Archive for the 'japón' Category

Caldo de ministro

Alfabravo me dice que me acuerde de Forrester y deje de perder tiempo no escribiendo. Se supone que uno debe escribir sobre cualquier cosa para que tarde o temprano salga algo chévere. Yo he hablado de esto muchísimas veces en este blog pero no sobra repetirlo porque nunca aprendo la lección. Pero bueno, no importa porque no soy Jamal Wallace y si alguien me retara con un montón de citas literarias les respondería con mirada de llama, así como de “ni sé ni me importa”. Yo solo me sé las melodías de las canciones (porque tampoco las letras), y así es como termino tarareando el tema de Magnum, P.I., que es mi favorito entre todas las series habidas y por haber.

En realidad quería hablar de la pelea que tuve anoche con Cavorite, pero tampoco tengo mucho que decir al respecto salvo que tal vez no sea buena idea hablar del caldo de ministro cuando la otra persona intenta comerse un minestrone. Pero yo qué hago si suenan parecido; tenía que traer el tema a colación. “Has menoscabado uno de los pilares de mi vida”, osé decirle al pobre comensal, reclamando mi derecho a la libre expresión de porquerías. Además, si hay gente que come de eso es porque no es una porquería universal. Yo he comido escorpión, por ejemplo, y es muy rico.

Por otro lado, ojo a esto:

Origin of MINESTRONE

Italian, augmentative of minestra, from minestrare to serve, dish up, from Latin ministrare, from minister servant — more at minister

First Known Use: 1871

Me gustaría que hubiera una conexión etimológica real entre una sopa de pasta y verduras y una de testículos y pene de toro, pero minestrone no significa más que “sopota”. Sin embargo, ministro viene de minister (“sirviente”), y este a su vez de minus, que es menos. ¿Es el caldo de ministro una sopa de órganos que sirven? ¿Es una sopa de cosas minúsculas? ¿Es una sopa modesta para el gran poder viril que representa? Mi contacto con la lingüística ha sido escaso y poco ortodoxo, así que no me hagan caso porque quise saber pero en últimas no supe nada.

Lo cierto es que ambas son sopas pesadas y muy nutritivas, pero con una de ellas seguramente preferiría pasar hambre. No quiero decir con esto que rechazo del todo la ingestión de gónadas, empero, puesto que en Tsukiji comí uni crudito con arroz lo más de sabroso y resultó que eso es exactamente lo que están imaginando. Uno nunca sabe, tal vez Cavorite tenga razón y sea mejor comer en vez de hablar.

鹿の角

Lo bueno de que hoy hace un año haya aterrizado en Colombia es que las conmemoraciones ya se hacen más distantes e innecesarias. Y bueh, es que mañana se cumplen seis años de haberme ido a fritarme la cabeza entre los arrozales. Pero ya no estoy allá. Todo ha cambiado mucho. Ya no importa. O sí importa porque ahora sueño que les cuento a unos japoneses que me atacó un ciervo y me pude defender de sus cuernos con una ahuyama. Pero no recuerdo cómo se dice “cuerno” en japonés y los japoneses en mi cabeza no me saben dar razón. Es “tsuno”, para futuras referencias.

3.11

Durante todo el tiempo que viví en Japón me pregunté constantemente qué haría si el Gran Terremoto del que tanto advertían me cogiera en un lugar concurridísimo. El peor escenario era la estación de Shinjuku, indudablemente. Sin embargo, estas reflexiones nunca se tradujeron en la consideración de la amenaza como algo real. Uno no espera, de verdad no espera que las cosas sucedan de esa manera.

“El Japón que conoces ya no existe”, me escribió Hazuki en una carta que recibí para mi cumpleaños el año pasado. Creo que alcancé a notar el cambio cuando por fin pude volver a Tokio después del terremoto. Todo, desde la misma estación de Tokio, estaba a media luz y en silencio. Era como si Tsukuba se hubiera expandido y se hubiera tragado la región entera. Ese es el Japón que abandoné y que sigue ahí, según parece. El “según parece” es la parte que me duele. Desde el 11 de marzo de 2011 no he sabido nada de primera mano.

A veces me siento culpable por no haber estado en Tsukuba en ese momento y tampoco haberlo estado mucho tiempo después. Puedo jurar que lo mío no fue huida, pero se parece mucho a todos esos casos de extranjeros que acamparon en Narita para largarse en el primer avión que los llevara. O no sé si se parece. Se parece en que no pude entregar el apartamento como debería y dejé un montón de cosas botadas. Se parece en que no he vuelto a pisar suelo japonés y eso aún me entristece. Siento como si al haber estado en Nagasaki hoy hace un año y tener mi tiquete de regreso a Colombia reservado para el 31 de marzo me hubiera deshecho deliberadamente de la responsabilidad de una catástrofe que nadie pudo haber previsto ni controlado. Como si mi fortuna me hubiera quitado el derecho al miedo, a la incertidumbre e inmensa soledad que de hecho sentí.

No puedo hablar de la tragedia en sí porque no estuve ahí. Ha pasado un año y sigo sin entender nada.

いちご

Hace un año regresé de Bangkok a Tsukuba. Estaba muy enferma. La noche anterior me había comido el único pad thai de lo que quería ser un viaje gastronómico pero resultó en un camarote frente a un intoxicado austríaco. Pero creo que de esto ya he hablado; nunca sé qué le he contado a quién y mis amigos se arman tener paciencia y me dicen “sí, eso ya me lo contaste”. Cada vez que oigo eso me siento como de noventa y seis años. “Sí, abuela”.

Debe estar haciendo frío en Japón. Pienso en eso todo el tiempo. Pienso en los ciruelos florecidos que ya no puedo ver. Y en las fresas. Debe haber fresas de todos los tamaños y precios en los supermercados. Los ponen en cajitas transparentes encima de cajas grandes de cartón, blancas con letras rojas: いちご (“ichigo”). Era rico comer fresas con leche condensada. Mi mamá habla de las fresas como si fueran cualquier cosa; están ahí en la tienda y ya. Pero en Japón son especiales. Son frutas de invierno, de invierno nada más. Uno ve las fresas y sabe que hace frío afuera. Y entonces las chocolatinas vienen con sabor a fresa, y la leche y el mochi con fríjol. Chocolatina Meiji 70% fresa. Todavía me quedan algunas que traje y dejé olvidadas por ahí. Ahora deben saber a plastilina.

“Ichigo” también se escribe en kanji: 苺. Es un kanji peculiar, me parece a mí, porque contiene el radical de hierba (la rayita cruzada dos veces de arriba) y el caracter de “madre” (母). ¿Será la fresa la madre de las frutas?

Odio lo que escribo.

2012 (Here Goes Nothing)

Hace calor en La Dorada.

A las cinco de la mañana nos despertaron los aviones de la Fuerza Aérea despegando desde Puerto Salgar. Yo venía soñando que me habían robado la maleta cuando la casa retumbó como si el rugido y la penumbra nos fueran a aplastar a todos. Uno de todas maneras mantiene la fe en que nada le va a caer encima, y sin embargo reacciona tapándose los oídos como si aislar el ruido sirviera para alejar las naves. Uno solo espera a que pase, sea lo que sea. El miedo y la confianza. Ahora solo queda la oscuridad. Despierta, Olavia: empezó el año, llegó la regla, pasó otro avión.

Cuando aclaró el día, mi mamá me trajo un vaso de leche de soya que resultó saber a leche de soya de verdad —amplia sonrisa sorprendida e invitación a que mi mamá la probara también—. No creí que fuera posible sentir ese sabor fuera de Japón, pero quién iba a pensar que me estaba esperando en un municipio intermedio de Colombia. Qué cierto es eso de dejar de buscar para encontrar. Ahora vaya usted a saber qué más me toca dejar de buscar este año.

El resto del día hemos estado comiendo, escuchando historias de mis abuelos y de los papás de mi tía política y dejando pasar el calor. Ha sido plácido en general, excepto por el cólico que no me ha dejado pararme. Dentro de mí me hundo y salgo a flote, me hundo y salgo a flote, pero el entorno es seguro como para saber que no me quedaré en el fondo. Con todo lo que ha pasado los últimos años da un poco de miedito enfrentarse a este, pero ya me empujaron el triciclo cuesta abajo hace rato, así que, querámoslo o no, vamos rápido rápido rápido a saltar o a estrellarnos o quién sabe a qué.

3/11 – 11/3

El 11 de marzo de 2011 vi el primer cerezo en flor del año. Fue en Nagasaki, en una colina llena de casas antiguas entre cuyas puertas abiertas se colaba el viento marino con el eco de “Un bel dì, vedremo”. Era un día soleado y perfecto. Yo estaba planeando una serie de textos sobre los viajes del último mes y este era un bonito culmen: tulipanes, el mar difuminado entre las montañas, Madama Butterfly, aquel único cerezo en flor.

Después de mucho deambular por caminos empinados llegué a Dejima, la isla artificial que representaba el único contacto directo entre Japón y el extranjero hasta la era Meiji. Ya estaba cansada y aburrida de ver salones con muebles antiguos que a mí me resultaban muchísimo menos exóticos que al turista japonés promedio, así que tomé asiento en una sala de proyecciones al final de una exhibición sobre la historia del azúcar y abrí Twitter en el celular. Había un montón de mensajes para mí: querían saber cómo estaba yo. Estaban preocupados. ¿Qué había pasado?

En este momento, rememorando, lo que me impresiona es encontrar una foto tomada por mí a la hora en la que estaba temblando. Es obvio que la imagen no muestra nada fuera de lo normal, si yo estaba a mil kilómetros de Tsukuba. Es una mala foto, incluso. Un edificio antiguo de ladrillo y una mujer con una bolsa de compra revisando su celular. Feo ángulo, sobreexpuesta. No sé por qué quise recordar precisamente esa escena, aunque tampoco tiene ninguna conexión con lo que estaba ocurriendo en ese momento al norte de mi casa sin que hubiera manera de percatarme. Bien podría no haber tomado ninguna foto y seguir derecho por esa calle en busca de más lomas para explorar.

El sol de la tarde no perdió su brillo cuando Azuma me contó por teléfono que no pasaría la noche en nuestro edificio por el posible riesgo de colapso, pero fue el fin del tour por Dejima. Caminando un poco sin rumbo pero automáticamente volviendo al hotel hice un par de llamadas. Quise avisarles a mis padres antes de que llegara la ola de pánico que yo no estaba allá y, por consiguiente, estaba bien. Fue tan inútil como las barreras de contención que se desmoronaron bajo la primera embestida del tsunami en los pueblos desaparecidos.

Llegué al ryokan. Algo comenté con el dueño en recepción. Subí al cuarto. Prendí el televisor. El paisaje era familiar aunque no hubiera estado allí nunca. Y el agua se lo estaba comiendo todo.

Divagación indigesta

Extraño mucho el arroz con curry japonés. Bueno, tal vez no en este preciso instante puesto que estoy a punto de vomitar un curry “tailandés” de un popular restaurante “asiático” bogotano. Supongo que debo anotar que no fracasan del todo los dueños de esta franquicia: la evocación asiática se logró en cuanto a que el malestar que tengo ahora podría equipararse en cierto modo al que me mantuvo al margen de todo manjar en Bangkok. La diferencia es que en Tailandia me enfermé mucho antes de darle un primer bocado a cualquier cosa, y aquí fue la comida la que me enfermó. Siento que no voy a poder volver a darle nada sólido a mi estómago en mucho tiempo.

Quería escribir acerca del kare raisu que preparaba Minori y el que servían en las cafeterías de la Universidad de Tsukuba, pero el dolor —y la vívida evocación de ese potaje grasoso color anaranjado que me comí al almuerzo— no me deja. No obstante, mi estómago aún tiene el criterio para anhelar (¡pese a todo!) un buen curry con tonkatsu del viejo cocinero de Ichinoya, mi dormitorio-cárcel.

Bueno, no es más porque no puedo más. Deséenme suerte esta noche.

遠距離

La cama de Cavorite en Ginebra era muy angosta. Tanto así que la primera noche que pasé allá soñé que estábamos laminados y éramos páginas de un libro. Dicen que en Japón todo es pequeño pero yo creo que algunas cosas en Europa lo son más. Esa cama, por ejemplo, y el espacio alrededor del comedor. También el ascensor, una cabinita cuya puerta de madera uno debía fermer doucement. Y las distancias. Solo había que desear estar en Francia para aparecer allí. Lo sé porque yo lo hice.

Dicen que en Japón todo es muy pequeño pero en realidad las distancias son inconmensurables. Uno puede pensar en cualquier lugar y de una vez sabe que está demasiado lejos. Puede pensar en el corazón de cualquier persona y ya sabe que nunca podrá alcanzarlo. Uno es una especie de Alicia que excede los límites de la ducha y las mesas en soledad pero se vuelve diminuto a la hora de trazar una línea entre isla e isla.

En este momento me encuentro en un punto en el que, de nuevo, se abren brechas oceánicas frente a mí. Solo se me ocurren metáforas ridículas para mi situación: un pingüino montado en un iceberg que flota lejos del hielo continental. Pero yo no soy la que se va. Un pingüino mirando a otro pingüino flotar en un iceberg desde el hielo continental. Desearía aparecer instantáneamente al otro lado, pero esto no es tierra de traboules mágicos. Claro que tampoco es el arrozal del aislamiento infinito, así que tampoco tengo por qué sentirme así de impotente. ¿Y entonces?

Na-da-remos, na-da-remos.

Primero de mayo

En la adolescencia es fácil caer en la vergüenza infinita cuando las amigas íntimas se enteran de que uno se ha besado en una fiesta con un tipo más bajito que uno. O sea, ¡más bajito! ¿Pueden creerlo? ¿Será que a ella le tocó agachar la cabeza? The horror! Pero cuando la adolescencia ya pasó, y el tipo del beso es ahora uno de los amigos más antiguos y entrañables que uno tiene, y encima de eso uno ha seguido campante por la vida dándose besos y más que besos con otros tipos de menor estatura que uno, ¿no viene siendo hora de que las amigas dejen de burlarse de lo que pasó aquella noche?

***

Terminé de leer (¡por fin!) How to Live Safely in a Science Fictional Universe, de Charles Yu. Me quedé un rato pensativa, condensando ciertas ideas de lo que el libro llegó a representar para mí. Luego pasé otro rato tratando de que las lágrimas no se convirtieran en llanto ruidoso.

***

Extraño el karaoke japonés.

Veinte de abril

Mi mamá aparece en mi cuarto con dos pocillos llenos de agua de flor de jamaica. Me entrega uno y se sienta en un butaquito con el otro. Hasta hace unos minutos yo estaba practicando ukulele, pero ahora estamos en silencio, ella en el butaquito y yo en la cama. De repente me pregunta si se siente extraño tener compañía. Sí, se siente extraño. Cuando vivía en Tsukuba no aparecía nadie así de la nada. Ahora es como si hubiera un duende en casa o como si tuviera amigos imaginarios. Amigos imaginarios que se aparecen en mi cuarto cual hada madrina y hablan y hablan y hablan y hablan y hablan y hablan y hablan y hablan y hablan y hablan.

El otro problema es el cambio de vida de una caja de zapatos a una casa de dos pisos. Ahora tengo que pararme de la cama (inmensa) y dar tres pasos para apagar la luz cuando me voy a dormir. Si quiero, puedo ir al cuarto vacío de mi hermana y sentarme ahí a ensayar ukulele o cualquier cosa. Eso exigiría más pasos. Y encima hay escaleras para bajar en caso de querer comer y un montón de sillas de diferentes tipos desperdigadas por ahí. Pero yo soy un hámster acostumbrado a su jaula e insisto en encerrarme en el cuarto. Tres pasos es todo lo que necesito para vivir. En la sala —tal vez ellos no se hayan dado cuenta— siempre me siento en la misma poltrona y siempre en la misma silla del comedor. Creo que perdí la noción de disfrute del espacio, o el mundo se me achicó. Cada vez que intento pensar en Japón, solo recuerdo la esquina del apartamento donde transcurría absolutamente toda mi vida.