Desconozco la utilidad real de recomendar música al público de Internet. Sin embargo, hoy quiero dármelas de reportera de la vanguardia musical y contarles que Butterfly Boucher, cantante australiana de la que hablé con mucho entusiasmo hace años, está sacando un nuevo disco este mes. (Fe de erratas: lo que sale ahorita es el sencillo, pero el disco sale en abril. Así de aguda ando cazando noticias.) Su nuevo sencillo, “5678!”, se puede escuchar aquí. También, para el que no sabe por qué me gusta tanto: un par de muestras de sus trabajos anteriores. No sé cómo continuar este post. Sé cantar pero no sé cómo convencer a nadie de que tal cosa es digna de probar. Yo por lo general no escucho nada de lo que ponen por ahí, todos esos nombres tan deliberadamente clever y los arreglos tan iguales y las gafas grandotas con barbas colgando en cuerpos enjutos forrados a cuadros con cara de estar llevando la guitarra a hacer fila en un banco. A Butterfly no recuerdo cómo la conocí, pero supe que me pertenecía desde siempre. Un ex novio que la había escuchado me repetía a modo de recriminación en plena ruptura “never leave your heart alone“, y yo escuchaba la canción y no entendía, no entendía a qué venía esa línea. Butterfly era solo mía, no podía traducirse en la tristeza de otros. Eso me gusta de su música, el egoísmo con el que puedo asimilarla. Pero ahora, adelantándome a todos —aunque dudo que haya muchos codazos alrededor— me dispongo a compartirla tímidamente. O eso acabo de hacer.
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Niña cepillándose los dientes.
Posible autorretrato, circa 1989.
Esta es una historia larga.
Cuando era muy, muy, muy chiquita, empecé a dibujar. Mi mamá me entregaba una agenda y un esfero en cada sala de espera y eso ya era suficiente para tenerme juiciosa por horas. Empecé emulando los dibujos detallados que me hacían mis papás, pero ya para los 5 años la finalidad principal del ejercicio era deshacerme de lo que veía en mi cabeza. Todo lo que no existía yo podía hacerlo realidad en el papel. Como Saturno era mi planeta favorito, iba a dibujarlo como un personaje. Como me gustaba tanto Tiro Loco McGraw, él sería mi amigo por páginas. De ahí salieron historias, pero me negué a escribirlas. Toda la infancia la pasé diciéndome a mí misma que escribir tomaba demasiado tiempo.
En primero de primaria nos dejaron una tarea de ciencias que consistía en dibujar living things y non-living things. Yo hice la tarea, normal. Cuando la profesora llegó a mi pupitre a revisar, me dijo que por esta vez me lo pasaba, pero que no volvía a aceptarme una tarea hecha por mis papás. Si uno mira el dibujo —el cuaderno sigue en mi poder—, es obvio que no fue hecho por un adulto. Sin embargo, la señora supo inflarme el ego poniéndome en ese nivel. Las niñas del curso saltaron a defenderme. Esa fue la primera y última vez que me defendieron mis compañeras.
Llegó la adolescencia y, con ella, la impopularidad. Si bien había pasado buena parte de la vida escolar gozando del estatus de estrella de la ilustración de tareas, la falta de amistades hacia el final de bachillerato me despojó del honor de dibujar en el tablero lo que los profesores no podían. Las nuevas ilustradoras tenían un estilo más de no saber dibujar ni un par de manos —de verdad, eran mangas sin manos— pero igual arrancaban un “ay, diviiiiiino” de las demás estudiantes. Como buena adolescente, pensé que la vida era irremediablemente así y la gente siempre preferiría un adefesio sin manos si lo hacía una persona popular. Es obvio que la vida es así pero eso no debería detener a nadie. Yo caí en el error de desanimarme y relegué mi actividad a la clandestinidad de los márgenes en las hojas de notas. No quise estudiar arte porque no quería que me forzaran a adoptar un estilo que no fuera el mío. Entenderán que le tengo cariño a la manera como dibujo así sea de lo más simplón y lleve como veinte años poniéndoles dedos puntudos a las personas —odiaba como me quedaban las manos cuando las hacía como las del dibujo que acompaña este post—. Un ex novio sí me dijo que debía aprender a dibujar, pero no le hice caso.
Mi regreso al dibujo —lo digo como si fuera una persona muy importante que se retira y deja a los fans aburridos y sin autógrafo— ha sido lento, tal vez demasiado lento. El tedio y el dolor de 2010 me llevaron a sacar del olvido uno de los mil proyectos anti-depresión que tenía con Azuma, pero no fui constante. Me escudé en muchas cosas para evitarlo. Tengo que confesar que me da miedo y no sé por qué. Creo que era más fácil cuando no creía en esa parte de mí en absoluto y solo lo hacía para llenar márgenes y vacíos insoportables de tiempo en clase. Ahora que me arriesgo a sacar eso mismo a la luz —claro, por ahora en un blog, no es gran cosa pero igual—, me lleno de un terror irracional que es como terror a enfrentarme, a tener que convencerme de una buena vez de que esto es lo que he hecho toda la vida y no puedo seguir evadiéndolo. Yo quería ser una de esas personas profundas y analíticas que se codean con los grandes pensadores, pero soy una persona que hace dibujos. Para bien o para mal, eso es lo que soy.
También canto, pero esa es otra historia.
¿Saben qué es buenísimo?
Dejar de odiarse con la gente que uno ha querido. Dejar de gruñir al recordarlos. Dejar de evadirlos como a charcos fétidos, de cavar trincheras en todas partes, de hacer cara de “oh, no sé quién me habla, será que el viento está silbando”.
Hoy, primero de enero de 2011, Himura y yo volvimos a hablar. Y no nos insultamos. Y nos reímos. Y por fin me contó de qué se trataba su tesis.
Un comienzo de año formidable, sin duda.
[ Love — Zoe ]
La lámpara de mi cuarto se rompió hace tiempo, cuando intentaba arreglar un bombillo que no encendía. No conseguí repuesto para la parte quebrada, así que acostada en el futón recorro la grieta y la pego con cinta pegante mental. ¿Cinta plateada? ¿Cinta transparente? Miro la grieta y pienso en la palabra “cisma”. Cisma, escisión, desavenencia. “Escisión” fue una de esas palabras que salieron en el Concurso de Ortografía cuando estaba en las eliminatorias del colegio. Tenía 13 años y pasé a la final. Me gané unos patines, lo cual siempre se me hizo extraño. ¿Qué mensaje querían enviar con ese premio? ¿”Deja de leer tanto, cuatro-ojos, y sal a tomar aire”? Y yo que ni siquiera tenía gafas, pero fue precisamente en esa final televisada que se hizo evidente mi miopía. Perdí por ciega.
Antes de mi gran debut como perdedora salió en el diario un perfil de los finalistas. Había una foto mía horrible (pero qué le hacemos si yo era horrible). Una entrevistadora me hizo preguntas y le parecí chistosísima. Mi mamá le dijo que yo escribía cuentos, que qué podíamos hacer para publicarlos. La señora era la encargada de Aventuras, el suplemento infantil del periódico del domingo. Dijo que podría enviarlos a su sección para publicarlos en la página de correspondencia de los (pequeños) lectores. No me atreví a hacerlo porque 1) estaba convencida de que de todas maneras no iban a publicar nada y 2) yo escribía en inglés. No obstante el desánimo, yo seguía convencida de que lo que quería era dedicarme a escribir cuentos y sacarlos en libritos. Aquí es donde viene la voz de j. diciendo que si quiero publicar tengo que escribir muchos cuentos primero. Entonces yo me pongo triste y furiosa conmigo misma porque es tal como me dijo Himura alguna vez, que yo no soy más que una simple escritora de blog, y es peor sabiendo que ahora los blogs pasaron de moda y lo de ahora es tener Tumblr donde nadie escribe de a mucho salvo j. que si no tuviera con qué escribir escribiría con su propia sangre, seguro. Como Alexandros Panagulis en Bogiati.
- A match as a pen
- Blood on the floor as ink
- The forgotten gauze cover as paper
- But what should I write?
- I might just manage my address
- This ink is strange; it clots
- I write you from a prison
- in Greece
No sé a qué iba esta historia. Ah, sí, a que ya no escribo y lo único que tengo es este rectangulito, y eso, porque después de lo pasmada que quedé en Europa le perdí la práctica por completo. Y eso que tenía hartas cosas que contar. Pero con todo y la hirviente frustración que me produce esta involuntaria escisión de lo que otrora creyera vital, hoy voy a hacerle caso a ese par de patines y me voy a tomar el sol.
[ Afuera — Caifanes ]
El disco duro de mi computador se ha llenado por completo. A falta de dinero para un nuevo computador y de voluntad para una nueva unidad externa, he tenido que recurrir a la eliminación sistemática de archivos innecesarios. Como no he tenido el valor de hacer un arrasamiento a lo castigo de Yavé, la medida debe ser tan efectiva como limitarse a pasar la esquina retorcida de un trapo por entre las rendijas de los baldosines del baño. No sé dónde viven los archivos realmente prescindibles, pero yo tiendo a echarle la culpa a la música, que crece como los fríjoles de rosa veteado que mi mamá dejaba toda la noche remojando en un recipiente verde limón.
Antes de borrar una canción me dirijo a su respectivo contador de reproducción en iTunes y, si el número es de un solo dígito, la escucho a ver si es que he venido ignorando una joya o si definitivamente me da lo mismo que suene o no. Una opción rápida para la condena de archivos es notar su existencia y lo mucho que me aburren cuando el aparato está en modo aleatorio. Ahí no hay que pensarlo dos veces. Uno deja a un lado el libro que venía leyendo, salta al escritorio y hunde delete.
Últimamente han desaparecido temas que, si bien no me gustaban, me parecían chistosos. Me pregunto de dónde habrá salido ese afán de mantener música risible si escasamente la escuchaba. Todo está desperdigado como balines de un viejo disparo: ritmos caribeños inclasificables, música instrumental de propiedades somníferas, bandas sonoras malas de series buenas. De repente todo es claro: esas canciones estaban ahí única y exclusivamente para fastidiar a Himura.
Ya no recuerdo qué era lo que tanto le molestaba fuera de los Village People, que en todo caso eran contribución suya. Creo que cuando me confesó que le gustaban estábamos en su cuarto sin ventanas, y yo no podía creer que alguien pudiera disfrutar ese grupo más allá de las fiestas donde la sigla YMCA explota de todos los brazos. Lamento haber arruinado ese pequeño amor con mi imitación de baile de stripper gay y mi voz de transexual pero qué más da, si para ese entonces ya todo le fastidiaba.
Ahora no queda mucho de esa era en mi computador, pero de cuando en cuando emerge de las profundidades una canción olvidada, un chiste interno en una burbuja de la que no queda ni el jabón salpicado en las paredes y las narices. Es como hacer limpieza en la casa y toparse con restos de una fiesta celebrada hace mucho tiempo. Ahí, detrás del sofá, se encuentran unas serpentinas sucias y dobladas en todo tipo de ángulos como réplicas baratas de esculturas de Édgar Negret que alguna vez volaron en eufóricas espirales.
[ A contratiempo — Ana Torroja ]
Pudo haber soñado cualquier cosa. Pudo haber sido de nuevo el inexplicable fantasma de su amiga muerta sentada en el sofá. Pero ahora sus ojos estaban abiertos y ya no recordaría nada. Un día nublado. Lo primero que se ve siempre es la ventana—corrección: un borrón. Las gafas están a un lado, tal vez en el piso, tal vez sobre un libro, tal vez camufladas entre una maraña de cables.
El día tarda en empezar, pero las horas transcurridas entre el computador, el futón y la guitarra son infinitas. Olivia Ruiz. Un rato eterno se va escrutando una bolsa de marañones. Qué curioso que estas sean las semillas de una fruta que crece justo debajo de estos riñoncitos. Hay marañones planitos, mitades abandonadas. Otros están completos y son gordos. Tres episodios de Daria. El gran almuerzo de hoy: arroz con marañones. Arroz con furikake sabor a ajo y marañones. Y una taza de yujacha. Mientras restregaba el calentador de agua de la cocina con una esponjilla jabonosa podía oír un eco metálico reprochándole el opíparo banquete de un tazón de arroz con marañones comprados en una feria callejera el mes pasado, comparado con—algo peor. Siempre hay algo peor, porque es ese país y no este. Concurso de miserias. Permanece lo dicho, pero su voz se ha desvanecido. La de Sandra, fallecida hace años, suena clara como una campana de verano desde esa noche, pero la de él se ha evaporado, dejando apenas el residuo granuloso de las palabras.
Vaya, el momento más emocionante de mi día. Diez minutos antes de la hora de partir, el cierre de la falda se ha enganchado en las medias pantalón y ahora hay un hueco a la altura del trasero. Y aquí no venden medias pantalón para mí, el compás humano. El momento más emocionante de mi día. La aventura. La búsqueda del esmalte más barato de la colección—una aguatinta color verde limón—, la paciente aplicación del mismo en derredor del agujero mientras se escucha el portugués más bogotano de la vida en un video de Internet. Si es portugués de Portugal no debería entender tanto, ¿verdad? Una cara familiar. Él sí está hablando portugués y no portuñol. Me gusta el verbo “ficar”. Nunca he leído a Pessoa. Se imaginó informándole eso al desapegado boticario que recomienda bananos para el mal genio, una mesa metálica redonda en medio de los dos.
—Nunca he leído a Pessoa.
Sobre la mesa hay granitos de azúcar.
En el parqueadero estaba la gata Kiku observando a su novio El Rubio desde el calor de una moto. Algunos están plácidos y felices. Algunos tienen a alguien a quién observar largamente desde un lugar alto y cálido. Ya rodando en la bicicleta, rodeando un árbol, reflexionaba sobre los dieciséis de otros junios. Las raíces habían levantado breves ondulaciones que ella nunca esquivaba. Para eso es una bici de montaña. La falda al vuelo sobre la bici de montaña.
La clase fue un largo bloque de tiempo muerto. Su cabeza jamás estuvo allí. Sin embargo, la aparición de Hazuki marcó el verdadero comienzo del día. Su blusa de colores parecía sacada de otra década, pero se veía impecable. Bella. Y una vez más, la niña que usa shorts ridículos llegó al salón. Miradas de complicidad contra la moda japonesa. Cuánta alegría le daba poder tener miradas de complicidad con ella. Juntas salieron del salón y partieron en dirección de Frijol, el restaurante mexicano. Como estaba cerrado, siguieron hacia Kuraudo, el restaurante de okonomiyaki. Mientras esperaban, Hazuki sacó un sobre de su maleta.
—Tu cumpleaños es en julio. Como no nos vamos a encontrar, te traje un regalo.
—¿En serio?
Su rostro se iluminó. ¡Un regalo! ¡De Hazuki! ¡De cumpleaños! ¡Se acordó! ¡Me quiere! Era una edición moderna con ilustraciones simpáticas de un manual antiguo chino de salud. Gracias. En serio, gracias. Gracias. Arigatou. Hontou ni, arigatou. Bajo la iluminación del recinto, el rostro de Hazuki creaba sombras hermosas. Solo su nariz se asomaba a la luz. Ella es hermosa bajo cualquier luz, pero no lo sabe, o lo sabe y lo niega. ¿No hay mayonesa? El okonomiyaki siempre sabe mejor con mayonesa. Como el último okonomiyaki que comimos en Hiroshima. La conversación se estancó en cómodos silencios. Qué llenura tan terrible, pero igual tengo ganas de sherbet de yuzu. No está caro, en todo caso. Entonces vio el fin acercándose como la pared de un cuarto de tortura. Algún día no podré verla más.
Regresó a su hogar en silencio, bajo la lluvia invisible. Mientras aseguraba la bicicleta vio a Azuma en el pasillo del edificio. Hola, estaba comiendo con Hazuki. ¿Quieres pasar? El clima no coopera. La televisión está malísima, como siempre. ¿Puedo cambiar de canal? Por favor.
—Soñé con una amiga que murió hace años—dijo de repente, recostada contra una almohada y una serpiente de peluche—. Era tal como la recordaba, la voz, la actitud… Estaba sentada en el sofá de mi casa. Era diciembre 13. Entonces llegaba Himura y preguntaba si alguien más vendría de visita. No, nadie, ¿por qué? Para mí era como un fin de semana normal. “¿Ustedes no celebran la cremación del cedro?” No, no tenía idea de que existía esa celebración. Mejor ven, te presento a Sandra. O más bien, al fantasma de Sandra.
[ La saule pleureur — Olivia Ruiz ]
—Si pudiera, abriría la boca hasta donde dieran mis mandíbulas y la encajaría sobre tu cabeza rapada.
—Deja de portarte como una lamprea.
—En Portugal son muy apetecidas. Se guisan en su propia sangre y se sirven con arroz. A los antiguos romanos les encantaban.
—¿Te das cuenta de por qué no quiero volver a saber de ti?
—Yo sólo quería hablar.
—Pues yo no.
—¿Todavía te gusta la música? Encontré unas canciones bonitas este fin de semana.
—…
—Tal vez no quieras probarme nunca más, pero al menos déjame pegarme a un vidrio desde donde te pueda ver.
[ Love Can Damage Your Health — Télépopmusik ]
Me han transferido a Ulán Bator. Estoy segura de que se trata de un error, pero la carta del Ministerio de Educación es clara y tiene mi nombre completo. Al parecer, por cuestiones de la crisis económica han decidido endilgarle el bulto estudiantil a países con más espacio y pensiones más baratas. Así pues, una vez obtenga la visa de Mongolia, procederé a repartir mis cachivaches, darme mis últimos paseos por Tokio y pedir mi último sushi de anguila. Ya estoy resignada.
Apenas me enteré de la noticia intenté obtener ayuda de mis padres por vía telefónica, pero la comunicación se cortaba misteriosamente en cuanto hacía mención del tema. Llamé entonces a Himura para pedirle en clave que me sacara de este entuerto, pero me dijo que soy una obsesa y estoy loca, y procedió a ignorar el timbre del celular como si no vibrara sobre su muslo. “Es una alarma”, les explicó fríamente a quienes le preguntaron si no iba a contestar.
El señor Sakaguchi, quien ante la inminencia de mi partida aceptó salir a comer conmigo, dice que no tengo de qué preocuparme, ya que Ulán Bator es una ciudad grande y respetable como cualquier capital. Pero la verdad es que él es un insensible y no le ha echado un vistazo a la desmoralizadora Wikipedia. Detrás de su amplia sonrisa se esconde el hecho de que el momento en que me suba al bus que me lleve al aeropuerto será el momento en que él borre mi existencia de su cabeza. Se preguntará entonces de dónde rayos salió aquel pequeño retrato de él hecho en tinta.
Tal vez no sea tan malo, después de todo. Los mongoles hablan como si en su lengua se vivieran reventando dulces efervescentes—¡siempre hay algo nuevo que aprender! Además los lácteos me encantan y la changua hizo parte de mi dieta durante toda mi época de colegio. Al frío sabré acostumbrarme tarde o temprano. La montaña de cebollas no puede ser un lugar tan terrible para vivir, si todavía hay gente que reside allí.
Dos años después, creo, retornaré a Colombia con el rostro ajado y el sabor del té con leche y sal en la boca. Habrá demasiada gente en la calle, demasiadas palabras inteligibles condensadas. La yo de hoy sabe que tendrá un impulso de soplar suavemente sobre las cenizas del amor perdido. Sin embargo, la yo de ese entonces habrá aprendido que los humanos no somos más que nombres en listas infinitas. Hemos inventado de todo para recordarnos, pero lo único que hemos logrado es mantener frescas las palabras. Más allá de eso, las cicatrices se desvanecen y renuevan orondas ante nuestra impotente vista miope que no puede trascender los océanos.
Había llamado a Himura con desespero, como si él hubiera podido hacer algo desde allá. Pero la verdad es que desde nuestro último beso nos habíamos convertido tan solo en aquello que nos permitieran las máquinas: voces entrecortadas, abreviaciones, pixeles. Da lo mismo que me vaya a Ulán Bator ya mismo: es pasar de un olvido a otro olvido.
[ I Get Along Without You Very Well — Chet Baker ]
Ayer derretí una espátula. No, no fue mi intención. Fue uno de esos accidentes divertidos, como cuando se fisuró un pocillo sumergido en agua caliente y por entre la raja empezaron a salir volutas de leche. Intenté levantar el artefacto y en mi mano sólo había medio pocillo.
Andaba poniéndole atención a un llamado de la naturaleza, una voz que me decía “papitas grasositas con mucha sal y salsa de tomate”, cuando de repente me di cuenta de que había un poco menos de la herramienta con la cual sacaba las papas del aceite. Claro, podría haber usado una cuchara para freír en vez de la espátula, pero resulta que en este hogar no hay sino un juego de cubiertos, un cuchillo filudo y un balde.
Himura se indigna al saber que no tengo intención alguna de invitarlo a conocer mis dones culinarios. Tal vez piensa que es producto de un exceso de feminismo mal llevado, pero la verdad es que dichos dones no existen. Aderezo las papas fritas con caramelo negro sin sabor y la leche al baño maría se convierte en agualeche con medio pocillo. De aquí jamás ha emanado el dulce aroma de las galletas recién hechas. Una vez tosté un pan en una cacerola, y le puse mantequilla, canela y azúcar, inspirada en una receta que me dio una antigua amiga en cuya cocina jugaba esgrima con las cucharas de palo—para su profundo disgusto. Eso me quedó bien. De resto, muchas veces no conozco el resultado final de mis incursiones culinarias puesto que el hambre es tal que me lo como todo a medio cocer.
Si a alguien se le ocurre algún día que vivir conmigo sería una maravillosa idea, le advierto: no me deje entrar a la cocina, o estaremos en apuros. Y si no que lo diga Minori, cuya cocina prácticamente incendié fritando berenjenas. Mejor encárgueme de los platos… los desocupo con gusto.
[ Silverscreen — Jesca Hoop ]
Esto no se puede quedar así. ¿Creen que me voy a quedar cruzada de brazos cuando acabo de perder al amor (de los últimos tres años y medio) de mi vida? Las películas y las canciones me han enseñado que cuando es necesario hay que saltar tapias, cruzar potreros, sabotear ceremonias nupciales y hasta cambiar de dirección la rotación de la Tierra. Necesito un plan de acción.
Podría comprar un tiquete aéreo a Bogotá y ausentarme de clase una semana sin avisarle a nadie. Después de pasar el jetlag en mi casa, tomaría un Transmilenio hasta Teusaquillo, contrataría un trío de cuerda en Camucol y me le plantaría frente a su sitio de trabajo cantando éxitos de Daniel Santos hasta que vuelva a creer en el poder de mi amor y me bese tiernamente ante las miradas emocionadas de los transeúntes.
Ahorrémonos al trío de Camucol; mejor lo dejo para que todo el mundo huya lacrimoso de “El camino de la vida” en la siguiente fiesta familiar. Compro un repuesto para la cuerda rota de la guitarra chiquinquireña (¿por qué tuvo que reventarse en agosto?) y voy sola en bus. Tengo que llevar el instrumento en su estuche para que no crean que voy a pedir plata.
Desde los escalones que dan a la calle se puede ver la cara de quien atiende a través de la vidriera. Podría ser él—no quiero mirar así como estoy, regurgitando el corazón. No sé qué diablos hago con una guitarra a la espalda, si la falta de práctica me ha hecho olvidar casi todo lo que sabía. No practiqué ni nada; ahora me va a tocar improvisar con el escaso repertorio que me queda… ¿Un vals peruano?
Aún si la música nos unió la primera vez, con este folclórico fracaso no lo hará una segunda. La guitarra se queda ahí y la cuerda puede esperar hasta julio próximo. Mejor entremos por la vía gastronómica: le haré galletas. Deliciosas galletas de chocolate en una bolsita o un frasco. Si funcionan en San Valentín deben funcionar en cualquier otra fecha, o si no ¿para qué se esfuerzan tanto mis compañeras de clase cada febrero?
A quién engaño; cualquiera podría hacer galletas, inclusive de sabores más exóticos que el chocolate. Además, teniendo en cuenta que jamás cociné en su presencia, no me creería ni en un millón de años que esas galletas son de mi autoría. De todas maneras a él lo que le gusta son los bizcochos de mora de los hare krishna. El amor desesperado soporta muchas cosas, pero ninguna de ellas incluye convertirse a una religión donde toca andar por la calle con una pandereta para aprender un secreto culinario.
Quizás la salida más simple es la más usada por el cine romántico: llegar, simplemente llegar adonde se encuentre y enfocar la cámara en mi pinta de haber cruzado océanos y pasado penurias por él y solo por él. Eso lo derretiría instantáneamente, especialmente si cargo con el equipaje directamente desde el aeropuerto y cae un aguacero monumental. Nada mejor para los entuertos sentimentales que un escenario oscuro y emparamado, un escenario capaz de despertar compasión en el más duro de los corazones. Por favor pongan a sonar “Reunited” de Peaches & Herb mientras bailamos en la calle.
Pero heme aquí ahora, de vuelta al mismo lugar donde fui olvidada ya no recuerdo cuándo. No me tomó más de un pestañeo regresar; las películas también se vuelven un gran rectángulo negro y todos se levantan a seguir con sus propias historias, si acaso con una chispa de esperanza en que al menos el imposible final feliz pueda transferirse a la suya. Creo que mejor voy a afinar la guitarra que tengo aquí—uno nunca sabe cuándo necesitará un plan de acción musical. Al menos uno de escape.
[ Sanar — Jorge Drexler ]

