Archive for the 'maladie' Category

Desayuno en Oakland

Ayer me levanté temprano y me fui a Oakland a encontrarme con una amiga que conocí en un curso de interpretación de conferencias hace poco más de un mes. Nos habíamos puesto cita para desayunar en un restaurante que le habían recomendado. A juzgar por el nombre del sitio (incluía la palabra “grill”), lo más probable era que la porción fuera a ser bastante más generosa de lo que suelo poner frente a mí en la mesa. Pero bueno, no le iba a hacer el feo a la invitación.

Pedí unos huevos benedictinos con pasteles de cangrejo y papas. Como era de esperarse, me sirvieron en una pieza de vajilla que sería más correcto denominar como bandeja. Alcancé a comerme un huevo y un pastel cuando de repente me empecé a sentir como si hubiera desayunado, almorzado y cenado al mismo tiempo y el paso de un solo bocado más por mi garganta fuera físicamente imposible. Yo miraba mi plato, desconcertada: estaba casi intacto. Pedí una caja para las sobras y nos fuimos.

Mi amiga y yo dimos una vuelta por el puerto. Nos tomamos fotos con la estatua de Jack London, vimos su cabaña (que en realidad es media cabaña y el resto réplica porque la otra media cabaña está en Canadá, también completada con pedazos de réplica) y nos cruzamos con un tipo con pinta de eterno viajero que decía good morning y otra vez good morning y luego con rabia good morning de nuevo. (Yo había contestado hi, pero al parecer esa no era la respuesta correcta. En fin, huimos.) También nos topamos con un grupo grande de gansos descansando al lado de una banca.

A medida que avanzábamos, mi llenura se fue convirtiendo en dolor y angustia. Necesitaba un baño. Hice todo lo posible por sostener la conversación como si nada, pero las palabras se fueron extinguiendo hasta que quedaron apenas granitos de ideas esparcidos entre risitas cortas.

Llegamos al centro y se hizo el milagro de encontrar la estación del Bart (el tren de cercanías de la bahía de San Francisco) sin mucho esfuerzo. Hora de despedirnos. El brillo de los edificios que se levantaban alrededor me hizo dar muchas ganas de quedarme explorando en vez de irme. Sin embargo, tuve que descartar esa idea en el acto.

El trayecto en tren fue más breve de lo que esperaba. Por contraste, la caminata hasta la casa fue un suplicio en cámara lenta. ¿Por qué las cuadras en Estados Unidos tenían que ser tan largas? ¿Por qué de repente estaba haciendo tanto calor? ¿Por qué tenía que ser tan inoportunamente mañosa la llave del apartamento?

No tuve tiempo de explicarle mayor cosa a Doña Stella, la mamá de Cavorite, cuando el cerrojo finalmente cedió y dejé mis cosas tiradas en el pasillo. Ella, generosa y dulce como siempre, me hizo un caldo.

La caja de sobras sigue en la nevera. No me atrevo a tocarla.

Historia de una úlcera corneal

No sé por qué me gusta tanto documentar mis males. Describir dolores. Tomarles foto a mis heridas. En alguna parte de este blog hay un cólico que se sintió como si me hubieran clavado a la cama por el vientre y un dolor de cabeza que era como si el cerebro me rebotara entre el cráneo como una bolita en un frasco. Solo una vez que salí volando de la bicicleta en Tsukuba y el dedo gordo del pie quedó engarzado en el pedal y se me puso gigantesco y morado morado morado casi negro no fui capaz de guardar el espectáculo para la posteridad. Ahora tuve una nueva oportundad para hablar de este tema, aunque enfermarse no es divertido ni recomendable, por más que los dolores sean fuente de imágenes tan interesantes.

Hace una semana exactamente, después de mediodía, estaba sentada frente al escritorio traduciendo un documento cualquiera. El tedio usual. En algún momento sentí una molestia en el ojo izquierdo. Nada diferente de lo que uno siente cuando a uno se le mete una pestaña. Supuse que era resequedad y me eché gotas, pero cuando la molestia se convirtió en dolor, decidí que debía tomar una pequeña siesta a ver si se me pasaba. Tal vez es estrés, conjeturé. Quince minutos después, el dolor seguía ahí, ahora más fuerte. Qué pasó con el documento, me escribieron del trabajo. Un momento, respondí. Algo me está pasando en el ojo y me duele mucho.

Me miré en el espejo en busca de la maldita pestaña que se rehusaba a salir. ¿Por qué me duele como si tuviera los lentes mal puestos si hoy tengo gafas? Me levanté el párpado. No había ninguna pestaña por ahí, pero a cambio sí hubo un aumento repentino del dolor, como si el aire bajo el párpado me estuviera quemando. Volví a dejar el párpado en su sitio, aunque intenté un par de veces más con el mismo efecto y la misma falta de respuestas.

Entonces miré el ojo con mayor detenimiento. En el iris había un puntico blanco. ¿Siempre lo había tenido? ¿Qué era eso?

Dr. Google, dígame qué quiere decir un punto blanco en el ojo.

Querida paciente, lo más probable es que usted tenga una úlcera corneal.

Llamé a mi mamá. Tuvimos una discusión acalorada sobre mi salud versus mi responsabilidad en el trabajo. El dolor iba y venía. Cavorite me vio por Skype oprimiéndome la sien a ver si podía distraer un dolor con otro. Finalmente decidí dormir. Entretanto, mi mamá me consiguió una cita con un oftalmólogo a primera hora el sábado, pero igual trató de convencerme de irnos a urgencias a las 11pm. Le dije que prefería dormir calientita e ir luego al especialista que ir a aguantar frío y sueño para que me digan que no tengo nada porque no me estoy desangrando.

No sé qué soñé, pero en algún momento me desperté y del ojo brotaron lágrimas a borbotones. Eran tantas lágrimas que alcancé a plantearme la posibilidad de que el ojo se me estuviera vaciando. Ahora Misaki y yo nos veríamos igual. Volví a dormirme.

Mi ojo no se vació en el transcurso de la noche, pero sí se achicó. Mi disparidad ocular me hizo pensar en McZee, el personaje de piel azul que lo guiaba a uno por Creative Writer y Fine Artist (un procesador de texto y un editor de gráficos rasterizados que me enloquecían de felicidad y me mantuvieron muy ocupada a mediados de los noventa).

tumblr_n0snkoNIMu1tsxrbyo1_500Esto era lo máximo, amigos. LO MÁXIMO.

Me alisté para la cita con el oftalmólogo y me puse gafas oscuras dentro de la casa porque la luz me hacía doler el ojo. Era como si se materializara en una vara puntuda y me lo hurgara. Asomarme a la ventana me dolía. Mi tío médico le pidió a mi mamá una foto del ojo y el flash me hizo gemir. Mis gafas oscuras no tienen fórmula, así que anduve un buen rato en la paz de la ignorancia que me da la miopía severa. Salí con mis papás, llegamos a la óptica y el oftalmólogo, cuyo aspecto no llegué a conocer de verdad sino hasta que me volví a poner las gafas de ver bien, me examinó. Leí letras. Recibí gotas. Ignoré luces. El diagnóstico del doctor confirmó las respuestas iniciales de Google: queratitis, una úlcera corneal. La enfermedad no me era ajena: yo había sufrido de queratitis anteriormente, pero nunca a este nivel. No obstante, con todo y lo impresionante, mi caso era tratable. Unas gotas cada dos horas y otras tres veces al día. Debería notar una gran diferencia en 72 horas.

El ojo volvió a su tamaño normal y dejó de doler y lagrimear en cuestión de horas. El panorama cambió lo suficientemente rápido como para poder mantener nuestro plan de celebrar el Día del Padre en un restaurante francés. De todas maneras seguí leyendo al respecto y me encontré con que las queratitis más agresivas lo dejan a uno sin córnea en un plazo de 24 horas. Entonces, si un día sienten una arena en el ojo y les duele cada vez más —encuentren o no puntos blancos en su iris; a veces las lesiones son imperceptibles a simple vista—, corran al oftalmólogo. Su visión puede depender de ello. A pesar de no haber ido a urgencias, yo hice bien en no dejar pasar un día entero entre la aparición del dolor y el examen médico, porque en un estado más avanzado la úlcera alcanza la pupila y uno empieza a dejar de ver.

La mancha en el iris, que el sábado en la noche era mucho más grande que el punto inicial lo que yo vi el viernes en la tarde (vean ahí la importancia de la rapidez en el tratamiento; yo no sabía lo mucho que había crecido hasta que volví a mirarme el ojo ya con el dolor controlado), ahora está casi desvanecida del todo. Desde cierto ángulo alcanza a notarse que aún queda una ligera depresión en la parte inferior del iris del ojo izquierdo, pero ya es mucho menos pronunciada que hace una semana. Por el momento no estoy usando lentes de contacto ni me estoy maquillando, pero eso no me molesta. Lo importante es que después de este susto terrible pero afortunadamente breve, estoy pudiendo escribir esto sin ningún problema.

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At a Party (Briefly): Revenge of the Chili Cheese Fries

¿Recuerdan que estuve en una fiesta el sábado? ¿Y recuerdan que pedí unos chili cheese fries y estaba arrepentida de hacerlo? Pues bien, no sabía qué tan arrepentida podía llegar a estar hasta que abrí los ojos al otro día. Terminé de leer un libro que no me gustó con cierta sensación desagradable en el estómago. De repente me encontré rebotando de la cama al baño y del baño a la cama. Al principio pensé que sería uno de esos episodios de diarrea matutina tan comunes en el colon irritable. Oh, no, ya hubiera querido yo. Tomé algo de líquido y vomité con tanta fuerza que se me reventaron los vasos sanguíneos y ahora parece que tuviera un sarpullido en toda la cara.

A mediodía intenté sostener una charla larga con Cavorite pero me tocó colgar porque no podía del dolor de estómago. Dormí. No sé qué soñé. El dolor se entremezclaba con el sueño. El fiero sol de la tarde me calentaba los pies sobre la cama. Abrí los ojos y me fijé en el azul del cielo tan brillante. Vi el azul apagarse. Al anochecer prendí la luz e intenté distraerme con videos estúpidos sobre “Los 10 mejores actores en imitar otros acentos” y “Los 10 actores con los detalles físicos inusuales más memorables”. Pero el dolor persistió. Persistió a tal punto que cerré el computador y confié en que alguien pasaría a revisar cómo estaba y apagaría la luz, porque yo no podía pararme a hacerlo.

Nadie pasó.

Debían ser las cuatro y algo de la mañana cuando me desperté y me di cuenta de que la luz seguía prendida. Entristecida pero ya un poco más aliviada, me levanté, apagué y volví a dormir otro rato.

Hoy he subsistido a punta de galletas y limonada. Las galletas me hacen doler un poco pero no tanto como lo harían otras comidas. Mi papá volvió del trabajo y preguntó por Misaki, completamente ajeno a mis penurias recientes. Me llamaron de un almacén porque me cobraron mal una compra que hice el día de la fiesta y esperaban que yo fuera a corregir el pago hoy; terminé gritándoles porque estoy rodeada de gente y nadie, nadie se ha hecho ninguna pregunta con respecto al hecho de que yo haya estado encerrada ayer todo el día retorciéndome de dolor y hoy casi no haya probado bocado. No he prendido la luz por temor a no poder apagarla después y que nadie lo haga por mí.

No desearía ser una de esas estrellas de las redes sociales por las que todo el mundo pregunta, pero creo que me gustaría que a alguien le diera al menos un asomo de curiosidad el estado actual de mi existencia. Al menos en Tsukuba la soledad era obvia.

Paréntesis: habla el intestino

Alejémonos por un momento de mi piel achicharrada para enfocarnos en otro órgano que empieza a reclamar atención: mi intestino. Quiero aclarar, primero que todo, que a mí me gusta comer. No soy quisquillosa. Me encanta probar comida nueva. No obstante, mi intestino opina distinto a mí y se opone a todos mis planes. En México lo hizo con especial vehemencia. Desde entonces, intento escucharlo con mayor atención.

Hoy recibí una dolorosa señal de “arrepiéntete o pagarás las consecuencias”, no sé ni por qué. ¿Habrá sido el sushi? ¿La coxinha? ¿El agua del jugo de acerola? Vaya usted a saber. Pero hoy era el día de probar la feijoada y me tocó limitar la ingesta al mínimo, así que me parece que mi intestino es bien malaclase. He tenido retorcijones todo el día.

Ahora mis amigas están en un bar de samba y yo estoy acá guardada por temor a que los retorcijones se conviertan en algo peor y menos manejable fuera de casa. No niego que me alegra tener un respiro después de las maratónicas jornadas turísticas de los últimos días, pero… igual. No es algo que yo haya elegido.

No habiendo más que decir ni hacer, aprovecharé para dormir. Tal vez sueñe con el Real Gabinete Portugués de Lectura, el cual visitamos esta mañana y donde creo que me habría quedado con gusto el día entero.

Arqueología de los papeles III: El polvo maldito

Cuenta la leyenda que los exploradores abrieron la tapa del sarcófago e inhalaron fascinados el aire rancio que de escapó de su interior después de miles de años. Poco después murieron en circunstancias inexplicables.

Yo destapé estas cajas llenas de papeles de hace una década y ahora el pecho me está silbando. Mi mamá me pidió que suspendiera la labor hasta después de mi cumpleaños.

Cosas que olvidé mencionar de 2013

  • Me reencontré en Buenos Aires con Masayasu, mi amigo de Tsukuba
  • Me salió un lunar nuevo en la palma de la mano (durante varios días creí que era una mancha de tinta, ya que su aparición coincidió con los primeros días de clase en la Universidad de Hawaii)
  • Vi a Les Luthiers en vivo
  • Visité Fallingwater
  • Conocí la sede central de Twitter (y probé su exquisito café helado)
  • Vi flamencos aprendiendo a volar
  • Me corté un dedo con mi propio pelo
  • Me hice dejar de un vuelo a lo Before Sunset
  • Fui un personaje de cómic
  • Me metí a un gimnasio (con variados grados de disciplina)
  • Volví a un karaoke japonés después de muchos años (aunque no en Japón)
  • Conocí a uno de los intérpretes de los Juicios de Núremberg
  • Le compré a Cavorite un tajabananos
  • Recibí libros con bonitas dedicatorias
  • Me robaron la maleta (y luego me la devolvieron)
  • Me desmayé

El punto final

El comienzo es muy sencillo. Un dolor localizado. La búsqueda de una silla. Sentarse. Tomarse el abdomen con las manos. Ese es el final.

Lo que hay justo en el punto final no se llega a saber a ciencia cierta; los bordes se hacen borrosos a medida que se los amplifica. Hay un pitido en todas partes. Crece. Ruge. El silencio se vuelve ensordecedor. Soñar muchas cosas al mismo tiempo, todas las cosas al mismo tiempo. Uno sabe de repente de qué hablaba Borges en aquel sótano porque lo acaba de presenciar. Dolor. Sentir que el cuerpo se curva todo hacia adentro como una hoja seca. Saber que en realidad se está moviendo de otra manera que no tiene nada que ver ni con la sensación ni con la voluntad. El dolor se parece al congelamiento. Cientos de cristales de hielo se abren paso desde adentro, rompen la carne, la vuelven un eje rodeado de radios punzantes. La columna vertebral emana agujas. Mi imagen se distorsiona; soy un dibujo hecho de líneas horizontales de colores desplazadas en todas direcciones.

En la lejanía, cada vez más cerca, oigo mi nombre en inglés. El aire se siente súbitamente frío, una niebla que no sabía que estaba ante mis ojos se disipa y de pronto me encuentro rodeada de gente desconocida mirándome desde arriba. Parece una película. Entonces veo a Cavorite y entiendo más o menos dónde estoy.

“I don’t know what happened, I don’t know what happened, I don’t know what happened”, repito incesantemente mientras me llevan a un sofá, me quitan los zapatos, llaman a un médico y me traen jugo y galletas de soda. No quiero soltar la mano de Cavorite. Conservo una bola de dolor en el abdomen y no puedo moverme en absoluto. Pienso en mi abuelo, en su dolor constante y su inmovilidad. Qué terrible debe ser estar así todo el tiempo. Dos días después, mi abuelo se va.

Notas (veintisiete de agosto)

  1. ¿Cómo escribir sobre la propia vida y no sonar como protagonista de Girls o la presentadora de La brújula mágica, o ambas al tiempo?
  2. Cuando tenía catorce años empecé a escribir un cuento sobre una comunidad de adolescentes que creían estar teniendo una flamante vida social pero en realidad vivían en el desierto, cada uno aislado frente a un computador. Catorce años después me desconecté de Twitter y me di cuenta de que en realidad trato con mucha menos gente de la que creía.
  3. El jueves pasado me intoxiqué con un sushi en un famoso restaurante “asiático” bogotano. No es la primera vez que pasa.
  4. Hoy es el cumpleaños de mi papá. Ayer mi mamá y yo preparamos una serie de manjares para su celebración (pollo envuelto en tocineta al horno, papas a las hierbas más o menos según lo que apareció en el programa de Jamie Oliver justamente mientras discutíamos qué hacer con las papas, postre de limón). No estoy esperando que el fantasma de Julia Child se me aparezca para felicitarme, pero para alguien tan poco adepto a la cocina como yo, esta es una gran noticia.
  5. En el reparto de la película de la vida existe alguien a quien uno quisiera impresionar sin saber por qué, una persona frente a la cual uno se siente el ser más simple del mundo en medio de un tumulto de personajes fascinantes y eruditos con las solapas cubiertas de medallas. Suspiro.

Un cerebro en un frasco y otros dolores

Hoy mi cerebro flota libremente en un frasco lleno de líquido. Desafortunadamente ese frasco viaja en un camión sobre una carretera destapada. Pa-pum, pa-pum, hace el camión sobre un hueco. Clinc, clinc, clinc, hace mi cerebro contra el vidrio del frasco. Los golpes duelen pero no sé cómo pedirle al camionero que pare, si el camionero soy yo.

***

Ayer en la tarde se hizo claro el punto de donde irradiaba todo mi dolor. Era un gigantesco clavo que atravesaba una de mis vértebras lumbares y desde el cual emanaban rayos que se derramaban lentamente por mis muslos hasta mis rodillas. Intenté distraer de mi mente la presencia de tan incómodo pedazo de chatarra, pero los rayos se extendieron por la parte superior de mi cuerpo y empecé a preguntarme: si me cortaran la cabeza, ¿perdería el cuerpo o perdería la cabeza? ¿Podría aliviarme la cabeza quitándome el cuerpo adolorido? Pero el hachazo tendría que doler todavía más. Además sería justo sobre la garganta, que no me estaba doliendo en absoluto. ¿Y si fallara al primer golpe como el remate del seppuku de Mishima? Se convertiría en algo así como la escena del sacrificio del búfalo en Apocalypse Now. Y entonces me moriría y no habría servido de nada porque ya no sentiría dolor pero tampoco alivio.

***

Tenía ganas de escuchar “Miss Misery”, de Elliott Smith, pero el sonido se fue desintegrando y se convirtió en arenas que se metían en las náuseas y me hacían más insoportable la incomodidad general. Cerré los ojos para apagar la canción, le di la espalda, deseé que se acabara la batería del computador. Las náuseas iban y venían. La marea del mareo. Logré evadir la tormenta con intervalos de sueño, pero en la noche resulté lidiando con un casco de dolor que me recubría la cabeza. No era la misma sensación de ahora —clinc, clinc— sino un colador de espaguetis metálico que no cedía a la presión de los dedos. Rogué por el fin de todas las luces y me agazapé bajo las cobijas.

***

Desperté. Ya no tenía fiebre. Me incorporé en la cama, convencida de mi mejoría total. Clinc, clinc, clinc.

Divagación indigesta

Extraño mucho el arroz con curry japonés. Bueno, tal vez no en este preciso instante puesto que estoy a punto de vomitar un curry “tailandés” de un popular restaurante “asiático” bogotano. Supongo que debo anotar que no fracasan del todo los dueños de esta franquicia: la evocación asiática se logró en cuanto a que el malestar que tengo ahora podría equipararse en cierto modo al que me mantuvo al margen de todo manjar en Bangkok. La diferencia es que en Tailandia me enfermé mucho antes de darle un primer bocado a cualquier cosa, y aquí fue la comida la que me enfermó. Siento que no voy a poder volver a darle nada sólido a mi estómago en mucho tiempo.

Quería escribir acerca del kare raisu que preparaba Minori y el que servían en las cafeterías de la Universidad de Tsukuba, pero el dolor —y la vívida evocación de ese potaje grasoso color anaranjado que me comí al almuerzo— no me deja. No obstante, mi estómago aún tiene el criterio para anhelar (¡pese a todo!) un buen curry con tonkatsu del viejo cocinero de Ichinoya, mi dormitorio-cárcel.

Bueno, no es más porque no puedo más. Deséenme suerte esta noche.