Archive for the 'yorokobi' Category

El picnic del amor universal

Estos han sido días duros. El país ha destilado más odio de lo acostumbrado, o tal vez este estaba reprimido y explotó en un chorro a presión. La “gente de bien”, supuestamente velando por “nuestros niños”, les envió un mensaje muy claro a esos niños precisamente: cuando crezcan, si llegan a darse cuenta de que les gusta alguien del mismo sexo, bien se pueden ir suicidando y así acabar con el infierno en el que convertiremos sus vidas. Cuánto quisiera estar exagerando al decir esto.

Estaba meditabunda y triste, con el pobre consuelo de que en mi familia ninguno piensa así, cuando me llegó una invitación a un evento que prometía subir un poquito los ánimos de todos: el Picnic Amor Universal. Durante un par de horas, muchas personas compartiríamos un espacio (y mucha comida) y, por más cursi que suene, nos querríamos. Yo necesitaba un rayito de esperanza en medio de esta tormenta, así que decidí ir.

Había que llevar comida no solo para uno, obviamente. Me daba cosa llevar algo comprado sabiendo que los demás estaban metidos en la cocina haciendo tortas y empanadas. Además, no hay nada como las elaboraciones culinarias propias para demostrar amor. Le di muchas largas al asunto, pero finalmente hice galletas de chocolate con paçoca triturada justo antes de salir al Parque Nacional.

Lo que se vivió en la tarde de ayer (hermosa y soleada, además) fue importantísimo. Fue una gran unidad de seres humanos en coexistencia, contentos, sin miedo alguno al rechazo. Si algo positivo se puede sacar de esta semana tan terrible, es que nos forzó a todos los que nos oponemos al odio a dejar de andar por ahí desperdigados, distraídos y callados, convencidos de que vivimos en un momento para el que aún falta mucho. Nos obligó a salir y decir muy fuerte “esto no tiene que ser así”, y demostrar por qué.

Quiero que manifestaciones como esta se sigan repitiendo, y que sigamos unidos en el amor universal para enfrentar la oscuridad. Suena un poco como a los Ositos Cariñositos, pero miren todo lo que lograban ellos cuando se juntaban y emitían un rayo arcoíris.

Traductora oficial de día, dibujante de noche

Es 2016. Ya es tarde para decirle “feliz año” a la gente. He estado haciendo trabajos largos y cansones, lo cual es algo bueno para enero, que suele ser un mes de vacaciones forzadas. Hace sol como nunca en Bogotá pero me la he pasado en un apacible encierro frente al computador. Hace rato no escribo, así que no sé cómo hablar bien de lo que ha pasado este mes. Supongo que será ir al grano.

Pasé el examen de traductor oficial. Aún no digo “soy traductora oficial” porque me faltan algunos trámites burocráticos para hacer efectivo mi nombramiento. No he digerido aún la noticia. Se siente muy raro porque le estuve haciendo el quite al examen durante muchísimo tiempo y, de repente, ¿qué? ¿Esto pasó? ¿Presenté ese examen que decía que nunca iba a presentar porque para qué? ¿Y no lo perdí? ¿Y ahora puedo hacerme llamar traductora oficial? Supongo que ahora debo celebrar, pero no he tenido tiempo por estar encerrada haciendo traducciones. Así es la vida.

Por otro lado, hace poco me puse a experimentar con un nuevo software de traducción asistida, por sugerencia de Cavorite. Me acerqué con cierto escepticismo, pero funcionó lo más de bien y casi me echo a llorar de la emoción de lo rápido que me vi despachando un trabajo larguísimo. Sin embargo, de repente me tropecé con un bug medio grave. Dejé un mensaje al respecto en una cajita de preguntas y pronto resulté chateando con alguien muy amable y dispuesto a ayudar de inmediato pese a que el proceso de resolución del problema fue bastante largo. Qué buen servicio al cliente, pensé. Le conté a Cavorite. Me dijo que había estado hablando con el dueño de la empresa. Oh.

Ese debería ser el final de aquel simpático episodio: Olavia Kite chatea con dueño de startup sin darse cuenta. Pero no. En algún punto de nuestro extenso intercambio de mensajes aclaré que Olavia no era mi verdadero nombre sino mi seudónimo “para asuntos artísticos y de Internet”. Jajaja. Artísticos. Sí, sobre todo. En fin.

Días después, recibí otro mensaje del dueño de la aplicación: había visto mis dibujos y estaba interesado en que yo hiciera una viñeta de cómic para las redes sociales de su empresa. WHAT.

Aquí volvemos a las noticias difíciles de digerir. ¿Realmente pasó esto? ¿Realmente ocurrió que alguien me pidió que dibujara tal como dibujo y me va a pagar por eso? Pues sí, amigos. Eso es lo que está sucediendo ahora. Supongo que, ahora que he cruzado la línea entre el pasatiempo y el trabajo, ya puedo hacerme llamar dibujante.

Así que ahora soy Olavia Kite: traductora oficial de día, dibujante de noche. Nada mal para comenzar el año. Nada mal.

2014 (Reprise)

Cartagena – San Francisco – Point Reyes – Sonoma – Pescadero – Santa Cruz – Davenport – Isla de Pascua – Medellín – Popayán – Cali – México, D.F. – Teotihuacan – San Francisco – Point Reyes Station – Marshall – Santa Cruz – Villa de Leyva – Ráquira – La Dorada.

Qué año tan plácido. Plácido o falto de emoción. Feliz. Un año de depuración. Me deshice (y me sigo deshaciendo) de un montón de cosas que no necesito en mi vida. Objetos, vínculos, hábitos. Hasta peso perdí.

Mi vida laboral sufrió un sacudón violento pero necesario. Tomé un curso de interpretación médica. Conocí a Michael Sandel, a Ken Segall y al inventor de la kinesio tape. Estuve en un almuerzo con Joe Sacco y me dijo que soy muy buena intérprete. Manuele Fior me dio un beso en la mejilla.

Armé un mueble con Cavorite. Probé quesos y cervezas con Cavorite. Me fui de roadtrip con Cavorite. Estuve en un concierto de Franz Ferdinand con Cavorite. Comí ostras recién abiertas por Cavorite. Recogí fresas en un huerto junto al mar con Cavorite. Me enfermé del estómago y casi me desmayo encima del lecho de muerte de Frida Kahlo pero me cuidó Cavorite. Tengo mil y un recuerdos felices con Cavorite.

También hubo momentos dolorosos. Me fui entre una zanja en México y de milagro no me partí la pierna. Misaki tuvo un accidente y perdió un ojo. Sin embargo, ver How to Train Your Dragon me ayudó a entender que estará bien, que de hecho ya está bien y debo estar feliz de seguir con ella. Tener un perro es hermoso y durísimo al mismo tiempo.

Y como siempre, la sensación de continuidad. Nada empezará para mí cuando despierte mañana: volveré a la casa a cantar como siempre, a dibujar como siempre, a trabajar como siempre. Estoy muy contenta, a decir verdad.

30歳

No me di cuenta de que estaba cumpliendo años porque estaba ocupada viendo moais en la Isla de Pascua. No me di cuenta de que ahora tenía edad de persona seria y organizada porque estaba en shorts y camiseta de colores haciendo la misma cara de mis fotos de adolescencia.

Cosas que olvidé mencionar de 2013

  • Me reencontré en Buenos Aires con Masayasu, mi amigo de Tsukuba
  • Me salió un lunar nuevo en la palma de la mano (durante varios días creí que era una mancha de tinta, ya que su aparición coincidió con los primeros días de clase en la Universidad de Hawaii)
  • Vi a Les Luthiers en vivo
  • Visité Fallingwater
  • Conocí la sede central de Twitter (y probé su exquisito café helado)
  • Vi flamencos aprendiendo a volar
  • Me corté un dedo con mi propio pelo
  • Me hice dejar de un vuelo a lo Before Sunset
  • Fui un personaje de cómic
  • Me metí a un gimnasio (con variados grados de disciplina)
  • Volví a un karaoke japonés después de muchos años (aunque no en Japón)
  • Conocí a uno de los intérpretes de los Juicios de Núremberg
  • Le compré a Cavorite un tajabananos
  • Recibí libros con bonitas dedicatorias
  • Me robaron la maleta (y luego me la devolvieron)
  • Me desmayé

2013-07-13 (Manoa Sunrise)

El mejor lugar del mundo es un cuarto esquinero rodeado de montañas y atravesado por el viento que huele a mar.

El mejor lugar del mundo es donde estoy yo ahora.

Skein (3)

Es bonito cuando uno empieza a comprender el tejido, cuando logra vislumbrar de dónde viene la lana y hacia dónde va. Uno ya no se pierde más.

La aparición de un objeto útil donde antes había un ovillo, empero, sigue siendo un acto de magia.

2012 (Reprise)

Tanta angustia del mundo con los finales y yo acá sintiéndome en plácida continuidad. La gente me pregunta qué hay de nuevo pero yo no tengo nada que contar. Nada. Bueno, sí, abandoné las oficinas, pero ese había sido un paso fugaz en todo caso. Después de 2010 y 2011 los viajes se sienten escasos e inusitados (Arauca – Pereira – Pittsburgh – La Dorada – Arauca – Valparaíso – Viña del Mar – Reñaca – Santiago – San Francisco – Pittsburgh – Barrancabermeja), pero no me he detenido y eso me mantiene más o menos cuerda.

En realidad me la he pasado pensando, curándome de la herida que dejó Japón, tratando de entenderme a mí misma. Llegué a la conclusión de que a pesar de mis sueños adolescentes no soy escritora ni lo seré, y esa decisión me ha traído una enorme tranquilidad. Aprendí a tejer. Dibujé un poco. Me llené de cosas que quiero hacer el próximo año.

Por otro lado, vi en vivo a Paul McCartney y a Raphael. También recibí una (breve) visita desde Tsukuba que terminó de convencerme de que el corazón roto post-Japón ya está mucho mejor (y debería dejar de huir). Y para rematar, tuve la oportunidad de pasar tiempo con Azuma y Rini una vez más.

(Y las manos de Cavorite y la sonrisa de Cavorite y la voz de Cavorite y hacer mercado con Cavorite y San Francisco y Pittsburgh con Cavorite.)

Me siento rara esperando a que den las 12 y comience algo nuevo. Quiero irme a dormir para que todo continúe y siga evolucionando. Hasta ahora va bien.

Skein (2)

Durante el último mes y medio me han venido acompañando dos madejas de lana color grafito. No estoy hablando de mi primer proyecto, que por falta de agujas extra tuve que ensartar en un palito de balso para archivarlo, sino de una entrega especial con fecha límite.

Mi extraña afición viajera llamó la atención de Rini, una de mis anfitriones en Chile, a quien en el colegio habían forzado a tejer patincitos y demás partes del ajuar de un bebé hipotético y por tanto lo olvidó todo en cuanto pudo. Fuimos a comprar lana y agujas, le refresqué la memoria sobre cómo empezar y cómo no aumentar puntos accidentalmente, y esta mujer resultó ser el relámpago del tejido. Al cabo de un par de horas ya había acabado con la lana y tenía media bufanda hecha. Mientras tanto yo, el remedo de maestra, no hacía sino volver a empezar y volver a empezar y volver a empezar.

Se suponía que este proyecto era un regalo para entregar en Pittsburgh, pero allá llegué a seguir dándole. Las madejas se fueron convirtiendo en un tejido largo, elástico y blandito —fuwa fuwa, como dirían en japonés—. A veces pillaba a Victor, el roommate francés, tocándolo cuando yo no estaba trabajando en él, estirándolo y estrujándolo. Pasé varias tardes adelantando lo más que podía, pero de repente me mandaron una traducción larga de urgencia y no pude seguir. Las lanas color grafito volvieron conmigo a Bogotá.

Anoche, después de varios días de bloqueo mental crónico, terminé unos trabajos pendientes y decidí que ya nada tenía por qué interponerse entre la bufanda y yo. Tejí. Mis papás llegaron a hacerme la charla. Les hablé sin levantar la mirada de las agujas. Ayudé a mis papás a subir algo pesado por las escaleras. Volví a tejer. Se fueron a dormir. Seguí tejiendo. Me dolía ya la mano derecha: no me importó. Me hice ruido con la televisión para espantar el sueño (el canal de la NHK es óptimo para eso aunque no logré encontrar el programa donde un chef japonés iba a enseñar a hacer tarta de limón francesa). Finalmente, a la 1am, escondí la última colita de lana en la bufanda.

Da una sensación rara ver el producto terminado ya desmontado de las agujas: esa cosa es útil y esa cosa útil la hice yo de cero. Pasé varias horas distraída y de esa distracción salió algo tangible. Increíble. Ahora tengo un regalo de Navidad listo para entregar y el deseo de averiguar qué más puede salir de estas manos.

Catorce de septiembre

  1. Acabo de pasar poco más de semana y media en un estero trabajando para una especie de Marlon Brando maduro pre-gordura (y su hijo tímido). Coqueto mas no asqueroso. La despedida fue inusualmente dramática. ¿Ampliación de la noticia? Después, tal vez.
  2. Volví del pantano justo a tiempo para asistir a un concierto de Raphael con mi mamá. Conseguimos las mejores sillas de todo el teatro. Lo tuvimos bien cerca. Las mujeres le gritaban “papacito”. Cantó “Payaso”, mi canción preferida, pese a que yo no la esperaba en el repertorio. Los dioses de los conciertos me tratan bien.
  3. Regresé a Twitter. La cantidad de gente que reapareció en el panorama fue como la escena de Encuentros cercanos del tercer tipo en la que el ovni aterriza, se abre la compuerta y sale un montón de personas que se habían perdido hacía muchos años. Demasiadas personas. No quiero seguir teniendo una lista de relaciones de mentiras. Si apenas nos leemos (sin mayor interés) y nunca nos decimos nada, no tiene caso mantenernos al tanto de nuestras vidas. Tal vez en últimas Twitter no sea para mí, quién sabe.