Monthly Archive for April, 2011

Treinta de abril

Hoy es treinta de abril y es hora de preguntarnos “¿qué hemos aprendido, Charlie Brown?”

Aprendí que no me gusta escribir todos los días, pero la constante presión es altamente útil para al menos mantener cierta motivación y no dejar este blog botado mientras miro por la ventana y me doy cuenta de que a las palomas les gusta el transformador de energía que obstruye la maravillosa (a…já) vista de mi cuarto. Me di cuenta de que me gusta poner fechas por títulos y de que me gusta cómo se ve la palabra “dieciséis”. Aprendí que el pingüino es el mejor animal que existe, pero creo que esa es una lección vieja. Intenté aprender a tocar el charango, pero se sintió como un ukulele gigante con cuerdas de más y no me agradó tanto. Noté que la presión autoimpuesta para el blog generaba nuevas (y muy bienvenidas) autopropuestas: por qué no volver a escribir canciones, por qué no volver a escribir poesía.

No he logrado escribir más rápido. Sigo distrayéndome muchísimo. Por dios, ¡si me estoy distrayendo mientras escribo esto! Espero que el día que saquen mi direct-to-home-video biopic se aseguren de incluir una escena donde lucho contra mí misma para sacar un parrafito de nada. Será una historia de superación personal tipo A Beautiful Mind, pero en vez del Premio Nobel me gano un comentario.

Ahora que he recobrado una mínima parte de mi disciplina, debo hacer lo siguiente:

  • seguir escribiendo como si no hubieran cambiado las reglas del juego
  • hacer textos fuera del blog
  • no se me ocurre más, pero dos viñetas no más se ve como mal

Eso es todo por ahora. Ha sido un buen primer mes post-Japón. Ahora me voy a seguir socializando espontáneamente, actividad novedosa y fascinante que me ha traído este cambio de vida.

Veintiocho de abril

El sensei ha pasado demasiado tiempo en este país. Me cuenta la historia de un colombiano que decide volver de Japón al cabo de muchos años solo para darse cuenta de que no soporta Colombia.

Veintisiete de abril

En este momento no extraño Japón. Tampoco digo que la esté pasando absolutamente de maravilla en Colombia, pero es lo que es lo que es. Estoy acá, ya no estoy allá. Punto. Siento como si ni siquiera hubiera volado desde allá, pese a que recuerdo todo perfectamente. Me teletransporté y no hay vuelta atrás.

Siento que extrañar Japón es como extrañar un sueño, un mundo donde las leyes de la física son distintas, algo imposible de emular y por tanto inútil de anhelar.

Veinticuatro de abril: Guía conversacional bogotana (aparte)

En Bogotá hay que aprender a hablar. En especial, hay que aprender a hablar con los taxistas. No quisiera uno resultar en un trancón o una carretera especialmente mala y que el taxista lo acuse a uno de ser la Moira que determina que su medio de trabajo morirá de manera horrífica en una avenida-cráter-río. Por eso hay que sacarse los audífonos y, sea lo que sea, no responderle al señor “ajammm” con la mirada perdida en el paisaje. La vida de uno está en manos de este señor, así que más vale ser su aliado.

En Colombia la mayoría de conversaciones empiezan con quejas. Es posible que usted haya hecho su última amiga de bus fisgoneando un accidente aledaño y comentando sobre el peligro que representa uno de los vehículos implicados. O cualquier cosa que se pueda considerar “el colmo”. “Es el colmo”, dice el primer interlocutor, a lo que el segundo responde “¡hm!” meneando la cabeza. A continuación los interlocutores son libres de agregar anécdotas relacionadas con el hecho y/o noticias relevantes. El intercambio culmina con expresiones de inconformidad hacia el gobierno y la manera como se hacen las cosas aquí. Y presto: una nueva amistad (que le durará entre 5 minutos y la eternidad del embotellamiento). Ahora tome este modelo básico y aplíquelo al primer comentario que haga el conductor del taxi durante el recorrido. He aquí un ejemplo de la vida real:

Anoche, regresando a mi casa, el taxi se topó con un tramo completamente destapado cerca de la entrada de mi barrio. Hasta entonces no había habido ninguna comunicación entre el taxista y yo, pero al ver el estado de la vía, el señor me hizo saber su decisión de tomar un desvío.
—Huy, sí, es que está terrible —respondí. [expresión de solidaridad]
—Eso debe ser por los alimentadores, porque por ahí no pasa carga pesada.
—No, eso lleva años así y nada que lo arreglan. O lo arreglan por encimita y ahí mismo vuelve a dañarse. [dato adicional]
—En la 54 con [número olvidado] arreglaron la vía y taparon todos los huecos. A los ocho días, ¡ocho días! eso volvió a estar como antes.
—Es que nunca arreglan bien.
—No ponen buen material sino por encima no más.
—Claro, como esa plata se la roban… [expresión de inconformidad]
Al término de la carrera, recibí toda la amabilidad posible del señor conductor. Misión cumplida.

Tip adicional: la frase “por eso estamos como estamos” puede ser de utilidad.

Veintitrés de abril, 2

Hoy terminé de escribir un poema. Creí que tendría algo que decir al respecto, pero no.

Veintitrés de abril, 1

¿Agora que sé d’amor me metéis monja?
¡Ay, Dios, qué grave cosa!

Agora que sé d’amor de caballero,
agora me metéis monja en el monesterio.
¡Ay, Dios, qué grave cosa!

—Poema popular medieval español

Veintidós de abril

Un día en el colegio, M. (compañera de clase) nos cogió la mano a varias y, examinando no sé cuál de todas las sinuosidades de la palma, se puso a dictaminar quién sería buena en la cama en el futuro. Cuando me llegó el turno —no sé qué hacía yo ahí—, M. se desternilló de risa y dijo que yo sería frígida.

Ah, bueno. Menos mal.

Veintiuno de abril

Hoy debería estar en La Dorada con mis abuelos, pero el invierno se está llevando los pueblos y las carreteras, entonces ni modo.

Veinte de abril

Mi mamá aparece en mi cuarto con dos pocillos llenos de agua de flor de jamaica. Me entrega uno y se sienta en un butaquito con el otro. Hasta hace unos minutos yo estaba practicando ukulele, pero ahora estamos en silencio, ella en el butaquito y yo en la cama. De repente me pregunta si se siente extraño tener compañía. Sí, se siente extraño. Cuando vivía en Tsukuba no aparecía nadie así de la nada. Ahora es como si hubiera un duende en casa o como si tuviera amigos imaginarios. Amigos imaginarios que se aparecen en mi cuarto cual hada madrina y hablan y hablan y hablan y hablan y hablan y hablan y hablan y hablan y hablan y hablan.

El otro problema es el cambio de vida de una caja de zapatos a una casa de dos pisos. Ahora tengo que pararme de la cama (inmensa) y dar tres pasos para apagar la luz cuando me voy a dormir. Si quiero, puedo ir al cuarto vacío de mi hermana y sentarme ahí a ensayar ukulele o cualquier cosa. Eso exigiría más pasos. Y encima hay escaleras para bajar en caso de querer comer y un montón de sillas de diferentes tipos desperdigadas por ahí. Pero yo soy un hámster acostumbrado a su jaula e insisto en encerrarme en el cuarto. Tres pasos es todo lo que necesito para vivir. En la sala —tal vez ellos no se hayan dado cuenta— siempre me siento en la misma poltrona y siempre en la misma silla del comedor. Creo que perdí la noción de disfrute del espacio, o el mundo se me achicó. Cada vez que intento pensar en Japón, solo recuerdo la esquina del apartamento donde transcurría absolutamente toda mi vida.

Quince y dieciséis de abril

Bulnes. Mer. Santiago. Una máquina de marcar tarjeta en el trabajo. El bus más tóxico del mundo. “Flaquitas y pulposas”. Presuntos niños atracadores siguen a su víctima. “El coiffeur de las estrellas”. Un apartamento como de revista. La máquina de marcar tarjeta cuadra sola su reloj. Baba ghanoush. Vino. Bondiola, puré de batata, pasta de membrillo que no es dulce de membrillo. Dibujitos. Vino. Pink Martini. Baile. Raffaella Carrà. Helado. Vino. “Manu, ¡Chao!” La novicia rebelde. El trío Los Panchos con Eydie Gormé. Catacrocker. Agua. No hallo manera de reportarme a la nave madre. Una medialuna exquisita, densa como el centro de Júpiter. Café. La máquina de marcar tarjeta se atasca con mi dibujo de “Santiago el operario” adentro. Gorra con linterna, regla, cuchillo, cartulina, todo es inútil. Me toca irme. No quiero. Línea 39, cielo azul perfecto. He quedado un poco enamorada.