Archive for the 'bogotá' Category

Overheard in Transmilenio

“La mejor ropa que no conozco es la de los indios. Se ponen puros trapitos, ¡pero con estilo!”

(niño de alrededor de 9 años en el alimentador de Transmilenio a sus papás que hablaban de lo mala que es la ropa china)

2011

Nara – Osaka – Tokio – Bangkok – Saipán – Nagasaki – Kobe – Kioto – Tsukuba – Bogotá – La Dorada – Buenos Aires – Nueva York – Bogotá – Buenos Aires – Valparaíso – Viña del Mar – Santiago – Lima – Bogotá.

En general no fue un año muy feliz que digamos. Ahora me falta un abuelo, y encima se me acabó Japón y no me pude despedir. Pero bueno, también tuvo sus partes rescatables. Me gradué —sin ceremonia pero con hakama—, viajé, viajé, viajé, viajé y viajé, lloré con Madama Butterfly —y su tierra me acogió en el peor momento de mis cinco años de vida nipona—, hice realidad mi sueño adolescente de conocer una isla casi inalcanzable (¡donde los niños tocan ukulele en el colegio!), tuve encuentros bonitos y pasé una temporada más o menos larga conociendo Chapinero con Cavorite. Ahí hay buenos recuerdos para compensar, al menos, aunque la tristeza no halla una manera de desaparecer del todo. Ahora no veo nada en el futuro, entonces qué más da que llegue el año nuevo.

Bruma

Lima me confunde.

No empieza, no acaba, no se ve; es igual a Bogotá y de golpe ya no. El polvo en el aire dibuja montañas y mares como barreras repentinas. La neblina asciende al atardecer, borra los edificios y revela el cielo que podría ser pero no es. Los microbuses —énfasis en el “micro”— se atraviesan salvajemente. Lejos de la costanera, solo los nombres de las calles —¿Los Literatos? ¿Kon Tiki? ¿Doña Marcela?— me recuerdan que no estoy en casa. La comida es otro indicativo. “Poio” por todas partes y a todas horas. La gente se escandaliza por mi falta de apetito.

No obstante, esta es la ciudad-espejismo donde lo vimos todo claramente después de seis años. Vimos el pasado; lo que, como el cielo limeño, pudo ser pero no fue. Tardamos mucho persiguiendo (y evadiendo) las flechas azules que pretendían unirnos, pero al fin encontramos el final y nos hallamos paralelos. Nos sentamos en una banca al borde del acantilado y reflexionamos sin mirarnos. El mar parece estar hecho de metal y los surfistas se deslizan sobre las arrugas que el viento le esculpe. Él se pregunta por qué todos nos sentimos rotos. ¿Tú no te sientes rota? No, yo tengo mi música. Desafío la incompletitud con mi soledad y las cosas que saco de ella.

Nunca nos tendremos, pero siempre nos hemos tenido.

El sol desaparece y Lima se convierte en un nuevo laberinto. Mi guía lo sorteará con agilidad mientras yo intento darle sentido poniendo el río Sumida sobre una hilera de canchas de tenis iluminadas entre filas de edificios. No funciona. Lima es Lima es Lima. Y sin embargo es tantos otros lugares a la vez.

From Rags to Riches

Empiezo a regodearme en la idea del tiempo, en la posibilidad de tenerlo. Cuando todo esto termine, que ya es dentro de muy poco, se extenderá ante mí una banda larguísima de segundos como un rollo de papel en blanco al lado de un montón de marcadores de colores. La gente se pregunta qué hacer con el dinero habido de repente, pero yo estoy pensando en cómo gastar tanto pero tanto tiempo. No puedo hacer una representación graciosa y cliché de la fortuna que está a punto de quedar en mis manos: no puedo recoger billetes de tiempo del piso y lanzarlos hacia arriba como hojas secas ni tirarlos sobre la cama y revolcarme entre ellos. Sin embargo, ya me veo corriendo por prados inexistentes con los brazos extendidos como La novicia rebelde, invitándome a mí misma a helados y películas y a leer en francés, tocando ukulele hasta despellejarme los dedos, sacando los lápices para dibujar, cogiendo Transmilenio de un portal a otro solo para ver cómo cambia el paisaje de Bogotá. A partir del lunes seré la persona más afortunada del mundo: estoy a punto de quedar en el desempleo y me siento heredera de un imperio.

Escena en Transmilenio

(Escena: Parte delantera de un Transmilenio. Olavia está parada al lado del conductor, dándole la espalda, distraída escuchando música. De repente siente que una voz detrás de ella la llama. Se quita los audífonos y voltea a mirar: es el conductor. Tiene en la mano un Blackberry extendido hacia ella. El aparato está timbrando. El señor le pide que conteste.)

Olavia. (desconcertada) ¿Qué digo?
Conductor. Diga que estoy ocupado.
(Olavia se acerca el aparato.)
Olavia. ¿Aló?
Voz en off. Aló, ¿por favor Perengano?
Olavia. Está ocupado, ¿le quiere dejar una razón?
Voz en off. ¿A qué hora lo encuentro?
Olavia. (al conductor) ¿Que a qué hora lo encuentran?
Conductor. A las 8:40.
Olavia. (al teléfono) A las 8:40.
Voz en off. ¿Con quién hablo?
Olavia. Con alguien que le está haciendo el favor de contestar.
Voz en off. Ah, ¿está en Transmilenio?
Olavia. Sí.
Voz en off. Dígale que es de parte de Robiñano, que ya está lo del portátil, que lo vuelvo a llamar a las 8:40.
Olavia. Bueno, yo le digo.
Voz en off. Gracias, adiós.
Olavia. Hasta luego.
(Olavia se dirige al conductor y repite el mensaje.)
Conductor. Gracias, es que no podía con esa timbradera del teléfono. ¡Gracias!
(Olavia se pone los audífonos de nuevo y vuelve a desentenderse.)

Telón.

Divagación indigesta

Extraño mucho el arroz con curry japonés. Bueno, tal vez no en este preciso instante puesto que estoy a punto de vomitar un curry “tailandés” de un popular restaurante “asiático” bogotano. Supongo que debo anotar que no fracasan del todo los dueños de esta franquicia: la evocación asiática se logró en cuanto a que el malestar que tengo ahora podría equipararse en cierto modo al que me mantuvo al margen de todo manjar en Bangkok. La diferencia es que en Tailandia me enfermé mucho antes de darle un primer bocado a cualquier cosa, y aquí fue la comida la que me enfermó. Siento que no voy a poder volver a darle nada sólido a mi estómago en mucho tiempo.

Quería escribir acerca del kare raisu que preparaba Minori y el que servían en las cafeterías de la Universidad de Tsukuba, pero el dolor —y la vívida evocación de ese potaje grasoso color anaranjado que me comí al almuerzo— no me deja. No obstante, mi estómago aún tiene el criterio para anhelar (¡pese a todo!) un buen curry con tonkatsu del viejo cocinero de Ichinoya, mi dormitorio-cárcel.

Bueno, no es más porque no puedo más. Deséenme suerte esta noche.

El Portal de la 80

Frente a la entrada al Portal de la 80 en Bogotá hay un puente peatonal. Está rodeado a cada extremo por una especie de feria callejera que se transforma a lo largo del día. Por la mañana son solo los vendedores de yogur con cereal, minutos a celular y periódico, pero al caer la tarde el aire empieza a oler a manteca y se prenden luces de neón bajo las sombrillas. Aparecen entonces comediantes con su público repartido en tres bancas, cantantes terribles que suenan durísimo pero nunca se ven, y el fondo de música electrónica para animar el perro caliente con gaseosa en caso de que el resto de ruido falle. Esto, en el extremo norte. El extremo sur, que en la mañana solo reúne trabajadores que luchan a muerte por un taxi, cuenta en la noche con ventas de ponquecitos de tracción a pedal y un mostrador de ropa al aire libre. No cuento esto con mucho agrado: la verdad es que me molesta el desorden, aunque prefiero esa caótica presencia de vida antes que tener que cruzar la avenida desierta.

Cada vez que me encuentro bordeando la ropa bajo la rampa del puente, tengo un dejà-vu que me deja parada en una avenida en el distrito de Siam. Encima de nuestras cabezas pasa el Skytrain, cuyas estaciones me recuerdan —ahora, no entonces— las del metro de Medellín. Es de noche; no se puede transitar por el andén porque está completamente invadido por rejas cubiertas de ropa y relojes, además de sus respectivos compradores. Los puestos son exactamente iguales a aquel del puente que acabo de cruzar. Incluso la iluminación más bien pobre es igual. Es como si ese pasadizo a la entrada de mi barrio fuera una ventana hacia otra dimensión, otro tiempo. En el tiempo de allá voy sola y estoy enferma. Vine a esta ciudad a comer, pero escasamente me ha cabido un postre de arroz con mango. Me he dejado timar de un conductor de tuk-tuk, pero al final a él le toca llevarme a una droguería y regalarme una barra de mentol porque yo ya no puedo bajarme de su vehículo a ver las joyas rebajadísimas y los Budas de barrio. No es un paseo en el que haya aprendido gran cosa, tal vez por la falta de lucidez. Traje un libro nuevo pero la fiebre no me ha permitido leerlo.

En este lado de la ventana se ve pasar el mismo libro. Tiene las esquinas gastadas y una postal metida entre las páginas. Alguien le propone a alguien más volver a una ciudad de techos rojos con chimeneas. No es a la persona de este lado ni la del otro; se necesita pasar por otros sitios —otros puntos en el tiempo y el espacio— para vislumbrar ese yo con el que el remitente quisiera viajar en un futuro. Cabe anotar que ese futuro tampoco pertenece a ninguna de las dos caras de la ventana, pero la postal hace caso omiso y deja la invitación abierta. Doy unos cinco pasos durante los cuales sé que estoy pensando exactamente lo mismo allá y acá: que este lugar tiene un doppelgänger en las antípodas. Mi asombro se suma a las similitudes del paisaje.

Al sexto paso, la ventana se cierra. La melaza humana que me envuelve desaparece. Mis huesos ya no amenazan con desmoronarse en cualquier momento. Lo único que permanece es el libro. Me agrada la sensación, aún con el desconcierto que trae. Me gusta saber que cada vez que vuelvo a mi casa, por un brevísimo instante, estoy en Bangkok. O que esa vez que estuve en Bangkok casi vuelvo a mi casa, pero no alcancé a cruzar el Portal (Interdimensional) de la 80.

Donut

Una persona que comparta mi fascinación por la fábrica de donitas de la 15 con 97, que entienda que es mejor referirse a ellas en diminutivo porque son de lo más tierno que existe ahí flotando sobre la banda transportadora, y que no dude en desviar su camino a una cita importante por pasar tiempo observándolas en su recorrido de masita a manjar, tiene que convertirse necesariamente en aquella sobre cuyo pecho querré dormitar durante las películas. O dormitar sin importar cuándo. O estar.

Cinco de mayo

El día empieza como un mar tranquilo, sin nada de nada en el horizonte y uno flotando cual barco velero con millonarios del Mediterráneo. No sé por qué millonarios pero el día es así. De repente hay una conversación muy larga con j. Él tiene una idea y la idea requiere una hoja de vida. Oh, oh. En cuestión de minutos paso de ser alguien que nunca ha hecho nada más que pasear por la Micronesia a ser alguien con cierta experiencia en ciertas áreas que no constan en mi título. La cosa progresa (¡!) y tengo una entrevista. Me lleva un taxista-atleta que me dice que él es de mentalidad ganadora y no acepta la derrota. Va a correr una carrera muy pronto. Yo también tengo un reto, creo. El estómago me da tumbos a medida que subimos por la 94 y él señala los andenes, indicando cómo le gustaría que fueran todos los andenes de Bogotá. Y bueno, yo voy acá narrando detalles nimios como evadiendo pero el asunto es que llego al edificio y subo a la oficina y me llevan a un lugar apartado y me preguntan quién soy yo y qué he hecho. Hay una charla larga que incluye Internet, Internet y más Internet. Que si tengo Facebook. Y Twitter. Cuántos followers. Hace cuánto tengo un blog. Aprovecho para dar un poco de historia patria y hablar de TOL. Y ya, supongo. Muchas gracias, tenemos más gente por entrevistar, la llamaremos.

Salgo del edificio, cruzo la calle, suena el celular. Es de la oficina. ¿Qué se me habrá quedado allá?, pienso. Empieza mañana, me dicen.

Oh.

Veinticuatro de abril: Guía conversacional bogotana (aparte)

En Bogotá hay que aprender a hablar. En especial, hay que aprender a hablar con los taxistas. No quisiera uno resultar en un trancón o una carretera especialmente mala y que el taxista lo acuse a uno de ser la Moira que determina que su medio de trabajo morirá de manera horrífica en una avenida-cráter-río. Por eso hay que sacarse los audífonos y, sea lo que sea, no responderle al señor “ajammm” con la mirada perdida en el paisaje. La vida de uno está en manos de este señor, así que más vale ser su aliado.

En Colombia la mayoría de conversaciones empiezan con quejas. Es posible que usted haya hecho su última amiga de bus fisgoneando un accidente aledaño y comentando sobre el peligro que representa uno de los vehículos implicados. O cualquier cosa que se pueda considerar “el colmo”. “Es el colmo”, dice el primer interlocutor, a lo que el segundo responde “¡hm!” meneando la cabeza. A continuación los interlocutores son libres de agregar anécdotas relacionadas con el hecho y/o noticias relevantes. El intercambio culmina con expresiones de inconformidad hacia el gobierno y la manera como se hacen las cosas aquí. Y presto: una nueva amistad (que le durará entre 5 minutos y la eternidad del embotellamiento). Ahora tome este modelo básico y aplíquelo al primer comentario que haga el conductor del taxi durante el recorrido. He aquí un ejemplo de la vida real:

Anoche, regresando a mi casa, el taxi se topó con un tramo completamente destapado cerca de la entrada de mi barrio. Hasta entonces no había habido ninguna comunicación entre el taxista y yo, pero al ver el estado de la vía, el señor me hizo saber su decisión de tomar un desvío.
—Huy, sí, es que está terrible —respondí. [expresión de solidaridad]
—Eso debe ser por los alimentadores, porque por ahí no pasa carga pesada.
—No, eso lleva años así y nada que lo arreglan. O lo arreglan por encimita y ahí mismo vuelve a dañarse. [dato adicional]
—En la 54 con [número olvidado] arreglaron la vía y taparon todos los huecos. A los ocho días, ¡ocho días! eso volvió a estar como antes.
—Es que nunca arreglan bien.
—No ponen buen material sino por encima no más.
—Claro, como esa plata se la roban… [expresión de inconformidad]
Al término de la carrera, recibí toda la amabilidad posible del señor conductor. Misión cumplida.

Tip adicional: la frase “por eso estamos como estamos” puede ser de utilidad.