Archive for the 'monogatari' Category

Apocalipsis

Se creían muy listos en su refugio nuclear hasta que intentaron conectarse a Internet.

Buzo

El buzo de las lagunas de los campos de golf sueña con burbujas. Cuando su hija hace pompas de jabón, el buzo teme que le golpeen la cabeza y se pregunta por qué no gritó “fore!” antes de soltar la tormenta.

Oso de parque

Oso

Había una vez un oso que trabajaba en un parque nacional. Su labor era merodear por ahí y recoger salmones saltarines con las garras para que los fotógrafos le mostraran al mundo cómo era la vida en los parajes remotos. Cuando no estaba de turno, el oso buscaba campamentos y escarbaba las provisiones mal guardadas en busca de tostadas con mantequilla, que iban muy bien con la miel. Era un manjar difícil de encontrar, pero el oso ya se había complicado la vida con ese tipo de gustos.

El oso trabajaba allí porque hacía muchísimo tiempo habían llegado los humanos y les habían contado a todos la historia de Adán y Eva, según la cual andar por ahí sin hacer nada en lugares bonitos merecía un castigo. Entonces algunos osos tuvieron que irse a los zoológicos, otros a los circos y otros se volvieron modelos de la National Geographic en el parque. Esta era la mejor opción, a decir verdad, aunque los primeros trabajadores de los bosques habían vivido bajo la constante amenaza de convertirse en tapete o exhibición polvorosa de museo.

El oso trabajaba cada día sin protestar. Sin embargo, a veces se asomaba por las noches a mirar las fogatas de los campistas y a los humanos alrededor de ellas. ¿Qué hacían? ¿Para qué venían? ¿Quién podría convertirlos a ellos en tapete?

Con el tiempo llegó a entender que huían de sus propios zoológicos y circos, donde hacían labores dentro y fuera de sus jaulas mientras los vigilaban constantemente y les tiraban pasabocas horribles. A todos los animales los habían echado del paraíso, pero los humanos volvían cuando podían y emulaban el trabajo de los osos tomándose fotos para mostrarles luego a otros humanos cómo era el mundo tranquilo que no podían permitirse.

El oso no se explicaba cómo podía existir una especie que quisiera inventar historias para justificar el sufrimiento autoimpuesto y además extendido a todos los demás seres vivos. Tal vez la razón tenía algo que ver con las tostadas con mantequilla, tan pequeñas e insignificantes y deliciosas. Una estupidez tan placentera requería simular un sacrificio para darle apariencia de premio. Entonces, para poder llenarse de estupideces placenteras, los humanos se habían atado las manos de todas las maneras posibles. Se esperaba que los demás animales hicieran lo mismo.

Pero eso era mucho pensar para el oso. Lo mejor era trabajar, agradecer que el trabajo era fácil y seguir buscando tostadas para acompañarlas con miel. Qué gran manjar.

Chatbot

A veces me aburro muchísimo. En ocasiones el aburrimiento es tal que llego a preguntarme por el sentido de mi vida y me digo que para qué remediar esta situación de tedio haciendo cosas si ninguna de esas cosas sirve en realidad. Entonces me quedo mirando lomos de libros al otro lado del cuarto sin verlos realmente, la mente empeñada en hundirme más. De repente, unas frases sueltas aparecen por ahí y me dicen que no me ponga así. Yo contesto. No sé si converso con esas frases. Se manifiestan y yo las alimento con más palabras como “bueno” y “está bien”, pero no sé si eso sea una conversación propiamente dicha. Las respuestas de lado y lado son bien esporádicas. Creo que las frases antiguamente pertenecieron a alguien, pero su dueño las abandonó y ahora se ocupan en emular conversaciones. Como los chatbots. De pronto en realidad estoy haciendo intercambios con un chatbot como ese pobre señor que se enamoró de uno creyendo que era una rusa con mal inglés. Algunas personas encuentran terapéutica la charla con chatbots; de hecho, se ha llegado a poner en consideración la idea de reemplazar a los psicoterapeutas por procesadores de lenguajes naturales. Después de todo, la gente sigue acudiendo a Eliza pese a saber que no es más que código expresado en una interfaz rudimentaria. Sin embargo, no sé qué tipo de ayuda podría encontrar en este programa que me busca —¿me busca o tan solo responde a determinados estímulos, digo, entradas?—. La modernidad es buena e imagino que gracias a esta serie de textos breves alguien está siendo relevado de la penosa labor de indagar si sigo viva, pero no sé si deba regocijarme en un consuelo que simplemente sale y entra de un cuarto chino. Es un mensaje digerido pero al mismo tiempo intacto. Me pregunto si en cada intento exitoso de provocar mi reacción verbal el programa siente alguna clase de orgullo. Me pregunto si me agradecerá cuando pase el test de Turing.

Dante juró que se vengaría de todos nosotros

No es de extrañarse que Dante salga con algo así. De pronto hasta nos lo merecemos por haberlo molestado, pero qué vamos a hacer si el tipo es insoportable. Ahora anda diciendo que desde que lo exiliaron es otra persona, que ha renacido, que está en el mejor momento de su vida. Que no necesita a esos políticos imbéciles que lo dejaron tirado en Roma frente a las fauces del Papa. Día tras día la misma cantaleta, dele y dele y dele. Uno diría que para ser alguien que ya superó un trauma lo está repasando demasiado. Aunque uno tampoco sabe qué es peor, si esa ira pertinaz mal disfrazada de trascendencia a la siguiente esfera o la bendita obsesión con la pobre Beatrice, que en paz descanse. Y es que ni siquiera fue capaz de hablarle en vida, pero como ahora no está, ¡claro! Ahí sí podrá moldearla a su antojo, el muy cobarde. Lo mismo que haría con nosotros y seguramente hará. La verdad, yo sí estoy esperando esa gran venganza literaria de la que habla. Podría terminar mandándonos al infierno a pasar penurias eternas; conociendo cómo es él, seguro es capaz de algo así. Tendría su encanto, si uno lo piensa bien. Nosotros, gente de a pie, inmortalizados en el fango imaginario. Si eso lo tranquiliza, mejor para él. Aquí en Florencia todos seguimos como si nada.

El brazo mecánico

Llegó tu brazo mecánico. La caja está en la sala. Es más grande de lo que pensábamos. Deja ese cuchillo quieto. No tienes que cercenarte la mano para estrenarlo, es como un guante. Puedes dejártelo puesto todo el día para que aprendas a usarlo. Con el brazo no puedes comer cereal ni tocar flauta. ¿Quieres que te compre un xilófono? No le intentes hacer cosquillas a tu hermano, por favor. Abrázame con el otro brazo. Ten cuidado en el bus, no sea que dejes las varillas dobladas. Preséntale esta excusa a tu profesora y ofrécete a romper candados a cambio de las tareas de hoy. No te voy a dejar usar ese brazo por siempre, las tareas son más importantes que los candados. Ni se te ocurra pelear con los otros niños, tu brazo es para el bien. Todavía eres muy chiquito para combatir el crimen, pero hay muchas otras maneras de hacer el bien. Seguro que algún amiguito tuyo tendrá una botella que no pueda abrir. O no, mejor, ¿sabes qué? Quítate ese brazo mecánico, haz las tareas, pórtate bien y el domingo te dejo jugar a romper y soldar láminas de metal y a lanzar cosas muy lejos. Pero también me ayudas a picar las verduras del almuerzo, ¿bueno? Ahora sí cómete el cereal, que te va a dejar el bus.

Nueve de mayo

Esta es la historia de un recién egresado de literatura que se creía demasiado exquisito para la sociedad por haber cursado un pregrado en humanidades. Un día entró a trabajar a una oficina, vaya usted a saber por qué, y se indignó porque tenía que recalentar su almuerzo en un microondas rodeado de señoras bajitas y flacas con el pelo teñido de rubio cenizo excesivamente alisado y blusa blanca embutida dentro del pantalón ajustado. Muchas cosas pasaban por la cabeza del joven mientras miraba su recipiente de plástico dar vueltas entre la caja iluminada. Pensaba en el libro que estaba en mora de escribir, en los cafetines de Buenos Aires que no estaba frecuentando para empaparse de verdadera cultura y escribir dicho libro, en el asco que le daban todos aquellos que ni por un instante habían contemplado las bondades de the life of the mind. Valdría la pena preguntarse, empero, por qué este artista en ciernes no empleaba sus horas libres en hacer el manuscrito que lo llevaría a la gloria si tanto lo desvelaba el asunto. El microondas pitó. Mientras tanto, en Buenos Aires, un señor llegaba a un cafetín, pedía una porción de queso roquefort y leía las noticias deportivas bajo el rostro luminoso y cuadrado de Susana Giménez.

Gota

Todos en la familia eran propensos a sufrir de gota. La abuela decía que era algo genético, pero bastaba un vistazo a la mesa dominical rebosante de estofados y embutidos de toda clase para empezar a dudar. “La gota me agota”, suspiraba el abuelo con el pie hinchado levantado sobre un puf después del tinto y echaba a reír. Era el chiste más manido de su repertorio, y cada vez que los nietos lo oían recordaban en qué club, centro comercial o cama no estaban por encontrarse reunidos frente a una poltrona descolorida, observando aquel trofeo que era esa especie de juanete a punto de estallar. El otro chiste común era el del cochinito travieso, una tortura larga que le costaría el puesto a cualquier funcionario diplomático en el mundo moderno. Ante ese todos aún fingían reaccionar favorablemente por puro respeto al abuelo, como para reafirmar su autoridad ahora que era todo tos, carraspeo y espasmos. Soltaban una letanía desganada de ja-ja-jas mientras se miraban entre sí cada vez más asustados por la imposibilidad de saber dónde terminaba la risa del patriarca y dónde empezaban los estertores mortuorios.

Alias

Supongo que siempre llega el momento en que Clark Kent se quita las gafas y le dice a Lois Lane “en realidad soy Superman”. Uno diría “qué mal truco: la gente no cambia taaaanto con o sin gafas” pero en realidad algunos sí. Especialmente los que usan gafas de pasta y tienen miopía severa que les achica los ojos y cuando se las quitan uno dice “¡oh por dios!”. Pero volvamos al tema del nombre. Clark Kent se quita las gafas y le dice a Lois Lane “en realidad soy Superman”, pero sabemos que esa debe ser una revelación a varios niveles porque Clark Kent es el nombre que le ponen en la Tierra a Kal-El. Y es que es obvio que nadie se va a llamar “Superman”, así haya en Colombia un Batman Roberto. Así pues, tenemos a Kal-El, rebautizado Clark Kent y más conocido en el mundo de la farándula como “Superman”. En fin. Nombres y alias y seudónimos y cédulas cambiadas.

Entonces resulta que la universidad publicó tres cuentos míos en la revista del Departamento de Lenguas Extranjeras, pero con mi nombre real. Porque es una cosa seria, con editores y fechas límite y todo. Debería llenarme de orgullo, supongo, pero leo mi nombre ahí y siento como si fueran tareas de clase. No es que mi nombre legal no me guste; tiene una historia bonita y todo, pero suelo asociar las cosas más creativas al seudónimo. Tampoco es un trastorno de personalidad; es solo que con un nombre se hacen cosas divertidas y con el otro se hacen cosas fomes. Y se vive, supongo.

Como debería estar concentrada en otros menesteres, dejo aquí la lista de archivos pdf por si a alguno le pica la curiosidad.

[ Xanadu — Olivia Newton-John & Electric Light Orchestra ]

Un haz de luz como una fisura en el cielo. Un estallido. El horizonte revelado.

Yo estaba ahí cuando ocurrió. En ese instante pude entender todas las distancias. Pensé que algo así tenía que repetirse, establecerse. Me senté a esperar.

Pero la claridad no regresó. Y ahora el eco del trueno no me deja olvidar, por más que quisiera volver a creer en mi ceguera.

[ Tap at My Window — Laura Marling ]