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Sesenta y cinco turnos

El banco está a reventar. Frente a las cajas hay un número muy optimista de sillas en torno de las cuales hay un montón de gente parada, resignada, extrañamente paciente. El sistema de papelitos numerados acabó el año pasado con las filas intimidantes y ya uno no sabe en qué lío se está metiendo sino hasta que se da cuenta de que está a sesenta y cinco turnos de hacer un pago urgente.

Yo estoy a sesenta y cinco turnos de hacer una transacción cuyo plazo se acaba hoy. Existe la posibilidad de que me manden algo del trabajo para entregar lo más pronto posible pero lo rechazo porque he perdido toda noción de mi futuro cercano. Alcanzo a ir a otro banco y hacer una averiguación. Regreso: nada ha cambiado. A mi lado una pareja de costeños mayores se plantea la posibilidad de que los números vayan de diez en diez, porque la discrepancia entre el que está impreso en el papel que tienen en la mano y el que sale en la pantalla simplemente no puede ser. Pero es. Deciden irse a otra sucursal. Casi al mismo tiempo queda un puesto libre para sentarme. En realidad no es uno sino medio puesto, ya que en cada hilera hay tres sillas amplias pero en una decidieron apretujarse cuatro y nadie restableció el orden normal cuando el cuarto ocupante se fue. Por un momento se me ocurre que podría más bien pasar el tiempo en el supermercado, pero un puesto en el banco es algo que cuesta conquistar y no hay que abandonarlo así como así. Me acomodo y saco un libro de Isaac Asimov que cargo para este tipo de circunstancias.

Entre las personas de pie aparece un señor con un casco rojo. Su pinta casual hace que sea difícil determinar si de repente tuvo que dejar su trabajo a medias o si el casco es un fashion statement. Si la opción número dos es la correcta, debo decir que lo lleva muy bien.

A veces entran personas que habían decidido irse a hacer otras cosas mientras les toca su turno. En algunos casos llegan justo en el momento preciso y caminan con paso seguro de la puerta a la caja que les corresponde. Otras veces frenan en seco y miran con decepción su papel, luego la pantalla, luego el papel otra vez. Ya es demasiado tarde y no les queda energía para pedir otro turno y repetir la operación en busca de mejor suerte.

Detrás mío hay un papá con su hija. La niña habla animadamente de una infinidad de temas sin transición alguna entre uno y otro. El papá la escucha y corrige su pronunciación, paciente pero firme. Tran. Tran. S. S. Trans. Trans. Transportar. Tranksportar.

La lectura me transporta (¿tranksporta?) a mi adolescencia, a las vacaciones en la finca de mi abuelo sin más opciones de entretenimiento que un par de libros de Asimov y un montón de Selecciones del Reader’s Digest. Me quedaba horas en la hamaca leyendo. Ahora me pregunto qué hacía mi hermana mientras yo leía. Cuando nos acompañaba mi primo el tipógrafo, la lectura pasaba a un segundo plano y los tres nos dedicábamos a buscar caminos y recorrerlos para ver adónde nos llevaban mientras jugábamos a que éramos científicos exploradores. Detesto haber perdido el contacto de mi primo el tipógrafo.

De repente estoy a cinco turnos de que me llamen y ya no me puedo concentrar en el libro. Muchos portadores de papelitos han claudicado ya y el banco ha quedado casi vacío. Ahora la voz computarizada que anuncia nuestros números los va saltando rápidamente al notar los cajeros que aquellos clientes ya no llegarán. Toca poner mucha atención y brincar apenas digan “H155” como si de un bingo se tratara, no sea que me confundan con otro turno perdido.

Cavorite dice que ser adulto es hacer vueltas porque ya nadie las va a hacer por uno. Salgo del banco como si nada, como si no hubiera pasado quién sabe cuánto tiempo esperando para hacer una operación brevísima, y me dirijo al supermercado. De allí emerjo poco después arrastrando una caja gigante de cereal. La definición de Cavorite es muy cierta, pero desde hace unos años yo tengo una adicional: ser adulto es ganar plata para luego tener la libertad de comprarse con ella todo un kilo de Corn Flakes.

El picnic del amor universal

Estos han sido días duros. El país ha destilado más odio de lo acostumbrado, o tal vez este estaba reprimido y explotó en un chorro a presión. La “gente de bien”, supuestamente velando por “nuestros niños”, les envió un mensaje muy claro a esos niños precisamente: cuando crezcan, si llegan a darse cuenta de que les gusta alguien del mismo sexo, bien se pueden ir suicidando y así acabar con el infierno en el que convertiremos sus vidas. Cuánto quisiera estar exagerando al decir esto.

Estaba meditabunda y triste, con el pobre consuelo de que en mi familia ninguno piensa así, cuando me llegó una invitación a un evento que prometía subir un poquito los ánimos de todos: el Picnic Amor Universal. Durante un par de horas, muchas personas compartiríamos un espacio (y mucha comida) y, por más cursi que suene, nos querríamos. Yo necesitaba un rayito de esperanza en medio de esta tormenta, así que decidí ir.

Había que llevar comida no solo para uno, obviamente. Me daba cosa llevar algo comprado sabiendo que los demás estaban metidos en la cocina haciendo tortas y empanadas. Además, no hay nada como las elaboraciones culinarias propias para demostrar amor. Le di muchas largas al asunto, pero finalmente hice galletas de chocolate con paçoca triturada justo antes de salir al Parque Nacional.

Lo que se vivió en la tarde de ayer (hermosa y soleada, además) fue importantísimo. Fue una gran unidad de seres humanos en coexistencia, contentos, sin miedo alguno al rechazo. Si algo positivo se puede sacar de esta semana tan terrible, es que nos forzó a todos los que nos oponemos al odio a dejar de andar por ahí desperdigados, distraídos y callados, convencidos de que vivimos en un momento para el que aún falta mucho. Nos obligó a salir y decir muy fuerte “esto no tiene que ser así”, y demostrar por qué.

Quiero que manifestaciones como esta se sigan repitiendo, y que sigamos unidos en el amor universal para enfrentar la oscuridad. Suena un poco como a los Ositos Cariñositos, pero miren todo lo que lograban ellos cuando se juntaban y emitían un rayo arcoíris.

Olavia the Social Butterfly?

Últimamente han desaparecido personas de mi timeline de Twitter. Ahora, cada vez que entro, solo me salen noticias de la BBC y el Asahi Shimbun (que nunca leo con detenimiento) y tips culinarios de Epicurious (que nunca pongo en práctica). Ya me explicaron que tiene que ver con el nuevo algoritmo, pero persiste la sensación de que todo el mundo se fue.

Entonces me pregunto: ¿quién es “todo el mundo”? ¿A quién no estoy leyendo que leía antes? Esto está vacío, pero ¿a quién debería extrañar?

No hay respuesta. Eso es preocupante, porque entonces, ¿con quién es que tanto hablaba que me hacía querer estar tan pendiente de esa red? ¿Qué clase de relaciones superficiales o falsas estaba forjando que cuando desaparecen ni me doy cuenta? Es más, al parecer ni siquiera soy consciente del transcurrir de mi vida social real. En estos días, dos personas diferentes en dos ocasiones diferentes me dijeron que tenían la impresión de que yo tenía muchos amigos porque yo siempre aparezco en fotos con gente o hablando con gente en las redes. Es raro, porque yo tiendo a pensar que en Bogotá me la paso sola y encerrada. (Digo que pienso que en Bogotá me la paso sola y encerrada pero ayer fui a cenar con unos amigos y hoy fui a almorzar con Gloria.) ¿Será cierto? ¿Será que mi sensación de soledad es apenas producto de trabajar detrás de un computador o metida en una cabina mucho más tiempo del que me gustaría?

Tal vez podría llamar/escribirles a todas las personas que considero amigas mías y ver si es una labor muy dispendiosa. Si lo es, aquellas dos personas tienen razón. En cuanto a Twitter, supongo que está bueno dejar de verlo como un espacio de encuentro (¿¡pero con quién!?). A ver si así me concentro más en otras cosas, como por ejemplo este blog.

La impresora láser

Una vez en el colegio me tocó trabajar en grupo con N. y, por lo tanto, tuve que ir a su casa. El apartamento de N. quedaba en una loma, allá donde están los edificios finolis cuyos apartamentos ocupan todo un piso y uno sale directamente del ascensor al vestíbulo, sin pasillos de por medio.

El apartamento de N. tenía las paredes verdes y los apliques dorados, como dictaban las normas de decoración bogotana de ese entonces. No recuerdo mucho más, salvo que imprimimos el trabajo en papel Kimberly y para el título empleamos la fuente de las portadas ochenteras de la revista Ideas. También recuerdo una cosa más, la más importante: al terminar de escribir, N. puso el papel gris moteado sobre una gran mole cúbica ubicada en una esquina del estudio. La mole se comió el papel y al instante lo devolvió calientico y cubierto de letras nítidas y negrísimas. Era una impresora láser y lo que hacía era magia pura.

No sé si esto ocurrió antes o después de adquirir nuestra primera impresora: una Canon bubble jet monocroma cuyo prospecto de compra me mantuvo con afán durante mi primer y único viaje a Manizales, poco después de mi cumpleaños número 11. Las calles tipo montaña rusa estaban muy bien y el nevado prometido no se veía nunca, pero yo quería volver ya a Bogotá para tener impresora y jugar a plasmar en papel las locuras que hacía en Creative Writer. Debo decir que para ser de inyección de tinta, la BJ-200ex era una máquina excelente. El otro día estuve sacando trabajos viejos del colegio y me sorprendí de la calidad de impresión de ese aparato. Además venía con un diskette con varias fuentes que no dudé en implementar en todas mis tareas.

Desde entonces he vivido fascinada con las impresoras láser. Sin embargo, llegar a tener una era absolutamente impensable. Mis papás nos trajeron impresoras a color después —nunca tan buenas como la Canon monocroma—, pero de impresoras láser ni se hablaba. Era ridículo querer algo tan empresarialmente costoso. Entonces usaba las que podía a mi alrededor. En Iowa, la universidad me dio un número de páginas para imprimir gratis, y como decidí no quedarme allá para terminar la carrera, aproveché para hacerme hojas adornadas a todo color con mi nombre en el encabezado y bordecitos bajados de esa novedosa maravilla dosmilera que era Clipart Online. En Los Andes prefería hacer fila y pagar en la sala de computadores del edificio B que volver a presentar un trabajo todo rojo por culpa de los caprichos de la impresora a color de la casa.

Nuestra impresora más reciente, una multifuncional cuyo escáner sacaba todo en degradé porque el bombillo solo alumbraba de un lado, me sacó una noche el letrero de “no hay tinta” poco después de habérsela cambiado. Me propuse no olvidar que necesitaba tinta nueva pronto y empecé a ir a un café Internet del barrio con reggaeton a todo volumen para imprimir cosas. Un día me devolvieron la memoria USB con un archivo nuevo llamado sex_algo_nosequé.lnk, y otro día me mandaron a usar yo misma un computador tan rebosante de malware que me tomó más de 15 minutos abrir un simple archivo PDF y mandarlo a la impresora. Láser. Me quisieron cobrar ese tiempo. Quería cobrárselo más bien yo a ellos porque quién me devuelve ese pedazo de mi vida. No volví al café Internet. Tampoco le volví a poner tinta a la multifuncional.

Entonces llegamos al fin de semana pasado. Estaba con mi papá en un almacén de electrónicos y vi una impresora láser con un precio perfectamente asequible para un ámbito no empresarial. Era monocroma, como mi primer amor. De repente se me ocurrió que ahora soy adulta y gano plata y puedo tener todo lo que quiera. Entonces me la compré, y de paso me compré también un escáner aparte.

Volví a la casa, la puse en el piso en la mitad de mi cuarto, ahí donde pudiera hacer más estorbo, y la instalé. Le mandé unos archivos aburridos pero urgentes. Salieron al instante, calienticos, nítidos y negrísimos. El sueño de toda una vida hecho realidad.

Quand le ciel bas est lourd

No quiero llegar triste a mi cumpleaños. El año pasado lo hice, pero tuve el aliciente inmediato del curso en Honolulu. Extraño Honolulu. Es una lástima que la Universidad de Hawaii no tenga maestría en interpretación porque me iría derechito allá y buscaría quedarme en la isla de Oahu por siempre. O por un buen rato, al menos. Llevo tres años y medio en Bogotá y el cielo gris me está pesando.

Hoy es el cumpleaños de una amiga que tenía en Dubuque. No hablo con ella desde hace mil millones de años. Podría decir con toda seguridad que ya no es mi amiga, pero ahí está en Facebook. De mi paso por Iowa no me queda ningún amigo. Ocasionalmente recibo algún mensaje breve de Minori, mi ex de esa época. Hace poco me dejó un comentario con motivo de la victoria de Colombia sobre Japón. Él vive en Tokio con su esposa y no sé cómo se ve ahora porque nunca publica fotos —hace tiempo me encontré por accidente una foto de él con la entonces novia, le conté y casi me manda matar de la paranoia por su privacidad—.

De Tsukuba sí me quedan amigos. Alicia me cuenta que tiene tres días de descanso al mes en la empresa de tercerización de servicios hospitalarios donde trabaja. Está exhausta. Hazuki vive en el dormitorio de su compañía, que no sé si será la misma relacionada con teatro que me había mencionado en una carta cuando recién volví a Colombia. Vi la dirección en Google Street View: parece ser un lugar bonito. Yurika renunció a su empleo en abril y se fue a Chiang Mai con el novio. Masayasu debe estar terminando ya su doctorado. Me escribió antes del partido Colombia-Japón.

(Creo que sin querer los nombré en orden de adaptabilidad a la vida japonesa, del más conforme al más inconforme —a Masayasu no lo aceptaron en ningún trabajo y en la última entrevista laboral le sugirieron tomar la vía académica, la vía de los no-aptos para la vida en sociedad—.)

Quisiera ir a Japón en tour de visitas pero no he hecho sino tomar desvíos. Siempre se atraviesa un viaje más imperioso. Pero ya llegará el momento. Supongo que si no estoy buscando el regreso con tanta vehemencia es porque aún no lo necesito, o ya no lo necesito tanto como creía. O no sé. Japón sigue siendo para mí el novio de la relación conflictiva, el que uno extraña pese a que con él no hubo sino peleas. Ese que uno esperaba que fuera the one pero éramos de temperamentos distintos y cómo así que no funcionó, no puede ser, si era tan buen partido. Y ahora estoy con uno peor, entonces termino idealizando algo que tuvo sus buenos momentos pero no era para toda la vida. ¿Podremos ser amigos al menos?

El cielo de Bogotá deja entrever un par de parches azul oscuro con desgana. La sensación de agobio continúa. Nunca pensé que Baudelaire pudiera llegar a hablar por mí. Y de qué manera.

Reflexiones en DFW

Desperté a la 1:40am, angustiada sin saber por qué. Tenía la certeza de que no debía quedarme dormida pero al mismo tiempo esa idea carecía de sentido. La luna llena brillaba a través de las persianas. Segundos después caí en cuenta de que hoy me iba. Qué decepción.

Esta despedida fue muy diferente de las anteriores: como San Francisco queda en el futuro (así los husos horarios digan lo contrario), uno puede alquilar por Internet un auto parqueado cerca de donde uno está y la magia de la tecnología abre el carro cuando uno hace clic en un link en el celular. Cavorite escogió un Mini Cooper plateado de un parqueadero sobre la calle Dolores, pasó a recogerme frente al edificio y nos fuimos al aeropuerto. Debo decir que partir así duele muchísimo menos que subirse a una van que siempre llega veinte minutos antes de lo previsto y sentirse arrancado de repente de una vida a la que uno ya se había acostumbrado. Peor aún si es la vida que uno quisiera que fuera la de siempre.

Todavía no he llegado a Bogotá; estoy haciendo una escala larga en Dallas. Llevo horas viendo aviones partir frente a un horizonte inmeeeeeenso bajo el cielo azul claro. Cuando el primer avión despegó desde San Francisco, vi la ciudad cubierta de niebla y lo único que se me ocurrió fue que esa sería una buena foto para Instagram. Me sentí mal por pensar bobadas de redes sociales y decidí dibujar el recuerdo de aquella vista. Aún no lo he hecho. He ahí el problema.

He pensado mucho durante este viaje. He acumulado rabia. Rabia de la buena, supongo, de la que le hace a uno pensar que los cambios logrados hasta ahora no son suficientes y que hace falta algo más. O que el cambio no se limita al deseo del mismo sino a su ejecución, con todo y el terror que ello conlleva. Terror. Llevo años fortaleciendo fobias que han distorsionado mi mundo y estoy cansada de vivir así. Me devuelvo al apartamento si oigo que alguien viene subiendo las escaleras para no tener que cruzármelo y decir “hi”. Me invento actividades o lecturas supuestamente interesantes (léase “le doy clic a cualquier cosa”) para no empezar las cosas que quiero/debo hacer (como el dibujo del que hablé, por ejemplo). Mis blogs se mantienen a duras penas por esta razón. No obtengo muchas cosas que quiero por la combinación de mi fobia a empezar y mi fobia a hablar.

Hace poco me di cuenta de que muchas personas me están haciendo barra para que yo saque así sea un mísero dibujo al día. Cavorite lo intenta de todas las maneras posibles y yo sigo reticente a abandonarme al hábito. Hace poco conocí a Maria C., una amiga de la universidad de él, e incluso ella me manda mensajes preguntándome por el dibujo del día. Y no entiendo por qué lo hacen pero les agradezco desde el fondo de mi alma; hasta me dan ganas de llorar de pensar en esto porque cómo es posible que alguien se tome el trabajo de decirle a otra persona que dibuje, y peor aún viendo a los verdaderos dibujantes que no sueltan el cuaderno ni un solo instante. No me explico cómo puede ocurrir que una actividad que uno adora le puede dar a uno tanto miedo y uno se pueda dar el lujo de posponerla indefinidamente.

Pero no quiero que las cosas sean así por siempre. Tengo rabia y quiero que la rabia se acabe. Temo que esta sea otra declaración de lucidez temporal que tan solo acabará en otra semana sin dibujos ni ukulele ni posts, y otra y otra. No puedo seguir siendo así. No puedo seguir pensando que la cobardía me define.

Llegó la hora de abordar el último vuelo. Bogotá es otra de las cosas que me dan rabia y no quiero más, pero también tengo que dejar de verla como un destino inexorable. Una vez más, el deseo por sí solo no siempre lleva a la acción. A la rabia, en cambio, empiezo a tenerle un poco más de fe.

2014-03-14

Ayer salí a tomar cerveza y comer papas con queso con el biólogo que conocí trabajando para Parques Nacionales el año pasado. Yo había estado metida en una traducción larga y urgente hasta entrada la tarde, tecleando a toda velocidad bajo el estruendo del aguacero usual. Justo cuando terminé y envié los archivos salió el sol: una ilustración muy apropiada y a gran escala de mi estado mental. Concentración. Afán. Truenos. Última revisión. Descanso. Sol. ¿Qué hay por hacer?

El biólogo, que tiene un apellido muy exótico de origen desconocido —envidió la mención que hice de mis ancestros libaneses y las dos frases en árabe que mi tatarabuelo le enseñó a mi abuelo y este a mí—, me contó la historia de cuando pasó seis meses en un ashram en India, de cómo meditó con 15.000 personas y no sintió nada pero volvió a Londres y los estados mentales trascendentales lo atraparon en el Tube. Teníamos en común una desazón post-Asia. Mientras le hablaba de mi apresurada mudanza fuera de Japón me di cuenta de que Masayasu no me hizo el favor que le pedí, nunca fue a mi apartamento a sacar algunas cosas importantes que no alcancé a empacar. El diario de mis primeros meses en Tokio ya no existe.

Al regreso quedé atrapada en una estación de Transmilenio porque había bloqueos en la calle 40 sur. Bloqueos a las 10pm. Me tocó hacer maromas para llegar a mi casa como mil años después. Para este punto ya no sé qué medio de transporte tomar en Bogotá porque nada funciona. Nada. Nada. Nada.

Primeros acercamientos a los cerros de Bogotá

La primera vez que subí una montaña en Bogotá fue en 2008. Subí por las razones equivocadas: porque Himura lo había hecho antes con la estudiante de intercambio alemana que le gustaba y yo quería hacer todo lo que ellos habían hecho en mi ausencia en aras de convertirme en un ser más deseable para él. En ese entonces yo encontraba imposible el que alguien pudiera quererme a mí por ser yo y no alguien más dechado de virtudes —es decir, con más belleza, mayor disposición a la actividad física y mejores inclinaciones académicas—, así que sentí que tal vez por vía de imitación podría alcanzar algún grado de aceptabilidad. Sobra decir que el asunto empezó mal y terminó peor. Yo quería morirme en la subida gracias a mi nulo estado físico, él me regañaba, el agua de la cascada que finalmente alcanzamos me heló hasta el tuétano y él solo gruñó “tú te lo buscaste”.

Apenas regresé a Japón, al final de las vacaciones, me terminó. Obvio, cómo más iba a acabar esta historia.

Pienso en esto porque he vuelto a subir una montaña en Bogotá. En noviembre del año pasado me metí en una conversación ajena en Twitter y gracias a eso terminé visitando la Quebrada La Vieja con Alejandro Martín. Este no es el mismo cerro de antes (aquella vez fue el Pico del Águila) pero sentí que la ocasión podría servirme para reescribir el recuerdo amargo, así que me puse la misma ropa que llevé la vez anterior.

Himura y yo en 2008
2008

Yo en 2013
2013

No tengo idea de cómo mejoró mi resistencia de 2008 para acá, tal vez fue por virtud de haber atravesado arrozales en bicicleta durante cuatro años, pero el caso es que esta vez no quise morirme en la subida y más bien quedé encantada. Tanto así que ayer repetí el paseo con mi mejor amiga del colegio y una amiga de ella. Lo emocionante del asunto no se limita a haber hecho una especie de acto de psicomagia para exorcizar un mal recuerdo sino que me llevó a darme cuenta de que en poco más de cinco años he cambiado un montón, no solo en lo que a mi estado físico respecta. Ya no estoy pensando en llenar requisitos para agradarle a alguien porque el ser yo está bien, y si sé menos que otras personas o corro menos o deslumbro menos con mis atributos, eso también está bien.

Es raro pensar en los cerros de Bogotá como lugares que se pueden visitar y no un simple telón de fondo que cambia de color según el clima. La Quebrada La Vieja es un tesoro oculto al final de la calle 72 (¡la mismísima calle 72!) que se puede visitar temprano en las mañanas de lunes a sábado. Al adentrarse en el bosque, el ruido de la ciudad desaparece por completo y es reemplazado por sonidos de pájaros, agua y ramas meciéndose al viento. Cuesta creer que hay avenidas llenas de buses ahí al lado y que esto sigue siendo Bogotá. A medida que se avanza, el paisaje va cambiando de tal manera que uno se siente pasando mundos en un juego de correr y trepar. Mi parte favorita es un bosque de pinos donde las agujas caídas absorben el ruido de los pasos y el silencio da la impresión de no estar andando de verdad.

Ahora espero seguir volviendo a la montaña y conocer más montañas. Estoy segura de que hace unos años no habría dicho esto ni en sueños, por lo cual sigo sorprendida.

Calle 127 con Avenida Córdoba

Dos carros se estrellan en una avenida. Está cayendo un aguacero terrible y las calles se han convertido en ríos negros y brillantes. Ríos de luces rojas deformes que se quiebran por donde pasa una gota que se desliza sobre el vidrio a través del cual se las mira. Los conductores de los carros se bajan para evaluar el daño e insultarse y quedan completamente empapados de inmediato. La comodidad de saberse guarecidos todo el camino desde el punto A al B se ha visto abruptamente destruida. Los niños en la silla de atrás se aburren, hacen preguntas, juegan, lloran, dormitan.

Al notar la exacerbación de aquel caos, peatones blandiendo sombrillas que no protegen sus piernas de las incesantes salpicaduras empiezan a buscar otro punto desde el cual rogar que pase un bus que les sirva o un taxi que no los humille al revelar su destino. El agua helada anula el horizonte y el mundo se siente hecho de pura imposibilidad mientras las luces convierten la lluvia en un bombardeo de chispas. Todo se siente infinitamente más lejano para quienes esperan, tanto en el carro como en la acera. Los peatones sueñan con la tibieza del interior de un vehículo, pero los estrellados saben —desde hace no mucho, y pronto lo olvidarán de nuevo— que esa es una seguridad incierta y, bajo ciertas circunstancias, completamente repulsiva.

Mientras tanto, los que han quedado atrapados en una buseta maldicen el vaho circundante, las huellas mojadas de color café sobre el piso gris y la música tropical a todo volumen. La única vida que envidian en estas horas detenidas de asfixiante miseria es la de aquellos que hoy no tuvieron que cruzar el umbral de su casa. Esa o la que probablemente existe en un país lejano.

Envueltos de mazorca

Acaba de pasar por mi calle un vendedor de envueltos de mazorca. Su pregón me hace recordar a Himura, que lo imitaba de manera muy graciosa. No a este preciso vendedor, que probablemente nunca escuchamos cuando él venía a la casa, sino a otro en su barrio, o en un barrio anterior. Al parecer, todos los vendedores de envueltos de mazorca utilizan la misma voz nasal y énfasis en la z de “mazorca” porque una vez a Cavorite le dio por decir “envueltosdemazzzzorca” así de la nada y sonaba exactamente igual. Es extraño ver algo que uno creía único de una persona que uno alguna vez quiso en otra persona. O de pronto la venta callejera de envueltos de mazorca es mucho más común y uniforme de lo que yo creía y la ciudad está llena de gente que tiene esa frase con esa entonación grabada en la memoria y en algún momento estallará a repetirla.