Archive for the 'observaciones' Category

Riding a Rollercoaster with a Pigeon Smashed Against Your Throat

Vi un video donde un señor va en una montaña rusa y de repente algo lo golpea en la garganta. El señor se lleva la mano al cuello y encuentra un bulto de plumas. Lo aparta y lo observa. Está vivo. Horror. Lo aparta; ahora tiene sangre en la cara y la mano. Impresión y asco. Sin embargo, pronto vuelve a la realidad y recuerda que está en una montaña rusa. Levanta un brazo y disfruta la caída.

Creo que la vida es un poco así: una montaña rusa donde a uno se le estrellan palomas en la garganta y a pesar del shock toca tomar la decisión de seguir divirtiéndose con la cara ensangrentada.

North Beach

Comer afuera es una maravilla: todos pueden ver que has pedido una pasta fenomenal con un montón de queso parmesano y un buen vino. El cielo es azul, naranja y violeta, y se va apagando lentamente mientras se encienden las luces de la ciudad y tu acompañante hace un comentario ingenioso. Se ríen. Un mesero viejo de nariz aguileña y patillas largas les pregunta con el acento esperado en este tipo de lugares si todo está bien. Sí, todo está bien, no podría estar mejor. Sin embargo, el andén en el que está ubicada tu mesa es tan angosto que las carteras de las señoras y las cámaras de los turistas y los bordes de las chaquetas amenazan con llevarse una cucharada de salsa a cada instante. Todos pueden ver que has pedido una pasta fenomenal con un montón de queso parmesano y un buen vino: lo sabes porque las miradas no dejan de caer sobre tu mesa. Pasan con una frecuencia industrial. No hay descanso. Cada bocado es una curiosidad de zoológico. Tratas de sobreponerte y mirar en lontananza con frescura. No se ven las vitrinas de la acera de enfrente. No se ven los carros en la mitad de la calle. No se ven los postes de la luz al borde de este andén. Solo se ven las carteras y las cámaras y los bordes de las chaquetas rozando a toda velocidad tu plato y tu cara. Los transeúntes te encierran, te asfixian, te miran sin asomo de vergüenza y están de acuerdo contigo: comer afuera debe ser una maravilla.

Miss Belt

«Todas queremos ser talla S», dice una mujer en la televisión, muy feliz de volver al SXIX.

Intento descifrar la lógica de ese argumento mientras me sirvo arroz. La ropa viene en diferentes tallas y uno escoge la que le queda bien, o al menos eso creería yo. A veces una prenda no le queda bien a uno en ninguna talla y eso es normal. Frustrante, pero normal. Nadie le pregunta a uno qué talla es a no ser que lo esté ayudando a uno a comprar ropa. La talla de una prenda está en la marquilla al interior de dicha prenda, no en un letrero gigante para que todos lo vean, como ocurre muchas veces con la marca.

Ahora pasemos al asunto de cómo la faja solucionaría el problema de querer ser talla S. Por un lado, el tamaño de una prenda no se define exclusivamente por el grosor de la cintura. Hay gente como yo, por ejemplo, que si quisiera ser S tendría que serrarse los huesos y rebanarse el pecho. Por el otro, entre una marca y otra puede haber una importante diferencia de tamaños. Entonces, si uno realmente quiere ser talla S a como dé lugar, no es sino que compre toda su ropa en un sitio donde esa sea la talla que mejor le quede y ya.

En fin. No sé por qué alguien querría ponerse un corsé a estas horas de la vida, pero el mundo de las televentas no es exactamente el mejor sitio para ir a buscar sensatez.

El dueño de todos los azules

En un edificio esquinero vive el dueño de todos los azules. Desde allí trabaja con palabras. Podría decirse que él y yo estamos ubicados en puntos diferentes de la misma cadena de producción: yo transformo y él pule lo transformado. Sin embargo, pertenecemos a fábricas distintas, la de él mucho más glamorosa que la mía.

He sido invitada a hacer mis tareas en su casa. Me acomodo en una mesa con frascos llenos de lápices de colores. “Portalápices”, corrige él. En uno de ellos hay un ramillete enorme de todos los tonos posibles de azul. Nunca había visto algo así en un lugar que no fuera una papelería.

Lo mejor de los colores son sus nombres, reflexiono. Una vez me compré un esfero solo porque la etiqueta lo describía como “Pompadour”. En algún momento le doy a elegir a mi anfitrión algunas de mis postales de Pantone como regalo. Él escoge “Petit Four” y “Willow Bough”. Ahora puede hacer un bosque.

El dueño de todos los azules lanza expresiones como “objeto de su animadversión” en una conversación casual. Se me ocurre que quizá no solo le pertenecen todos los azules, sino también todas las palabras. Tiene bonita voz.

A veces pienso en la diferencia de ritmos que hay en lo que hacemos, mi tecleo frenético contra su lectura cuidadosa. Tal vez eso explica la música diametralmente distinta que escuchamos mientras estamos ocupados. Menos mal existen los audífonos. Para rematar, yo bailo en la silla sin dejar de teclear y rompo en canto cuando suena algo que me gusta y me sé. No le recomiendo a nadie trabajar cerca de mí.

El día pasa y yo sigo en mi puesto, amarrada a un manual de etiquetado para electrodomésticos. De cuando en cuando me desespero y tomo el cuaderno de dibujo. Frente a los atados de lápices de colores voy armando una sombra de tinta negra cada vez más grande. No tiene mucho sentido envidiar al dueño de todos los azules desde esta oscura monocromía en la que me siento cada vez más cómoda. Pero no deja de ser fascinante.

Vuelvo a mi casa. Hablamos brevemente por teléfono. Le digo que se tome un té antes de dormir. No soy capaz de sugerir que nos veamos de nuevo.

Lecciones de vida de una roommate temporal

Seguramente ahora escribo muy mal. Todo es cuestión de práctica y yo no he practicado desde hace millones de años. Siempre me da sueño cuando intento escribir. Es la reacción de mi cuerpo ante lo difícil. Hace poco tuve un trabajo de un tema duro y estaba tan nerviosa que no podía del sueño. Pero llevo doce años con este blog y no puedo abandonarlo así como así. No después de doce años. No tiene sentido.

Alguna vez mi ex novio me dijo, para insultarme, que yo no era más que una simple escritora de blog. Muchos años después pienso que eso es precisamente lo que quisiera ser. No aspiro a sacar ningún libro. Soy el ser menos literario del mundo. Sin embargo, me gusta documentar mi vida.

Ya me dio sueño. Aquí es donde se marca la diferencia entre el hacer y el no hacer. Llevo mucho tiempo prefiriendo lo segundo. Esta vez me sobrepondré. No dormiré hasta no terminar.

En estos días he estado compartiendo una habitación de hotel con Gloria, quien fuera compañera mía de la universidad hace muchísimo tiempo. Gloria y yo éramos estudiantes de literatura y ahora ella es periodista/escritora y yo soy intérprete/dibujante. Me voy a dar el lujo de hacerme llamar dibujante porque probablemente ya es hora. Le hicimos el quite a una fiesta y nos quedamos charlando un largo rato. Hablamos de Nueva York, de Tsukuba, de La Tigresa del Oriente y de cómo la constancia la llevó al éxito en un ámbito en el que carecía por completo de talento. También hablamos de cómo hay que tomar la firme decisión de tomarse en serio las cosas que uno hace. Si uno escribe, y quiere escribir, tiene que escribir de verdad. Constante y metódicamente. La diferencia entre la gente que lo logra y uno es que esa gente está haciendo y uno no.

Es una decisión difícil, hacer de verdad. Decidir dejar de ser un “bum” como Rocky, empezar un proyecto y culminarlo. Me siento un poco loser de no haber hecho nada. (Digo esto después de haber enviado por primera vez un cómic a una convocatoria, así que soy la reina del autopalo y mejor me callo.)

También es inspirador y de gran ayuda tener acceso a ciertas esferas (anoto todo esto para que no se me olvide). No me doy cuenta pero estoy acá en un festival de cómic codeándome con gente que admiro mucho. En otro país no podría ni imaginarme llegar a algo así. Estoy en la escena y hasta ahora he desaprovechado mi presencia.

Me pregunto si el destino me puso en este cuarto con Gloria para que yo aprendiera un par de lecciones de vida y retomara el blog de una vez por todas y planeara ahora sí de verdad hacer un fanzine. Estoy que me duermo pero quedo muy inquieta. ¿Qué es lo que quiero hacer de verdad?

(Obvio que lo sé, obvio que lo sé, obvio que lo sé.)

2 de octubre, día productivo

El presente post es solo para recordarme a mí misma que ser muy productiva no es tan difícil.

Hoy hice lo siguiente:

  • Escribí un post
  • Traduje un texto
  • Pinté algo con tinta china y pincel
  • Me hice un peinado relativamente elaborado
  • Fui al supermercado
  • Horneé galletas
  • Practiqué ukulele

Me siento sumamente orgullosa de mí misma.

Distracción consciente (día 2)

Twitter y Facebook están bloqueados. El día laboral empieza con un rato de trabajo juicioso, pero pronto me siento agobiada y tomo el celular. Abro Instagram.

  • ¿Qué es Sascha Fitness?
  • ¿Qué hay en la plaza de mercado del 12 de Octubre? (sigo pensando en mi harina de almendras)
  • ¿Y en la plaza de mercado de Quirigua?
  • El celular timbra para decirme que hay un cómic que todo el mundo está retuiteando. Me detengo a verlo y resulta que tiene mal puestos los signos de admiración. ¿Es irónico? ¿Existe la puntuación irónica?
  • “¡El videoblog!”
  • Debería estar dibujando (reflexión epistolar)
  • Compra de pasaje EZE-BOG para que mi hermana pase Navidad con nosotros (estoy segura de que los adictos al juego sienten algo parecido a lo que yo siento cuando busco el mejor precio en la mejor fecha)
  • Dr. 90210
  • America’s Next Top Model mientras espero a que se arregle Internet (pero al fin no se arregla)
  • Foto de unas fotos de documento que me tomé en enero de 2011 (con maquillaje/sin maquillaje, el cambio es sorprendente)
  • Lamentaciones y dudas sobre dicha foto por manchas y falta de foco
  • Modern Family

Conclusiones:

  • Hay trabajos que avanzan a paso lentísimo y encima uno los evade con distracciones para no sufrirlos tanto. Las traducciones de documentos muy mal escritos encabezan la lista.
  • Hoy hubo menos puntos de distracción que ayer. No terminé el trabajo pero avancé bastante.
  • De todas maneras existen muchas cosas que quiero/debo hacer y no estoy organizando mi tiempo como debería para poder hacerlas.
  • ¿Qué pestañina estaba utilizando en 2011 que me dejaba esas pestañas de muñeca? Seguramente una Bourjois. Extraño tener esa marca de maquillaje a la mano, es buenísima. Al menos sé que la puedo conseguir en ASOS (se demora pero llega) o en el Duty Free de la sala de abordajes en El Dorado.

Distracción consciente

Hoy decidí hacer una lista de todas las cosas que me distrajeron a lo largo del día y por las cuales no terminé de hacer lo que tenía planeado. Seguiré esta observación a lo largo de la semana con la esperanza de que hacerme consciente de los desvíos que tomo me ayude a dejar de tomarlos y aprovechar mejor mi tiempo.

  • Vestidos que no voy a comprar porque leí que son caros y de mala calidad
  • Reseñas de la marca de los vestidos que no voy a comprar para confirmar que son demasiado caros para tener tan mala calidad
  • ¿Dónde venden harina de castañas en Bogotá?
  • Me rindo con la harina de castañas. ¿Dónde venden harina de almendras?
  • Marina Abramopug (si hiciera esto con Misaki sería Marina Abramopit)
  • El ice bucket challenge de los Foo Fighters
  • La lista de todos los peinados de Rory Gilmore en Gilmore Girls
  • Dr. 90210
  • America’s Next Top Model
  • “Hey, ladies—catcalls are empowering! Deal with it”
  • Nimona
  • El regreso de los pantalones de talle alto
  • “I am the Pull-Out King”
  • Garbanzos crujientes
  • Comprobación de mi aislamiento laboral
  • Rita Indiana – La hora de volver (¿por qué estoy viendo el video de una canción que ya sé que no me gusta?)
  • La noticia de la pareja que se casó en Israel en medio de las protestas porque él era musulmán y ella judía convertida al islam

Conclusiones:

  • Esto es vergonzoso. Sé que hoy estoy enferma pero esa no es excusa.
  • La mayoría de las distracciones son links de Facebook y Twitter. Mañana probaré bloqueando ambos.
  • Dos puntos de distracción en la lista corresponden a la televisión que veo mientras almuerzo. Lo malo es ver dos programas seguidos en vez de uno solo.
  • Voy a conseguir la harina de almendras y con ella haré una rica torta chocolatosa. Llevo mucho tiempo prometiéndome que voy a preparar las recetas de un blog que he seguido por años pero… me he distraído.

Un reencuentro amistoso

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que hablaron. Se solían contar todo y buscaban un momento para charlar todos o casi todos los días. Pero eso fue en otra época. Los días, las semanas y los meses se han acumulado como papeles olvidados sobre una mesa y la ausencia se ha dejado de notar hace rato.

Hablan de un tema concreto que agotan con diligencia. Ahora solo queda el silencio sobre las caras dibujando trayectorias nerviosas en los ojos y las comisuras de los labios. Tratan de remediarlo preguntando qué han hecho, a qué se dedican, qué hay de nuevo. No es que realmente les interese saberlo, así como a ninguno de los dos le anima explicar su vida en detalle. Al menos no a ese interlocutor en particular. Descripciones someras, brochazos burdos que no alcanzan a dar cuenta de nada. La aventura más fascinante queda reducida a “nada, ahí, lo mismo de siempre”. Uno de los dos incorpora personajes que solo le son familiares a él en una anécdota anodina sin ningún tipo de explicación, exigiéndole implícitamente a su interlocutor que tenga o finja tener conocimiento de ellos. Es una manera sutil pero contundente de demostrarle que ya no hace parte de su universo. El otro dice “ajá” como por no poner en evidencia el truco, no espetarle al mago fallido del insulto que ese idioma no lo habla, que esos nombres no tienen caras y que si las tienen no corresponden a nadie que le produzca la menor curiosidad.

El silencio vuelve a caer lenta e inevitablemente como una pluma tras el último soplido exhausto de un concurso para mantenerla en el aire. Luego vienen los formalismos: bueno, tengo cosas que hacer, sí, yo también, hablamos después, otro día nos vemos, adiós. A la brevísima vergüenza de confirmarse ajenos le sigue el alivio de la ausencia renovada. Queda la esperanza de que ninguno de los dos llegue a sentirse apremiado por la decencia para repetir el encuentro.

Calle 127 con Avenida Córdoba

Dos carros se estrellan en una avenida. Está cayendo un aguacero terrible y las calles se han convertido en ríos negros y brillantes. Ríos de luces rojas deformes que se quiebran por donde pasa una gota que se desliza sobre el vidrio a través del cual se las mira. Los conductores de los carros se bajan para evaluar el daño e insultarse y quedan completamente empapados de inmediato. La comodidad de saberse guarecidos todo el camino desde el punto A al B se ha visto abruptamente destruida. Los niños en la silla de atrás se aburren, hacen preguntas, juegan, lloran, dormitan.

Al notar la exacerbación de aquel caos, peatones blandiendo sombrillas que no protegen sus piernas de las incesantes salpicaduras empiezan a buscar otro punto desde el cual rogar que pase un bus que les sirva o un taxi que no los humille al revelar su destino. El agua helada anula el horizonte y el mundo se siente hecho de pura imposibilidad mientras las luces convierten la lluvia en un bombardeo de chispas. Todo se siente infinitamente más lejano para quienes esperan, tanto en el carro como en la acera. Los peatones sueñan con la tibieza del interior de un vehículo, pero los estrellados saben —desde hace no mucho, y pronto lo olvidarán de nuevo— que esa es una seguridad incierta y, bajo ciertas circunstancias, completamente repulsiva.

Mientras tanto, los que han quedado atrapados en una buseta maldicen el vaho circundante, las huellas mojadas de color café sobre el piso gris y la música tropical a todo volumen. La única vida que envidian en estas horas detenidas de asfixiante miseria es la de aquellos que hoy no tuvieron que cruzar el umbral de su casa. Esa o la que probablemente existe en un país lejano.