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Desayuno en Oakland

Ayer me levanté temprano y me fui a Oakland a encontrarme con una amiga que conocí en un curso de interpretación de conferencias hace poco más de un mes. Nos habíamos puesto cita para desayunar en un restaurante que le habían recomendado. A juzgar por el nombre del sitio (incluía la palabra “grill”), lo más probable era que la porción fuera a ser bastante más generosa de lo que suelo poner frente a mí en la mesa. Pero bueno, no le iba a hacer el feo a la invitación.

Pedí unos huevos benedictinos con pasteles de cangrejo y papas. Como era de esperarse, me sirvieron en una pieza de vajilla que sería más correcto denominar como bandeja. Alcancé a comerme un huevo y un pastel cuando de repente me empecé a sentir como si hubiera desayunado, almorzado y cenado al mismo tiempo y el paso de un solo bocado más por mi garganta fuera físicamente imposible. Yo miraba mi plato, desconcertada: estaba casi intacto. Pedí una caja para las sobras y nos fuimos.

Mi amiga y yo dimos una vuelta por el puerto. Nos tomamos fotos con la estatua de Jack London, vimos su cabaña (que en realidad es media cabaña y el resto réplica porque la otra media cabaña está en Canadá, también completada con pedazos de réplica) y nos cruzamos con un tipo con pinta de eterno viajero que decía good morning y otra vez good morning y luego con rabia good morning de nuevo. (Yo había contestado hi, pero al parecer esa no era la respuesta correcta. En fin, huimos.) También nos topamos con un grupo grande de gansos descansando al lado de una banca.

A medida que avanzábamos, mi llenura se fue convirtiendo en dolor y angustia. Necesitaba un baño. Hice todo lo posible por sostener la conversación como si nada, pero las palabras se fueron extinguiendo hasta que quedaron apenas granitos de ideas esparcidos entre risitas cortas.

Llegamos al centro y se hizo el milagro de encontrar la estación del Bart (el tren de cercanías de la bahía de San Francisco) sin mucho esfuerzo. Hora de despedirnos. El brillo de los edificios que se levantaban alrededor me hizo dar muchas ganas de quedarme explorando en vez de irme. Sin embargo, tuve que descartar esa idea en el acto.

El trayecto en tren fue más breve de lo que esperaba. Por contraste, la caminata hasta la casa fue un suplicio en cámara lenta. ¿Por qué las cuadras en Estados Unidos tenían que ser tan largas? ¿Por qué de repente estaba haciendo tanto calor? ¿Por qué tenía que ser tan inoportunamente mañosa la llave del apartamento?

No tuve tiempo de explicarle mayor cosa a Doña Stella, la mamá de Cavorite, cuando el cerrojo finalmente cedió y dejé mis cosas tiradas en el pasillo. Ella, generosa y dulce como siempre, me hizo un caldo.

La caja de sobras sigue en la nevera. No me atrevo a tocarla.

Kill Your (Culinary) Idols

Durante el primer fin de semana de mi más reciente estancia en San Francisco, Cavorite y yo organizamos un paseo a San José para conocer un supermercado japonés, Mitsuwa. Invitamos a Naoki, compañero japonés de la maestría de Cavorite en Pittsburgh, y ahora amigo de los dos.

Mitsuwa tiene sedes en California, Nueva Jersey e Illinois. La de Illinois la conocía yo porque Minori me llevaba allá cuando vivíamos en una esquina de Iowa. Inevitablemente, en algún momento terminé hablando de él. Mientras esperábamos por nuestro almuerzo en un restaurante les conté que lo único que extrañaba de él era su cocina, y que antes de que a Cavorite lo agarrara la fiebre culinaria yo anhelaba estar nuevamente con alguien que cocinara. Minori —corre un video imaginario ambientado en una casa rural japonesa de luz tenue— se la pasaba en la cocina con su mamá desde que era chiquito, y empezó a cocinar a los diez años. A veces me mostraba su libro de recetas, del cual yo no entendía ni un ápice. Naoki preguntó qué preparaba. (Aquí la cinta se corta abruptamente.) Yo solo recordaba el korokke (croquetas de papa), el karē raisu (arroz con curry) y el kurīmu shichū (estofado cremoso).

—Pero el karē y el shichū son cocina básica, ¿no?— dijo Naoki.

Palidecí ante la revelación. Yo misma puedo hacer karē y shichū sin problemas. El último rezago de admiración que me quedaba por mi primer novio serio se acababa de esfumar.

—Aunque el korokke es complicado—, fue el consuelo que me ofreció al verme así.

Tantas canciones y películas dedicadas a exaltar las virtudes del primer amor, a añorarlo profundamente, y resulta que todo es una colección de recuerdos distorsionados de una mente inmadura. Afortunadamente no hubo mucho tiempo para reflexionar al respecto porque llegaron nuestros platos —chirashi para ellos, unadon para mí— y pasamos a asuntos mucho más importantes.