Monthly Archive for November, 2007

NaCl

Después de pasar un par de horas mirando libros en el Maruzen de Nihonbashi, Azuma y yo nos fuimos a Shinjuku y tomamos el bus que nos llevaría a Kobe a las once de la noche. El vehículo, uno de tantos que cubren las rutas nocturnas en las que a uno lo obligan a dormir* (apagan las luces y piden silencio tan pronto arrancan), se detuvo a eso de la una de la mañana en una de esas estaciones de carretera donde hay baños por montones y venden comida y souvenirs. Nada digno de ser comprado, salvo un pececito rojo de peluche que Azuma TE-NÍ-A que llevarse.

Cerca de la salida de la tienda nos encontramos una pequeña estantería donde se exhibía una gran roca rosada rodeada de muchos guijarros rosados, blancos y negros desperdigados, además de frascos y más frascos llenos de estas raras piedrecillas. “Sal de Ankara”, “Sal de Pakistán”, “Sal del Antártico”, decían sus respectivas etiquetas.

Sin ningún tipo de aprehensión, probé una piedra rosa.

Sal.

Sal.

Lástima. Era tan bonita.

Suponiendo que las negras tendrían el mismo decepcionante efecto, tomé una y me la llevé a la boca.

Sal.

Azufre.

El sabor se expandió desde mi lengua hasta obligarme a intentar eructar algo que jamás había tocado mi estómago. Fue como si el sabor a huevo cocinado hubiera provocado la generación de una serie infinita de huevos invisibles que tarde o temprano dejaban de caber en mi boca y debían ser liberados.

Ahora tengo la desagradable sensación de haberme comido un gas intestinal.

[ No More “I Love You’s” — Annie Lennox** ]

*Y sí, dormí, pero los sueños que alcancé a tener estaban relacionados con el dolor*** y entumecimiento de mis piernas que estaba sufriendo al tenerlas estrujadas contra el puesto de enfrente a falta de espacio. Cosas de los buses japoneses.
**Idea para un posible grupo de Facebook: “Yo también creí que Annie Lennox era un travesti”. Por favor, hagan caso omiso de esta idea. De millones de grupos que existen en Facebook, sólo unos pocos representan un esfuerzo válido.
***Y ahora el dolor es de garganta, pues durante el trayecto Tsukuba-Tokio-Kobe perdí la voz por completo.

Un cœur de glace

La noche del 2 de julio Minori Honda llegó a mi dormitorio con una maleta y la firme intención de derretir mi corazón. Nos sentamos en la cama y, después de un largo intercambio de confesiones tardías y ya inútiles, logré reconocer la belleza de su mirada de almendra bajo dos trazos de tinta sumi. Sólo eso quedaba del Minori que había conocido y amado. Seguramente de mí —de la que fui cinco años atrás a orillas del Mississippi— quedaba mucho menos. ¿Cómo es posible que el encuentro con un viejo amor sólo sirva para sentir el mordiente frío de la indiferencia en las entrañas?

***

Las veintipico horas que acumulé volando rumbo a Bogotá el 3 de julio las pasé con una sensación seca y gélida al lado izquierdo de mi pecho. Había compartido mi cama con el fantasma que había rondado mi soledad de viuda imaginaria durante dos años y medio, pero el esperado reencuentro había tenido la misma pasión que tendría el de dos esferos dispuestos uno al lado del otro sobre un escritorio. ¡Qué inconstante se sentía el amor! Nada podría deshacer las agujas de cristal que me atravesaban y que horas atrás habían reventado las intenciones de mi antiguo consorte.

***

A las 9 o 10 u 11 de la noche de aquel día de caucho atravesé los viejos pasillos del aeropuerto El Dorado con una maleta a cada lado y repartí saludos para todos, menos para Himura. Cuando ya no hubo más remedio le di un beso en la mejilla y me desentendí nerviosamente de su presencia, aunque durante el trayecto en carro hacia mi casa le lancé furtivas miradas curiosas a su cabeza, con su pelo y barba recién adquiridos. Una vez apeados del vehículo, me paré frente a él en el antejardín de mi casa, bajo las estrellas y los cables. Lo observé detenidamente. Bajo mis pies corría el agua invisible que mi corazón reblandecido ya no podía retener. Entonces lo abracé.

[ Horse Tears — Goldfrapp ]

Walking After You

Yo no elegí esto. Yo no me fui a vivir catorce horas en el futuro para poner a prueba mi umbral del dolor y de paso el tuyo. Nadie quisiera estar en nuestro lugar—ni siquiera nosotros—y bien lo sabes. ¿Acaso existe el primer idiota que haya tomado conscientemente la decisión de convertir su vida en una sucesión de días deslavados, uniformes e indiscernibles como las cuentas de un viejo rosario pendiente de un mantra de esperanza? ¿No estaban nuestras vidas arregladas de antemano como para venir a deshilacharlas de esta manera?

La solución más sensata a esta masoquista paradoja del espacio-tiempo sería romper los lazos que la generan y concentrarnos en proyectos más factibles. La proximidad, por ejemplo, que es un principio razonable de las relaciones sentimentales en estas épocas tan poco poéticas. Pero no hemos de olvidar que ésta no es una situación de la cual podría liberarme simplemente diciendo “pudo más la distancia” y así partir en busca de una historia más local, más fácil de relacionar con caminatas vespertinas y desayunos en una sartén y dos platos. El deseo ferviente de poder decirle a mi compañera de clase que el hombre que acababa de llegar venía conmigo aquella mañana de sábado no fue algo susceptible de ser aceptado o rechazado con antelación.

Decir que me cansé de esperar no supone una anestésica derrota sino el incalmable dolor que implica esta impotencia de quererte a ti, aquí y ahora, sin más aliciente que tu voz y tu rostro sonriente en diferido. Mi necesidad de hablar contigo cada vez que nuestros diametrales horarios lo permiten no obedece a un impulso egoísta de la soledad irredimible. Es cierto que no hay nadie más, pero no es el “no hay nadie más” de hombros encogidos en una plaza desierta: es la conclusión a la que he llegado tras escrutar entre todas las voces y todos los rostros y comprender que la más cosmopolita de las ciudades es un grotesco amasijo de concreto, vidrio y acero si no vienes para ayudarme a darle forma.

[ Long, Long, Long — The Beatles ]

Happy Face Photo

Me muero por escribir pero me estoy cayendo del sueño. Si me voy a dormir ahora, podré desactivar las alarmas y desconectarme del mundo por horas y horas después de esta semana interminable. Si me voy a dormir ahora, mañana podré comer arroz con curry y queso parmesano. Tal vez sueñe con Himura, como ha venido ocurriendo en estas últimas noches.

Hoy estaba lloviendo pero las alfombra de hojas secas era de un anaranjado tan vivo, un anaranjado con café que se veía tan bien bajo ese cielo gris, que no me importó mojarme mientras regresaba al cuarto en la bicicleta. No me explico de dónde salen estas combinaciones de colores tan espeluznantes sin ayuda de Photoshop.

Tiendo a pensar que Photoshop está distorsionando nuestra percepción de la realidad. Lo que conocemos por intermedio de fotos se torna decepcionante cuando lo enfrentamos finalmente. A la hora de la verdad, el azul de ese cielo no era tan fuerte, esas flores no eran tan amarillas y esa piel no era tan tersa. En mi escritorio reposa una foto de mi rostro sonriente que me tomó hace un mes un estudiante de arte para su tesis, que tiene algo que ver con la reacción del ser humano ante las cámaras, qué se siente cuando se tiene que sonreír ante la cámara. Mis futuras patas de gallo, mis hoyuelos y un grano seco sobre la boca son perfectamente visibles alrededor de una sonrisa que pareciera esforzarse por mostrar hasta el último molar. Al principio insatisfecha con lo que parece una mueca exagerada, pienso en los arreglos a los que se vería sometido el retrato si éste fuera a salir a la luz pública. Las arrugas de los ojos, el grano y los hoyuelos tendrían que irse. El indeciso tono amarillento de la piel sería reemplazado por determinación en blanco o canela. Habría que reducir las mejillas para no dar esa impresión de redondez que deja la buena alimentación de Tsukuba. Un editor más audaz tomaría medidas contra las cejas pobladas y la nariz bulbosa.

Si todo ello se llevara a cabo, podría acostumbrarme a la nueva imagen y recurrir tarde o temprano al quirófano para ajustar la realidad a los trucos. O podría exigir que todas mis fotos de aquí en adelante sean tomadas en el ángulo que es con la luz que él y no se las publique sin haberles hecho los ajustes pertinentes. Los que me conocieren en la vida real tras hacerse una bellísima falsa imagen basada en el producto final de la edición habrían de llevarse una sorpresa poco grata. Debe ser por eso que hay tanto interés en atrapar a las celebridades sin maquillaje y denunciar su humanidad como si fuera un crimen. Y es que eso es lo que soy, un ser humano.

Vuelvo a mirar el retrato, con sus labios de color irregular y sus poros imperfectos. No será comercialmente bello, pero es sincero. El fotógrafo hizo un trabajo realmente bueno en sacar mi regocijo de la nada y capturarlo. Esa sonrisa no es una pose y todo lo que allí se contiene se encuentra ahora mismo al otro lado del espejo. Reconocerme en ese conjunto de músculos contraídos y comprender finalmente que no hay nada en él que yo quisiera cambiar es realmente reconfortante.

[ Ey Sham — Ilanit ]