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Le quatorze juillet

Esta mañana tomé mi primera clase de francés después de muchos años. Este es mi quinto intento en la vida y estoy peor que nunca. Confundo “il” con “elle”. La profesora me habla y yo me quedo mirándola con ojos entre confundidos y ausentes. Creo que pongo cara de avestruz. Leer números es una tortura porque solo se me ocurren en japonés.

Unas horas después de la lección me di cuenta de que hoy es la Fiesta Nacional francesa. Parecería como si hubiera querido abrir esta etapa con toda la pompa posible. Solo me faltó una cinta de inauguración frente a la parte de mi cerebro donde se van a trazar los nuevos caminos neuronales.

Después de hora y media de errores tontísimos (es una clase privada, así que soy la estudiante que hace el oso el 100% del tiempo), volví a mis labores en inglés y luego me fui a tomar chai con Gianrico. En medio de la tertulia recibí una llamada inesperada de la Embajada de Japón. No se molestaron en decir una sola palabra en español, ni siquiera para preguntar por mí. Entendí todo. Se sintió raro.

N2合格

En diciembre del año pasado presenté el examen internacional de japonés, siguiendo el consejo (¿la orden?) de la Señora Sakihara, de la Embajada de Japón. Luego me olvidé del asunto, convencida de que lo había perdido.

Hoy, por casualidad durante una conversación sobre el aprendizaje de idiomas, me enteré de que ya habían salido los resultados. Mucho antes de lo que esperaba. Seguí el link que me dieron y consulté mi puntaje, con la absoluta certeza de que no había pasado. No sería grave. Tendría todo un año para prepararme y volver a intentar.

Pues bien, pasé.

Estallé en carcajadas de la incredulidad.

Nota aparte: Hoy me tocó hacer traducción simultánea de un par de capítulos del Profesor Súper O. La audiencia quedó encantada.

Isolation, Miscommunication, Hibernation

Siento que llevo toda la semana sin poder hablar bien con nadie. No salí de la casa por varios días porque estaba traduciendo una serie de textos densos, en algunos casos casi ilegibles. Misaki no está. Por alguna razón las personas con las que suelo hablar por Internet se manifestaron mucho menos de lo normal. Durante un par de horas —¡horas!— me dediqué exclusivamente a cambiar de lugar puntos y comillas. Llegó un momento en que me miré al espejo y me vi tan olvidada de mí misma que decidí maquillarme como recordatorio de que aún soy un ser humano.

Cuando por fin pude salir de mi encierro, me encontré con mis amigas y fuimos a un restaurante ruidoso donde me la pasé asintiendo no más porque no las podía oír bien. Y encima le robaron la cartera a una de ellas. Regresé a casa y le conté a mi mamá algo importante y ella me respondió con algo que no tenía nada que ver. Me fui a dormir de mal genio.

Soñé con palabras en japonés. Soñé que no sabía cómo se dice “rendir tributo” en ese idioma. Soñé con el kanji 定. Soñé que me delineaba los ojos de afán pero no me quedaba mal. Entre sueño y sueño alcanzaba a pensar en el robo de anoche, y que ordenaría un poco mi cuarto al despertar.

El celular sonó. Tenía un mensaje. Decidí mirar a ver qué era y levantarme. Deben ser por ahí las 10am, pensé.

4:30pm, decía mi celular.

¿Se había dañado?

No. Eran las 4:30pm.

HABÍA DORMIDO DIECISÉIS HORAS SEGUIDAS.

Estoy muy confundida. Extraño hablar. Me siento aislada. Perdí un día entero. Quiero hacer algo con alguien y que no termine en tragedia.

Una amiga de mi curso de Hawaii comentó que tal vez eso era lo que mi cuerpo necesitaba, porque “el cuerpo sabe”. Recordé entonces que el día anterior había estado despierta desde las 3:30am y que las últimas semanas había estado trabajando mucho y durmiendo muy mal. Tarde o temprano me iba a tocar rendir cuentas. Al parecer ese día fue hoy.

Le dije a alguien que odiaba haber perdido el día porque “quería descansar hoy”. “¡Pero eso fue exactamente lo que hiciste!”, respondió. Oh.

積ん読

El otro día se me dio por leer un libro en japonés que tenía por ahí. Se trataba de una selección de cuentos de Haruki Murakami que, suponía yo, debía haber venido en una de esas cajas que a veces mando traer de Japón.

Leer en japonés se me dificulta muchísimo ahora que voy a cumplir cuatro años de haber regresado de Tsukuba, así que las imágenes escritas transcurren para mí a paso de caracol. No obstante, aún sin haber terminado siquiera el primer cuento, se me ocurrió que podría conseguir más títulos de la misma colección y seguir expandiendo esta especie de universo recién redescubierto. Así pues, entré a Amazon.jp y busqué el libro que estoy leyendo para así encontrar los demás en los vínculos de “artículos relacionados”. En la parte superior de la página de resultado me salió un aviso: “Usted compró este libro el 24 de febrero de 2010″. ¿¡Qué!?

Según Amazon.jp, hace cinco años ordené cuatro libros: uno para mi tesis, uno de interés general (estudios sobre matoneo entre jovencitas), uno para no sentirme tan bruta y light frente a los hombres que admiraba, y finalmente el libro de cuentos de Murakami. De esos, el único que leí entero fue el de la tesis. Otro lo he intentado leer una y otra y otra vez sin mucho éxito —¿el libro me es insoportable o realmente soy tan bruta y light como creía?—. Los otros dos se quedaron nuevecitos en la biblioteca. Luego los metí en cajas, los mandé en barco hasta acá, los puse en otra otra biblioteca y los olvidé. Hasta ahora. Ya solo queda uno invicto.

Dicen que uno compra libros creyendo estar comprando el tiempo para leerlos. De hecho, los de 2010 no son los únicos que me están esperando; he seguido acumulando más, convencidísima de que tarde o temprano los voy a devorar, o tal vez satisfecha con el mero placer estético de su aparición en mi cuarto. Lo peor es que, como mencioné hace dos párrafos, sigo con la intención de adquirir todavía más. Hubo un momento, hace no mucho, en que llegué a pensar en no comprar más libros hasta no terminar los que tengo, pero no nos engañemos: la tentación es demasiado fuerte como para quedarse uno quieto en las librerías, ya sean físicas o virtuales.

Desafortunadamente, a pesar de nuestra insaciable sed de lectura (o de simple acumulación de papel entintado y cosido), la vida es finita y no podremos devorar todos los tomos que quisiéramos. Peor aún con la amenaza de Internet y sus “contenidos” rondando cerca. No me siento en capacidad de decirles qué deberían hacer al respecto, pero yo, por lo pronto, estoy tratando de convertir los clics nerviosos (mi problema de siempre) en ratos de lectura fuera del computador. Quiero pensar que algún día llegaré a un punto de equilibrio entre los libros leídos y aquellos entrantes y no estoy simplemente desperdiciando mi dinero en promesas acumuladas. No obstante, aún si avanzo a paso de caracol, desde ya tengo la satisfacción de que los libros pospuestos no esperaron su turno en vano.

Lección para una coleccionista de islas

Colecciono islas. Es una afición que requiere paciencia; no se puede ir a todas al tiempo, y mucho menos se puede pretender abarcar todas en una sola vida. De todas maneras, una a una las voy visitando, dispuesta a que me enseñen cosas.

Rapa Nui es el lugar más inhóspito en el que he estado. En Hanga Roa (el único pueblo) hay casas y gente, sí, pero basta alejarse un poquito para quedar solo solo solo. Recorrí cuevas, caminé entre caballos salvajes galopantes, incluso tuve el placer —y quiero pensar que el honor— de tocar ukulele frente a un moai solitario sin nadie, absolutamente nadie, a mi alrededor.

Lo que llegué a entender estando allá era que llevaba mucho tiempo llorando por un amor perdido y ya era hora de dejarlo ir. Me refiero a Japón. No sé en qué momento entendí de repente que mi hogar durante cinco años no era el sueño de mi vida que yo había dejado escapar sino apenas un archipiélago en el mar donde está mi colección.

Desde que volví he estado estudiando japonés de a poquitos, al fin libre de la presión de sentirme una anomalía que fue allá pero no encajó lo suficiente, no se esforzó lo suficiente, no amó lo suficiente. Ya no siento la necesidad de desligarme de un idioma que aprendí, así que ahora lucho contra el olvido.

No sé cuál será la siguiente isla de la lista. En realidad, nunca se sabe. Vendrá cuando venga, y con ella, otra lección.

Back in San Francisco, Day 2: Japantown

En Las esferas del dragón, el maestro Roshi le entrega a Gokú una pesada caparazón de tortuga para que entrene con ella a cuestas todos los días. El método sugiere que uno se acostumbra tanto al peso extra que, cuando finalmente se libera de él, adquiere una ligereza que lo lleva a uno a saltar altísimo y correr como el rayo.

Así me sentí yo cuando me quité el morral que llevé a Japantown.

Tenía que dejar a Cavorite en un edificio art deco rosado hermosísimo sobre Market Street. Después quedaba libre para hacer cualquier cosa hasta recibir la señal de reencuentro. Armada con un mapa, un paraguas y un morral —el kit para trabajar en algún café— cogí por cualquier calle y seguí derecho, derecho, a ver qué. Modifiqué el curso un par de veces, paré por un sándwich de salmón con aguacate y un batido de coco con aguacate —palta, palta, palta— en un sitio con un letrero grande que decía “free wifi” —donde con cierta perplejidad me dijeron que no había conexión a Internet cuando pedí la clave, como si el letrero no existiera y yo estuviera loca—, y subí subí subí y bajé bajé bajé.

Art deco en San Francisco.

En el descenso de la loma el paisaje se empezó a poner raro: faroles de piedra en los jardines, letreros en japonés, un estanque en el centro de un conjunto de edificios, un templo. Era como haber pasado un portal interdimensional y encontrarme en un nuevo mundo que era pero no era familiar. Un barrio inclinado de Tokio but not quite. Durante un rato me sentí explorando un planeta desconocido donde curiosamente entendía la escritura y del que recordaba cosas sin haber estado allí antes. El nivel de extrañeza aumentaba al no haber nadie en la plazoleta central donde se erguía una especie de pagoda con cara de sombrilla múltiple. Un planeta abandonado, además. Entonces encontré la palabra 平和 (heiwa, “paz”) en un muro detrás de la pagoda, y ahí sí tuve un recuerdo de verdad.

La primera vez que fui a San Francisco yo no tenía más referencia de Japón que un jovencito mechudo de Maebashi y su modo de ser y actuar. Tiempo después aprendí que no todos los japoneses eran como él —menos mal—, pero por lo pronto él era mi pedacito de archipiélago. Este pedacito se convertía en toda una experiencia de confines del Pacífico en escenarios tales como el kaitenzushi en Chicago donde gritaban “irasshaimase!” cuando uno entraba, el supermercado Mitsuwa, el jardín japonés de St. Louis o, lógicamente, Japantown. Lo hice parar tras la pagoda, frente al letrero que no podía leer, y le tomé una foto. Mi japonés en pseudo-Japón: lo más cercano que jamás estaría a the real deal.

Pero ya sabemos que no fue así.

Entré a un centro comercial con mi morral al hombro y empecé a ver kimonos, paquetes de plástico color pastel y utensilios de cocina. Quisiera decir que el paisaje concordaba con el que había visto nueve años atrás, pero no: esta vez lo entendía. Todo tenía un lugar en mi memoria, pero en otro escenario. Quise hablarle en japonés a la cajera de la librería Kinokuniya como si del Kinokuniya de Shinjuku se tratara, mas no fui capaz. Luego, en la papelería Maidō, me creí una estudiante de la Universidad de Tsukuba que probaba esferos de colores en el Maruzen frente al auditorio. Prolongar el sueño me costaría caro. No obstante, no pude resistirme a pagar por quedarme con algunas de sus piezas.

Cuando ya estaba por salir del centro comercial, me encontré un puestecillo donde una anciana vendía onigiris recién hechos. Al ver la escena, sentí que tenía que hablar japonés necesariamente, como si la señora ligeramente encorvada y las bolitas de arroz estuvieran tan ancladas al ensueño en el que me había envuelto que no pudieran contaminarse con un pedido en inglés. Entonces hablé, milagrosamente sin miedo. Quise quedarme en ese limbo por siempre, pero parte de la felicidad radicaba en tener a quién volver. El camino era largo. Las puertas se abrieron y me dejaron intempestivamente en el agua.

Lentamente, bajo la lluvia, volví al edificio art deco rosado y esperé a Cavorite al calor del café con leche más feo de la galaxia. Apareció. Recibió una llamada. Esperé otro rato. Ahora había que celebrar el final del día. De nuevo a Japantown. Me quité el morral y usé mis brazos livianísimos para entregarle un par de onigiris de mis sabores favoritos y ayudarle a destaparlos.

Pittsburgh (anotaciones)

(No sea que se me olvide.)

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El apartamento donde vivía Cavorite queda justo encima de un garaje donde el dueño guarda sus autos antiguos de carreras (que funcionan y compiten en Schenley Park en julio). Cada vez que los veía pensaba en el intro del Show de la Pantera Rosa.

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Encontramos un supermercado temático de finales de los años 60. Podríamos ubicar perfectamente el Show de la Pantera Rosa y La fiesta inolvidable de Peter Sellers entre sus estanterías de madera con cajas de cereal bien groovy.

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Me parece increíble que a alguien se le vaya a a ocurrir dárselas de muy chévere-trendy-hippie-hipster por consumir productos orgánicos. Se me hace que el sello “orgánico” no es más que una especie de “agradezca que no lo estamos llenando de tolueno que nos saldría más fácil”. Supongo que parte del precio viene del párrafo al respaldo del producto en las fuentes y colores de moda que le dice a uno que al comerse este cereal y no otro uno está ayudando a salvar el medio ambiente. El aire acondicionado a todo teque, el computador a la basura cada año pero este té ya me convierte en el Capitán Planeta. Somos tan impotentes en este mundo que tenemos que pagar por los huevos de gallinas no torturadas como si las criaran en el patio de un castillo con granitos de oro y encima sentirnos como si en vez de haber ido al supermercado hubiéramos pasado la tarde limpiando pingüinos grasosos.

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Me costó un montón hablar con los cajeros y demás desconocidos dispuestos a intercambiar chispazos de gracia en todo lado. No me nació fingir que los descuentos eran algo más que “oh, good” ni tuve ninguna observación aguda sobre el sabor del pan recién horneado. Yo solía ser más extrovertida en inglés que en español, pero esta vez me sentí como si hubiera tenido que hablar en japonés. El nudo en la garganta y la mente en blanco ahí, todo el tiempo. Apenas pude conversar sobre M&M’s con la cajera de Target. “M&M’s are something that shouldn’t be tampered with”, dijo con simpática desaprobación al ver mis paquetes de coco, menta y frambuesa. Era muy gorda y tenía marcas de algún tipo de irritación en la cara. Denotaba cierta torpeza al hablar aunque disfrutaba la charla, como si no tuviera muchas más oportunidades de departir con alguien salvo esos breves encuentros en la caja. Le dije que podría probar los M&M’s exóticos y si no le gustaban podría regalarle el resto a un amigo. Me dijo que no le gustaba compartir sus dulces.

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“You’re very lucky”, le un viejito muy viejito a Cavorite en un café al saber que yo había venido de muy lejos a visitarlo.

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I think we both are.

Missing

Hoy hace un año fue mi último desayuno con Yurika. También fue mi grado de la universidad, pero en este momento quiero pensar solo en ella. Pienso en ella porque le escribí para recordarle el aniversario y el correo me lanzó al instante un mensaje terrorífico: la dirección de correo ya no existe. Google me la trajo en forma de fotos improbables, pero no es suficiente. Quiero decirle que recuerdo nuestros desayunos en el parque, los museos en Naoshima que eran como estar muerto y conocer el cielo, su ropa bonita, el anillo que me trajo de Mozambique y usé con el hakama de grado. En realidad me siento mal por permitir que esto haya sucedido.

He sido muy ingrata con mis amigos de Japón. Le echo la culpa al miedo a usar el japonés, aunque afortunadamente ha bajado considerablemente desde que empecé a dar clases particulares. Pero yo cuándo no tengo miedo a hablar en el idioma que sea, me dice una parte de mi cabeza. Podría decirse que así soy yo y ya, pero eso no es una buena excusa. Y tampoco es que me vaya a resignar a perder los poquitos amigos que me dio esa tierra loca. Tengo un número de teléfono con indicativo +81 en un bloc de notas del Museo Chichu de Naoshima. Voy a desafiarlo todo. La tengo que encontrar, sea como sea.

Nueve de abril: el discurso de Olavia

Hablar. Odio hablar. Me cuesta mucho y me suena horrible. En español no pronuncio la mayoría de las consonantes, vaya usted a saber por qué. No vivo en Bogotá sino que io en ootá. No me gusta preguntar precios en las tiendas o si tienen tal cosa, y mucho menos me gusta llamar por teléfono. Se supone que en japonés no sufro de este problema fonológico, pero la ansiedad que me da no tener el suficiente vocabulario para desenvolverme en la conversación me deja como al rey George VI en The King’s Speech.

Tuve que llamar a Japón a agradecer un favor que me iban a hacer pero al fin no necesité. Le di largas al asunto por varios días. Me dio dolor de estómago cuando finalmente resolví hacerlo. Repasé mentalmente mi parlamento. Marqué. Ay, ay, ay. Hubo pausas y risas nerviosas. Cuando colgué, quedé exhausta. El teléfono me pone mal.

A veces pienso que si pudiera me comunicaría exclusivamente por escrito y usaría las cuerdas vocales solamente para cantar. Las compras y diligencias las haría en cajeros, máquinas expendedoras, Internet. Máximo en un supermercado donde solo le dijeran a uno el precio, gracias, adiós. Sin embargo, el asunto se complica cuando uno ya no vive solo y tiene que aguantarse el chirrido que tiene por voz diciéndole sí a la mamá o preguntándole a alguien si quiere hacer algo mañana. Pero no está mal eso. Lo único es que, si bien disfruto la compañía, me cansa ejercitar los labios, la mandíbula y el diafragma de ese modo.

Ocho de abril

Vida social. Ooooh. Hay que salir, hay que llamar a avisar que voy tarde, hay que recordar que esta es una ciudad y uno se demora un montón de tiempo para llegar a cualquier parte. En una semana en Bogotá he tenido más encuentros con personas que en tres meses o más en Tsukuba.

Asai Sensei lleva un buen rato esperándome. Gracias a su existencia no tengo que preocuparme demasiado por el destino del japonés que aprendí. Él, que se la pasa solo —y yo soy especialista en soledad— habla y habla y se desahoga. Yo, que necesito practicar, escucho y entiendo y respondo y me dejo corregir hasta que la cabeza se me recalienta y se me empiezan a borrar las consonantes.

¡Y ahí no termina! ¡Después de eso tengo otra cita! ¡Tengo que llamar a otra persona y decirle que ya voy para su casa! ¡Y esa persona a su vez llama a oootra persona y llegan dos personas y vamos a un restaurante y allá llega una más! ¿¡Ah!? Y no es de esa gente que me invitaba por pesar o para tener la fiesta más concurrida de todas o porque tocaba por ser la amiga de alguien popular o porque se necesitaba más mano de obra para poner adornos navideños. No; esta vez es gente amena y asumo que no les parezco demasiado fome. Ja. Fíjense. La nueva vida de la gran paria de Tsukuba.

Llego a mi casa tarde (¡carambola!) y todos (más de dos) nos acordamos de lo mismo. Medibot.