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Retiro

Cuando estaba estudiando literatura en la universidad, estaba segura de que la frase “viaje de trabajo” nunca entraría en mi vocabulario a no ser que me entregara a la academia y me fuera re bien o me convirtiera en una escritora famosa que va a promocionar sus libros en todas partes. De la academia decidí darme un respiro y regresar en otra ocasión (if ever) y lo de llenar libros con mis letras, aceptémoslo, jamás ocurrirá. No obstante, la vida ha sido muy benévola conmigo y ahora me dispongo a viajar por segunda vez gracias a mi nuevo oficio.

Pero ahora metámosle un pero. Voy a pasar casi toda la semana sin teléfono fijo ni señal de celular ni internet. Se supone que yo tengo experiencia en este tipo de desconexiones —en 2008 pasé diez días saltando bus-hotelucho-bus en Vietnam sin mayor noticia del mundo exterior, y fuera de la cabecera municipal de La Dorada estoy en la olla— pero ahora leo la hoja de recomendaciones del sitio donde estaré a partir de mañana y entro en un estado como de inquietud. Incomunicación total en un santuario de flora y fauna. Me siento como si me fueran a mandar a ese retiro espiritual que hizo mi amiga Lynn donde tenía que pasar días sola en una montaña sin nadie con quién hablar ni comida ni agua. Además, a falta de Internet me tocará cargar un diccionario impreso como cuando la tripulación del Enterprise se tuvo que comunicar en klingon y la cubierta de la nave se inundó de tomos viejos. Este es el futuro y todavía nos mandan a volver al papel.

Aquí va un párrafo de conclusión pero la conclusión es que estoy nerviosa. Debería estar pensando en maticas y pajaritos pero ando preguntándome qué hacer cuando me falte la información instantánea como si de café o cigarrillos se tratara. Resignarme a la ignorancia, será, y ponerme a dibujar a ver si alcanzo la iluminación.

The Ides of March

Hace un año cogí un tren bala a Kioto. Allí me despediría de María Lucía, tomaría un tren a Kobe y ahí un avión a Nagasaki. El plan era escribir sobre ese último viaje en solitario antes de graduarme y volver a casa. Algo alcancé a hacer. Primer capítulo de una serie que no tuvo más entregas.

Ya dio vuelta la espiral. Estoy en el mismo punto de partida pero un paso más alejada de todos los lugares que este mes ha contenido en calendarios pasados. Una playa. Un tren. Un túnel. Ciruelos en flor.

Qué diferencias tan grandes entre 2009, 2010 y 2011. Y entre estos tres años y el aburrimiento de 2012. No me gusta que todo se desvanezca así. Me entristece saber que estoy cada vez más lejos de allá, de todos los allás que he tenido. Me veo anclada en este escritorio y me aterra imaginarme así de quieta por siempre.

Necesito un plan de escape.

TGV

Temíamos no despertar a tiempo, pero el mismo temor nos hizo saltar de la cama ante el pitido de la alarma. La Gare Cornavin se sentía lejos aunque en realidad no lo estaba tanto. Con el tranvía aún en descanso, arrastramos las maletas por toda la Rue de la Servette en la oscuridad de la madrugada. Quisiera recordar con exactitud el recorrido, mas nunca logré hacer un mapa mental de aquella vía.

Nos quedamos dormidos en el tren al instante pese a la incomodidad de los puestos. Por un momento abrí los ojos y vi un destello de ámbar derramándose sobre una superficie sinuosa de color verde oscuro salpicada de sombras alargadas. Esos colores solo los había visto antes en los museos. Ahí entendí la existencia de los impresionistas: una luz así tenía que ser grabada a como diera lugar. Pero yo no tenía más que un cerebro confuso, y toda la belleza del mundo no pudo evitar que los párpados se me cayeran como losas. La revelación no habría durado más de un minuto. Cuando volví en mí, el delirio había abandonado por completo el paisaje. Entonces llegamos a París.

2011

Nara – Osaka – Tokio – Bangkok – Saipán – Nagasaki – Kobe – Kioto – Tsukuba – Bogotá – La Dorada – Buenos Aires – Nueva York – Bogotá – Buenos Aires – Valparaíso – Viña del Mar – Santiago – Lima – Bogotá.

En general no fue un año muy feliz que digamos. Ahora me falta un abuelo, y encima se me acabó Japón y no me pude despedir. Pero bueno, también tuvo sus partes rescatables. Me gradué —sin ceremonia pero con hakama—, viajé, viajé, viajé, viajé y viajé, lloré con Madama Butterfly —y su tierra me acogió en el peor momento de mis cinco años de vida nipona—, hice realidad mi sueño adolescente de conocer una isla casi inalcanzable (¡donde los niños tocan ukulele en el colegio!), tuve encuentros bonitos y pasé una temporada más o menos larga conociendo Chapinero con Cavorite. Ahí hay buenos recuerdos para compensar, al menos, aunque la tristeza no halla una manera de desaparecer del todo. Ahora no veo nada en el futuro, entonces qué más da que llegue el año nuevo.

Peruanadas

En Twitter todo se olvida, así que anotaré aquí un par de intercambios graciosos que tuve en Lima para futuras referencias.

1. Oficina de correos

Tendera (después de una breve conversación acerca de unas postales viejísimas tituladas “Miraflores moderna”): ¿Usted es peruana?
Yo: No, colombiana.
Tendera: Ah, ¡muy cerca!
Yo: Parece cerca, pero Bogotá está a tres horas de aquí en avión.
Tendera: Pero tres horas se pasan volando.
Yo: Literalmente.

2. Taxi al centro de Lima

Taxista: En Colombia todas las mujeres son bonitas. Allá matan a las feas.

3. Aeropuerto de Lima

Inspector: ¿A qué ha venido a Perú?
Yo: A visitar a un amigo.
Inspector: Amigo… ¿Amiga?
Yo: No, amigo.
Inspector: ¿No sería su enamorado?
Yo: NO.

Bruma

Lima me confunde.

No empieza, no acaba, no se ve; es igual a Bogotá y de golpe ya no. El polvo en el aire dibuja montañas y mares como barreras repentinas. La neblina asciende al atardecer, borra los edificios y revela el cielo que podría ser pero no es. Los microbuses —énfasis en el “micro”— se atraviesan salvajemente. Lejos de la costanera, solo los nombres de las calles —¿Los Literatos? ¿Kon Tiki? ¿Doña Marcela?— me recuerdan que no estoy en casa. La comida es otro indicativo. “Poio” por todas partes y a todas horas. La gente se escandaliza por mi falta de apetito.

No obstante, esta es la ciudad-espejismo donde lo vimos todo claramente después de seis años. Vimos el pasado; lo que, como el cielo limeño, pudo ser pero no fue. Tardamos mucho persiguiendo (y evadiendo) las flechas azules que pretendían unirnos, pero al fin encontramos el final y nos hallamos paralelos. Nos sentamos en una banca al borde del acantilado y reflexionamos sin mirarnos. El mar parece estar hecho de metal y los surfistas se deslizan sobre las arrugas que el viento le esculpe. Él se pregunta por qué todos nos sentimos rotos. ¿Tú no te sientes rota? No, yo tengo mi música. Desafío la incompletitud con mi soledad y las cosas que saco de ella.

Nunca nos tendremos, pero siempre nos hemos tenido.

El sol desaparece y Lima se convierte en un nuevo laberinto. Mi guía lo sorteará con agilidad mientras yo intento darle sentido poniendo el río Sumida sobre una hilera de canchas de tenis iluminadas entre filas de edificios. No funciona. Lima es Lima es Lima. Y sin embargo es tantos otros lugares a la vez.

Azuma al otro lado del Pacífico

Esta es otra descripción de una casa, pero para hablar de sus habitantes debemos retroceder en el tiempo. Empecemos por la casa, empero. En una versión sicodélica y sureña de los cerros de Nagasaki hay que subir unas escaleras, abrir una puerta, después otra, subir otras escaleras, abrir otra puerta y luego otra más que da directamente a otras escaleras. Visto de diferente manera: en un pasaje sobre la ladera de la montaña hay una casa. Dentro de la casa hay otra casa, y dentro de esa casa hay una casa más. En esta última, con paredes de colores y escalones desiguales, vive Azuma.

Azuma. Volvamos a 2006, cuando aterricé en Narita y estrellé a alguien con el carrito de las maletas. O de pronto eso es ir demasiado lejos. Podemos detenernos en un loop infinito de espigas de arroz anegadas, inclinadas, doradas, cortadas, quemadas. El cielo sin nubes de azul inexplicable lo tiñe todo de ámbar y verde manzana. Y en los caminos alrededor está Azuma. Su presencia endulza la soledad. Nos reímos de la desolación, in-ten-ta-mos ha-cer al-go por la vi-da.

Volvamos a la casa en la casa en la casa. Cada quién huyó como pudo de Tsukuba cuando llegó la hora. Ahora él está al borde del Pacífico —el borde opuesto de donde lo conocí— y he venido a visitarlo. Estando con Azuma aquí entiendo cómo sobreviví en Tsukuba y por qué se me hizo impensable quedarme allá después del grado. A su lado soy yo yo yo y no importa lo random. Random está muy bien, de hecho. La familiaridad que aún no logra acompañarme en Colombia está aquí: el cielo es del mismo color, el mar es un espléndido reemplazo de los campos de arroz y la aparición de Rini —novia de Azuma— es apenas novedad, si ha estado con él desde siempre. Mi acento híbrido delata mis hermandades.

Suena “Dead Things” de Emilíana Torrini. Azuma y Rini terminan de confeccionar un vestido a toda velocidad y les queda perfecto. Le contamos historias absurdas de Japón a Rini. Todo nos hace reír. Sobrevivimos.

Casa

Mi hermana vive en una casa preciosa en Palermo. La casa tiene dos patios, una terraza, tres gatas, un baño con libros —de repente encuentra uno el Atlas de Borges sobre el bidé— y un espejo enorme en la sala. Entre otras cosas. Es como un anticuario muy cómodo.

La casera de mi hermana es actriz de teatro. El fin de semana fuimos a ver su última obra, que era sobre el bombardeo a la Plaza de Mayo que hicieron en 1955. Antonia, que es como se llama, está toda hecha de marfil con cabellos de lino y ojos de glaciar. Se acuesta en el piso cuando habla por teléfono y parece amar locamente a todos sus interlocutores. El piso tiene huecos de madera desmigajada. Hace un par de meses el moho amenazó con comerse entera la habitación de mi hermana.

La otra vez salí a dar un paseo y me encontré a Antonia en la calle al regreso. Estaba inspeccionando las otras casas de la cuadra porque se había ido la luz y quería saber si era una situación generalizada. Terminó de anochecer. Toqué ukulele un rato. Luego pasamos a cantar a capella las tres. Antonia nos contó que de joven fue a un concierto de Queen y a uno de Santana. Y también vio a Freddie Mercury de cerquita en otra ocasión.

En la casa también hay dos italianos. Cuando uno los escucha hablar de lejos es difícil saber si están hablando italiano o español porque la entonación suena igual. Ahí es cuando uno se da cuenta del origen del acento argentino.

Mi hermana vive contenta aquí. Yo también estoy contenta, pero ya me tengo que ir. Antonia se puso triste al saber que no me quedaría más tiempo, pero espera que vuelva pronto. No es descabellado pensar que así será, si la primera vez que vine a Buenos Aires escribí que la ciudad ameritaba segunda y tercera visita, y esta ya es la cuarta. Ay, Buenos Aires, te dejo algunos de mis amores pero aquí me tendrás de nuevo.

Mataderos y macarrones

Mi hermana y yo tomamos un colectivo a Mataderos para ver la feria dominical. Ella seguía atenta los nombres de las calles para ubicarlos en el mapa y así saber bien por dónde íbamos. El bus nos llevó a ver el incendio de una fábrica y luego nos dejó en una senda tapizada de flores de jacarandá. En la calle estaban haciendo corridas de sortija. Las boinas se les volaban de la cabeza a los jinetes mientras se pasaban el puntero de la boca a la mano y lo blandían como un lápiz corrector de un gran error que al final no lograban pescar.

Comimos empanadas —increíble la de choclo— y salimos a ver los bailes. Cualquiera se podía unir, y daba la impresión de que todo el mundo se sabía los pasos. Nosotras no, claro. Algunos llevaban traje típico, pero la mayoría no. Había un señor especialmente hábil que le daba besos a su pareja al final de cada pieza. El movimiento de su cabeza lo delataba como bailarín profesional.

En medio del festejo, casi imperceptible apareció entre la multitud un viejito vestido de gaucho —con todo y espuelas— caminando bien despacito. Lo observamos avanzar detrás de los bailarines. Su andar de caracol nos permitía concentrarnos a ratos en una pareja de vestido elegante y la pareja del profesional. El viejito llegó a una barrera y se apostó allí. Después de mucho titubear le pedimos el favor de que se dejara tomar unas fotos con nosotras. Asintió. “Yo te voy a hacer un regalo”, me dijo cuando me paré a su lado. El anciano tenía una conjuntivitis tremenda en un ojo. Sacó una tarjeta con su dirección y me pidió que le enviara las fotos allí. “Si querés te doy la plata del envío”. Ni más faltaba. Ahora debo imprimir las fotos y confiar en que al correo argentino se le dé por funcionar al menos esta vez.

Al regreso —una vez más, tocar con el dedo un hilo arbitrario en un tejido de nombres— pasamos por una confitería donde vendían macarrones. Mi hermana se había referido a ellos como alfajores exquisitos que a simple vista no parecían nada provocativos, y pronto supe de qué hablaba. Los vi mil y una veces en las vitrinas de los almacenes caros en Tokio, los observé dentro de sus cajas preciosas en una vitrina de la Presqu’île en Lyon, llevo uno de plástico colgado de mi morral desde hace años… y nunca se me había ocurrido llevarme uno a la boca. Si no era ahora el momento, ¿entonces cuándo? Sobra decir que estaba delicioso. Habré de volver a Lyon algún día, supongo. Y a Tokio. Pero por ahora sigo saboreando Buenos Aires.

Paralelo 38

Nunca he tenido mayor interés en conocer Corea del Norte. Las fotos de Kim Jong-Il mirando cosas son desconcertantes pero no ofrecen una ventana hacia algo que uno quisiera ver en persona, a no ser que uno sea una especie de ingeniero industrial y le interese mucho la supervisión del área de producción. Yo sé que en Pyonyang se esconden secretos fascinantes que solo son revelados tras entregar el pasaporte y cuidarse de no decapitar las estatuas de Kim Il-Sung en fotos, pero aún así… nah. No obstante, cuando uno se da cuenta de que está bastante cerca de la famosa zona desmilitarizada y es posible dar ese paso ya mismo, el nah se convierte en por qué no. Porque decir “estuve en Corea del Norte” suena más que bien, ¿no? Un español que trabajaba conmigo fue y al regreso nos mencionó ese detalle con la propiedad del aventurero que uno, humilde turista piscinero, desearía tener alguna vez. Esa mañana de mayo era mi oportunidad de impresionarlos a todos.

Ahora bien, esta suena como la introducción a una aventura sensacional por lugares prohibidos o un clásico ejemplo de chasco turístico con recuento de filas interminables, guías ininteligibles y comida mala. Sin embargo, la escena que nos disponemos a apreciar es completamente distinta. Le podríamos poner música de fondo, incluso, algo casi imperceptible para sacar de quicio al cinéfilo que esperaba persecuciones automovilísticas, metralletas o pena ajena. Aquí va:

Un hombre y una mujer llegan al primer piso de un hotel en Seúl, entran al restaurante y se sientan a esperar el desayuno —huevo frito, pan con mermelada, lechuga y maíz tierno—. A un costado del recinto hay una máquina de maíz pira y unos folletos grandes sobre una mesa. Tour a la zona desmilitarizada, anuncian. ¡Oh! ¿Se puede ir hasta Corea del Norte? ¿Así de fácil? Lleva la revistita a la mesa con una cara de “qué opina” para su acompañante. El solo decirlo ya suena emocionante: ir a Corea del Norte. El tour incluye almuerzo típico (¡además!).

Aquí es donde quiero que el tiempo pase más lentamente para dar la impresión de que algo importante está a punto de suceder. Dos extranjeros sentados en una mesita, como ya sabemos, esperando un suculento plato de huevo con lechuga, provocados de maíz pira, mirándose y mirando las fotos de matorrales en el folleto. El precio en won tiene varios ceros pero ellos no se acuerdan de la tasa de cambio ni a euros ni a yenes ni a nada. Suena caro, de todas maneras. Caro para ser un montón de pasto con un caminito atravesado por una raya. Aquí Corea del Sur, allá Corea del Norte. Tómense fotos y vuelvan al bus. Ah, y aquí tienen su bulgogi de medio pelo. Todo para tener derecho a una frase que deje perplejos a los interlocutores de cuanta reunión se atraviese en el futuro. Los viajantes se miran una vez más.

Los minutos recobran velocidad cuando se paran de la mesa con la decisión tomada. Es lamentable cómo los momentos más lentos de la vida comprenden situaciones que se olvidan al instante de terminar: una fila en el banco, el rellenar de casillas en un formulario, el primer desayuno en una capital asiática. Los viajantes cogen sus cosas y salen a Noryangjin, el mercado de pescado. Noryangjin, un nombre desconocido que nadie recomendó, un lugar donde los locales los miran perplejos, donde piden pescado tajado crudo a punta de señas y seguramente se los ofrezcan recién sacado del acuario del puesto contiguo. Nadie dará muestras de admiración cuando el tema venga a colación en conversaciones futuras con terceros, aunque también es posible que nunca lo lleguen a mencionar. A juzgar por la rapidez con que transcurre todo, la probabilidad de que uno de los dos no lo haya olvidado es bastante alta.