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2 de octubre, día productivo

El presente post es solo para recordarme a mí misma que ser muy productiva no es tan difícil.

Hoy hice lo siguiente:

  • Escribí un post
  • Traduje un texto
  • Pinté algo con tinta china y pincel
  • Me hice un peinado relativamente elaborado
  • Fui al supermercado
  • Horneé galletas
  • Practiqué ukulele

Me siento sumamente orgullosa de mí misma.

Notas (catorce de marzo)

Este es un post donde no pasa nada. En este post llega un nuevo papa, yo tejo y destejo cual Penélope, Google Reader se acaba —decida usted si abandonará este blog a falta de lector de feeds para seguirlo—, Misaki lleva collar isabelino por culpa de una herida que se hizo en el lomo, y no sé qué más.

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Ayer nos encontramos un pájaro maltrecho en el antejardín de la casa. No era grave, solo le faltaban unas plumas en el ala. Misaki lo olisqueó pero no le hizo nada. Me acordé del video del pitbull que descansa junto a un conejito y otros animalitos tiernos. Le dejé un pedazo de mango pero creo que prefirió picotear el mirto.

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Qué extraño es encontrarse un post donde alguien habla de uno como una posibilidad y constatar al momento de leerlo que esa posibilidad se abandonó poco después. Más extraño aún es seguir avanzando por la línea de tiempo de esa época y saber (desde aquí, desde el futuro) que la irónica brevedad de aquel viejo encuentro —hablar de un prometedor comienzo a la hora del final— no fue tampoco algo absoluto y determinante, la última tristeza, la condena a la soledad, porque poco después empezó otra historia. La continuidad de la vida es sorprendente.

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Me gustan las postales. ¿A usted también? Escríbame a kite arroba olaviakite punto com y deme su dirección. A vuelta de correo recibirá un breve mensaje acompañado de un dibujito en un rectángulo de cartulina de esos que traen una ilustración impresa detrás.

Season Finale

(Olavia Kite reaparece en pantalla justo después del final de un episodio de sus emocionantes aventuras. Camina hacia la cámara y se sienta en una silla. Se nota que va a dar un mensaje, como cuando Richard Dean Anderson habla del glaucoma de Dana Elcar al final de un capítulo de MacGyver.)

Hola, amigos. Soy Olavia Kite.

Quiero contarles que el día de hoy este blog detiene sus rotativas. No es desidia, no me voy a suicidar ni me convertí definitivamente a la fe bautista. Cavorite y yo estamos trabajando en algo fantástico y genial que tal vez no vayan a notar mucho ustedes y en realidad es una cosa más bien sutil, pero para mí es un paso inmensísimo. Mi papá dice que ya era hora. Cuando todo esté listo les avisaré. No, Hollywood no compró los derechos del libro de chick-lit editado a partir de este blog. No, no habrá libro de chick-lit editado a partir de este blog. No, Meaghan Smith no me llamó para irme de gira con ella.

Me pongo sentimentaloide porque llevo más de siete años en el mismo lugar e irse da nostalgia —como la que siento ahora que estoy a punto de irme de Japón—. En últimas no es nada grave, pero igual. Gracias por leerme durante todo este tiempo. Hasta pronto.

[ Just Like Starting Over — John Lennon ]

The Hardest Thing About Flying Is Takeoff

The Hardest Thing About Flying Is Takeoff

[ Spark — The Bird and the Bee ]

春日4丁目24番地

bajo la lluvia
una lata vacía
es un cascabel

[ At Last — Etta James ]

Estamos mal, muy mal

¿En qué clase de hoyo oscuro y fétido de ignorancia estamos sumidos los colombianos como para que todo el cuerpo estudiantil de un colegio se una en una manifestación de rechazo hacia dos de sus compañeras por ser lesbianas? ¿En qué valores puede basarse una moral que aplaude la intolerancia rampante y la disfraza de dignidad? ¿En qué debería afectarles a estas mil quinientas niñas la vida privada de dos más?

Hechos como estos son los que mantienen a Colombia en un profundo caos irredento. Hoy en día hasta el amor es excusa para el odio.

(La noticia aquí.)

[ Tire Swing — Kimya Dawson ]

¿Por qué me dicen las revistas que mi cuerpo debe ser plano y duro y anguloso? Las mujeres somos suaves

Si por la bota de mi pantalón se asoman pelitos cuando me siento en el piso, me he convertido en un ser repulsivo del que todos deben huir.

Apuntes del nuevo año escolar

Ahora que instalaron la división entre la cocina y el cuarto del nuevo apartamento me doy cuenta de lo pequeño que es. O de pronto es la soledad la que lo encoge. Entiéndase por soledad la falta de cierta persona.

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Empezaron las clases de nuevo y vuelvo a ser el bicho raro de siempre: el doble de alta, el doble de curvilínea y el doble de vieja que las demás estudiantes. Menos mal no soy rubia y ojiazul, porque ahí sí sería el equivalente humano de la pintura reflectiva. Lo bueno es que ahora más gente me saluda en los pasillos. Hombres no, obviamente.

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Los dos profesores de alemán que tengo (una alemana maciza y un japonés con cara de sabueso aburrido) no pueden creer que yo haya empezado a estudiar el idioma al tiempo que mis compañeros. Quién les manda a meterse en la cabeza que fuera del japonés no pueden hablar nada nada nada.

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Acabo de armar una estantería para libros y un escritorio sin manual de instrucciones. Me siento poderosa. Dadme un destornillador y armaré el mundo.

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No tengo inspiración para escribir nada. Por eso este post sale de a pedacitos. Escuché a Ha Jin hablar de sus procesos creativos en un video y me di cuenta de que yo no tengo nada llamado ‘proceso creativo’. Claro, porque yo no escribo. Recuerdo cuando fui a Minnesota y me llevé el cuaderno con mi novela. Eso sí era proceso creativo. Se llama disciplina.

[ No Buses — Arctic Monkeys ]

Epílogo de la mudanza

El parque del barrio con cerezos en flor.

Lo que parecía ser el final, no lo fue. Queridos radioescuchas, las aventuras de Olavia Kite regresan con nuevos y emocionantes episodios para el deleite de toda la familia. En esta ocasión, Olavia Kite es víctima del robo de su bienamada cámara y el fiel disco duro portátil que contiene todo el registro gráfico de su paso por Japón, Colombia y China. Sí señores, tal como lo oyen: la mudanza ha sido opacada por este desafortunado hecho. Sin embargo, la Divina Providencia ha obrado en favor de nuestra heroína y con ayuda de la Policía de Tsukuba y un llamado bilingüe al buen juicio, esta historia tiene un final feliz. Escuchemos este espeluznante relato.

Todo comenzó cuando el tutor dejó de atender las angustiadas llamadas de nuestra protagonista, preocupada de tener que abandonar aquel desagradable hoyo llamado Ichinoya a cierta hora mientras muchas de sus pertenencias aún llenaban la habitación. Pues bien, resignada a no contar con la ayuda que otrora recibiera, y horrorizada ante la idea de volver a halar una carreta por todo Tsukuba, Olavia llenó un montón de bolsas y las dejó en el pasillo mientras se dedicaba a llevar a cabo el papeleo de salida. Pronto arrastraría las bolsas consigo hasta su nuevo hogar y todo sería maravilloso. Sin embargo, la joven estudiante extranjera no contaba con los nuevos moradores del dormitorio, quienes ignoraban la ley silenciosa de no tocar los objetos del pasillo y aprovecharon su corta ausencia para hacerse a la trajinada cámara y el disco duro repleto de datos valiosos.

Encontrar el lugar donde antes se encontraba una cámara vacío fue descorazonador, pero no tanto como el posterior hallazgo de la falta del disco duro. Ni llorar podía nuestra pobre protagonista. En este momento de angustia la acompañaba Azuma, afortunadamente, ya que fue ella quien llamó a la policía para denunciar el robo al flaquear las fuerzas de la exasperada dueña de los aparatos. Mientras tanto, Olavia improvisó unos anuncios en inglés y japonés exigiendo la devolución de los objetos. Había algo de esperanza en este acto—creer que alguien se apiadaría de la dueña y simplemente dejaría el botín en el sitio estipulado…

El auto de la policía llegó y de él se apearon dos agentes, un hombre y una mujer. El hombre, de cejas arqueadas, elaboró un croquis de la escena del crimen. El bosquejo incluía los números de todas las habitaciones de aquel tercer piso y flechas indicando dónde había bolsas y dónde habían caído las viejas pantuflas que el ladrón había dejado desperdigadas al tomar el tesoro. La mujer, alta y pecosa, tomó los datos y el testimonio de Olavia. Estudiante de primer año de tal carrera, colombiana, una cámara de este modelo y este color, un disco duro de otro color, avaluados en tantos yenes, se encontraba en proceso de mudanza, la nueva dirección es la siguiente, una consulta gramatical con su jefe. Una vez retiradas las autoridades, Azuma y Olavia tomaron dos taxis y los llenaron con las bolsas restantes, temerosas de perder el resto de sus cosas en caso de prolongar más este infernal acarreo.

Sobra decir que la llegada triunfal al nuevo hogar fue opacada por este hecho. En cualquier momento Olavia recordaba las fotos perdidas, los recuerdos deshechos por aquel malhechor que de seguro ya habría formateado el disco al hallarlo ilegible para Windows. Quién sabe qué grasosas manos estarían tomando fotos borrosas con la cámara ahora…

Dos días después, mientras la triste estudiante le comunicaba la noticia al mundo desde la biblioteca de la universidad, un mensaje proveniente de su amiga Alicia—ahora residente del dormitorio—la sacó del resignado letargo:

“La cámara y lo demás han regresado.”

Oh amado público, es imposible poner en palabras la estupefacción de Olavia Kite al recibir este mensaje en su celular. ¿Podía ser cierto? Sólo había una manera de comprobarlo.

Rauda salió nuestra heroína en su bicicleta hacia Ichinoya, donde la esperaba Alicia, sonriente, con una caja dentro de la cual la noche anterior alguien había depositado la cámara y el disco duro y los había abandonado silenciosamente frente a su puerta. Como pudo constatar luego, ya en calma, los datos del disco duro permanecían intactos, aunque los de la cámara habían sucumbido al afán amateur del ladrón de tomar fotos pequeñísimas para hacer rendir la tarjeta de la memoria. Su único trofeo permanente fueron dos tarjetas de memoria genéricas, las cuales fueron prontamente reemplazadas durante una posterior visita a Akihabara.

Y bien, queridos radioescuchas, he aquí el final feliz de esta historia. Toda evidencia de la mudanza fue destruida por las torpes manos del ladrón, pero a cambio Olavia conserva intacto su tesoro de memoria visual, del cual sacará copias de ahora en adelante. Ahora el sol brilla en su apartamento con ventanas mientras ella repasa una y otra vez las fotos que espera nunca más tener que dar por perdidas.

[ Cherry Tulips — Headlights ]

La mudanza, o lo que va de ella

Jinrikisha para turistas en Asakusa, Tokio. Foto mía.

Estoy completamente adolorida y extenuada. Me duelen las piernas, la cintura, los brazos, todo. Si consigo teclear es porque puedo mantener los brazos recostados contra el escritorio y no necesito pararme. Espero que no me dé sed porque no tengo ninguna intención de dirigirme hacia la nevera.

Después de perder la mitad de mis vacaciones de primavera corriendo a recoger y entregar papeles por todas partes, ha empezado oficialmente la temporada de mudanza. Por un lado es emocionante al saber que jamás de los jamases volveré a ver u oír a la [inserte todos los insultos que se le ocurran aquí] de mi vecina y que por fin estaré en un apartamento real con cocina y baño. Atrás quedarán los días del cochino dormitorio donde la gente deja huesos de pollo en los pasillos, los gatos sarnosos dormitan sobre las motos y hay carteles de “no escupir en las paredes”.

Mudarse es teóricamente fácil. Se bota lo que no sirve, se guarda el resto en cajas y se espera a los del camión para que hagan el trabajo pesado. Pero yo debo ser entre tacaña y masoquista porque he decidido ahorrarme el paso del camión. He ignorado las advertencias de mi madre preocupada y la promesa de ayuda económica de mi abuela (“si me das esa plata la usaré para comprar otra cosa y no para pagarles a esos estafadores”, le respondí) y he decidido, con ayuda de Azuma, tomar una carretilla de dos ruedas—de esas que se ven en los sitios turísticos para pasear a la vieja usanza, pero de carga—y llevarla al nuevo edificio repleta de muebles y cachivaches.

***

Acá cambia el tono de la historia, si bien ni siquiera alcanzó a empezar. La autora, recuperada al fin del intenso dolor muscular, les cuenta a los lectores que sólo alcanzó a hacer un viaje con la carretilla. Al regreso el cansancio era tan terrible que ella y Azuma decidieron dedicarse a oficios menos ingratos como la fotografía de flores. ¿Hay algo de más esplendor que el aroma de las magnolias?

Entra el tutor en escena. La autora gesticula al hablar de la salvación encarnada en su tutor, quien llegó en automóvil para ayudar a llevar todo el resto de cosas que de alguna manera Azuma y la autora pretendían arrastrar en un jinrikisha. En dos días llevaron todos los muebles, toda la ropa y casi todos los cachivaches que había en los cuartos de ambas. Aún falta, pero ya es poco comparado con lo que les esperaba tras aquella bella mañana primaveral. Sale el tutor.

***

En todo caso somos unas ilusas al creer que podíamos hacerlo solas y por tan rudimentarios medios. Si no hubiera sido por el tutor, en este momento estaría llorando de la desesperación. O tal vez ni habría tiempo para eso; estaría arrastrando bolsas en el bus desde las seis de la mañana.

Mañana al mediodía nos entregarán las llaves de nuestros respectivos apartamentos y saldré de una vez por todas de este agujero con vista a un árbol muerto. Después de la larga espera ocuparé un espacio decente, digno de un ser humano. Ver este cuarto desnudo, tal como hace un año, me provoca repulsión y asombro. ¿Cómo pude aguantar tanto tiempo en un lugar tan espantoso?

La esperanza, supongo.

[ Vertigo — Jump, Little Children ]