Archive for the 'familia' Category

2017 (Invocando el poder de Bobby McFerrin)

Mi objetivo para 2017 es ser como mi mamá y alcanzar la paz interior inquebrantable. Quiero que en mi cabeza suene “Don’t Worry, Be Happy” cuando lo normal sería explotar. Es un objetivo muy difícil de lograr, pero ahí está.

Pasé la medianoche en la terraza de la casa de mi hermana. Estábamos ella, mi cuñado, una amiga, la roommate holandesa, los invitados de la roommate y yo. Los vecinos de al lado también estaban en su propia terraza poniendo música a todo volumen, así que fue una especie de fiesta doble. La dueña de casa tenía un micrófono con el que animaba a sus invitados y también nos hacía complacencias. Todos coincidimos en que sonaba muy profesional. Bailamos cumbia argentina, reggaetón y salsa, a pesar de que estábamos cocinándonos en el aire irrespirable del verano. Mientras tanto, los relámpagos de la tormenta que se avecinaba exacerbaban los estallidos de la pólvora alrededor nuestro. Me parece genial haber empezado el año bailando, especialmente porque ese es el tipo de cosas que yo jamás pensaría hacer.

Esta madrugada mi hermana y mi cuñado salieron para El Calafate. Yo también estoy a punto de irme, pero a Bogotá. La idea del regreso me aburre enormemente, pero al menos descansaré al fin de esta humedad exasperante.

2016 (Reprise)

Cartagena – Guatavita – Buenos Aires – Córdoba – San Francisco – Berkeley – McKinleyville – Cave Junction – Portland – Sacramento – Chicago – Lake Geneva – San José – Berkeley – Santa María – Aquitania – San Francisco – Santa Bárbara – Ventura – Los Angeles – Joshua Tree – San Diego – San Francisco – Berkeley – Arequipa – Buenos Aires.

Hace unos años me angustiaba pensar que después de Japón yo nunca fuera a volver a viajar tanto como en los años que pasé allá. Este año demuestra una vez más que no tenía nada de qué preocuparme. Conocí la costa californiana de cabo a rabo (primero hacia el norte, luego hacia el sur), volví a Chicago después de trece años, tuve una simpática aventura aérea gracias a la cual casi no llego a Córdoba (Argentina), comí hasta reventar en Arequipa y ahora estoy cerrando el año en Buenos Aires, donde me estoy derritiendo del calor.

2016 fue “el año de arreglar cosas”. Después de la sanación espiritual tan enorme que fue el viaje a Japón sentí que era ahora podía empezar a reparar todo el resto de cosas que me molestaban de mi vida. Tomé un curso de francés, empecé un tratamiento de depilación láser, pasé de hacer cero ejercicio a algo de ejercicio y leí más libros. Todavía quedan asuntos por abordar, pero siento que voy por buen camino.

Por otro lado, cerré el año pasado sintiéndome muy adulta al haberme convertido en socia de una empresa, pero en diciembre de este año renuncié a las responsabilidades adicionales que conlleva vivir con un cargo así de glamoroso y volví a limitarme a hacer lo que me gusta: traducir. Es bueno aligerar las cargas y llevar una vida más bien sencilla.

Hablando de aligerar cargas, tengo el firme propósito de disminuir drásticamente mi consumo de información en línea. Los efectos devastadores del consumo masivo de información basura a nivel mundial me tienen asqueada. Por otro lado, mi participación compulsiva en los mecanismos de publicación inmediata de mini ideas me han alejado de la escritura a más largo aliento, cosa que he lamentado mucho. Alejarme de las redes sociales ha sido un proceso lento; intenté cortarlo todo de tajo, pero al cabo de poco más de un mes, cuando ya me sentía triunfante y me disponía a escribir sobre todas las fantásticas lecciones que había aprendido al alcanzar la iluminación post-redes (ya ni recuerdo qué es lo que tanto creí saber en ese momento), recaí con fuerza. Esto no ha sido nada fácil, pero la renovada sensación de soledad me ha llevado a revivir algunas amistades de la vida real que tenía en hibernación. Eso me ha gustado mucho.

Finalizo este resumen con una nota triste: este año murió mi tío abuelo. Murieron dos tíos abuelos en menos de una semana, uno por parte de mamá y uno por parte de papá; sin embargo, la muerte del primero me dio especialmente duro. Nadie vio venir esa ausencia. Siempre lo sentí muy cercano y me reproché no haberlo visitado más seguido. Pero qué sabe uno del porvenir. No queda sino estar lo más que se pueda con los que nos quedan vivos.

Ahora me voy a cenar con mi hermana y mi cuñado. Me despido del año, me despido de mi hermana y mi cuñado y me despido de Buenos Aires. Quiero pensar que la ausencia será breve.

Un regalo de Navidad

Mi familia decidió pasar la Navidad en Buenos Aires, en vista de que el paso de mi hermana por estas tierras está a punto de acabarse. Mi cuñado también vino desde Alemania. Si todo sale bien, en algún momento no muy lejano iremos a pasar las festividades allá en la nieve.

Mi cuñado me trajo un regalo, que me entregó a medianoche: un kit de dibujo con carboncillo, sanguina y grafito.

Para alguien que se siente tan mal de no haber seguido dibujando, este fue un mensaje contundente. Se me aguaron los ojos contemplando la caja.

Mañana iré a la papelería y me compraré el block que no quise comprar hace algunos días porque para qué si yo ya no dibujo.

Historia de una úlcera corneal

No sé por qué me gusta tanto documentar mis males. Describir dolores. Tomarles foto a mis heridas. En alguna parte de este blog hay un cólico que se sintió como si me hubieran clavado a la cama por el vientre y un dolor de cabeza que era como si el cerebro me rebotara entre el cráneo como una bolita en un frasco. Solo una vez que salí volando de la bicicleta en Tsukuba y el dedo gordo del pie quedó engarzado en el pedal y se me puso gigantesco y morado morado morado casi negro no fui capaz de guardar el espectáculo para la posteridad. Ahora tuve una nueva oportundad para hablar de este tema, aunque enfermarse no es divertido ni recomendable, por más que los dolores sean fuente de imágenes tan interesantes.

Hace una semana exactamente, después de mediodía, estaba sentada frente al escritorio traduciendo un documento cualquiera. El tedio usual. En algún momento sentí una molestia en el ojo izquierdo. Nada diferente de lo que uno siente cuando a uno se le mete una pestaña. Supuse que era resequedad y me eché gotas, pero cuando la molestia se convirtió en dolor, decidí que debía tomar una pequeña siesta a ver si se me pasaba. Tal vez es estrés, conjeturé. Quince minutos después, el dolor seguía ahí, ahora más fuerte. Qué pasó con el documento, me escribieron del trabajo. Un momento, respondí. Algo me está pasando en el ojo y me duele mucho.

Me miré en el espejo en busca de la maldita pestaña que se rehusaba a salir. ¿Por qué me duele como si tuviera los lentes mal puestos si hoy tengo gafas? Me levanté el párpado. No había ninguna pestaña por ahí, pero a cambio sí hubo un aumento repentino del dolor, como si el aire bajo el párpado me estuviera quemando. Volví a dejar el párpado en su sitio, aunque intenté un par de veces más con el mismo efecto y la misma falta de respuestas.

Entonces miré el ojo con mayor detenimiento. En el iris había un puntico blanco. ¿Siempre lo había tenido? ¿Qué era eso?

Dr. Google, dígame qué quiere decir un punto blanco en el ojo.

Querida paciente, lo más probable es que usted tenga una úlcera corneal.

Llamé a mi mamá. Tuvimos una discusión acalorada sobre mi salud versus mi responsabilidad en el trabajo. El dolor iba y venía. Cavorite me vio por Skype oprimiéndome la sien a ver si podía distraer un dolor con otro. Finalmente decidí dormir. Entretanto, mi mamá me consiguió una cita con un oftalmólogo a primera hora el sábado, pero igual trató de convencerme de irnos a urgencias a las 11pm. Le dije que prefería dormir calientita e ir luego al especialista que ir a aguantar frío y sueño para que me digan que no tengo nada porque no me estoy desangrando.

No sé qué soñé, pero en algún momento me desperté y del ojo brotaron lágrimas a borbotones. Eran tantas lágrimas que alcancé a plantearme la posibilidad de que el ojo se me estuviera vaciando. Ahora Misaki y yo nos veríamos igual. Volví a dormirme.

Mi ojo no se vació en el transcurso de la noche, pero sí se achicó. Mi disparidad ocular me hizo pensar en McZee, el personaje de piel azul que lo guiaba a uno por Creative Writer y Fine Artist (un procesador de texto y un editor de gráficos rasterizados que me enloquecían de felicidad y me mantuvieron muy ocupada a mediados de los noventa).

tumblr_n0snkoNIMu1tsxrbyo1_500Esto era lo máximo, amigos. LO MÁXIMO.

Me alisté para la cita con el oftalmólogo y me puse gafas oscuras dentro de la casa porque la luz me hacía doler el ojo. Era como si se materializara en una vara puntuda y me lo hurgara. Asomarme a la ventana me dolía. Mi tío médico le pidió a mi mamá una foto del ojo y el flash me hizo gemir. Mis gafas oscuras no tienen fórmula, así que anduve un buen rato en la paz de la ignorancia que me da la miopía severa. Salí con mis papás, llegamos a la óptica y el oftalmólogo, cuyo aspecto no llegué a conocer de verdad sino hasta que me volví a poner las gafas de ver bien, me examinó. Leí letras. Recibí gotas. Ignoré luces. El diagnóstico del doctor confirmó las respuestas iniciales de Google: queratitis, una úlcera corneal. La enfermedad no me era ajena: yo había sufrido de queratitis anteriormente, pero nunca a este nivel. No obstante, con todo y lo impresionante, mi caso era tratable. Unas gotas cada dos horas y otras tres veces al día. Debería notar una gran diferencia en 72 horas.

El ojo volvió a su tamaño normal y dejó de doler y lagrimear en cuestión de horas. El panorama cambió lo suficientemente rápido como para poder mantener nuestro plan de celebrar el Día del Padre en un restaurante francés. De todas maneras seguí leyendo al respecto y me encontré con que las queratitis más agresivas lo dejan a uno sin córnea en un plazo de 24 horas. Entonces, si un día sienten una arena en el ojo y les duele cada vez más —encuentren o no puntos blancos en su iris; a veces las lesiones son imperceptibles a simple vista—, corran al oftalmólogo. Su visión puede depender de ello. A pesar de no haber ido a urgencias, yo hice bien en no dejar pasar un día entero entre la aparición del dolor y el examen médico, porque en un estado más avanzado la úlcera alcanza la pupila y uno empieza a dejar de ver.

La mancha en el iris, que el sábado en la noche era mucho más grande que el punto inicial lo que yo vi el viernes en la tarde (vean ahí la importancia de la rapidez en el tratamiento; yo no sabía lo mucho que había crecido hasta que volví a mirarme el ojo ya con el dolor controlado), ahora está casi desvanecida del todo. Desde cierto ángulo alcanza a notarse que aún queda una ligera depresión en la parte inferior del iris del ojo izquierdo, pero ya es mucho menos pronunciada que hace una semana. Por el momento no estoy usando lentes de contacto ni me estoy maquillando, pero eso no me molesta. Lo importante es que después de este susto terrible pero afortunadamente breve, estoy pudiendo escribir esto sin ningún problema.

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To You It’s Thanksgiving, To Me It’s Thursday

Hoy vi Rocky con mi mamá.

Cuando se acabó me di cuenta de que ella tenía los ojos llorosos. “Es muy emocionante”, explicó. Creo que pensó que me iba a reír de ella, pero no fue así en absoluto.

Yo creía que yo era la única persona que lloraba con Rocky. Supongo que, ahora que sé que no estoy sola en el sentimiento, lo puedo admitir en público. Esa película es muy emocionante, de verdad.

Déjalo pasar (aclaración)

El acto sexista del que hablé anoche es mucho más pequeño de lo que ustedes imaginarían. Fue un chiste. Un estúpido chiste sobre las mujeres. “Aaaah, noooo, pero eso no es nada”, dirán. Pero para mí, es bastante. Es bastante si uno se detiene a pensar en la cantidad de veces que tiene que tolerar en la vida estas cosas que “no son nada”. ¿Han oído los chistes en la radio? ¿Han llamado “nena” a alguien cobarde? ¿Han oído/hecho algún comentario sobre cómo lo mal que conduce alguien halla explicación en el hecho de que ese alguien es mujer? ¿Les cae mal una mujer y de una vez la van llamando “perra”? ¿Han cuestionado la vida sexual de una mujer especulando sobre su amplia o escasa experiencia en la materia? Pues de eso se trata. Todo esto —además de las cosas grandísimas y horripilantes que viven ocurriendo, las violaciones, los asesinatos, las golpizas— es lo que no quiero seguir dejando pasar.

Le he dicho a mi hermana que nosotras podemos seguir demostrando con nuestros actos lo fuertes que somos (y ella lo ha hecho con creces), pero eso por sí solo no va a detener las microagresiones. Ella tiene un modo de actuar más calculador y, tarde o temprano, responde de manera brillante. Yo me inclino más por el temprano, cosa que, obviamente, me trae problemas. Aunque en este momento estoy tan harta que no me importan los problemas.

Hago esta aclaración para que no piensen que a) en mi casa hay un caso de abuso intrafamiliar, o b) mi hermana es machista (el chiste estúpido fue una generalización sobre las mujeres que vino de otra persona a raíz de algo que hizo ella, algo que ni siquiera hizo mal). También lo aclaro para llamar la atención sobre las microagresiones que sufrimos todos los días y respecto de las cuales nos piden que tengamos buen humor y no armemos escándalos por bobadas. No son bobadas.

Déjalo pasar (o En serio ya no doy más con el sexismo)

Hoy me opuse fuertemente a un acto de sexismo en mi propia familia. Alguien me pidió que lo dejara pasar “para estar tranquila conmigo misma”. Otra persona dijo que ella “es fuerte y esas cosas le resbalan” y, palabras más, palabras menos, que mi defensa de ella la ofendía.

Desde entonces he estado muy triste y pensativa. ¿De verdad se puede vivir tranquila siendo mujer y “dejando pasar” ofensa tras ofensa? ¿Por qué la mejor opción es “volverme fuerte” y hacer que “me resbalen” hechos que no deberían ocurrir en absoluto? ¿Por qué mi silencio sería un acto de fortaleza? ¿En qué contribuye a mi paz interior permitir que continúe esta hostilidad tan corrosiva?

Las mujeres somos tema de chiste todo el tiempo. Nuestro género es la razón de cualquier cosa que nos salga mal. Nos enseñan a vivir para agradar. Tiene que llegar un punto en donde uno ya no aguante más. Yo, por lo menos, he alcanzado el mío. No concibo la fortaleza ni la tranquilidad en estas condiciones.

No me importa si me acusan de aguarle la fiesta a la gente, si me miran con pesar, si me dicen —como hoy— que “contigo siempre es así”. SÍ, SIEMPRE SERÁ ASÍ. Será así porque, si no hablo, el silencio dirá por mí que lo que hacen en nuestra contra es normal, que lo acepto, que todas lo aceptamos. Y todas sabemos que eso no es verdad.

Work-Sister-Work

Pensaba que había sido tan de malas que justo durante la visita de mi hermana es que me toca hacer esta traducción terrible que absorbe toda mi vida. Pero en realidad soy de buenas porque puedo distraerme y ver películas con ella en vez de dejarme llevar del todo por el vórtice de la ocupación. Yo me conozco. En cierto modo, ella me está salvando de convertirme en la versión hikikomori trabajadora de Tom Hanks en Náufrago. Hoy aproveché que me rindió muchísimo haciendo el capítulo más largo de todo el libro y vimos juntas los Premios Oscar. No he visto ninguna de las películas nominadas, pero bueno.

Empieza la recta final del trabajo. Estoy animada. La próxima semana estaré confundida con tanto tiempo libre.

At a Party (Briefly)

Me invitaron a una fiesta en un bar. Llegué más tarde de lo planeado por quedarme hablando con Cavorite sobre azúcar y viajes en carretera. Cuando llegué no vi al grupo, así que me senté sola en una mesa a pensar. Al fin se me ocurrió llamar y llegué adonde era. Pedí una cerveza michelada (sin tequila) y unos chili fries, against my better judgment.

Intenté hablar con una amiga del procedimiento de depilación IPL al que me estoy sometiendo, pero creo que ese tema solo me parece fascinante a mí (en serio, es increíble). Algo comentamos sobre el paso del tiempo, entonces. El hijo de ella está en quinto de primaria. Mi primo Juanfran acaba de cumplir dieciocho años. Vaya.

La cumpleañera nos presentó a un doctor en historia que vivió siete años en París y llevaba solo uno en Bogotá. El sitio estaba cada vez más ruidoso, así que terminamos hablando solo los dos porque las voces no alcanzaban a llegar a más de un par de oídos. Me contó que fue a China y a Tanzania y no recuerdo adónde más. Brasil, probablemente. Chile también, de pronto. Concluyó los apuntes de viajes observando que es muy difícil viajar desde Colombia. No supe qué responder. Me preguntó si había leído Crimen y castigo. No. Me preguntó si había leído el último libro de Juan Gabriel Vásquez. No. Hablamos de cómic un rato. Me recomendó algo de BD pero no pude oír bien los nombres de los autores.

A la mesa llegó un tarro de Jenga. El historiador, el esposo de una compañera del colegio y yo nos pusimos a jugar y llegamos al punto en el que ya no se podían sacar más bloquecitos. No pensé que eso fuera siquiera posible. Todo un logro de la mini-arquitectura moderna. El novio de mi amiga pasó tomando fotos. Creo que no salí en ninguna. El historiador me habló de lo curioso que era ver una cámara que no fuera de celular ni profesional en esta época. Luego se fue a jugar billar.

Mis amigas cambiaron de puesto. Ahora estaban todas juntas en un sofá. Quedé sola en mi silla. No se me ocurrió qué más hacer, así que pagué y me despedí. Le conté a la cumpleañera que había dejado las llaves de mi casa y tendría que volver pronto para no molestar demasiado a mis papás. Me escabullí y no me despedí del historiador; me pareció raro buscarlo y abordarlo sin dirigirle la palabra a nadie más. Salí. La calle estaba repleta y amenazante. En el camino a casa metí la mano en un bolsillo de la cartera: mi llave de repuesto estaba ahí.

Esperaba encontrar la casa a oscuras y en silencio, ahora que ya no tenía que timbrar, pero mi papá estaba en la sala viendo Gravity. Me senté a su lado y empecé a preguntar cosas sobre lo que estaba pasando. No me quiso contar. Me dijo que no importaba si ahora veía solo el final porque igual me faltaba verla desde el principio. La película terminó y subí a descansar. Y aquí estoy.

La impresora láser

Una vez en el colegio me tocó trabajar en grupo con N. y, por lo tanto, tuve que ir a su casa. El apartamento de N. quedaba en una loma, allá donde están los edificios finolis cuyos apartamentos ocupan todo un piso y uno sale directamente del ascensor al vestíbulo, sin pasillos de por medio.

El apartamento de N. tenía las paredes verdes y los apliques dorados, como dictaban las normas de decoración bogotana de ese entonces. No recuerdo mucho más, salvo que imprimimos el trabajo en papel Kimberly y para el título empleamos la fuente de las portadas ochenteras de la revista Ideas. También recuerdo una cosa más, la más importante: al terminar de escribir, N. puso el papel gris moteado sobre una gran mole cúbica ubicada en una esquina del estudio. La mole se comió el papel y al instante lo devolvió calientico y cubierto de letras nítidas y negrísimas. Era una impresora láser y lo que hacía era magia pura.

No sé si esto ocurrió antes o después de adquirir nuestra primera impresora: una Canon bubble jet monocroma cuyo prospecto de compra me mantuvo con afán durante mi primer y único viaje a Manizales, poco después de mi cumpleaños número 11. Las calles tipo montaña rusa estaban muy bien y el nevado prometido no se veía nunca, pero yo quería volver ya a Bogotá para tener impresora y jugar a plasmar en papel las locuras que hacía en Creative Writer. Debo decir que para ser de inyección de tinta, la BJ-200ex era una máquina excelente. El otro día estuve sacando trabajos viejos del colegio y me sorprendí de la calidad de impresión de ese aparato. Además venía con un diskette con varias fuentes que no dudé en implementar en todas mis tareas.

Desde entonces he vivido fascinada con las impresoras láser. Sin embargo, llegar a tener una era absolutamente impensable. Mis papás nos trajeron impresoras a color después —nunca tan buenas como la Canon monocroma—, pero de impresoras láser ni se hablaba. Era ridículo querer algo tan empresarialmente costoso. Entonces usaba las que podía a mi alrededor. En Iowa, la universidad me dio un número de páginas para imprimir gratis, y como decidí no quedarme allá para terminar la carrera, aproveché para hacerme hojas adornadas a todo color con mi nombre en el encabezado y bordecitos bajados de esa novedosa maravilla dosmilera que era Clipart Online. En Los Andes prefería hacer fila y pagar en la sala de computadores del edificio B que volver a presentar un trabajo todo rojo por culpa de los caprichos de la impresora a color de la casa.

Nuestra impresora más reciente, una multifuncional cuyo escáner sacaba todo en degradé porque el bombillo solo alumbraba de un lado, me sacó una noche el letrero de “no hay tinta” poco después de habérsela cambiado. Me propuse no olvidar que necesitaba tinta nueva pronto y empecé a ir a un café Internet del barrio con reggaeton a todo volumen para imprimir cosas. Un día me devolvieron la memoria USB con un archivo nuevo llamado sex_algo_nosequé.lnk, y otro día me mandaron a usar yo misma un computador tan rebosante de malware que me tomó más de 15 minutos abrir un simple archivo PDF y mandarlo a la impresora. Láser. Me quisieron cobrar ese tiempo. Quería cobrárselo más bien yo a ellos porque quién me devuelve ese pedazo de mi vida. No volví al café Internet. Tampoco le volví a poner tinta a la multifuncional.

Entonces llegamos al fin de semana pasado. Estaba con mi papá en un almacén de electrónicos y vi una impresora láser con un precio perfectamente asequible para un ámbito no empresarial. Era monocroma, como mi primer amor. De repente se me ocurrió que ahora soy adulta y gano plata y puedo tener todo lo que quiera. Entonces me la compré, y de paso me compré también un escáner aparte.

Volví a la casa, la puse en el piso en la mitad de mi cuarto, ahí donde pudiera hacer más estorbo, y la instalé. Le mandé unos archivos aburridos pero urgentes. Salieron al instante, calienticos, nítidos y negrísimos. El sueño de toda una vida hecho realidad.