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Un señor de Tayikistán

En Tsukuba, cuando trabajaba en un club de conversación en inglés para viejitos japoneses, conocí a un señor de Tayikistán.

“Te pareces a mi esposa”, me dijo. Me pareció un comentario muy barato e incómodo para un recién conocido.

Sacó el celular.

Me mostró una foto.

ERA YO CON HIJAB.

Al menos ahora sé que mi doppelgänger es una señora de Tayikistán.

Me voy pero vuelvo

Todavía puedo verme llorando desconsolada sobre el regazo de mi abuela. “¡No quiero volver allá!”, repetía una y otra vez. Pero tenía que irme. El verano se estaba acabando y todavía me quedaban años de estudio y desolación en medio de los arrozales al otro lado del planeta. Yo era apenas una sombra de mí misma, una sombra convencida de su inexistencia dedicada a hacer lo que fuera para materializarse aunque fuera un poco.

Finalmente esa vida se acabó. Hubo un cataclismo, me gradué y llegué a Bogotá con el corazón destrozado, jurando olvidar el idioma de aquel archipiélago remoto para que no me volviera a doler más. Tenía pesadillas recurrentes sobre mi accidentado regreso todo el tiempo.

Pasaron los años. Uno no cree que una herida palpitante y grotesca pueda sanar, pero resulta que con buenos cuidados lo hace —aunque esta no es hora de hablar de cicatrices—. El libreto de la pesadilla recurrente empezó a cambiar de manera casi imperceptible hasta convertirse en un sueño agradable, incluso esperanzador. Un día sentí la necesidad de buscar los residuos del idioma borrado y ver si con algo de paciencia volvían a echar brotes. Quisiera creer que mi trato con la gente ya es menos parecido al de un animal asustado.

Hace unos meses, casi sin pensarlo, me compré un tiquete al archipiélago. Como suele suceder, tras un período de euforia inicial, olvidé el asunto. Es de esas cosas abstractas que pasan. Una plata desaparece y a cambio aparece un plan lejano. Sin embargo, anoche salí a cenar con el dueño de todos los azules y, mientras esperábamos el postre, la realidad me pegó de lleno como una gran bofetada. Acababa de cantarle la cancioncita de Bic Camera (una cadena de almacenes de artículos electrónicos) cuando todo explotó en mi cabeza: este no es el pasado del que estoy hablando, sino el futuro inmediato. Me voy a Japón otra vez.

Aquí es donde todo se torna confuso: me voy pero no he llorado sobre el regazo de mi abuela. No tengo que empacar provisiones para todo un año, no tengo que hacer reuniones para despedirme de mis amigos, no tengo que comprar ropa nueva porque allá no hay de mi talla. Y no creo llegar a entender eso del todo. Esta mañana desayuné changua como si fuera mi última oportunidad y me despedí del dueño de todos los azules como si no lo fuera a volver a ver nunca más.

Lo que más me abruma es darme cuenta de que ahora me río un montón y que ya no dibujo y toco ukulele por supervivencia sino porque soy inmensamente feliz haciéndolo. Soy inmensamente feliz. Por primera vez voy a estar en Japón siendo inmensamente feliz. Lo repito muchas veces porque no me cabe en la cabeza.

Me voy a Japón esta noche. Me voy pero vuelvo.

積ん読

El otro día se me dio por leer un libro en japonés que tenía por ahí. Se trataba de una selección de cuentos de Haruki Murakami que, suponía yo, debía haber venido en una de esas cajas que a veces mando traer de Japón.

Leer en japonés se me dificulta muchísimo ahora que voy a cumplir cuatro años de haber regresado de Tsukuba, así que las imágenes escritas transcurren para mí a paso de caracol. No obstante, aún sin haber terminado siquiera el primer cuento, se me ocurrió que podría conseguir más títulos de la misma colección y seguir expandiendo esta especie de universo recién redescubierto. Así pues, entré a Amazon.jp y busqué el libro que estoy leyendo para así encontrar los demás en los vínculos de “artículos relacionados”. En la parte superior de la página de resultado me salió un aviso: “Usted compró este libro el 24 de febrero de 2010″. ¿¡Qué!?

Según Amazon.jp, hace cinco años ordené cuatro libros: uno para mi tesis, uno de interés general (estudios sobre matoneo entre jovencitas), uno para no sentirme tan bruta y light frente a los hombres que admiraba, y finalmente el libro de cuentos de Murakami. De esos, el único que leí entero fue el de la tesis. Otro lo he intentado leer una y otra y otra vez sin mucho éxito —¿el libro me es insoportable o realmente soy tan bruta y light como creía?—. Los otros dos se quedaron nuevecitos en la biblioteca. Luego los metí en cajas, los mandé en barco hasta acá, los puse en otra otra biblioteca y los olvidé. Hasta ahora. Ya solo queda uno invicto.

Dicen que uno compra libros creyendo estar comprando el tiempo para leerlos. De hecho, los de 2010 no son los únicos que me están esperando; he seguido acumulando más, convencidísima de que tarde o temprano los voy a devorar, o tal vez satisfecha con el mero placer estético de su aparición en mi cuarto. Lo peor es que, como mencioné hace dos párrafos, sigo con la intención de adquirir todavía más. Hubo un momento, hace no mucho, en que llegué a pensar en no comprar más libros hasta no terminar los que tengo, pero no nos engañemos: la tentación es demasiado fuerte como para quedarse uno quieto en las librerías, ya sean físicas o virtuales.

Desafortunadamente, a pesar de nuestra insaciable sed de lectura (o de simple acumulación de papel entintado y cosido), la vida es finita y no podremos devorar todos los tomos que quisiéramos. Peor aún con la amenaza de Internet y sus “contenidos” rondando cerca. No me siento en capacidad de decirles qué deberían hacer al respecto, pero yo, por lo pronto, estoy tratando de convertir los clics nerviosos (mi problema de siempre) en ratos de lectura fuera del computador. Quiero pensar que algún día llegaré a un punto de equilibrio entre los libros leídos y aquellos entrantes y no estoy simplemente desperdiciando mi dinero en promesas acumuladas. No obstante, aún si avanzo a paso de caracol, desde ya tengo la satisfacción de que los libros pospuestos no esperaron su turno en vano.

Arqueología de los papeles

En mi cuarto hay unas cajas arrumadas por ahí. A veces pienso en ellas, me digo que debería deshacerlas porque ya ni sé qué hay adentro y necesito el espacio para poner mi maleta nueva. O bueno, hasta hoy las había.

En algún momento de esta tarde, impulsada no sé exactamente por qué, decidí abrir las cajas y deshacerme de ellas de una buena vez. Pero oh, espera, no tan aprisa. Creo que un titular de carnada de clics sería apropiado para el instante inmediatamente anterior a la apertura de la primera caja: “Esta persona abrió unas viejas cajas de cartón arrumadas en su cuarto. Lo que encontró en ellas cambió su percepción de las mudanzas para siempre”.

La tarea era aparentemente inofensiva: una caja, debajo otra y debajo otra y debajo otra. Pero a medida que avanzaba me di cuenta de que cada una era más capa geológica que cubo de cartón. Hasta tesoros había: encontré nada menos que un disco duro portátil que juré haber perdido en la mudanza Tsukuba-Bogotá. Fue un momento muy Indiana Jones, pero sin ratas ni serpientes ni esqueletos. Excavo y saco guacas.

Ahora voy en que debo llegar antes del 21 de agosto de 2002 a Dubuque, Iowa para asistir a un campamento de integración de estudiantes internacionales. Ahí voy a conocer a un japonés pelilargo al que luego me voy a volver a encontrar en un asado y le voy a pedir que me lleve de vuelta al dormitorio porque quien me había traído se fue sin mí. Y ese va a ser mi novio. A ese novio, que ahora está casado (con alguien que no soy yo) y vive en Tokio, le acabo de escribir para preguntarle si quiere una foto de su grado que recién apareció en un sobre.

Siento que este es un proceso opuesto al del regreso de Japón: en vez de forzarme a aceptar la inexistencia de mis cosas —así algunas aparezcan luego inexplicablemente—, estoy cada vez más abrumada por la manera como prácticamente todo lo que llegué a tener en Dubuque está acá, once años después. Esto también significa que las cosas de Japón, perdidas o no, pasarán al olvido tarde o temprano. Ese es un buen consuelo.

 

Quand le ciel bas est lourd

No quiero llegar triste a mi cumpleaños. El año pasado lo hice, pero tuve el aliciente inmediato del curso en Honolulu. Extraño Honolulu. Es una lástima que la Universidad de Hawaii no tenga maestría en interpretación porque me iría derechito allá y buscaría quedarme en la isla de Oahu por siempre. O por un buen rato, al menos. Llevo tres años y medio en Bogotá y el cielo gris me está pesando.

Hoy es el cumpleaños de una amiga que tenía en Dubuque. No hablo con ella desde hace mil millones de años. Podría decir con toda seguridad que ya no es mi amiga, pero ahí está en Facebook. De mi paso por Iowa no me queda ningún amigo. Ocasionalmente recibo algún mensaje breve de Minori, mi ex de esa época. Hace poco me dejó un comentario con motivo de la victoria de Colombia sobre Japón. Él vive en Tokio con su esposa y no sé cómo se ve ahora porque nunca publica fotos —hace tiempo me encontré por accidente una foto de él con la entonces novia, le conté y casi me manda matar de la paranoia por su privacidad—.

De Tsukuba sí me quedan amigos. Alicia me cuenta que tiene tres días de descanso al mes en la empresa de tercerización de servicios hospitalarios donde trabaja. Está exhausta. Hazuki vive en el dormitorio de su compañía, que no sé si será la misma relacionada con teatro que me había mencionado en una carta cuando recién volví a Colombia. Vi la dirección en Google Street View: parece ser un lugar bonito. Yurika renunció a su empleo en abril y se fue a Chiang Mai con el novio. Masayasu debe estar terminando ya su doctorado. Me escribió antes del partido Colombia-Japón.

(Creo que sin querer los nombré en orden de adaptabilidad a la vida japonesa, del más conforme al más inconforme —a Masayasu no lo aceptaron en ningún trabajo y en la última entrevista laboral le sugirieron tomar la vía académica, la vía de los no-aptos para la vida en sociedad—.)

Quisiera ir a Japón en tour de visitas pero no he hecho sino tomar desvíos. Siempre se atraviesa un viaje más imperioso. Pero ya llegará el momento. Supongo que si no estoy buscando el regreso con tanta vehemencia es porque aún no lo necesito, o ya no lo necesito tanto como creía. O no sé. Japón sigue siendo para mí el novio de la relación conflictiva, el que uno extraña pese a que con él no hubo sino peleas. Ese que uno esperaba que fuera the one pero éramos de temperamentos distintos y cómo así que no funcionó, no puede ser, si era tan buen partido. Y ahora estoy con uno peor, entonces termino idealizando algo que tuvo sus buenos momentos pero no era para toda la vida. ¿Podremos ser amigos al menos?

El cielo de Bogotá deja entrever un par de parches azul oscuro con desgana. La sensación de agobio continúa. Nunca pensé que Baudelaire pudiera llegar a hablar por mí. Y de qué manera.

2014-03-14

Ayer salí a tomar cerveza y comer papas con queso con el biólogo que conocí trabajando para Parques Nacionales el año pasado. Yo había estado metida en una traducción larga y urgente hasta entrada la tarde, tecleando a toda velocidad bajo el estruendo del aguacero usual. Justo cuando terminé y envié los archivos salió el sol: una ilustración muy apropiada y a gran escala de mi estado mental. Concentración. Afán. Truenos. Última revisión. Descanso. Sol. ¿Qué hay por hacer?

El biólogo, que tiene un apellido muy exótico de origen desconocido —envidió la mención que hice de mis ancestros libaneses y las dos frases en árabe que mi tatarabuelo le enseñó a mi abuelo y este a mí—, me contó la historia de cuando pasó seis meses en un ashram en India, de cómo meditó con 15.000 personas y no sintió nada pero volvió a Londres y los estados mentales trascendentales lo atraparon en el Tube. Teníamos en común una desazón post-Asia. Mientras le hablaba de mi apresurada mudanza fuera de Japón me di cuenta de que Masayasu no me hizo el favor que le pedí, nunca fue a mi apartamento a sacar algunas cosas importantes que no alcancé a empacar. El diario de mis primeros meses en Tokio ya no existe.

Al regreso quedé atrapada en una estación de Transmilenio porque había bloqueos en la calle 40 sur. Bloqueos a las 10pm. Me tocó hacer maromas para llegar a mi casa como mil años después. Para este punto ya no sé qué medio de transporte tomar en Bogotá porque nada funciona. Nada. Nada. Nada.

3.11 (tres años después)

Ya han pasado tres años. En tres años no he vuelto a Japón. Intenté cruzar el Pacífico una vez pero me quedé en la mitad, en un paraíso aguamarina. Es raro pensar en conmemorar al mismo tiempo cosas tan felices y otras tan tristes. Me gradué, prueba de que sobreviví, ¡pero qué manera de probar que lo hice! Salvada de milagro en una bahía montañosa de la isla de Kyushu.

A veces pienso en esa tarde y en cómo me enteré de todo por Twitter —mientras la vida seguía tan normal al otro lado del país—, el camino confundido de vuelta al ryokan, las imágenes en la televisión. Especialmente las imágenes en la televisión. La sensación al despertarme al otro día y caer en cuenta de que eso había sucedido. Recuerdo que me la pasé pensando que una ciudad bombardeada no era un buen lugar para pensar en cómo volver a un área recién arrancada de su cotidianidad por un terremoto monstruoso.

Sin embargo, los recuerdos de angustia vienen inexorablemente ligados a otros, positivos, como el sabor del kakuni manju que me fui comiendo por la calle minutos antes de que temblara —ubiqué el momento por la hora de las fotos que tomé ese día—. El sol brillaba sobre los mártires crucificados de otra época, un parque con patos cubría las vajillas rotas y bicicletas derretidas de otra época. Había miedo, tristeza y cansancio pero todo a mi alrededor era increíblemente hermoso.

A pesar de todo, pienso en Nagasaki y me siento agradecida. Estoy convencida de que algún día volveré allá a rendirle homenaje a la ciudad por haberme acogido en un momento tan difícil y confuso.

Haber visto llover

Hace poco alguien preguntó en qué ciudades ha visto uno llover, pero como no me gusta la lluvia, no recuerdo mucho. Sin embargo, a modo de excusa para escribir, rememoraré unos cuantos chubascos.

Tokio (2006). La primera semana de mi vida en Japón tuve que comprar una sombrilla de ¥100 en una tienda de Akihabara. Creo que en realidad costó ¥500 precisamente porque estaba lloviendo. No era transparente como la que usaba Charlotte en Lost in Translation cuando atravesaba el famoso cruce de Shibuya y yo soñaba con emular esa película de algún modo, así que después me compré otra que sí lo era. No duraron mucho. Con el pasar del tiempo me volví un repositorio de sombrillas transparentes dañadas. Mis primeras expediciones por Tokio estuvieron casi siempre acompañadas de lluvia, así que el color gris suele remitirme a mis primeras impresiones de la ciudad.

Kamakura (2006/2009). Chee Siang, Cora y yo fuimos a Kamakura en verano y no fue exactamente el mejor paseo del mundo. Nos bajamos en una estación muy lejana, así que tuvimos que caminar un montón para llegar al templo del Gran Buda. Afortunadamente había una tienda de ¥100 en el camino y pudimos comprarnos impermeables, porque del mal genio ya casi ni hablábamos. Además, las constantes quejas por todo de mis compañeros de curso y viaje no ayudaban en absoluto. Me prometí arreglar ese mal recuerdo algún día. Años después llevé a Cavorite a conocer el Gran Buda bajo el cielo más azul del que tenga memoria. Había pasado un tifón la noche anterior y en todos los balcones había ropa puesta a secar. Fue uno de los días más felices de mi vida en Japón.

Huế (2008). En nuestro viaje por Vietnam —creo que la única verdadera aventura que he tenido—, Yin y yo teníamos una parada obligada de un par de horas en Huế, la antigua capital del Imperio Nguyễn. Tomamos entonces un tour expreso que incluía algo de tiempo en el Palacio Imperial, un complejo enorme que de ninguna manera llegaríamos a ver completo. Llegamos en medio de un aguacero torrencial, compramos un par de sombrillas arco iris completamente dañadas que la vendedora se negó a cambiar y nos pusimos a atravesar exquisitas estructuras antiguas ennegrecidas de barrizal en barrizal.

París (2010). Cavorite y yo veníamos del Museo de Orsay con muchas ganas de conocer la galería de paleontología que queda a un costado del Jardin des Plantes, pero apenas vimos la puerta cerrada se desgajó el aguacero y nos tocó meternos a un McDonald’s a escampar. Algo compramos para tener acceso al wifi y al baño, y cuando murieron nuestros computadores decidimos dejar de perder el tiempo y salir a la Biblioteca Nacional.

Buenos Aires (2010). Nunca he visto nubes más negras que las que cubrieron la ciudad cuando mi hermana y yo nos disponíamos a salir de su apartamento. El paisaje a través de las ventanas se desfiguró por completo y debimos conformarnos con ver The September Issue en mi computador.

2013 (Reprise)

El año se acaba y yo siento que hasta ahora estoy tomando impulso. El especial de la NHK de 2012-2013 decía “一歩でも前に” (adelante así sea un paso), pero el de ahora dice “一歩ずつ前へ” (paso a paso hacia adelante). Parece como si la NHK llevara las cuentas de mi progreso. El paso que di esta vez, ese único pero fundamental primer paso, fue volver a dibujar.

Lo único imperdonable es haber escrito tan poquito. Este blog estuvo casi que condenado al olvido la mayoría del tiempo y eso está muy mal. Es chistoso porque mi post de fin de 2012 habla de la resignación a mi condición de no escritora, pero la verdad es que yo soy la escritora de este blog y no puedo renunciar. Nota para 2014: escribir más.

Pasé buena parte de este año fuera de casa: Riohacha – Riohacha (otra vez) – Pereira – Pittsburgh – Mill Run – Buenos Aires – San Francisco – Honolulu – Hale’iwa – San Francisco – Mill Valley – Medellín – Santa Marta – Villa de Leyva. Queda claro que no hace falta estar en Japón para viajar mucho. Lo importante no es el punto inicial, soy yo.

A veces el tiempo aparte del que pasé en Hawaii se siente como no-tiempo. En mi mente sigo bajando la loma donde vivía, paso un carro cuya placa dice “ISLE”, me quedo mirando unas gallinas y gansos que andan por el jardín de una casa, veo las flores caídas de un tulipanero africano y no me decido a recoger una, atravieso un camino de plumerias hasta el Centro de Estudios Coreanos y subo a los saloncitos pequeños que quedan detrás. El tipo que nunca me saluda llega después que yo, y luego hay un silencio prolongado hasta que el salón se empieza a llenar de gente ávida de café. Finalmente llegan los que vienen de Waikiki, entre ellos Keita y su infinito conocimiento sobre música. Entonces caigo en cuenta de que mi corazón post-Japón por fin me dejó de doler.

Pero no es verdad que Hawaii sea lo único que vale la pena mencionar de este año. Trato de recopilar unos cuantos hechos destacados en mi cabeza y me llega toda una avalancha. Hay un taller de cómic con un artista de acento divertido. Medio año después, una tableta de dibujar causa una explosión dentro de mí. Enseguida me topo con un festival de cómic donde mis cosas desaparecen y reaparecen misteriosamente, y donde el artista de acento divertido también reaparece para pedirme que lo lleve a caminar por mi ciudad. Cuando menos lo espero, resulto con amigos dibujantes.

Sigue el inventario: conocí Fallingwater, compré mi segundo ukulele (un soprano), hice galletas, vendí una acuarela.

Por otro lado, mi abuelo ya no está. Es una ausencia extraña, ya que está presente en casi todas nuestras conversaciones. Me hace falta pero al mismo tiempo no, como si por sus dichos e historias no se hubiera ido en realidad.

El final finalísimo del año incluye un bonito reencuentro con los amigos que me dejó un ex novio hace años y un helado enorme de muchos sabores compartido con Cavorite. No me preocupo demasiado por el año que viene porque ya sé qué quiero hacer: más de lo mismo, mucho más.

Nostalgia de un día de grado

No sé si ya había contado esta historia en otra parte del blog, pero qué importa. Hoy es un día nostálgico para mí.

El 25 de marzo de 2011, mis papás y mi tío se fueron al centro de Tsukuba a hacer compras. Ya sabíamos que la ceremonia de grado había sido cancelada debido a que el auditorio estaba en riesgo de colapso por el terremoto, pero de todas formas había que ir por el documento que justificaba mi largo paso por las islas niponas.

Me puse un vestido de flores, me pinté los ojos de verde y me puse en el pelo un gancho que yo misma había hecho en mis días de fiebre de bisutería. Fui a desayunar con Yurika en Sukiya. No recuerdo si fue ahí o en otro desayuno cuando me entregó un anillo que me había traído de Mozambique y que incorporé a mi ajuar de grado. No pude seguir con ella para la universidad porque se me había quedado el carné en el apartamento y ella tenía afán porque la iban a recoger los papás. Volví a buscarlo y fui a la decanatura de mi facultad. Me encontré en el pasillo a Yuta, un compañero que era estudiante mío de español y lo hablaba muy bien. Algo nos dijimos, pero no fue mucho. Felicitaciones, tal vez. Todos estaban yendo en grupitos a graduarse, menos yo. El decano leyó el contenido del diploma y me lo entregó. Nos dimos venias.

Salí del edificio, metí la bonita carpeta morada en una bolsa que colgué del manubrio de la bicicleta y volví a la casa como si nada. Me estaba esperando un e-mail del alquiler de kimonos. Yo les había estado rogando que me alquilaran un hakama de grado —por favor, soy extranjera, nunca más voy a poder ponerme algo así— pese a que se había cancelado la ceremonia y, con ella, los alquileres de vestidos para la misma. Habían accedido con la condición de que fuera ya mismo a Nishi-Ogikubo, en Tokio, a que me lo pusieran para retornarlo al día siguiente. Mis papás y mi tío regresaron, les avisé y salimos corriendo.

En camino

Antes.

El Tsukuba Express estaba funcionando por fin. Cogimos para Akihabara y de ahí un tren de la línea Chuo hasta Nishi-Ogikubo. Creo que usamos el GPS de mi celular para guiarnos. No nos perdimos demasiado.

El almacén de alquiler de kimonos estaba vacío. Este debería haber sido un día súper movido, pero los últimos acontecimientos habían ocasionado una oleada de cancelaciones de sus servicios. Supongo que eso obró a mi favor ese día, puesto que yo solo había pagado por el vestido pero me encimaron el peinado. Creo que es el peinado más bonito que me han hecho en la vida.

お菓子

Después.

Mi papá y mi tío habían estado esperándonos a mi mamá y a mí en un café lindísimo al otro lado de la calle y les gustó tanto que cuando salí de ahí con mi pinta de estudiante de la Era Taisho decidieron que podríamos iniciar la celebración con unas onces allá. Comimos pastelitos y nos tomamos fotos. Luego seguimos hacia Akasaka para la cena. Creo que elegí esa zona de Tokio porque había visto que estaba llena de restaurantes bonitos, pero no recuerdo por qué elegimos uno portugués para nuestro gran banquete. Solo sé que todo salió estupendamente. No tuve ceremonia pero sí tuve celebración, y no estuve sola.

Algo curioso ocurrió desde que me enfundé el hakama: durante el resto del día, la gente en la calle me decía “¡felicitaciones!” y “¡te ves muy bonita!”, cosa que nunca jamás me había pasado en cinco años de vida en Japón. ¿Desconocidos dirigiéndole espontáneamente la palabra a una extranjera? ¿¡Y encima diciéndole que se ve muy bonita!? Milagro de grado, se diría, aunque parece que en Japón la gente en general me veía linda.

Casualmente le mandé a Hazuki un mensaje de texto con la aventura del hakama y me respondió que ella vivía muy cerca de allí. Quise lamentar la falta de una amiga en mi celebración, pero más bien nos pusimos cita al otro día en el mismo cafecito del frente del almacén tras devolver el vestido y los zapatos. Mi intención era sorprenderla, pero resultó que ella y su madre eran asiduas clientas. Luego nos acompañó a Shinjuku, y allí nos despedimos. No pudo ocultar su tristeza. A mí también me entristece todavía no poder volver a verla.

Lo malo de irse a vivir al otro lado del mundo es que uno corre el riesgo de hacer amigos allá y luego se queda preguntándose cómo diablos va a hacer para volver a verlos. Últimamente he tenido un sueño recurrente en el que vuelvo a Japón y voy a comer en un restaurante. Llevo dos años soñando que de nuevo estoy ahí, cada vez con menos angustia. Ya no se trata de un ciclo que no cerré, sino del pedazo de corazón que dejé allá. Dos profesores distintos me dijeron en diferentes ocasiones que cuando uno queda con cuentas pendientes con Japón, el país siempre lo llama a uno a regresar y saldarlas. Cada vez estoy más convencida de que eso es verdad.