama o quién la canta?)
  • Por la gente increíblemente amable
  • Por la forma como todos los edificios se ven lindos en conjunto
  • Por los balcones
  • Por las caminatas de noche
  • Por la carne y el vino
  • Por el tango
  • Por el fino humor de la gente
  • Por Puerto Madero y el Puente de la Mujer
  • Por Recoleta
  • Porque Uruguay está ahí no más
  • Por el titular “Porteño al spiedo” respecto de la sensación térmica ambiental
  • Por el Río de la Plata
  • Por Tigre, el Delta y la lancha supermercado
  • Por San Isidro y San Fernando
  • Por Víctor el mesero, Juani el guía turístico, Gustavo el recepcionista, la mesera del restaurante del hotel, los vendedores de bisutería y el señor del ferreléctrico
  • Por despedirse de beso del señor del ferreléctrico
  • Por la charla con una anciana desconocida en la óptica
  • Por las galletas Rex3, los alfajores, el yogur y el Mantecol
  • Por los niños cantando en el Buquebús

Por todo esto y mucho más, Buenos Aires merece una segunda visita. Y una tercera. ¡Quedé perdidamente enamorada!

[ Mi equilibrio espiritual — 31 Minutos ]

Bs. As.

No sé cómo terminé en Argentina esta madrugada, pero lo cierto es que estoy aquí. Nunca me imaginé que ésta sería una ciudad tan espectacular ni que la gente fuera a ser tan pero tan amable. Esto hasta ahora comienza y se pone cada vez mejor.

Por cierto, la vista aérea del Perú y mi brevísima visita al aeropuerto de Lima (con llamada local incluida) ha incrementado mis ganas de visitar aquel país. Ya veré cómo me las arreglo.

[ I’ve Got My Mind Set On You— George Harrison ]

Todo comienza con un servicio social


Como muchos de ustedes saben, el año comenzó para mí con un serio déficit de fotos. Al principio creí que se trataba sólo de fotos de amistades y familia (gracias Changhee por la labor de reposición), hasta que me di cuenta de que la realidad era aún más cruda de lo que pensaba: ¡Había perdido todas mis imágenes de mis programas de infancia! Dekirukana (¿Puedo hacerlo yo? también conocido como Noppo y Gonta), Ookikunaruko (Niños en crecimiento), El oso, el tigre y los demás, Banner y Flappy…

Así pues, de manera comedida les pido a todos los lectores y turistas de este blog me envíen cuanta imagen posean en materia de los programas que acabo de mencionar. Mi dirección en gmail está en ese recuadrito al principio del post.

Otro favor: si alguno tiene la dirección de la página donde sale información sobre todas las series animadas de los ochenta, bienvenido sea el dato. Y si Maladjusted puede decirme de nuevo la dirección de los videos de Augusto Ferrando, me hará más feliz aún.

Les agradezco de antemano su ayuda. De ustedes depende mi felicidad visual en este año que se estrena.

[ El tema de Banner y Flappy en mi cabeza ]