Monthly Archive for December, 2010

2010 (Reprise)

El año del ukulele. El año de los dibujitos. El año de la bisutería. El año de Sia. El año de Tsukuba – Guam – Kioto – Nara – Tokio – Ginebra – Lyon – Montreux – Aigle – Lausanne – París – Amsterdam – Lisse – Seúl – Bogotá – La Dorada – Pandi – Buenos Aires – Nueva York – Naoshima. El año de la tesis. El año de la mudanza de los blogs. El año del hikikomorismo.

Un año que prometía ser el más feliz de mi vida pero al final resultó un timo total. Uno en el que aprendí que si bien el amor todo lo puede y todos lo buscan, el mío es una cosa estorbosa de poder nulo.

Un año compuesto de millones de instantes. Las conversaciones cantadas con Cavorite. La noticia del matrimonio de Minori. Mi abuelo en cuidados intensivos hablándome de aritmética. Los desayunos con Yurika en el parque. El mejor helado del mundo en cama con mi hermana. Hazuki en mi casa, en ruana. María Lucía y Ueo a la vera del río. Una flor roja en el pelo de Amber. El peor cólico del mundo en una banca rodeada de venados, al lado de j. El milagro navideño del pollo frito de combini con Azuma. Mer y Santiago tiñendo de felicidad el subway. El CERN. El KEK. La JAXA. “Vous êtes jolie”. Cada uno de los cuatro mil sánduches que elaboramos o compramos con Cavorite. El pescado más gracioso del planeta en compañía de Yin y Azuma. “Wonderwall” a dúo para un público ribereño. El reencuentro con Alicia. El museo Chichu, la antesala del cielo. Un vuelo NYC-Tokio pasado por agua. Aquella persona que quise tanto conocer y no pude. La gran película de acción que fue la entrega de la tesis. Los traboules. Las postales. Los lápices de colores. Las torres de libros.

Ahora estoy enferma y no puedo levantarme a darle un final decente a este año de telenovela, pero bueh. De todas maneras el final final, el definitivo, inexorable e impajaritable, vendrá en marzo. Este es solo un cambio de fecha en el frío del invierno. Bah, bah, bah y recontra bah.

Milagro en Kasuga 4

La noche del 24 de diciembre es la más ajetreada en los love hotels de Japón. Claro que —aclara una estudiante de Introducción a estudios de género— los estudiantes de la Universidad de Tsukuba viven por su cuenta en apartamentos, así que este dato no les concierne. En todo caso, Ese es el sentido de la Nochebuena en este archipiélago: el amooor. Eso y comer pollo frito y strawberry shortcake.

Como Azuma y yo somos de poco plan y la pizza que pensábamos pedir se ve asquerosa hasta en el catálogo, nos abrigamos y salimos de tour por los combinis del barrio. Supongo que en alguna época esto se habría sentido patético, pero como hikikomori uno se vuelve inmune al deber ser de la vida. Y la propia vida nos recompensa: en el Family Mart aparece un pollo entero en una caja como de ponqué. ¡Un pollo entero! ¡Con todo y folleto de instrucciones para desarmarlo!

Pollo, absenta, ponqué y chocolatinas. Voces que me hacen reír desde Bad Windsheim, Bogotá y Popayán. Cuernos de reno sobre mi cabeza. Suficientes sobras como para atiborrarnos al otro día también. Los japoneses sueñan con el amor que los obligaría a caminar cogidos de la mano en Odaiba, pero yo hablo de este amor que hace que esta noche, en el último apartamento del último piso de este edificio, nada pero nada haga falta. Grata Navidad.

Nota aclaratoria para mi yo del futuro: en Japón es sumamente difícil conseguir un pollo entero. Esta fue la primera (y probablemente única) vez que pude toparme con uno. ¡Y en un combini, nada menos!

[ Travelin’ Prayer — Billy Joel ]

La vida después de la tesis: día 1

La vida después de la tesis transcurre apaciblemente. Desperté como si recién me hubieran propinado una golpiza y mientras el cuarto se llenaba de una luz como de gruta del tesoro de Indiana Jones me puse a cantar “All Things Must Pass” de George Harrison. Yurika me invitó a desayunar a su casa; hablamos de nuestras respectivas vicisitudes a la hora de la entrega, miramos las fotos que tomé durante nuestro paseo a Naoshima y nos reímos hasta que nos dolió el estómago.

Tenía plazo para entregar la tesis hasta las 12m del día de ayer. Al parecer la entregué a las 12:00 según el reloj de la oficina. Yo no me di cuenta, pero Yurika casualmente estaba allí y vio cómo estuve a punto de perder de primerazo el chance de graduarme gracias a la extraña falta de miedo que dominó el proceso de escritura del documento más grande de mi vida universitaria.

Me había encerrado en un salón de computadores vacío a eso de las 8am y me puse a arreglar cosas, tan empecinada en negar el paso del tiempo, que aún cuando empezaron a aparecer personas desconocidas preocupadas por mí no sonó ninguna alarma en mi cerebro. Eran las 11:52 y yo seguía tan campante. Poco a poco dejaron de ir y venir para estacionarse alrededor mío y rogarme que detuviera lo que estaba haciendo y entregara la tesis como fuera. Al fin la mitad del creciente equipo de curiosos me separó del computador casi que a la fuerza, puso papel en la impresora, me señaló la ubicación de la perforadora más potente que yo jamás hubiera visto y me mandó a correr. Me di cuenta de que esta no era ninguna tropa de fisgones cuando los oí hablar por celular sobre la coordinación de mi llegada a la oficina y cuando ya en el pasillo apareció de la nada uno de ellos para recordarme qué dirección tomar. La otra mitad del equipo me esperaba a la entrada de la oficina, haciéndome barra. (Esta es la parte de la historia donde Yurika llora de la risa.)

Creo que me volví famosa porque en todo el camino de vuelta a la sala no hice sino recibir felicitaciones de gente que nunca había visto en mi vida. El grupo de apoyo —que resultó ser la mayoría del departamento de Estudios de Área de mi facultad— me invitó a su celebración de fin de tesis. Hubo champaña, pollo frito, croquetas, frutas y chocolatinas. También hubo un (¿último?) encuentro con Alicia, mi amiga de primer año. Se acordaba de mi vida.

Supongo que aquí es donde la historia empata con lo que escribí ayer. Aún no sé bien cómo sentirme, salvo que el cuerpo me falló de repente tras el desayuno de hoy y pasé toda la tarde en cama, sin fuerzas casi ni para hablar. Creo que ya estoy mejor (gracias a los cuidados de Azuma), pero la sensación de qué demonios acaba de pasar permanece. Algo debe seguir después de esto, pero no logro vislumbrarlo.

[ Sunny — Stevie Wonder ]

比較文化学類卒業論文

Entregué la tesis.
Volví a mi casa, anonadada, y me eché a llorar.

[ Tightrope — Janelle Monáe ]

Alias

Supongo que siempre llega el momento en que Clark Kent se quita las gafas y le dice a Lois Lane “en realidad soy Superman”. Uno diría “qué mal truco: la gente no cambia taaaanto con o sin gafas” pero en realidad algunos sí. Especialmente los que usan gafas de pasta y tienen miopía severa que les achica los ojos y cuando se las quitan uno dice “¡oh por dios!”. Pero volvamos al tema del nombre. Clark Kent se quita las gafas y le dice a Lois Lane “en realidad soy Superman”, pero sabemos que esa debe ser una revelación a varios niveles porque Clark Kent es el nombre que le ponen en la Tierra a Kal-El. Y es que es obvio que nadie se va a llamar “Superman”, así haya en Colombia un Batman Roberto. Así pues, tenemos a Kal-El, rebautizado Clark Kent y más conocido en el mundo de la farándula como “Superman”. En fin. Nombres y alias y seudónimos y cédulas cambiadas.

Entonces resulta que la universidad publicó tres cuentos míos en la revista del Departamento de Lenguas Extranjeras, pero con mi nombre real. Porque es una cosa seria, con editores y fechas límite y todo. Debería llenarme de orgullo, supongo, pero leo mi nombre ahí y siento como si fueran tareas de clase. No es que mi nombre legal no me guste; tiene una historia bonita y todo, pero suelo asociar las cosas más creativas al seudónimo. Tampoco es un trastorno de personalidad; es solo que con un nombre se hacen cosas divertidas y con el otro se hacen cosas fomes. Y se vive, supongo.

Como debería estar concentrada en otros menesteres, dejo aquí la lista de archivos pdf por si a alguno le pica la curiosidad.

[ Xanadu — Olivia Newton-John & Electric Light Orchestra ]

凸凹

Es una verdadera lástima que en la vida real los trenes no tengan subidas y bajadas emocionantes como las montañas rusas. Pero bueno, para eso están los sueños.

[ What’s in the Middle — The Bird and the Bee ]

Beam Me Up

Les dije que no dolería.

No me casé, no me fui a vivir con nadie, no me voy a vivir con nadie, no he hecho papeles para adoptar a nadie. No dejé de escribir. La mudanza ha sido un poco cansona, pero ahí vamos poco a poco. Acomódense donde puedan porque todavía no hay sillas.

[ Hello — Lionel Richie ]

Season Finale

(Olavia Kite reaparece en pantalla justo después del final de un episodio de sus emocionantes aventuras. Camina hacia la cámara y se sienta en una silla. Se nota que va a dar un mensaje, como cuando Richard Dean Anderson habla del glaucoma de Dana Elcar al final de un capítulo de MacGyver.)

Hola, amigos. Soy Olavia Kite.

Quiero contarles que el día de hoy este blog detiene sus rotativas. No es desidia, no me voy a suicidar ni me convertí definitivamente a la fe bautista. Cavorite y yo estamos trabajando en algo fantástico y genial que tal vez no vayan a notar mucho ustedes y en realidad es una cosa más bien sutil, pero para mí es un paso inmensísimo. Mi papá dice que ya era hora. Cuando todo esté listo les avisaré. No, Hollywood no compró los derechos del libro de chick-lit editado a partir de este blog. No, no habrá libro de chick-lit editado a partir de este blog. No, Meaghan Smith no me llamó para irme de gira con ella.

Me pongo sentimentaloide porque llevo más de siete años en el mismo lugar e irse da nostalgia —como la que siento ahora que estoy a punto de irme de Japón—. En últimas no es nada grave, pero igual. Gracias por leerme durante todo este tiempo. Hasta pronto.

[ Just Like Starting Over — John Lennon ]

Panza, bonete, libro y cuajar

Estoy mal del estómago. Otra vez. Siempre estoy mal del estómago. ¿Qué pudo ser esta vez? ¿La leche de soya? ¿El puré de ahuyama? No tiene caso señalar culpables. Me dan escalofríos, bajan hasta la altura del ombligo y ahí se quedan. Rrrrr, rrrrr. Es como si tuviera un motor defectuoso acá adentro. (“Chancletielo, chancletielo”, dice el mecánico inclinado bajo el capot del viejo Renault 4.)

Hace sol pero no quiero salir. Tiene cara de ser ese sol frío que solo sirve para dibujar sombras raras en el pavimento. Es como un abrazo insincero, como un apretón guango de manos. Creo que quiero eructar. O vomitar. O acostarme y agarrarme la barriga con las dos manos. Es blandita mi barriga. No sé para qué querría tenerla dura.

Cuando era chiquita odiaba mi panza. Estaba convencida de que era la única niña barrigona del mundo. Y bueno, en el colegio ayudaban a reforzarme esa noción. En clase de danza, cuando todas teníamos que andar en traje de ballet, una de las compañeras decía que yo parecía embarazada de nueve meses. Sí, definitivamente yo debía ser una anomalía de la naturaleza si todas eran tan rectas y espigadas. Olvidemos que la vida les regalaría poco tiempo después caderas de crinolina; ese es un detalle menor si en la feria de las formas a mí me tocó la de nevera.

En todo caso la barriga siguió siendo un problema central en mi adolescencia. ¿Por qué no usar bikini? Por la barriga. ¿Fotos sentada? Se nota la barriga. La barriga, la barriga, la barriga. Intentaron ponerme una banda de caucho gruesa alrededor de las caderas a modo de recordatorio para meter panza, pero al final del día eso resultaba enrollado bajo las costillas y la pipa seguía ahí, invicta. Para colmo de males, a los catorce años me mandaron a Estados Unidos a un “intercambio cultural” organizado por el colegio. El paseo, que lo único que tuvo de intercambio fue la iluminación que trajimos a nuestros host parents and siblings“yes, we go to school”, “no, we don’t live on trees”, “yes, we do have cars”, “yes, I know that’s a computer and it’s much older than mine back home”—, contaba con la escolta de nuestra profesora de música, quien no dudó en reprochar mis elecciones alimenticias (¡un sándwich entero en vez de medio sándwich! ¡engendro de Gargantúa!). Quién sabe qué diferencia habrá hecho medio sándwich, pero volví del helado estado de Minnesota hecha un tonel. Un tonel con gafas y brackets y acné severo. Y barriga.

Lo siguiente entonces fue la dieta: perder toda esa eh, ganancia, antes de cumplir quince años porque… porque son quince años y quince años no se cumplen todos los días y la fiesta y todo, ustedes saben. Una fiesta a la que invité a dos amigas, de las cuales una llegó un día antes y luego no fue el día que sí era. Así que me consagré a la piña y el atún. Bueno, piña y atún y huevo cocinado y una galleta con chocolate de postre al almuerzo. No hay mucho que pueda decir al respecto, salvo que para la digestión una rodaja de piña en ayunas todos los días es bendita. La panza no se va, claro, pero cuando el ejercicio no es una opción, con que lo abombado se desinfle un poquito ya todos respiramos aliviados.

Supongo que el último capítulo de esta saga de la autoestima juvenil femenina ocurre exactamente diez años después, en Hawaii. Olavia Kite se da cuenta de que no ha comprado un vestido de baño en ocho años y el que lleva a sus vacaciones solitarias es bastante poco presentable. Entra a Macy’s, se dirige a la sección de trajes de baño convencida de que alguien como ella —neveroide, con barriga, toda blandita— requiere uno de una sola pieza. Es una zona remota, pequeña y con una oferta bastante pobre, comparada con la cantidad impresionante de bikinis alrededor. De repente se detiene y piensa: “¿por qué debería comprarme un vestido de baño de una sola pieza? ¿Qué es lo que debería avergonzarme? ¿Acaso tengo algo que esconder?” Así es como por primera vez en mi vida, neveroide, con barriga y toda blandita, me compré un bikini. Y me sentí muy bien.

Ah, sí, el estómago me sigue doliendo, pero a punta de té digestivo y galletas de soda con mermelada estoy segura de que muy pronto me sentiré mejor.

Es lo que hay.

[ Big Girl Little Girl — Sia ]