Monthly Archive for January, 2018

Horror subungueal

Cuando estaba en séptimo, Natalia G. metió la mano en el bolsillo delantero de su morral del colegio y se enterró un gancho de pelo bajo la uña. Yo estaba ahí cuando ocurrió. Siempre me pregunté cómo se sentiría eso, no con curiosidad entusiasmada sino con temor de llegar a averiguarlo.

Hoy metí la mano en mi morral de viaje y me enterré una cerda del cepillo de pelo bajo la uña.

He ahí mi respuesta, finalmente.

Adenda para mayor impresión:

En 2008 visité el Museo de la Guerra en Ho Chi Minh, Vietnam. Allí, entre muchas otras cosas tristes y horripilantes, había representaciones de cómo torturaban a los prisioneros. Dos métodos se me quedaron en la memoria para siempre: romperles los tobillos a martillazos y enterrarles agujas bajo las uñas.

El wok

De las cosas que tenía en Tsukuba y tuve que dejar ya no me hace falta ninguna. Ninguna, excepto el wok. El wok, marca T-Fal, edición limitada con un patrón de hibiscos impreso en toda la superficie exterior, fue una de mis últimas adquisiciones antes de abandonar Japón definitivamente. Sin embargo, ahora que lo pienso, en cierto modo marcaba también un comienzo truncado: por fin estaba empezando a aceptar mi apartamento como un hogar permanente, un espacio en el que merecía darme gusto. Hasta entonces el máximo lujo que me permitía era el cereal alemán que compraba en la tienda de importados. Eso y los viajes, obviamente.

Hoy llegó un paquete a mi nuevo apartamento: un nuevo wok. Misma marca. Mismo color. Mejor material. Un modelo más avanzado, en todo caso. Pero no tiene flores ni ningún tipo de dibujos. Esperaba ponerme más feliz al verlo, pero no. Lo dejé al lado del lavaplatos y me fui al computador a buscar fotos del otro.

Llevo años esperando el retorno del modelo de hibiscos o la aparición de uno mejor, no sé exactamente por qué. Podría haberlo comprado de nuevo por Internet y mandado traer apenas llegué a Colombia —solo lo vendían en Japón—, pero lo pospuse por la clásica falta de dinero del recién aterrizado. Cuando finalmente tuve un trabajo que me dio lo suficiente como para procurarme ese tipo de lujos nostálgicos, la línea entera de sartenes se había agotado. Después salieron otras ediciones especiales, pero una era de Winnie Pooh y la otra de Mickey Mouse. El año pasado hubo una con una Torre Eiffel fea, unos globitos voladores en los colores de la bandera francesa y la palabra “Merci!” flotando en el cielo con un corazón en la i.

Mirando las fotos que me tomé a finales de 2010 con mi wok de hibiscos, me pregunté por qué me gustaba tanto, por qué lo añoro aún. Mi memoria se expandió entonces a otros recuerdos de mi apartamento en Tsukuba, y a otros anhelos. Yo quería una aspiradora Electrolux anaranjada, pero nunca cambié la de ¥2000 con la que tocaba repasar y repasar para poder levantar algo del piso. Tenía un solo plato, negro con hojas blancas, comprado en una tienda de cien yenes en Fuchu, Tokio. Un solo bol, beige con pepitas cafés diminutas. Un solo platico chiquito y hondo que no supe para qué servía originalmente pero venía en el mismo juego del bol y terminó siendo mi platico de agua para pintar.

Tenía visillos de ramitas de bambú y cortinas rosadas del Jusco, el supermercado del centro. Pienso en esto específicamente porque ahora tengo una persiana súper bonita que hace resplandecer el apartamento cuando le da el sol. ¿Por qué me aferro a lo que tuve antes, a mi vida de antes? Tengo la impresión de que extraño aquella floreciente sensación de arraigo, de empezar a construir un hogar a mi gusto y no decorado al estilo de las limitaciones del estudiante. Reconozco, al mencionarlo, que esto es absolutamente ridículo porque ahora tengo un nuevo espacio propio, uno con mejores cosas si así lo quiero. Pero lo tengo que querer de verdad. Tengo miedo de volver a pensar en esto como algo temporal, como lo hice en tres años de vida en mi apartamento japonés, y no darle forma sino hasta que sea demasiado tarde. Extraño mi viejo hogar y en ese extrañar desperdicio el nuevo.

El sol de la tarde brilla sobre el santuario de Monserrate. No he tenido que moverme de la cama para verlo.

A Procrastinator’s Plight

Trato de entender la ansiedad. El temor paralizante de hacer cosas. De iniciar. ¿A qué le temo en realidad?

Intento escribir algo. De repente, me detengo. ¿Estoy recordando bien lo que quiero contar? ¿Por qué estoy sintiendo lo que quiero describir? ¿De dónde viene todo? ¿Qué pasó exactamente? ¿Qué estoy pensando exactamente?

Las tareas, por pequeñas que sean, se convierten en un camino infinito, un obstáculo infranqueable.

Se abren mil pestañas en mi mente y en mi navegador. Cosas que quiero averiguar sin razón particular.

Escribo esto porque no tiene sentido ser prisionera de mi propia mente. Quiero entender a esta carcelera para poder burlarla y escapar.

No encuentro una buena frase para cerrar esto.

2018 (積読をやめよう)

El año pasado —que es otra manera de decir “hace unos días”— me acordé de mí misma en la época en que leía un montón de libros. No de las circunstancias en las que me encontraba en ese entonces, sino de la imagen de mí misma en mi cuarto despachando libros cada mañana. Me dio nostalgia de esa persona. Así pues, empecé el año con libros. Cuesta retomar la concentración de otrora, pero no por eso va uno a desanimarse. Puede que no se me ocurra ningún otro propósito para 2018, pero acabar con los libros apilados e inexplorados me parece un plan suficientemente valioso.