Monthly Archive for November, 2009

Tras del daño, otro daño

Ya pasó la semana sin bicicleta. Al fin me puse manos a la obra, salí al parqueadero del edificio y arreglé el daño yo solita. Pero no todo podía ser albricias, y ahora le toca el turno de agonizar al computador. Con dos prestos deditos escribo este post desde mi iPhone. No lo digo con el ánimo de chicanear, sino para que vean que a la gente ociosa con ansias de escribir minucias nada la detiene, y de mil amores escribiría con su sangre sobre la pared de ser necesario, si tan solo la sangre pudiera fundirse entre todo aquello que flota en la World Wide Web.

Los que han hablado conmigo por Skype últimamente saben que el ventilador estaba haciendo un ruido infernal que no dejaba ni oír lo que yo decía. Pues bien, yo me impacienté y decidí actuar como lo hice con la bicicleta, con tan mala suerte que en una etapa avanzada de la operación me tembló la mano y terminé de matar el aparato. Bueno, yo sabía a qué me exponía: era el éxito rotundo o dejarlo peor de lo que estaba. Lo importante es que me divertí muchísimo. Si se preguntan por qué podría uno divertirse dañando un MacBook, les contaré que en mis épocas de estudio en Los Andes estuve a punto de meterme a cursos nocturnos de corte y confección y arreglo de computadores. Si no me hubiera ganado la beca, ahora probablemente tendría un título profesional y dos técnicos. Y andaría feliz por la vida cosiéndome vestidos y metiéndole mano a cuanto aparato se me cruzara. Pero el destino no lo quiso así, y ahora me dedico a otros menesteres en otras latitudes.

No teniendo mucho más que decir, me retiraré a ver cómo evoluciona esta vida de aislamiento. Me dedicaré a la oración y el estudio.

[ 100 Days – Sharon Jones and the Dap-Kings ]

自転車なしでの出会い

Llevo una semana sin bicicleta. ¡Ya una semana!

El viernes pasado, saliendo de la alcaldía de Tsukuba, mi fiel vehículo decidió protestar y dejarme abandonada a mi suerte en medio del campo. Después de comprobar que no podía hacer nada al respecto —al menos no ahí en falda—, empecé a dar mis primeros pasos resignados cuando sonó el teléfono. Era el señor Sakaguchi, que quería invitarme a comer (“me encantaría acompañarte en tu caminata, pero debo ir a clase”, dijo). Nada mal para un chasco de este tamaño. Como ando tan de buen humor últimamente, no me disgustó en absoluto el paseo de hora y media que me tocó hacer entre bosques y sembradíos. Como si fuera poco, a la entrada del casco urbano me detuve en un almacén de muebles y compré un juego nuevo de cortinas, un par de cojines y dos cómodas…

Miren, acabo de usar la palabra “cómoda” que tanto salía en los libros que leía cuando era niña. Siempre me ha parecido interesante porque nunca he oído a nadie decirla. Si en persona me preguntaran por las cómodas, yo hablaría de los “muebles de cajones”. Ya sé. Seré la primera persona en decirla. Alguien por favor llámeme y pregúnteme por mis muebles nuevos.

¿En qué iba? Ah, sí. Compré todo eso en un repentino afán de mejorar ostensiblemente mis condiciones de vida, misión que había venido aplazando indefinidamente por el excesivo amor que les tengo a las cajas de cartón. En fin. Volví a casa un poco adolorida de los pies (acuérdenme de usar tenis y nada más que tenis en la vida), pero igual de dichosa que… que todos estos días. [ inserte sonrisa estúpida aquí ]

Pues bien, desde entonces me he estado topando con el señor Sakaguchi en todas partes. Saliendo del Media Center tras escanear una ilustración, a la entrada de la biblioteca con Azuma mientras esperaba a Hazuki… Anoche andaba en mi pequeño mundo rumbo al combini cuando una bicicleta me cerró el paso: era él, otra vez. En vista de tanta coincidencia, finalmente hicimos lo que deben hacer las personas que se encuentran en todas partes: cenar juntos. Ya me estoy cansando de llamarlo el señor Sakaguchi, siendo Sakaguchi un apellido tan común y teniendo él un nombre tan sonoro. Se llama Masayasu.

[ Hail Mary — Pomplamoose ]

バナ夫

De izq. a der.: Cavorite, Banao, Olavia Kite.
Él es Banao, mi roommate. Es un gran amigo, aunque venimos de mundos distintos. Estoy convencida de que su estadía acá forma parte de un experimento de inmersión to see how the other half lives; de otro modo es inexplicable que alguien cambie un penthouse con vista a la Tokyo Tower por esta madriguera campestre. Trata de mostrarse comprensivo la mayoría del tiempo, pero es obvio que le choca que yo sea tan gañana. Dice que con ese modo de ser mío es un milagro que Cavorite se haya fijado en mí.

[ Wouldn’t It Be Nice — The Beach Boys ]

Overpaid

Ayer el TA de francés (que también es una especie de supervisor de TAs extranjeros) nos convocó a mi jefa y a mí a una reunioncilla después de una de las clases en que trabajo. Tras listar un par de nimiedades burocráticas, el señor mencionó que probablemente me están pagando de más. Esto obviamente no lo hizo de manera directa, sino que casualmente preguntó: “¿Está bien que le paguen esa cantidad?” Confusa le dije que suponía que sí y mi jefa agregó que tal vez incluso deberían darme más. Entonces el señor soltó la bomba: los de la universidad estaban pensando que probablemente mi sueldo era excesivo. Este comentario y sus posteriores intentos inútiles de explicarlo estuvieron acompañados todo el tiempo de aquella pregunta, como si de una absurda letanía corporativa se tratara. Hasta entonces yo venía traduciendo lo que el TA me decía en japonés a inglés para que mi jefa entendiera, pero de repente estuve convencida de que no estaba comprendiendo nada. Entonces mi jefa lo instó a hablar en una lingua franca:
“Tu parles français, n’est-ce pas?” (Tú hablas francés, ¿no?) dijo ella.
Él soltó una risita avergonzada.
“Est-ce que tu penses que je devrais recevoir moins?” (¿Acaso piensas que debería recibir menos?) protesté yo.
El señor no se atrevió a abandonar el japonés (¡pese a que hace un par de semanas sí fue capaz de sostener toda una conversación conmigo en francés!). Adujo que soy la única que gana lo que gano, que los demás no reciben tanto, que sí, eso fue lo que me prometieron pero que “¿de verdad le parece bien ganar todo eso?”

Odio odio odio esta maldita manía de los japoneses de forzar su punto de vista sobre uno. Tienen que lograr a como dé lugar que yo consienta algo a lo que me opongo para lavarse las manos y dejarme el bulto a mí. Pero, ¿¡a quién se le ocurre tratar de convencer a un empleado ya contratado de que demande que cambien las condiciones de su contrato!? ¡¿Esperan acaso que yo realmente les pida el favor de que me paguen menos?! Claro, es que esos billetes ya los tengo repetidos; mejor se los devuelvo.

En la noche fui al concierto de Franz Ferdinand en Tokio. Toda la bilis se evaporó en aullidos y saltos, en el ensueño de la figura lejana de Alex Kapranos y su voz que se me metía por las botas de los pantalones y salía por el cuello y las mangas de la camiseta. Salí del Tokyo International Forum con la sensación de tener dos cilindros largos por orejas, el corazón en una especie de estado post-orgásmico y las manos en los bolsillos de la chaqueta verde. Los edificios estaban iluminados como si en el vidrio y el metal se resumiera toda la belleza del mundo. En los restaurantuchos bajo la vía férrea había salarymen cuchareando las cenizas de su ánimo y ayudantes de cocina que me veían pasar mientras lavaban utensilios. A través de una vidriera se veía una cajera anciana con los ojos fijos en la nada oscura. El clima era sumamente agradable. Entonces maldije a Japón por hacerme enamorar de él cada vez que lo odiaba.

[ This Fire — Franz Ferdinand ]

Premiers Symptômes/5

Llegar al apartamento toda emparamada por ir a traerle sushi y piña para la cena tiene que haber significado algo, aunque no me hubiese percatado de ello. Era obvio que no tenía por qué hacerlo. Al fin y al cabo, él era tan solo un invitado. Sin embargo, me había dicho que le gustaba la piña y hacía tiempo no la probaba, y no estaba segura de que pudiéramos ir a comer sushi juntos antes de que siguiera su camino por Japón… No sé; yo solo pensé al entrar y encontrármelo que debía verme horrible con el pelo mojado y alborotado.

—Te traje un regalo pero tú no lo viste—, declaró él tras el postre.

Miré hacia todos lados, algo avergonzada. Cuando finalmente encontré en mi muro de postales una de Escher que él me había traído de Yokohama, mis manos se extendieron sobre una pared invisible tras la cual se escondía la curiosidad de cómo sería abrazarlo.

Afortunadamente para mis gélidos temores, al cabo de unas horas él tomó a Banao de picahielo y se abrió paso entre los témpanos que marcaban la frontera entre dos futones dispuestos en forma de L.

Aquí es donde termina el prólogo y empieza la historia.

[ Close Your Eyes — Basement Jaxx ]

Premiers Symptômes/4

(Escena: apartamento de Olavia Kite. El recinto está dividido en dos espacios: cocina y alcoba. Contra las paredes de la cocina hay arrumes de papeles, una caja rebosante de bolsas, un tablero de acrílico y un morral grande. Al lado de este se encuentra un trípode para cámara convertido en perchero improvisado del que pende ropa de hombre. Azuma entra en escena por la cocina mientras se abre el telón. Olavia la guía hasta la alcoba, donde señala dos futones dispuestos en L.)

Olavia. Se puede adivinar cuál es el de quién.

(El futón que está contra la ventana está enterrado bajo una montaña de cobijas entre la que se vislumbra una pijama. El que está contra el armario tiene las cobijas perfectamente dobladas en una torre coronada por un banano de peluche.)
Olavia. (fingiendo indignación) ¡Cogió a Banao de almohada!
Azuma. (horrorizada) ¡Pobre Banao!
Olavia. Y ahora mi trípode es un perchero.
Azuma. (indignada) ¡No!
Olavia. Y mira esto. ¡Mira esto!
Azuma. ¿Qué?
(Olavia abre la puerta del baño y señala el paisaje marino de gelatina que decora la pared de la ducha.)
Olavia: ¡Ahora hay un pulpo comiéndose un pececito! ¡Ha alterado mi ecosistema de gelatina!
(Azuma ríe, aunque aún indignada.)
Olavia. ¿Y sabes qué me dijo cuando le pregunté al respecto?
Azuma. ¿Qué?
Olavia. “El pulpo necesita alimentarse”.
Azuma. (de repente enternecida) Awwww.
(Olavia también ríe. Se la adivina conmovida.)
Telón.
[ The Limit to Your Love – Feist ]

Premiers Symptômes/3

La única habitación de mi apartamento tiene el piso de estera, así que al aceptar mi invitación él estaba accediendo a pasar un fin de semana durmiendo prácticamente a ras del suelo. También cabía la posibilidad de hacerse a una silla reclinable en caso de requerir mayor elevación, pero ese era solo un chiste recurrente en nuestro intercambio de correspondencia.

Dispusimos los futones perpendicularmente, uno contra el clóset y otro contra la ventana que da al balcón. Él se apropió de Banao (mi banano de peluche gigante) para usarlo como segunda almohada, un poco para mi horror. No obstante, opté por no protestar: seguramente a Banao no le molestaría ayudarlo a descansar un par de noches. Me metí entre las cobijas y le pedí que apagara la luz. Hasta mañana.

A las 6:15 el sonó una canción de los Ulfuls a modo de despertador. Él refunfuñó y siguió durmiendo, pero yo me levanté a preparar el desayuno. En el camino me detuve un momento a observarlo. No roncaba. Se veía bonito así.

[ A Sorta Fairytale — Tori Amos ]

Premiers Symptômes/2

Tokio parecía una postal. El bus que me traía desde Tsukuba recorría las calles atestadas de gente tan típicamente pintoresca que bordeaba las paredes tan típicamente grises pero llenas de letreros tan típicamente chillones, que pensé que este sería un buen día para su arribo. Hoy lo vería todo tal como lo venden por fuera.

Un shinkansen pasó raudo sobre el laberinto escheriano de las vías. Podría ser el suyo, en caso de haber perdido el que salía más temprano. Me gustaba la idea de estar viéndolo llegar, pero también cabía la posibilidad de que ya estuviera esperándome en la estación. El tráfico en las carreteras japonesas suele ser traicionero, y yo ahora avanzaba impotente frente a tienda tras tienda tras tienda con una cuchillada en la espalda.

El corredor que conecta la puerta Nihonbashi con las tres puertas Yaesu se estiraba como en una pesadilla de esas en las que uno corre y no alcanza. Yo me dirigía justo a la última, la Yaesu South. Mis piernas enfundadas en medias amarillas se hicieron una sola pincelada larga que se fue borrando sobre la superficie sinuosa del camino para ciegos, y por un instante algo en mi estómago pareció intentar tomar vuelo. No pude explicármelo: él era apenas un viejo conocido con quien había desayunado en Bogotá una vez el año pasado.

No alcancé ni a corregir el rumbo para buscar los torniquetes cuando lo vi apostado junto a su inmenso morral. Lo vislumbré por un fragmento de segundo, luego desapareció tras la gente y las columnas, y luego definitivamente estaba ahí.

No hubo abrazo ni beso ni nada. Le eché la culpa a Japón y sus muros interhumanos, pero la verdad es que ninguno de los dos estaba acostumbrado.

[ Una nube cuelga sobre mí — Los Bunkers ]

Premiers Symptômes/1

Esa noche me llamó desde Kobe. Yo estaba dictando clase. Los estudiantes se rieron cuando les hice todo tipo de venias para pedir perdón por la interrupción, teléfono en mano con holas entrecortados, y salir corriendo de la biblioteca.

No recordaba que su voz fuera tan agradable. Eso debería haberme dado una pista de lo que se avecinaba.

[ All My Life — Foo Fighters ]

El clóset

Hoy en clase de Introducción a los estudios de género me tocó dirigir una discusión sobre el hecho de salir del clóset en la universidad. En uno de los grupos en los que se había dividido el salón una coreana comentó la reacción de un amigo cuando ella le contó que tenía novia.

Lo sabía. Nunca me lo dijo directamente, pero lo sabía.

En primer año habíamos participado en una acalorada discusión sobre ya no recuerdo qué en la otra clase de la cual soy TA. Recuerdo esa mirada, esa mirada según la cual uno entiende. Escuchó mi defensa apasionada, me dijo que me calmara, y yo lo supe.

Esa tarde, u otra tarde tal vez, salimos caminando juntas y me invitó a su casa. Acepté a sabiendas de lo que ello podría acarrear—tal vez deseándolo, incluso, pero manteniendo cierto dejo de inocencia—. Sin embargo, el plan nunca llegó a consumarse: casualmente mencioné la existencia de un hombre en mi vida y de inmediato comprendí los alcances de mi ingenuidad al ver cómo su rostro se endureció. No volvió a dirigirme la palabra desde entonces.

Otra participante del grupo mencionó que si ella fuera lesbiana o bisexual y saliera del clóset en la universidad, seguramente sus profesores la recordarían perfectamente. Señalé cómo para las minorías suele anteponerse la orientación sexual a la identidad, como si uno fuera homosexual antes de ser uno. Me puse entonces a pensar en lo insensato de una sociedad en la que existe la necesidad de “salir del clóset”, anunciarle a todo el mundo algo que en últimas es privado y no lo define a uno exclusivamente. ¿Llegará el día en que todos podamos simplemente ser?

Al final de la clase, la coreana se me acercó.
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que hablamos.
Sonreí. Le pedí que me anotara sus datos en un papel, pues había dejado el teléfono en casa. Pienso escribirle pronto, a ver si nos tomamos un café.

[ Dès que j’te vois — Vanessa Paradis ]