Archive for the 'estudios de género' Category

El picnic del amor universal

Estos han sido días duros. El país ha destilado más odio de lo acostumbrado, o tal vez este estaba reprimido y explotó en un chorro a presión. La “gente de bien”, supuestamente velando por “nuestros niños”, les envió un mensaje muy claro a esos niños precisamente: cuando crezcan, si llegan a darse cuenta de que les gusta alguien del mismo sexo, bien se pueden ir suicidando y así acabar con el infierno en el que convertiremos sus vidas. Cuánto quisiera estar exagerando al decir esto.

Estaba meditabunda y triste, con el pobre consuelo de que en mi familia ninguno piensa así, cuando me llegó una invitación a un evento que prometía subir un poquito los ánimos de todos: el Picnic Amor Universal. Durante un par de horas, muchas personas compartiríamos un espacio (y mucha comida) y, por más cursi que suene, nos querríamos. Yo necesitaba un rayito de esperanza en medio de esta tormenta, así que decidí ir.

Había que llevar comida no solo para uno, obviamente. Me daba cosa llevar algo comprado sabiendo que los demás estaban metidos en la cocina haciendo tortas y empanadas. Además, no hay nada como las elaboraciones culinarias propias para demostrar amor. Le di muchas largas al asunto, pero finalmente hice galletas de chocolate con paçoca triturada justo antes de salir al Parque Nacional.

Lo que se vivió en la tarde de ayer (hermosa y soleada, además) fue importantísimo. Fue una gran unidad de seres humanos en coexistencia, contentos, sin miedo alguno al rechazo. Si algo positivo se puede sacar de esta semana tan terrible, es que nos forzó a todos los que nos oponemos al odio a dejar de andar por ahí desperdigados, distraídos y callados, convencidos de que vivimos en un momento para el que aún falta mucho. Nos obligó a salir y decir muy fuerte “esto no tiene que ser así”, y demostrar por qué.

Quiero que manifestaciones como esta se sigan repitiendo, y que sigamos unidos en el amor universal para enfrentar la oscuridad. Suena un poco como a los Ositos Cariñositos, pero miren todo lo que lograban ellos cuando se juntaban y emitían un rayo arcoíris.

Miss Belt

«Todas queremos ser talla S», dice una mujer en la televisión, muy feliz de volver al SXIX.

Intento descifrar la lógica de ese argumento mientras me sirvo arroz. La ropa viene en diferentes tallas y uno escoge la que le queda bien, o al menos eso creería yo. A veces una prenda no le queda bien a uno en ninguna talla y eso es normal. Frustrante, pero normal. Nadie le pregunta a uno qué talla es a no ser que lo esté ayudando a uno a comprar ropa. La talla de una prenda está en la marquilla al interior de dicha prenda, no en un letrero gigante para que todos lo vean, como ocurre muchas veces con la marca.

Ahora pasemos al asunto de cómo la faja solucionaría el problema de querer ser talla S. Por un lado, el tamaño de una prenda no se define exclusivamente por el grosor de la cintura. Hay gente como yo, por ejemplo, que si quisiera ser S tendría que serrarse los huesos y rebanarse el pecho. Por el otro, entre una marca y otra puede haber una importante diferencia de tamaños. Entonces, si uno realmente quiere ser talla S a como dé lugar, no es sino que compre toda su ropa en un sitio donde esa sea la talla que mejor le quede y ya.

En fin. No sé por qué alguien querría ponerse un corsé a estas horas de la vida, pero el mundo de las televentas no es exactamente el mejor sitio para ir a buscar sensatez.

Orlando 2016

Uno de mis mejores amigos (cuando lo conocía como una de mis mejores amigas) pasó mucho tiempo hablando de un novio que había tenido hasta que decidió confesarme que el novio era en realidad una novia, quien aún le esperaba en su país de origen. Me lo dijo porque nos íbamos a ir de viaje juntos y nos iba a tocar compartir una cama, y tenía miedo de que yo no fuera a ser capaz de dormir al lado de él por ese pequeño detalle. Otro de mis mejores amigos esperó a que yo me graduara de la universidad y me fuera de Japón para contarme que le gustaban los hombres. Tenía miedo de que yo no quisiera ser más su amiga por ese pequeño detalle. En su país de origen, la gente va a la cárcel por detalles como ese.

Temores como esos son lo de menos. También está el miedo a morir a manos de algún “justiciero divino”, “adalid de la moral” o lo que sea, “asqueado” por el “estilo de vida” que han “elegido” aquellos “degenerados”. Degenerados por enamorarse, por sentir atracción por alguien, por llevar a cabo los ritos de cortejo que todos conocemos pero no en la configuración preferida por… ¿quién?

Hay mucho de machismo en la homofobia. Una mujer a la que le gustan las mujeres es una “marimacha”, alguien que trata de ser hombre en vez de quedarse en su puesto (a no ser que se dé besos con otra mujer frente a un hombre con el fin de darle placer de este último). Un hombre al que le gustan los hombres es un “afeminado”, toda una afrenta a la institución de la hombría. Es en ese afán de preservar el patriarcado que surgen estas manifestaciones en contra de cualquiera que no se atenga a sus ridículas reglas.

Y así es como termina muriendo gente en una discoteca, porque qué asco dos tipos besándose. Porque van a corromper a nuestros hijos y les van a enseñar atrocidades como que no hay reglas para ser hombre o mujer o ninguno de los dos.

Déjalo pasar (aclaración)

El acto sexista del que hablé anoche es mucho más pequeño de lo que ustedes imaginarían. Fue un chiste. Un estúpido chiste sobre las mujeres. “Aaaah, noooo, pero eso no es nada”, dirán. Pero para mí, es bastante. Es bastante si uno se detiene a pensar en la cantidad de veces que tiene que tolerar en la vida estas cosas que “no son nada”. ¿Han oído los chistes en la radio? ¿Han llamado “nena” a alguien cobarde? ¿Han oído/hecho algún comentario sobre cómo lo mal que conduce alguien halla explicación en el hecho de que ese alguien es mujer? ¿Les cae mal una mujer y de una vez la van llamando “perra”? ¿Han cuestionado la vida sexual de una mujer especulando sobre su amplia o escasa experiencia en la materia? Pues de eso se trata. Todo esto —además de las cosas grandísimas y horripilantes que viven ocurriendo, las violaciones, los asesinatos, las golpizas— es lo que no quiero seguir dejando pasar.

Le he dicho a mi hermana que nosotras podemos seguir demostrando con nuestros actos lo fuertes que somos (y ella lo ha hecho con creces), pero eso por sí solo no va a detener las microagresiones. Ella tiene un modo de actuar más calculador y, tarde o temprano, responde de manera brillante. Yo me inclino más por el temprano, cosa que, obviamente, me trae problemas. Aunque en este momento estoy tan harta que no me importan los problemas.

Hago esta aclaración para que no piensen que a) en mi casa hay un caso de abuso intrafamiliar, o b) mi hermana es machista (el chiste estúpido fue una generalización sobre las mujeres que vino de otra persona a raíz de algo que hizo ella, algo que ni siquiera hizo mal). También lo aclaro para llamar la atención sobre las microagresiones que sufrimos todos los días y respecto de las cuales nos piden que tengamos buen humor y no armemos escándalos por bobadas. No son bobadas.

Déjalo pasar (o En serio ya no doy más con el sexismo)

Hoy me opuse fuertemente a un acto de sexismo en mi propia familia. Alguien me pidió que lo dejara pasar “para estar tranquila conmigo misma”. Otra persona dijo que ella “es fuerte y esas cosas le resbalan” y, palabras más, palabras menos, que mi defensa de ella la ofendía.

Desde entonces he estado muy triste y pensativa. ¿De verdad se puede vivir tranquila siendo mujer y “dejando pasar” ofensa tras ofensa? ¿Por qué la mejor opción es “volverme fuerte” y hacer que “me resbalen” hechos que no deberían ocurrir en absoluto? ¿Por qué mi silencio sería un acto de fortaleza? ¿En qué contribuye a mi paz interior permitir que continúe esta hostilidad tan corrosiva?

Las mujeres somos tema de chiste todo el tiempo. Nuestro género es la razón de cualquier cosa que nos salga mal. Nos enseñan a vivir para agradar. Tiene que llegar un punto en donde uno ya no aguante más. Yo, por lo menos, he alcanzado el mío. No concibo la fortaleza ni la tranquilidad en estas condiciones.

No me importa si me acusan de aguarle la fiesta a la gente, si me miran con pesar, si me dicen —como hoy— que “contigo siempre es así”. SÍ, SIEMPRE SERÁ ASÍ. Será así porque, si no hablo, el silencio dirá por mí que lo que hacen en nuestra contra es normal, que lo acepto, que todas lo aceptamos. Y todas sabemos que eso no es verdad.

Reflexiones inconclusas en Copacabana

En la anterior entrega de este diario de viaje, dejamos a mis amigas en un bar de samba mientras yo dormía. Pues bien, ellas volvieron a la casa a las 3 o 4 de la mañana con historias de encuentros surreales con chicos hermosos y cuentas pagadas por desconocidos. Y muchas caipirinhas. Todo eso me hizo pensar en mi condición actual de no-del-todo-soltera, cosa que no lamento pero que tal vez habría interferido con la experiencia de anoche si hubiera ido. Debo confesar que pienso mucho en Cavorite. Sería bonito cantar juntos La Bossa Nostra bajo el sol de Copacabana (preferiblemente sin quemarnos).

Almorzamos bolinhos de bacalhau, frango à passarinho y yuca frita en un puesto junto a la playa en Copacabana. Luego nos echamos a descansar frente al mar. El sol ya no brillaba tanto, pero de todas formas me cubrí generosamente con diversos productos bloqueadores recién comprados en una droguería frente a la entrada del metro. Hasta chapstick especial llevé, porque esta mañana los labios se me estaban descascarando cual papel de colgadura viejo. Al final de la tarde paramos por una tienda de jugos y probé uno de cacao. No sabía a chocolate.

En la playa estuve pensando acerca de una cuenta de Instagram que había visto la otra vez, cuya dueña era muy delgada y salía en bikini y todos la alababan. Para una persona blandita como yo, vencer el temor de exponerse en la playa en bikini es relativamente fácil. Al fin y al cabo, a la playa va todo tipo de cuerpos y a nadie le importa. Sin embargo, creo que esa liberación aún no llega a traducirse en las fotos. ¿Cómo sería si la del bikini en Instagram fuera alguien como yo, con pliegues en la panza? Seguramente pocos comentarían directamente, pero haría las delicias de grandes y chicos con mi cuerpo feo, o algo así. (A veces pienso que es más fácil ser una voz del feminismo cuando se es convencionalmente atractivo. A Gloria Steinem le funcionó y ella misma lo acepta. Es una paradoja tremenda.) Se me acaba de ocurrir que al no publicar fotos con mi panza blandita estoy ayudando a perpetuar la idea de que solo las ultraflacas/megaatléticas tienen derecho a salir en fotos en bikini. Tengo que ponerme a hacer harto ejercicio y decirle no al bolinho de bacalhau para ganarme el derecho de… ¿ser un objeto? Esto está difícil y yo tengo que madrugar mañana. Le voy a echar cabeza.

Empiezo a pensar que no sería mala idea seguir estudiando rudimentos del portugués aún después de regresar a Bogotá. Lo poco que entiendo ha sido útil. Además, tengo la impresión de que algún día volveré a este país.

Celulitis

El otro día me compré por Internet un pantalón para hacer ejercicio. Mi trabajo me exige quedarme sentada todo el santo día, así que me toca hacer como los hámsters y correr en una ruedita para no anquilosarme. El pantalón llegó por correo poco tiempo después. Era tan bonito como en la foto. Me lo medí y me miré al espejo. Hm. Mi trasero se veía como si en algunas partes le hubieran sacado cucharaditas. Probablemente debía devolver la prenda y comprar algo más acorde con mi realidad.

Sin embargo, el pantalón me gustaba mucho y yo me sentía particularmente terca respecto de mi compra; el problema era simplemente el cuerpo que lo rellenaba. Pero tal vez eso se podía arreglar. Con un poco de disciplina, posiblemente. Busqué en Internet remedios y ejercicios para eliminar esos huecos. Cepillarse la piel, pagar por unos masajes agresivos, echarse no sé qué cremas, comer tal cosa y beber tal otra, levantar pesas. A medida que avanzaba en mi investigación, la esperanza de hallar una cura se fue reduciendo. Vi fotos de muchas celebridades en bikini. Flacas, no tan flacas, musculosas. Todas con celulitis. Y si esta gente tiene todo el dinero del mundo para arreglarse lo que sea y el problema sigue ahí, pues debe ser que realmente no tiene solución. Recordé incluso un episodio de Dr. 90210 donde una actriz porno adicta a las cirugías plásticas se mandaba operar un hoyuelito que le salía en la parte trasera de su muslo y doctor le hacía una costura especial bajo la piel. Al final salía una toma de la actriz satisfecha con el resultado, alejándose en shorts por un terreno rocoso. El hoyuelito seguía ahí.

Más del 90% de las mujeres tenemos celulitis. Entonces, ¿por qué debo sentirme mal? ¿Por qué debo esclavizarme en la búsqueda de una solución que no existe para un problema que no lo es? ¿Por qué debería esconderme como si fuera un monstruo? A este paso, todas las mujeres tendrían que taparse y sentirse avergonzadas. Y claro, muchas lo hacen. No es noticia que la industria de la belleza vive de vender lo normal como error de la naturaleza (¡o error de uno mismo al negarse a usar los productos redentores!). Las revistas de chismes hablan de “los peores cuerpos para la playa” y escrutan hasta el último centímetro de mujeres que se están dando el lujo de pasar tiempo en un buen balneario. Como si uno tuviera que ganarse ese derecho. Los medios andan diciéndonos que aún en pleno descanso tenemos que hacer lo posible por no dañarles el paisaje a los demás vacacionistas con nuestras abominables masas gelatinosas. Las mujeres debemos sacrificarnos por el bien de las miradas que nos acechan. El premio de quienes sufren es atraer más miradas.

Pero bah, yo digo que al diablo con todo eso. Yo lo que quiero es hacer ejercicio con ropa chévere y estoy en todo mi derecho porque sí. Abandoné la búsqueda y las preocupaciones y me quedé con el pantalón. Es cómodo y me gusta como se ve: no hay nada más acorde con mi realidad que eso.

Nunca es suficiente

Ayer mi mamá y yo nos pusimos a ver un concurso de compradoras de ropa en televisión. Antes de que empezara el programa, alcanzamos a ver los últimos minutos de otro, el cual mostraba la transformación de una madre y su hija (nueva ropa, nuevo corte de pelo, adición de maquillaje). La hija era apenas una adolescente, su cara seguía siendo de niñita, pero todos sabemos que una mujer nunca es demasiado joven para requerir mejoras.

Mientras la familia y amigos de la niña la vitoreaban por el nuevo look, la cámara se detuvo brevemente en su novio, quien aprobó el cambio. El chico se veía realmente mal con su bozo obstinado y melena fallida (una especie de casco de pelo inflado), pero era claro que a él nunca se le pediría modificar nada de su apariencia. Como hombre que era, tenía derecho a ser él mismo tal cual, mientras que ella había tenido que pasar por la picota pública por no ser su mejor versión posible.

Después del concurso de compradoras de ropa —nada que comentar al respecto— empezó otro programa, esta vez sobre una mujer que se ponía ropa demasiado holgada porque le acomplejaba su cuerpo después de una temporada de sobrepeso posparto y ahora a su esposo se le había conferido el poder de destruir todas las prendas de ella que le desagradaran para luego escoger lo que preferiría verle puesto. “Esta es la mujer de la que me enamoré”, se lamentaba el esposo frente a una foto de la señora vestida de gala para un evento cuando aún no tenía hijos. Una vez más, lo cautivante no era la mujer en sí, sino su mejor versión posible, y a eso aspiraba él a devolverla mediante la humillación de pasarle la ropa por una trituradora.

La vida de la mujer se va en estar parada frente al jurado de la gente que la rodea y esperar su aprobación, aguardar por sus notas de edición, sus sugerencias de retoques. Se va en saber que, tenga las cualidades que tenga, nunca es suficiente. Podrá ser una gran persona, pero nadie quiere una persona sino una mujer, algo que más que un género es una especie de quimera. No se trata de ser más bella porque incluso a la más bella también habrá algo que achacarle. Algo hay que cambiar. Se requiere más esfuerzo. La mujer debe aspirar a ser la mejor versión posible de sí misma, pero como la zanahoria atada a la caña sobre la espalda del burro, esta versión es inalcanzable. El jurado se va insatisfecho.

Back in San Francisco, Day 1: Castro

La última vez que vine a San Francisco, hace nueve años y medio, empecé a hacer un diario de viaje muy detallado que no terminé. De hecho, solo escribí el día 1. Es más, ni siquiera era tan detallado, sino que se deshacía en florituras y me cansé de intentar describir de manera fantástica el que había sido, hasta entonces, el mejor viaje de mi vida. O me pudo la desidia, yo qué sé. En fin. Esta semana San Francisco me volvió a llamar por casualidad, más bien de afán, y yo decidí que esta vez sí haría un diario de viaje completo. Entonces empecemos.

Nuestro primer destino en la ciudad fue Castro. Con Castro yo tenía una deuda enorme porque en mi anterior visita mi compañero de viaje y yo éramos unos ignorantes totales de esos que se juran muy ‘normales’ y esa otra gente huyuyuy. Uno ni siquiera sabe qué piensa de verdad al respecto porque no sabe nada pero igual huy, mire a ese señor con falda y a esas barbies con dildos, huy. En esa época yo creía además que era frígida, así que estamos hablando de un total desconocimiento de la sexualidad humana. Cuando haya máquinas reproductoras de la realidad de otros tiempos procuraré que la gente no me vea ahí.

Pero bueno, afortunadamente en nueve años pasan muchas cosas, como que uno cuestione su lugar en la escala de Kinsey (y se muera de miedo), le dedique un buen rato a los estudios de género y haga amigos entrañables que resulten saliendo de toda clase de clósets. Entonces, otra vez, Castro.

Es muy emocionante salir del metro al Harvey Milk Plaza y ver no solo el GLBT History Museum sino cada vitrina de aquellas calles como testimonio de victoria en una lucha que aún se halla muy lejos de su fin. Vimos pasar hombres mayores por ahí, los vimos sentados en los cafés y los bares, y nos preguntamos qué historias tendrían para contar. Me dio tristeza pensar que en Bogotá me toca escoger entre callar este tema o arriesgarme a recibir comentarios horribles de la gente ‘normal’, tan facultada como está para decidir quién merece dignidad y quién no. Y encima están los malditos chistes de la radio, la radio esa que suena en todos los taxis y todos los buses y que le dice a la gente que está bien burlarse de las mujeres y de los hombres que parecen mujeres porque les gustan otros hombres. No puedo creer —pensé mientras caminaba por ahí— que haya tantas personas dispuestas a arruinarles la vida a otras por quererse o por intentar cuadrar lo que sienten con lo que ven en el espejo. Es culpa de la maldita ignorancia y la necesidad de ser ‘normal’ a toda costa. Lo sé por todo el tiempo que pasé tratando de negar que a mí me gustaban también las mujeres.

Nos fuimos alejando hacia Dolores Park. Pensé en mis amigos, en los puntos del planeta donde no han podido estar tranquilos por ser como son. Quise escribirles a todos y decirles que hubiera deseado estar con ellos aquí en Castro.

No es el peso sino el género

Ya todos conocemos el revuelo que causó la columna de Alejandra Azcárate en Aló. Yo procuré abstenerme de hablar al respecto; al fin y al cabo es una enorme estupidez. Sin embargo, el artículo no dejó de parecerme revelador. Es claro que ataca a las mujeres gordas, pero yo creo que su opinión no habla tanto de la obesidad como de la condición femenina en una era supuestamente postfeminista.

Estamos en pleno XXI, pero una mujer todavía sale a atacar a otras porque no se rigen por los estándares impuestos de un cuerpo en conflicto. A la luz de la columna, en esta época todavía se habla de mujeres virtuosas que no ocupan espacio, son invisibles y no disfrutan de los placeres terrenos. Nos referimos a la histeria como cosa del pasado, a la ablación de clítoris como práctica de bárbaros, y sin embargo sale alguien a criticar a las mujeres que gozan del sexo sin inhibiciones. Condenamos el uso de la burqa y al mismo tiempo nos dicen que nuestros cuerpos no son dignos de ser vistos en la playa. Esto no se limita a un grupo poblacional por encima de cierto índice de masa corporal; es impensable que una mujer, sea como fuere su figura, no se resigne a los sacrificios cuasirreligiosos que implican el pertenecer a su género. Hay que castigarse por caer en el descontrol de comer, hay que adelgazar hasta desaparecer. Hay que corregir los errores de la naturaleza y entregarle el cuerpo a los cirujanos para que lo purifiquen en el altar del quirófano como ofrenda a la diosa Belleza. Azcárate nos repite a todos —se repite a sí misma— que es mejor ser flaca que gorda, pero al mismo tiempo reconoce en su texto que todo eso que la hace virtuosa es “una lucha sin sentido”. La feminidad a la que ella se ha sometido y que nos intenta imponer a toda costa es un esfuerzo tan incansable como inútil.

La comunidad ha salido lanza en ristre contra esta columna y su autora. Sin embargo, los mismos pecados de los que se le acusa son involuntariamente cometidos por sus detractoras: descalificarla por su físico y justificarse con la propia deseabilidad. Decir que Azcárate tiene cara de caballo o que alguna vez fue gorda no es un argumento válido, de hecho ni siquiera nos dice por qué es ofensiva la columna. Asimismo, cada mujer que ha sentado su voz de protesta contra el artículo ha señalado que la gordura no ha sido un impedimento para tener parejas sexuales. Azcárate menciona el temor de la mujer gorda de que cada relación sexual sea la última de su vida, como si de ello dependiera su credibilidad como miembro del género femenino. Las lectoras se defienden y sacan a relucir sus credenciales de mujeres deseables, contando cómo a ellas sí se las quieren comer. ¿Esos son los parámetros con los que establecemos nuestra feminidad? Pasan las décadas y seguimos midiéndonos con la vara de la mirada masculina.

A mí no me vengan a decir que alcanzamos la igualdad hace mucho tiempo y que este es solo un chiste de autocrítica en la ‘jocosa’ guerra de los sexos que tanto explota la autora de la columna. Azcárate se engañó a sí misma creyendo que escribía en contra de la gordura: en realidad nos puso a todas en un espejo tristísimo y nos demostró que el verdadero problema no es el peso sino el género.