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Lima, día 4: Tragedia breve

Esta es la historia de dos amigos que deciden ir a un bar de Barranco para tomar pisco sour y comer algo después de un evento en la Feria del Libro. Llegan al sitio. Están contentos: el local es muy bonito y ella tenía muchas ganas de tomar el famoso coctel desde hacía rato. Se sientan. Conversan un rato. Ella se pone de pie y va al baño. Al regreso lo divisa a través de la multitud. Le sonríe de lejos. Él ya no está sonriendo. Le han robado el celular. Fin de la velada.

Lima, día 3: El hombre que no se hacía dramas

A principios de 2013 tomé un taller de cómic en Bogotá con un artista peruano. El artista, Jesús Cossio, volvió a Colombia en septiembre del mismo año para el Festival Entreviñetas. Me lo encontré en Medellín y empezamos a hablar. Nos reencontramos en Bogotá para la conclusión del festival y seguimos hablando. Fuimos a comer sushi y al Museo del Oro y al Museo Nacional. Meses después nos pusimos cita en Cartagena para entrevistar a Joe Sacco en el Hay Festival. Incluso hicimos un cómic juntos. En fin, lo apreciaba mucho. Pero un día nos dejamos de hablar —ya vamos viendo que “el peruano con el que dejé de hablar” es un tema recurrente en esta historia—.

En el ocaso de nuestra amistad, Jesús estaba empezando una tira sobre relaciones amorosas. Después me desentendí de él. Luego me enteré de que se había hecho muy famoso gracias a esa tira. Ahora, en la FIL, Jesús iba a tener el lanzamiento del libro de esa serie. Quise ir a ver y de paso a saludar a Manuel, que tenía un evento donde varios artistas iban a pintar unos cubos gigantes al aire libre.

El salón donde Jesús estaba presentando su libro estaba repleto. Había una señora haciendo alguna especie de análisis literario aburridísimo de la tira. Desde la puerta tomé un par de fotos. No sé si me vio. Lo dudo.

Salí a mirar los cubos un rato. Luego quise ir a saludar a Jesús mientras firmaba libros, así que volví a entrar al recinto, en busca del stand donde debía encontrarlo. Entonces encontré el final de una fila. Alguien sostenía una copia de su libro. Supuse que estaba cerca. Error. Seguí caminando a lo largo de la fila, que se extendía frente a stand tras stand. Finalmente llegué a una mesita donde un personaje firmaba libro tras libro y se tomaba foto tras foto con fans emocionadísimos. Me quedé ahí parada un rato, esperando un buen momento para decirle hola. Terminé saliendo en un video como parte de la multitud. No se ve mi cara pero sí mi joroba característica.

La conversación fue breve. Al fin y al cabo, había como ochocientos millones de personas esperando turno para pedirle un autógrafo. Vaya, el hombre lo había logrado. Qué bien.

En la noche fui a encontrarme con un viejo compañero de Gaidai que ahora vivía en Suecia y estaba de vacaciones en Perú. Me invitó al apartamento de su amigo, quien me dio a probar panetón con mantequilla artesanal de Cajamarca. Fue una revelación absoluta. Yo que siempre creí que el panetón era una cosa reseca horrible con fruta cristalizada, resultó que no estaba comiéndolo como debía ser. Así que ya saben: la próxima vez que los encarten con un panetón, combínenlo con la mejor mantequilla que conozcan y verán la diferencia.

Lima, día 2: Gracias a las intérpretes

Desperté en un lugar hermoso. El apartamento adonde había llegado era amplio, luminoso, con muebles bonitos y utensilios de cocina impresionantes. Era el hogar de Ana, una amiga a quien le había escrito para encontrarnos un día pero me propuso que más bien me quedara en su casa y alimentara a sus gatas cada mañana mientras ella volvía de Colombia. Así que lo primero que hice fue buscar el comedero. Me sentí un poco rara de no poder comunicarme con las gatas para que me guiaran al sitio. Me di cuenta de que yo hablo perro pero no hablo gato.

Hacia el mediodía, Manuel (personaje importante de esta serie, ver día 1) me hizo el favor de recogerme y llevarme a la FIL.

La Feria Internacional del Libro de Lima es como un gran laberinto, pero en comparación con la de Bogotá es apenas un pabellón. Igual uno se pierde. Entramos al final de una charla de Matthias Rozes, de L’Association (la editorial de cómic francés). La charla era en francés con interpretación simultánea. Como llegamos tarde, no se nos ocurrió pedir audífonos, pero igual yo entiendo un poco. O al menos eso quisiera creer.

Cuando llegó la hora de las intervenciones del público, un joven de chaqueta de pana que estaba sentado justo al frente nuestro hizo una pregunta larguísima sobre cómo ganar mucha plata haciendo cómics o algo así. No le puse mucho cuidado, la verdad. Matthias se bajó los audífonos y procedió a responder. Era una explicación larguísima. Seguía y seguía y seguía. Y seguía. En francés. Mientras tanto, el pobre preguntador empezó a hacer señas de que no tenía audífonos y no entendía. Miraba a todas partes señalándose las orejas, clamando la misericordia de los organizadores del evento. Matthias seguía hablando. El tipo seguía sin entender ni jota. Finalmente un técnico de sonido se apiadó del joven y le puso unos audífonos en la cabeza. En el preciso momento en que el aparato se posó sobre sus oídos, una voz dijo en español: “gracias a todos por su participación y gracias a las intérpretes”. Y la presentación se acabó.

Estaba que me reventaba de la risa.

De repente, Manuel señala a alguien al otro lado del auditorio y me dice: “¿Esa no es Francesca?”

Flashback (suena uauuuauuuauuua, como en Kung Fu, la leyenda continúa):

En 2011, Olavia Kite llega a Lima por primera vez, en el último trayecto de un tour Argentina-Chile-Perú. El objetivo: visitar a Francisco, uno de sus primeros amigos de Internet. Pronto surge un malentendido y Olavia y Francisco no se vuelven a dirigir la palabra. El problema: Olavia sigue en casa de Francisco y todavía le quedan muchos días en la ciudad. Ya se imaginarán lo divertido de la situación. Entonces aparece Francesca, amiga de Francisco de quien Olavia había oído hablar. Rescata a Olavia. Pasan muchas cosas absurdas y divertidas. Hay pisco sour. El paseo se ha salvado.

(uauuuauuuauuua de vuelta al presente)

¡Era Francesca! Manuel la reconocía porque también es ilustradora. Le hice señas. Menuda sorpresa se llevó de verme ahí.

Apenas se disipó la multitud me acerqué a hablarle. Me hizo muchas preguntas. Alguien de las que iban con ella preguntó si yo dibujaba. Dije que no. “No le hagan caso”, repuso ella. Fue bonito saber que, a pesar del paso del tiempo, todavía nos reíamos como descosidas cuando estábamos juntas. Me presentó a Deborah, su socia, de quien también había oído hablar mucho hacía tiempo. Me contaron que a las intérpretes se les olvidó apagar el micrófono un momento y todo el auditorio las oyó ofrecerse comida.

Salimos de la FIL y Manuel me invitó a almorzar ceviche. Luego me acompañó a un supermercado a comprar una SIM card para mi celular porque este es el siglo XXI y vivir incomunicado ya no es opción. O porque soy una adicta irredenta.

Volví al apartamento y dejé que el día gris se agotara.

Lima, día 1: Man lebt nur einmal!

Debo empezar este diario de viaje con una confesión: yo no quería venir a Lima. Acepté porque me hablaron de Guy Delisle, porque encontré una tarifa buenísima para las fechas propuestas y porque cuando le expuse mi indecisión a mi primo Juanfran, me respondió “YOLO”. Entonces bueh, Lima, cómic, tiquete barato, YOLO.

Un par de semanas antes del viaje me enteré de que había comprado el tiquete en la fecha equivocada si quería ver a Delisle. No podía cambiarlo ni me devolverían el dinero si lo cancelaba, así que seguí aferrada a la filosofía de mi primo. Algo se me ocurriría para hacer allá. Al fin y al cabo, un viaje no le sobra a nadie. Mucho menos a mí.

Podría decirse que he viajado bastante a lo largo de mi vida. No obstante, todavía me sorprende mucho el hecho de que uno se meta en una sala de espera un poco incómoda durante un par de horas y salga para encontrarse un letrero de “Bienvenidos a [otro país]“. ¡Otro país! ¡Así de fácil!

En esta ocasión la sala de espera tenía vista a uno de los atardeceres más bonitos que he visto en mi vida. Se adivinaban picos nevados debajo de un mar de ámbar enceguecedor. Descendimos lenta, muy lentamente y nos sumergimos en remolinos de espuma que se extendían hasta el infinito. Bajo esa superficie, la oscuridad. Lima y su clima.

“Bienvenidos a Perú”. Mágico, les digo.

Lo primero que me pasó en el país fue que el señor de Inmigración me llamó “Señorita Laura” con toda seriedad. Crucé el duty free riéndome bajito. Luego salí del control de aduanas y me topé con una congregación multitudinaria, abrumadora, de personas expectantes. Decenas de letreros con nombres en busca de caras. Uno de esos era para mí.

Poco tiempo después de instalarme en mi cuarto, pasó a recogerme Manuel Gómez Burns. Manuel es un ilustrador peruano a quien al parecer miré mal en Entreviñetas 2013. La verdad es que en ese momento yo me sentía como mosca en leche rodeada de tantos artistas (yo no estaba dibujando en ese momento; la tableta de hacer rayones estaba nuevecita) y no sabía por qué este —que no tenía pinta de artista— me estaba hablando si yo no tenía nada que ofrecer en cuanto al único tema que los oía tratar: su obra y la obra de los demás. Ah, yo y mi ansiedad social. Terminamos haciéndonos amigos por chat de Facebook tiempo después gracias a otro artista peruano que también conocí en el festival. Entonces supongo que le estaba debiendo algo de amabilidad en persona.

Mi primera cena en Perú fue pollo. El restaurante quedaba un poco lejos, así que caminamos y caminamos y caminamos. Ya en la mesa, Manuel anunció que tenía una sorpresa para mí: ¡un libro de Guy Delisle! ¡Firmado por el autor! ¡Y un muñequito de Playmobil! Luego me mostró su cuaderno de dibujos y, mientras yo rayaba una de sus páginas, me dijo que debería practicar más con tinta y pincel en vez de la tableta de dibujar. Supongo que ya va siendo hora de salir de la zona de confort que supone el comando undo. Me queda la tarea para cuando regrese a Bogotá.

Volvimos sobre nuestros pasos. Ahora yo iba cargando un libro, un Elvis en miniatura y las sobras del pollo. Nos quedamos hablando un rato más frente a la entrada del edificio. Había un carro de la policía parqueado cerca. Las luces me molestaban los ojos. Escuché la palabra “serenazgo”. Finalmente, nos despedimos. Llegué a pensar que me iba a quedar por fuera del edificio porque no sabía timbrarle al vigilante y no tenía cómo comunicarme con nadie. Eso habría sido un giro interesante.