Monthly Archive for September, 2008

La escasez nacional de banano

Hace mucho tiempo, cuando vivía en el dormitorio de Ichinoya, tenía una amiga que nos invitaba a Azuma y a mí a comer a su cuarto. Preparaba toda suerte de manjares típicos de su país y nos los ofrecía, así sin más. Un día decidimos devolver atenciones e invitarla a desayunar algo típico nuestro. Ella aceptó ir al cuarto de Azuma, donde la esperaban unos deliciosos huevos revueltos sobre pan tajado y agua de panela con leche. Pero entonces, sin habernos dejado servirle siquiera, sentenció:
—Yo sólo desayuno banano.
Y a los cinco minutos se fue.

A mi vecino, el señor Sakaguchi, le llamó la atención que yo mantuviera esta anécdota tan fresca en mi memoria pese al tiempo que ha transcurrido tras el infame suceso. Entonces anotó que él acababa de empezar una dieta según la cual sólo desayunaría banano y agua. Esto tuvo que decírmelo, claro, justo cuando me disponía a servirle tostadas francesas con tocineta recién preparadas por mí. No obstante, comió con gusto y no quedé viendo un chispero como cuando Azuma y yo terminamos viendo televisión educativa al no tener ánimos de hacer más. Pero no nos desviemos de lo interesante: el hombre que estaba sentado frente a mí estaba haciendo dieta. Y no cualquier dieta: la dieta del banano. Desde donde yo estaba sentada podía atisbar a través de un resquicio entre los botones de su camisa—y puedo asegurarles que el hombre no está necesitado de ningún régimen. Empero, el señor decidió que había comido demasiado durante sus últimas vacaciones en Bonn y la mejor manera de recuperar su figura—¿si así está mal cómo estará bien?—era desayunando banano con agua, tal como aconsejaban en televisión.

Ha tenido tanta acogida la dichosa dieta que en las noticias anuncian que el producto está escaseando en los supermercados del país. Las ventas de la fruta han subido un 70% y ha habido un incremento en los precios. Nunca antes había habido tanta demanda del banano como ahora, aseguran representantes de Dole. Japón es un país fanático de los regímenes y arrasa con todo aquello que los medios proclamen como adelgazante, sea lo que sea. El año pasado fue el nattou (fríjol de soya fermentado), ahora es esta poco emocionante fruta y quién sabe qué vendrá después. Yo no sé qué es lo que los tiene tan obsesionados con la pérdida de peso si la obesidad es un mal que prácticamente no los ataca. No conozco una dieta tan saludable como la japonesa, provista de verduras, pescado y arroz a granel. La variedad de pasabocas y dulces deja mucho que desear, lo cual sumado a la inexistencia de buen pan es garantía del éxito a la hora de privarse de antojos engordantes. Y sin embargo, ¿tienen que someterse a estos rituales?

Creo que algo les está diciendo a los japoneses que no es posible sentirse bien sin sentirse mal y que sólo en el sacrificio se puede encontrar la redención. La redención de qué, es una buena pregunta. El problema de las dietas no afecta sólo a este archipiélago; cada fascículo de las revistas alrededor del mundo es una nueva promesa de renacimiento con una nueva identidad, un nuevo yo sin rostro, un ideal numérico que mágicamente convertirá a hombres y mujeres en mejores personas, menos tímidas y más exitosas. Pronto saldrá un estudio rebatiendo las ‘milagrosas’ propiedades del banano, tal como hicieron con el nattou para decepción de todos. Entonces surgirá algún otro ‘superalimento’, como les llaman, y todos se abalanzarán a comprarlo a ver si esta vez sí funciona y por fin puedan ir a bañarse a la playa, o comprarse mejor ropa, o hablarle a la persona que les gusta.

Le pregunté a Sakaguchi si la dieta ha arrojado algún resultado hasta ahora. Él asegura que ha bajado barriga y se siente más saludable. Yo no sé de qué barriga habla, pero con tal de que no me rechace el próximo desayuno, qué le vamos a hacer.

[ Hey Bulldog — The Beatles ]

寿司

Anoche fui a comer sushi con el señor Sakaguchi. Los platos no pararon de aterrizar en nuestra mesa hasta completar dos torres altísimas y un par de estómagos satisfechos. Constaté que es posible tener gustos diametralmente opuestos frente a una comida aparentemente homogénea: a Sakaguchi le gustan los mariscos (resbalosos y gomosos) y a mí los pescados (más suaves y un poco ácidos al gusto).

El sushi de por sí no es desagradable. Lo desagradable para algunos debe ser la vista de un pedazo de animal muerto fresquito sobre un montículo de arroz. No obstante, el secreto del disfrute está en ignorar el mensaje de alerta que envían los ojos y hacerle caso exclusivamente a la boca. El mismo principio aplica para el cocido boyacense y el pincho de escorpión. Yo recomendaría empezar por los pescados, en especial el salmón y el atún (maguro), y a medida que se le va perdiendo el miedo ir experimentando con los mariscos y otros especímenes fascinantes. No se preocupe: en ningún caso se topará usted con ratones, perros o serpientes. Para eso hay que ir al sur de China.

He aquí algunas notas sueltas respecto de este platillo que tan popular se ha vuelto últimamente:

  • El erizo de mar (uni) puede llegar a saber asqueroso si se lo consume en el establecimiento equivocado. Aparentemente eso fue exactamente lo que hice yo.
  • El atún entre más grasoso más suave es. La suavidad es una cualidad muy apreciada por los japoneses a la hora de comer, por lo que el atún graso puede llegar a ser mucho más caro que el magro.
  • En Japón es no encontrará aquellos populares bocados con topónimos norteamericanos o estereotipos asiáticos (¿”ojo de tigre”?) que abundan en otros países, pero a cambio verá inventos pintorescos e igualmente estereotípicos como el sushi de tortilla mexicana, que es una flauta cortada y rellena con algo parecido a la salsa pico de gallo. Lo vi pasar anoche por la cinta transportadora y me convencí una vez más de que para los japoneses tomate picado + tortilla = México.
  • No se quede con los inventos extranjeros que contienen demasiados sabores mezclados. La simplicidad de un fruto de mar sin más condimento que el wasabi y la salsa de soya es todo un placer para el paladar. Note las sutiles diferencias de textura y sabor que cada variedad trae.
  • Tampoco crea que acá todo es exquisitez. Este es el único país que conozco donde el sándwich de papa es una opción perfectamente válida.
  • Variedades de sushi que no contengan carne de animal alguno: mayo-corn (maíz tierno con mayonesa), nattou (fríjol fermentado), kappamaki (rollo de alga, arroz y pepino) y el famoso inarizushi. El inarizushi consiste en una bolsa de tofu frito rellena de arroz. Suena simplón, pero vale la pena probarlo.
  • Japón todavía caza ballenas con fines de consumo bajo el disfraz de la investigación científica. No es muy común encontrar sushi de ballena (kujira), pero tampoco es del todo imposible. Yo lo probé.
  • La función del jengibre dentro del mundo del sushi no es decorativa ni de condimento. No debe ponerse encima de las piezas. Entonces, ¿para qué sirven esas láminas rosadas? Según Minori Honda, ex novio y experto en comida casera japonesa, el jengibre tiene propiedades digestivas. Por otro lado, el señor Sakaguchi asegura que cumple la misma función del pan en la cata de vino: limpiar el sabor de la boca entre bocados. La Wikipedia les da la razón a ambos.
  • No recomendaría comer sushi en un restaurante de comida panasiática. El orientalismo culinario nunca ha sido buena idea.
  • Comer sushi no hace a nadie más sofisticado ni más interesante. Cómalo porque le gusta. Y si no, pues no.

[ Velvet Pony — Psapp ]

挨拶/逃亡

Anoche fui a ver Good Bye Lenin! con los miembros del club de alemán (de cuya existencia no tenía idea hasta ahora) y algunos estudiantes de diversos niveles del idioma. Machiko, una compañera de clases, se alegró de encontrar una cara familiar entre el grupillo de desconocidos y me invitó a sentarme a su lado. Justo entonces ingresó al salón el omnipresente de mi vecino, el señor Sakaguchi. No sé por qué no cruzamos palabra pese a que se sentó cerca de mí.

La película terminó y hubo una sesión de preguntas para Herr Rude (mi antiguo profesor y encargado de estas noches de película). Machiko me susurró que tenía que irse de inmediato pero se contuvo en el asiento un rato más. Tras oír un intercambio de palabras sobre el muro de Berlín a lo largo del cual asentí y dije «ooooh» varias veces así me parecieran aburridísimas las observaciones, vi que Sakaguchi se acercó a hablar con un corrillo de representantes del club. Entonces me escabullí del salón sin siquiera ocurrírseme que podría esperar un poco y despedirme. Por el contrario, en mi cabeza apareció toda suerte de obstáculos para emitir un simple «adiós, nos vemos»—«De seguro está ocupadísimo hablando con esta gente, mejor no lo interrumpo»… «No voy a dar pie a malinterpretaciones dejando en evidencia que la extranjera lo está esperando»…

En Colombia es apenas natural saludar a cualquiera que se cruce por su camino y resulte familiar. La lógica del saludo se puede reducir a lo que decía mi tío mientras manejaba la camioneta de mi abuelo por las veredas de Puerto Boyacá: «a nadie se le niega una pitadita». Si usted lo conoce, lo saluda. Si no lo conoce y está en el campo, en un hotel o escalando una montaña, también lo saluda. A veces en un ascensor también. Si se lo encuentra en una reunión y le tiene cierto grado de aprecio, lo busca para despedirse o le deja saludos. Si usted está a punto de abandonar una reunión casera, tiene que pasearse por toda la sala despidiéndose uno a uno de cada familiar, amigo, amigo de amigo y familiar de familiar que quede. Si usted no saluda, no se despide o hace cualquiera de los dos demostrando un nivel de afecto inferior al que se cree tener, algo anda mal. En conclusión: en caso de duda, salude. ¡Recuerde las palabras de mi tío!

En Japón, sin embargo, el saludo depende de una serie de factores que aún no llego a entender. La frase japonesa equivalente a «buenos días» es válida a cualquier hora siempre y cuando se use la primera vez en el día que uno se encuentra al interlocutor. Asumo también que este interlocutor debe ser conocido, pues nunca he oído un «ohayou» del señor de la entrega de paquetes a no ser que realmente sean horas de la mañana, pero en este caso el saludo matutino es dicho en su modo formal («ohayou gozaimasu»). La venia puede sustituir el saludo (pero el saludo sin venia no va). Si uno ha saludado a alguien y se lo vuelve a encontrar, no puede saludarlo de nuevo. A veces hay una sonrisa fugaz o un gesto de sorpresa; a veces uno se hace el loco y sigue derecho. La despedida es aún más compleja: Según una profesora que tuve en Tokio, para no pasar momentos de incertidumbre al tener que despedirse dos veces, uno puede tomar un camino diferente al habitual y así evitar reencontrarse al ya despedido. Irse sin despedirse, tal como hice yo anoche, es una opción perfectamente válida bajo quién sabe qué circunstancias. En caso de duda, ¡huya!

Para los extranjeros que constantemente buscamos conocer nuestro lugar (o falta de él) en la sociedad japonesa, la adaptación comprende un proceso de desarraigo que en últimas nos deja en medio del agua y sin tabla de salvación. Damos brazadas creyendo saber adónde vamos pero ya no vemos ninguna playa en el horizonte. Desde las orillas nos observan muchos, pero nadie nos reconoce. Así pues, seguimos a tientas y bajo el sol, tragando agua salada convencidos de que algún día la punta del pie tocará la suave arena y podremos descansar. Ese día, empero, está muy lejos.

En el oscuro y silencioso camino a casa pude oír un debate en mi cabeza. Debí haberme despedido. Estuvo bien no haberme despedido. Es de mala educación ignorar así a la gente que uno conoce. Mala educación habría sido andar ahí de metiche buscando un adiós innecesario. La cabeza se me hace un caldo de tantas ideas contradictorias que voy acumulando en este lugar. Me gustaría que algo, algo fuera simple y claro en mi vida. Un mensaje directo. Un sentimiento recíproco. Un saludo—¡¿qué tan complicado puede ser un saludo!?

Pero todo es ambiguo acá adentro. En caso de duda, avanzo/huyo.

[ — ウルフルズ ]

ドキドキしている

No tengo nada contundente que decir, pero estoy nerviosa sin razón aparente y debo escribir para no empezar a comer o mascar chicle.

Hoy me dormí en clase. Tenía la cara apoyada en una mano mientras la otra sostenía el celular. La indescriptible placidez de aquellos ¿segundos? (¿minutos?) de sueño se vio interrumpida por la vibración del aparato. Era un mensaje de mi sempai. Al final de clase tuve que dar mi opinión sobre el tema del día y me di cuenta de que no puse atención ni por un segundo. Recibí unas fotocopias, las rayé con dos muñequitos—un niño y una niña—y me dediqué a admirar mi obra durante el resto de la clase. Hasta que cerraron las ventanas, dejó de circular aire y me quedé dormida.

Desde entonces he estado nerviosa. Hice un pedido por Internet, busqué desesperadamente un accesorio para lo que pedí, desistí de buscarlo, retomé la búsqueda y lo encontré, desistí de comprarlo, pensé en otra cosa que necesito comprar pero mejor espero hasta el próximo viaje a Tokio, y heme aquí.

Nada contundente que decir. Sólo nervios sin razón aparente y una pierna que no para de moverse por debajo de la mesa.

[ Telescope Eyes — Eisley ]

アカン

Estábamos comiendo bibimbap en el restaurante coreano del barrio cuando le expliqué al señor Sakaguchi que es imposible saltar a un agujero negro y que lo que le había dicho sobre el colisionador de hadrones era verdad. Desde entonces, mi vecino y compañero de clases ha estado relativamente enterado del asunto y hasta se apresuró a contarme sobre el daño reciente en el aparato que retrasará el fin del mundo un par de meses.

El señor Sakaguchi nació en Nara, tierra de templos y venados que no fue atacada por las bombas incendiarias norteamericanas en la segunda guerra mundial pero cuyos niños se exponían a ráfagas de metralla si les lanzaban piedras a los aviones enemigos. Cuando habla japonés en su dialecto le entiendo bastante bien, cosa que se me hace bastante extraña pues cada vez que he ido a la región de Kansai he quedado sumida en algo bastante cercano a la completa ignorancia. Parece más animado, incluso más cercano cuando cambia el inglés de Escocia por su lengua materna. Llega un momento en el que la impresión de estar hablando con alguien diferente me pone inexplicablemente nerviosa y me deshago en risa como un frasco recién roto lleno de arroz. Entonces empieza a hablarme en alemán y yo me desespero porque mientras intento responderle mi cabeza empieza a sacarme palabras al azar en cualquiera de los tantos idiomas que he olvidado.

Anoche me puse a observar el apartamento que horas antes ocupara este visitante y lo hallé irreconocible. La alcoba se hallaba ordenada, los futones debidamente doblados, los ecos de la guitarra aún en el aire. Un montón de loza en el lavaplatos y la cafetera vacía daban fe de mi incursión en el mundo de la culinaria para más de una persona. Exceptuando la reunión de estudio que tuviera el trimestre pasado con Alicia, nada me había empujado antes a hacer de esta caja habitacional un hogar presentable. La soledad que siempre había caracterizado este espacio había desaparecido, si acaso temporalmente. A cambio, aún corrían por las paredes estelas de algo parecido a una vida normal, una menos lúgubre.

Tal vez fui muy dura al llamarlo falto de feeling. No puedo esperar que todos mis interlocutores de ahora en adelante sepan de agujeros negros, así como no puedo esperar que los que sí lo hacen entiendan lo que es la vida en una caja con vidrios fuera de la cual la gente no hace sino accidentarse y suicidarse.

[ I Wasn’t Prepared — Eisley ]

Un plan de acción

Esto no se puede quedar así. ¿Creen que me voy a quedar cruzada de brazos cuando acabo de perder al amor (de los últimos tres años y medio) de mi vida? Las películas y las canciones me han enseñado que cuando es necesario hay que saltar tapias, cruzar potreros, sabotear ceremonias nupciales y hasta cambiar de dirección la rotación de la Tierra. Necesito un plan de acción.

Podría comprar un tiquete aéreo a Bogotá y ausentarme de clase una semana sin avisarle a nadie. Después de pasar el jetlag en mi casa, tomaría un Transmilenio hasta Teusaquillo, contrataría un trío de cuerda en Camucol y me le plantaría frente a su sitio de trabajo cantando éxitos de Daniel Santos hasta que vuelva a creer en el poder de mi amor y me bese tiernamente ante las miradas emocionadas de los transeúntes.

Ahorrémonos al trío de Camucol; mejor lo dejo para que todo el mundo huya lacrimoso de “El camino de la vida” en la siguiente fiesta familiar. Compro un repuesto para la cuerda rota de la guitarra chiquinquireña (¿por qué tuvo que reventarse en agosto?) y voy sola en bus. Tengo que llevar el instrumento en su estuche para que no crean que voy a pedir plata.

Desde los escalones que dan a la calle se puede ver la cara de quien atiende a través de la vidriera. Podría ser él—no quiero mirar así como estoy, regurgitando el corazón. No sé qué diablos hago con una guitarra a la espalda, si la falta de práctica me ha hecho olvidar casi todo lo que sabía. No practiqué ni nada; ahora me va a tocar improvisar con el escaso repertorio que me queda… ¿Un vals peruano?

Aún si la música nos unió la primera vez, con este folclórico fracaso no lo hará una segunda. La guitarra se queda ahí y la cuerda puede esperar hasta julio próximo. Mejor entremos por la vía gastronómica: le haré galletas. Deliciosas galletas de chocolate en una bolsita o un frasco. Si funcionan en San Valentín deben funcionar en cualquier otra fecha, o si no ¿para qué se esfuerzan tanto mis compañeras de clase cada febrero?

A quién engaño; cualquiera podría hacer galletas, inclusive de sabores más exóticos que el chocolate. Además, teniendo en cuenta que jamás cociné en su presencia, no me creería ni en un millón de años que esas galletas son de mi autoría. De todas maneras a él lo que le gusta son los bizcochos de mora de los hare krishna. El amor desesperado soporta muchas cosas, pero ninguna de ellas incluye convertirse a una religión donde toca andar por la calle con una pandereta para aprender un secreto culinario.

Quizás la salida más simple es la más usada por el cine romántico: llegar, simplemente llegar adonde se encuentre y enfocar la cámara en mi pinta de haber cruzado océanos y pasado penurias por él y solo por él. Eso lo derretiría instantáneamente, especialmente si cargo con el equipaje directamente desde el aeropuerto y cae un aguacero monumental. Nada mejor para los entuertos sentimentales que un escenario oscuro y emparamado, un escenario capaz de despertar compasión en el más duro de los corazones. Por favor pongan a sonar “Reunited” de Peaches & Herb mientras bailamos en la calle.

Pero heme aquí ahora, de vuelta al mismo lugar donde fui olvidada ya no recuerdo cuándo. No me tomó más de un pestañeo regresar; las películas también se vuelven un gran rectángulo negro y todos se levantan a seguir con sus propias historias, si acaso con una chispa de esperanza en que al menos el imposible final feliz pueda transferirse a la suya. Creo que mejor voy a afinar la guitarra que tengo aquí—uno nunca sabe cuándo necesitará un plan de acción musical. Al menos uno de escape.

[ Sanar — Jorge Drexler ]

El gran agujero negro de la falta de feeling

Con motivo de la puesta en marcha del Gran colisionador de hadrones del CERN le envié un mensaje de texto a un compañero de clases con quien me he encontrado un par de veces para cenar. En él le preguntaba qué haría en caso de enterarse de la existencia de un agujero negro causante del fin del mundo en Europa.

Su respuesta, acompañada de un muñequito corriendo, fue: «saltaría al agujero negro».

Hoy tenemos planeado ver un par de películas juntos, pero ya no estoy tan segura de querer ir.

[ Baby James — Casey Dienel ]

天国の思い出 (II)

Una de las muchas veces que fui a Chicago con Minori decidí grabar nuestras voces cantando “Woman”, de John Lennon, en el camino. Hacíamos un buen conjunto, él haciendo la voz más alta y yo la más baja mientras los troncos grises pasaban raudos ante la mirada de su pequeño auto negro. El casete quedó archivado en alguna repisa de mi casa, pero el recuerdo permaneció intacto durante mucho tiempo, invocando una sonrisa cada vez que afloraba. Sin embargo, con el pasar de los años y el resentimiento esta escena se desvaneció.

Seis años después, en Nueva York, Minori me invitó a un karaoke. Él alabó mis rendiciones de “Nothing Compares 2 U” y “No More ‘I Love You’s’” y yo quedé boquiabierta con las notas que alcanzaba en quién sabe qué canción de visual-kei. Mi extrañeza y admiración ante su rango vocal me avergüenzan un poco ahora que recuerdo que su voz cantante no era ningún misterio para mí. Supongo que yo quise hacer de él un completo desconocido tras romper con él, pero bajo las luces de Times Square supe que éramos los de siempre. Muchos años y un amor después, pero los de siempre.

Una madrugada sentí cómo me cubría con una cobija mientras dormía en su sofá, el cual ocupé para mantenerme alejada de él. Aún no nos entendemos, o al menos yo opté por no volver a entenderlo a él, pero aún ante mi mala cara me ofreció el trozo de pizza con más camarones mientras llegaba la hora de ir a encontrarme con Mer.

[ At Your Best — Sarah Blasko ]

Transporte interrumpido

En una página de noticias hay una foto de un chino dormido en un bus ilustrando la noticia de treinta chinos ilegales que atraparon mientras viajaban de sur a norte. No sé cómo esperan que uno tome en serio la noticia con semejante imagen acompañándola. Me hace pensar en los paseos de colegio en los que todo el curso le toma foto a la persona que se queda dormida con la boca abierta en el bus. Al menos el chino la mantiene cerrada.

Hablando de medios de transporte y gente que cogen por sorpresa, el lunes estrellé la bicicleta. Iba en un camino bastante transitado cuando de la nada salió un tipo en una de esas bicis de rueditas chiquiticas. Crash. El ruido fue formidable. Mi mandíbula fue a parar sobre la cabeza del tipo y una pierna se me quedó enredada entre la maraña de varillas. Curiosamente no hubo sangre, pero sí muchos morados que aparecieron días después en lugares donde uno jamás espera cambios de color.

Cuando intenté seguir mi camino tras las respectivas fórmulas de cortesía—¿Está bien? Sí, estoy bien. ¿Está bien? Sí, estoy bien. Lo siento. No, tranquilo, tranquilo—, noté que la rueda delantera estaba trabada. La pastilla del freno (o como se les llame en el caso de las bicicletas) se le había incrustado. Me tocó asegurarla, dejarla tirada en el pasto y seguir caminando. Después de clase la arrastré a la tienda de bicicletas más cercana, donde una pareja de ancianos displicentes se negaron a estimar el costo del arreglo, alegando que era carísimo y que requería dinero (“Dinero. ¿Entiende?”). En un suspiro resignado pedí que me dejaran llevarme la bicicleta, convencida de que tendría que arrastrarla miserablemente ante su mirada de “jaja-eso-te-pasa-por-invadir-nuestro-país-maldita-gaijin-del-demonio”. La dejaron en la calle, donde noté que de nuevo rodaba y que si la montaba no se desbarataba, así que seguí mi camino normalmente—sólo que sin frenos.

Aquí tengo dos opciones: decir que si no vuelvo a escribir pronto ya saben lo que pasó, o contarles la verdad. Hoy o mañana iré a pedir una segunda opinión en el lugar donde me la vendieron. Espero que en el peor de los casos me devuelvan parte del dinero, y si no igual saldré con una bicicleta nueva… a ver qué tanto aguanta esta vez.

Me pregunto si el chino de la foto sabe que está en los periódicos. No lo creo. ¿Estaría soñando con China cuando lo despertaron los destellos de la cámara?

[ Violet Hill — Coldplay ]