Monthly Archive for May, 2006

The Ng Wai Tou Social Club

Gente esperando su turno para pasar la calle.

El apellido más raro que he escuchado en mi vida no es necesariamente el más largo, ni el más escatológico. Es una sola sílaba. En español ni siquiera es sílaba, pero en japonés sí. El apellido al que me refiero es Ng.

Sí, Ng.

Se pronuncia Hm (como pensándolo) y pertenece a Wai Tou, mi compañero del lado derecho en el salón. Wai Tou es chino, de Macao, pero cada vez que se le intenta achacar algún estereotipo de China él calmadamente explica que en Macao eso (comer animales raros, la ley del hijo único) no aplica para Macao. “Macau is special”, dice para rematar.

El cuarto de Wai Tou es frecuentado por personas que a) le hacen la charla, b) quisieran hacer uso de su computador, o c) todas las anteriores. Por eso lo llamé The Ng Wai Tou Social Club. Es tan obvio que siempre habrá visita que hace poco compró una silla extra.

La primera vez que acudí a las casuales reuniones vespertinas que allí se celebran fue el día que supe que se había lastimado una pierna montando bicicleta. Lo escuché de labios de Kaneko Sensei, mi profesora principal, cuando estaba en consulta en su oficina. Cuando salí lo vi pasar al lado de un malayo delgado, muy callado, que estaba en mi clase pero con quien no había llegado a hablar sino hasta mucho después de iniciadas las clases. Wai Tou se dirigía al hospital y su escolta se quedó para contarme qué había sucedido. Me acompañó a pagar un recibo y a comprarle unas uvas pasas a Wai Tou, y nos despedimos. Cuando fui al cuarto donde me lo imaginaba solo y convaleciente, me encontré con la compañía del malayo callado y de Albert (quien me recuerda a Sean Paul y viene de las Islas Marshall). Hablamos bastante y me retiré, finalmente.

Wai Tou me dijo el primer día de clase que no entendía nada de lo que estaban explicando y a veces yo le ayudaba. Ahora es el único que hace chistes efectivos en japonés. Creo que habla mejor que yo. Gracias a él las clases dejan de ser aburridas de repente, aunque antes me la pasaba codeándolo para despertarlo. Por lo general los ejemplos sobre madre e hijo los hacen poniéndome a mí de mamá, con mi hijo Wai Tou Chan (sufijo que sólo funciona para niños pequeños y novios). Se diría que su inglés es malo, pero lo entiendo perfectamente y con él me la paso desternillada de risa.

Al malayo (a quien me da un poco de pena referirme como “malayo” porque si bien es de Malasia sus ancestros son chinos, y en inglés hay una clara diferencia entre “Malaysian” —persona de Malasia —y “Malay” —subdivisión a la que no pertenece ninguno de los becarios de aquel país —) recuerdo haberlo visto por primera vez cuando, recién llegada, fui a una entrevista con la coordinadora de los internacionales. Estábamos en un estrecho pasillo la chilena, el otro colombiano, el lituano, la de Laos, la de Sri Lanka, un mongol cuyo nombre no pude pronunciar y… los malayos. Eran tres, eran alegres, y se presentaron de tal manera que nunca olvidáramos sus nombres. Uno era Yeo (pronunciado como el “yo” del hip-hop —lo explicó con gestos y todo), el otro Shao Thing (que se pronuncia fácilmente al decir “shouting”) y el tercero, el flaco del peinado bonito, no dijo nada.

Luego resultó que estaba en mi clase y se llamaba Chee Siang (se pronuncia en inglés “Chee Shang”). No tengo idea de cómo terminó hablándome. Muchas veces no sé si de verdad quiere hablarme. Contario a Wai Tou, Chee Siang no musita palabra en clase y no bromear (“I don’t do funny”, dice). Cuando de repente le da por ser chistoso me parece que habla en serio y quedo callada. Este intercambio de mensajes erróneos generalmente desemboca en el silencio. Aún así, recuerda bien las cosas que he dicho y me lo hace saber a su peculiar modo.

El fin de semana pasado fuimos a Shibuya a ver gente cruzar la calle desde Starbucks. En realidad íbamos de compras a otro lado, pero estuvimos un buen tiempo absortos viendo hordas de sombrillas arremolinarse y acumularse en las esquinas. Conocerlos no me da ni media idea de cómo pueda ser la gente en Macao o en Malasia, así como yo soy un pésimo referente de Colombia. Pero eso es lo que menos importa. Lejos del intercambio intercultural, ellos son quienes son y juntos estamos menos solos.

Wai Tou, yo, Chee Siang


[ When Love and Hate Collide — Def Leppard ]

Martinadas (II)

(al encontrarlo con Arturo, el peruano, frente al salón de clase)

Martín: ¿Dónde estabas?
Yo: En el dormitorio. Se me había quedado el lápiz. Me tocó hacer el dictado con esfero.
Martín y Arturo: ¿¡Esfero!? ¿Así le llaman ustedes?
Arturo: Es un lapicero.
Martín: Es una birome.
Arturo y yo: ¿¿¿¡¡¡Birome!!!???
Arturo: ¿Y eso cómo se dice en cristiano?

Conversación inusitada

¿Imaginaste alguna vez en tu vida, Olavia Kite, que una tarde ambarina te sentarías a explicar a tu gusto la versión mítica de la historia de las religiones occidentales y tus interlocutores te escucharían la perorata de cabo a rabo? ¿Imaginaste que algún día tendrías que resumirle a alguien Jesus Christ Superstar?

¿Pasó por tu cabeza que de repente tú, en este lado, te convertirías en la del otro lado y que todo lo que para ti es absolutamente normal, perfectamente comprendido (Navidad, Halloween, Drácula, el Hombre Lobo, los bailes de salón) sería un tema de conversación cargado de tal curiosidad como cuando tú le preguntabas a aquél a quien tanto admirabas cómo se servía el té en su casa?

No te lo imaginabas, ¿verdad?

Y ahora lo saboreas como aquella chocolatina de cassis que te comes de a poquitos entre clase y clase.

Martinadas (I)

(En un ascensor, camino a ver Tonari no Totoro en el auditorio del centro de japonés.)

Yo: —Lástima que no haya maíz pira para ver la película.
Martín: —¿Eh?
Yo: —Crispetas, rosetas, palomitas de maíz…
Martín:¡Ah! ¡Pochoclos!

Sin comentarios.

Para j.


Con aprecio y aburrimiento —ese pobre panda necesita un buen libro —desde el zoológico de Ueno, Tokyo.

Martín


Él es Wai Tou. Viene de Macao y es una de las personas que mejor me caen en el JLC (Japanese Language Center). Sin embargo, no voy a hablar de él en esta ocasión.


Él es Martín. Martín viene de Argentina. Es porteño (“y de los peores”, dice). Nos conocimos en el aeropuerto, mientras esperábamos el taxi. Va a estudiar Física y gracias a él tengo la cámara con la que les tomé esta foto el día de hoy. A ambos nos gusta la fotografía de aficionado, y a veces hablamos sobre paisajes y cosas a las que ha valido la pena tomarles foto.

Me gusta mirar a Martín durante la clase porque hace caras. Si se da cuenta de que lo estoy mirando, me hace cierta cara. Si Arturo (el peruano) sale con una de sus famosas respuestas de duermevela, hace otra cara. Cuando le preguntan algo y sale con una frase improvisada, hace otra cara.

Sin embargo, las caras no son lo más divertido de Martín. Lo mejor de todo es hablar con él, obviamente en español, y caer en un punto en el que no nos entendemos. Por ejemplo, aclarar que si uno mete un dedo en el detergente no se le va a derretir. Es en el blanqueador. No, en el detergente. No, el detergente es para lavar la ropa. No hay acuerdo.

Creo que yo también le hago gracia a él, con mis diminutivos hasta en los verbos. Si digo que la piña está dulcecita, se ríe. Si digo que me gusta la ahuyama, se ríe. Claro, él con su ananá y su zapallo…

El otro día Arturo le preguntó por qué en Argentina no pronunciaban la y como los demás, si no había ninguna instancia en la que lo hicieran. Ante la negativa de Martín, Arturo confesó que pensaba que ellos pronunciaban así simplemente porque querían.

Sería muy chistoso si así fuera… una iniciativa nacional para sonar más interesantes. Y si así fuera, ¿qué?

Que sigan hablando, que a mí ese acento me encanta.

Lo seguiré intentando

Hoy a Himura no le salían los mensajes en MSN. Le dije que no se fuera todavía, que a mí ya me había pasado, y como entonces él me estaba hablando a través de su nick, escribió “Lo seguiré intentando”.

Ahora que su MSN se arregló y podemos hablar normalmente, olvidó borrar esa frase, que ahora parece una consigna para la vida.

De palanganas acuosas

Siempre lo he sostenido: la culpa no era de Cortázar sino de los cortazarianos. Hola, me gusta Cortázar y estoy segura de que yo soy la Maga. Y yo también. Y yo, y yo. ¿Vos también sos de tiza? Yo soy cronopio y tú eres fama y el que viene contigo es esperanza. Etc. Como fotocopias cortadas en pedacitos. Yo, la verdad, no tenía ni idea de quién o qué rayos era Cortázar, ya que el nombre no se apareció en mi vida ni por un instante hasta cuando entré a la carrera de Literatura. Entonces me dio un escalofrío y me llené de terror: algo sabían los demás que yo no. Corrí a la BLAA y saqué una edición grande y elegante de Rayuela, a ver si me iluminaba y podía llegar a graduarme con los demás.

El libro no duró mucho en mis manos. Aunque ávida y muy concentrada leía en Transmilenio (cosa a la que no estoy habituada), no pasé de cierta página y mandé el libro a la porra con todas mis fuerzas. Al diablo el glíglico. Partida de busca-actitudes. Seguro que la culpa no era de Cortázar, porque luego leí varios cuentos y me gustaron; la culpa era de la incidencia ponzoñosa de la Maga en las vidas de tantas mujeres ávidas de una Meg Ryan bohemia. Claro, yo también repito películas de Meg Ryan y me pregunto automáticamente por qué no aparece Tom Hanks con Brinkley para decirle que esperaba tanto que fuera él, y luego caigo en cuenta de que (afortunadísimamente) en este momento de mi vida no requiero de ello.

Tal vez no debí haberme rendido ni haber lanzado el libro hacia el cercano horizonte como una pelota de béisbol —siempre me imagino haciendo eso pese a que lo devolví a la biblioteca en buen estado —, porque a lo largo de los dos años y medio que duré tomando clases sobre la otredad, el cronotopos, el imaginario, las realidades paralelas que se generan a partir de y la voz poética, me sentí como sentada en una silla incómoda. Estaba ahí, podía perfectamente permanecer ahí, pero el cóccix me dolía una barbaridad. Tan es así que de mi existencia en aquel Departamento de Literatura jamás se supo. ¿Quién soy yo? Una sombra, o mejor, la leyenda de una amiga de una estudiante que fue vilmente forzada por sus padres a estudiar la increíblemente lucrativa carrera de Literatura. Nunca tuve la actitud, creo yo. Tal vez si hubiera leído el libro de antemano —y de paso me hubiera enamorado de antemano, como todos los demás — habría sabido qué rumbo tomar, qué exótica ropa ponerme, qué autores leer, de qué temas hablar y qué rumbos bogotanos recorrer. No obstante, no lo hice, y al no hacerlo quedé absolutamente perdida, eliminando (sin saberlo) toda posibilidad de alcanzar la meta colectiva de la graduación, meta que ya se me iba antojando borrosa y sin sentido.

El resultado directo de mis ojos desorbitados es la compresión de dos días en once horas seguidas de luz, no pregunten cómo.

El otro día, saliendo de los computadores del cuarto piso, encontré la sección de libros en mi lengua materna. Es extraño ver de repente toda una serie de estantes en la lengua que uno puede leer de corrido después de pasársela ignorando el esfuerzo que representa traducir dibujitos a palabras aún no muy claras. Uno de ellos, uno bien gordo y blanco, me hizo ojitos. Me dijo “léeme, ya es hora”. Yo titubeé. Titubeé durante días enteros, hasta que el lunes me decidí a aceptar la invitación del libro.

Ayer lo terminé, y estoy releyendo algunos fragmentos antes de devolverlo. Me encantó, ahora que no tengo nada con qué asociarlo*. Pero no, no me considero otra versión viviente de la Maga; no, no me derretí de amor sobre el capítulo 7, y no, no me llama la atención la vida paupérrimamente artística (¿o artísticamente paupérrima?) en París.

Argentina me encanta, pero es por otras razones.

*Miento. Durante un cuarto de libro uno jura que está leyendo una crónica sobre reuniones meranistas.

Mendigando música

Yo me pregunto por qué a la mongola de al lado se le dio por ensañarse con el hip-hop a todo volumen durante tantas noches cuando podía haber puesto ese pop mongol tan bonito que ayer en la tarde me sacó de mis cavilaciones y que lastimosamente no se podía oír tan bien por el viento y la gente de afuera.

Y=

El fuerte olor que acompaña a algunos estudiantes asiáticos no es del todo desafortunado. No es más sino cambiar una variable para que se arregle el problema. Las palabras “estudiantes asiáticos” las cambiamos por “platos de comida” y listo. Delicioso.