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Retiro

Cuando estaba estudiando literatura en la universidad, estaba segura de que la frase “viaje de trabajo” nunca entraría en mi vocabulario a no ser que me entregara a la academia y me fuera re bien o me convirtiera en una escritora famosa que va a promocionar sus libros en todas partes. De la academia decidí darme un respiro y regresar en otra ocasión (if ever) y lo de llenar libros con mis letras, aceptémoslo, jamás ocurrirá. No obstante, la vida ha sido muy benévola conmigo y ahora me dispongo a viajar por segunda vez gracias a mi nuevo oficio.

Pero ahora metámosle un pero. Voy a pasar casi toda la semana sin teléfono fijo ni señal de celular ni internet. Se supone que yo tengo experiencia en este tipo de desconexiones —en 2008 pasé diez días saltando bus-hotelucho-bus en Vietnam sin mayor noticia del mundo exterior, y fuera de la cabecera municipal de La Dorada estoy en la olla— pero ahora leo la hoja de recomendaciones del sitio donde estaré a partir de mañana y entro en un estado como de inquietud. Incomunicación total en un santuario de flora y fauna. Me siento como si me fueran a mandar a ese retiro espiritual que hizo mi amiga Lynn donde tenía que pasar días sola en una montaña sin nadie con quién hablar ni comida ni agua. Además, a falta de Internet me tocará cargar un diccionario impreso como cuando la tripulación del Enterprise se tuvo que comunicar en klingon y la cubierta de la nave se inundó de tomos viejos. Este es el futuro y todavía nos mandan a volver al papel.

Aquí va un párrafo de conclusión pero la conclusión es que estoy nerviosa. Debería estar pensando en maticas y pajaritos pero ando preguntándome qué hacer cuando me falte la información instantánea como si de café o cigarrillos se tratara. Resignarme a la ignorancia, será, y ponerme a dibujar a ver si alcanzo la iluminación.

It’s (Not) My Party

Hoy me harté. Estaba viendo un paisaje verde furioso desteñirse lentamente entre Mariquita y Armero cuando le eché un vistazo a mi celular y me irritó lo que encontré en esa red de monólogos en la que estoy metida. Pensé que era apenas una señal de mi mente para mirar más por la ventana del carro y decidí esperar hasta la noche. Ahora estoy en mi cama y la sensación de hartazgo continúa. Quiero una desintoxicación. Quiero salirme de la fiesta —porque no importa cuánto me proponga lo contrario, yo siempre siempre me aburro en las fiestas—. No estamos teniendo ninguna conversación real ustedes y yo, en todo caso. No en Twitter. Fijo vuelvo más tarde, pero por ahora dejo mi vaso a medio tomar en cualquier mesa y me alejo del ruido. No sé por qué de repente me veo pedaleando en Tsukuba a medianoche con un frío tremendo.

Chatbot

A veces me aburro muchísimo. En ocasiones el aburrimiento es tal que llego a preguntarme por el sentido de mi vida y me digo que para qué remediar esta situación de tedio haciendo cosas si ninguna de esas cosas sirve en realidad. Entonces me quedo mirando lomos de libros al otro lado del cuarto sin verlos realmente, la mente empeñada en hundirme más. De repente, unas frases sueltas aparecen por ahí y me dicen que no me ponga así. Yo contesto. No sé si converso con esas frases. Se manifiestan y yo las alimento con más palabras como “bueno” y “está bien”, pero no sé si eso sea una conversación propiamente dicha. Las respuestas de lado y lado son bien esporádicas. Creo que las frases antiguamente pertenecieron a alguien, pero su dueño las abandonó y ahora se ocupan en emular conversaciones. Como los chatbots. De pronto en realidad estoy haciendo intercambios con un chatbot como ese pobre señor que se enamoró de uno creyendo que era una rusa con mal inglés. Algunas personas encuentran terapéutica la charla con chatbots; de hecho, se ha llegado a poner en consideración la idea de reemplazar a los psicoterapeutas por procesadores de lenguajes naturales. Después de todo, la gente sigue acudiendo a Eliza pese a saber que no es más que código expresado en una interfaz rudimentaria. Sin embargo, no sé qué tipo de ayuda podría encontrar en este programa que me busca —¿me busca o tan solo responde a determinados estímulos, digo, entradas?—. La modernidad es buena e imagino que gracias a esta serie de textos breves alguien está siendo relevado de la penosa labor de indagar si sigo viva, pero no sé si deba regocijarme en un consuelo que simplemente sale y entra de un cuarto chino. Es un mensaje digerido pero al mismo tiempo intacto. Me pregunto si en cada intento exitoso de provocar mi reacción verbal el programa siente alguna clase de orgullo. Me pregunto si me agradecerá cuando pase el test de Turing.

Inner Peace

Mi nuevo trabajo —que ya no es tan nuevo, ahora que lo pienso— exige que yo lea insultos todo el tiempo. Los insultos no van dirigidos a mí pero es mi responsabilidad recibirlos. A veces termino disgustada porque la gente se queja por pequeñeces o siempre hace el mismo chiste malo o encuentra maneras cada vez más creativas y asquerosas de morbosear al personaje cuyas redes sociales administro. Así pues, consciente de que mi vida actual requiere una dosis enorme de paciencia, he decidido reducir al mínimo las fuentes del mal genio. Esto en principio no es demasiado difícil en un ambiente de trabajo tan divertido como el que me ha tocado en suerte, pero de todas maneras hay que hacer lo posible por conservar la paz interior para no terminar deseando que tres cuartos de la población tuitera se electrocuten con el mouse por trinar tantas idioteces.

Así pues, estoy intentando adoptar una estrategia de optimización de la calma. Se trata de algo sencillo, de pequeños cambios efectivos —aprendí en un trabajillo extra que es más factible obtener respuestas positivas cuando se trata de cambios pequeños acumulativos—. Por ejemplo, ¿sí han visto a las personas que abandonan Twitter del todo porque les produce estrés innecesario? Bueno, mi propuesta es mucho menos drástica —en parte porque necesito mantener una cuenta personal activa para no enloquecer con la del trabajo—: dejar de seguir gente y ya. Una ventaja que tiene Twitter sobre la vida real es que uno no tiene que verle la cara de bofe a toda esa gente que escribe como si siempre tuviera cara de bofe. ¡Y se pueden eliminar del día a día! Es así de fácil.

Otro aspecto del plan ha consistido en retornar a las fuentes básicas de felicidad y satisfacción: comer bien, buscar espacios para compartir con gente agradable, practicar música todos los días. El ukulele es esencial. Hasta ahora el plan ha funcionado a las mil maravillas (salvo al momento de abordar un Transmilenio lleno como frasco de encurtidos). Sin embargo, las inquietudes silenciosas aún quedan guardadas al fondo como la amenaza invisible del coral filoso al fondo del mar. Sorteo las olas pero apenas pongo pie en tierra me hieren las preguntas. ¿Hasta cuándo seguiré dilatando la espera? ¿Cuándo me tiraré finalmente al abismo y haré algo de verdad? Toda la vida he sabido lo que quiero y, sin embargo, he preferido que el miedo me relegue a una nada rutinaria para conseguir que los días pasen como páginas de un libro sopladas por el viento. De prisa y sin que nadie las lea.

Ahí va entonces otro ítem para la lista de pequeños cambios necesarios, solo que abandonar el temor sería un cambio inmenso. Acobardada sigo vadeando, preocupada por la violencia de la superficie del mar para no pensar en las corrientes profundas. Mientras me mantenga congelada en esta orilla —¡la cómoda seguridad de la inutilidad!—, seguiré lejos de encontrar la paz interior.

Cinco de mayo

El día empieza como un mar tranquilo, sin nada de nada en el horizonte y uno flotando cual barco velero con millonarios del Mediterráneo. No sé por qué millonarios pero el día es así. De repente hay una conversación muy larga con j. Él tiene una idea y la idea requiere una hoja de vida. Oh, oh. En cuestión de minutos paso de ser alguien que nunca ha hecho nada más que pasear por la Micronesia a ser alguien con cierta experiencia en ciertas áreas que no constan en mi título. La cosa progresa (¡!) y tengo una entrevista. Me lleva un taxista-atleta que me dice que él es de mentalidad ganadora y no acepta la derrota. Va a correr una carrera muy pronto. Yo también tengo un reto, creo. El estómago me da tumbos a medida que subimos por la 94 y él señala los andenes, indicando cómo le gustaría que fueran todos los andenes de Bogotá. Y bueno, yo voy acá narrando detalles nimios como evadiendo pero el asunto es que llego al edificio y subo a la oficina y me llevan a un lugar apartado y me preguntan quién soy yo y qué he hecho. Hay una charla larga que incluye Internet, Internet y más Internet. Que si tengo Facebook. Y Twitter. Cuántos followers. Hace cuánto tengo un blog. Aprovecho para dar un poco de historia patria y hablar de TOL. Y ya, supongo. Muchas gracias, tenemos más gente por entrevistar, la llamaremos.

Salgo del edificio, cruzo la calle, suena el celular. Es de la oficina. ¿Qué se me habrá quedado allá?, pienso. Empieza mañana, me dicen.

Oh.

2010 (Reprise)

El año del ukulele. El año de los dibujitos. El año de la bisutería. El año de Sia. El año de Tsukuba – Guam – Kioto – Nara – Tokio – Ginebra – Lyon – Montreux – Aigle – Lausanne – París – Amsterdam – Lisse – Seúl – Bogotá – La Dorada – Pandi – Buenos Aires – Nueva York – Naoshima. El año de la tesis. El año de la mudanza de los blogs. El año del hikikomorismo.

Un año que prometía ser el más feliz de mi vida pero al final resultó un timo total. Uno en el que aprendí que si bien el amor todo lo puede y todos lo buscan, el mío es una cosa estorbosa de poder nulo.

Un año compuesto de millones de instantes. Las conversaciones cantadas con Cavorite. La noticia del matrimonio de Minori. Mi abuelo en cuidados intensivos hablándome de aritmética. Los desayunos con Yurika en el parque. El mejor helado del mundo en cama con mi hermana. Hazuki en mi casa, en ruana. María Lucía y Ueo a la vera del río. Una flor roja en el pelo de Amber. El peor cólico del mundo en una banca rodeada de venados, al lado de j. El milagro navideño del pollo frito de combini con Azuma. Mer y Santiago tiñendo de felicidad el subway. El CERN. El KEK. La JAXA. “Vous êtes jolie”. Cada uno de los cuatro mil sánduches que elaboramos o compramos con Cavorite. El pescado más gracioso del planeta en compañía de Yin y Azuma. “Wonderwall” a dúo para un público ribereño. El reencuentro con Alicia. El museo Chichu, la antesala del cielo. Un vuelo NYC-Tokio pasado por agua. Aquella persona que quise tanto conocer y no pude. La gran película de acción que fue la entrega de la tesis. Los traboules. Las postales. Los lápices de colores. Las torres de libros.

Ahora estoy enferma y no puedo levantarme a darle un final decente a este año de telenovela, pero bueh. De todas maneras el final final, el definitivo, inexorable e impajaritable, vendrá en marzo. Este es solo un cambio de fecha en el frío del invierno. Bah, bah, bah y recontra bah.

Beam Me Up

Les dije que no dolería.

No me casé, no me fui a vivir con nadie, no me voy a vivir con nadie, no he hecho papeles para adoptar a nadie. No dejé de escribir. La mudanza ha sido un poco cansona, pero ahí vamos poco a poco. Acomódense donde puedan porque todavía no hay sillas.

[ Hello — Lionel Richie ]

Síndrome de abstinencia

Leer el timeline de alguien en Twitter no significa que uno esté pendiente de esa persona. Si acaso uno está morbosamente al tanto, pero es como quien espera el desarrollo de una historia en la franjita roja de abajo en el canal de noticias. Y ni siquiera es una historia interesante. “Qué día tan desastroso”. “Solo la música salvará mi corazón roto”. “Paso la noche en vela y aún soy incapaz de hacer la tarea”. Entre más sufra uno en público, mejor. Estoy casi segura de que lo que realmente nos agobia no está consignado en paquetes de 140 caracteres a no ser que al otro lado de la línea haya alguien que capte el indirectazo. Pero de esto ya he hablado.

Ayer decidí alejarme todavía más de Twitter. Ya ni siquiera es pensarlo dos veces antes de escribir. Es no usarlo, de ser posible. No me refiero a cerrar la cuenta y que aparezca “this page doesn’t exist!” en vez de mi cara y mis ingeniosas frases (jaja, sí, claro) porque nunca he sido así de radical. Pero si yo suelo ser la primera en rechazar invitaciones a fiestas, ¿por qué querría quedarme en esta que sigue y sigue y sigue? Ni siquiera dan pasabocas. Y luego va uno y se da cuenta de que con algunas personas fuera de Twitter el tema de conversación es Twitter. Oh, un nuevo insultador ha nacido. ¿Me importa? Claro que no. Así que dije “ça suffit!” y adiós.

***

Consciente de que aún no puedo ganarme mi chip de “1 day sober” me levanto de la silla y les cuento cómo fue mi día sin Twitter. O más bien, llenaré este rectángulo grande con todo lo que no puse en el rectángulo pequeño que estoy tratando de dejar:

Las primeras horas de alejamiento pasaron apaciblemente entre el avance lento mas no doloroso de lo importante y una foto que me tomé con un wok nuevo que me compré como incentivo para mi exitoso programa de mejora de la calidad de mi alimentación (recuerden: la versión oficial es que no sé cocinar, así que shh). Tuve el impulso de contarle al mundo la gran noticia, pero en cambio se la conté a Cavorite. Bien. Quise hablar también de las curiosidades lingüísticas de la hiperqueratosis plantar, pero el tema ya había sido cubierto durante mi desayuno al aire libre con Yurika (un sándwich de lechuga, tomate y queso emmental tamaño achira + un pan dulce tamaño achira + un tinto = ¥810), así que le envié un mensaje de seguimiento al celular. Fue la primera vez que le escribí un mensaje a una japonesa para hablar de cualquier bobada. Sí, después de tanto tiempo. Sí, estando a punto de abandonar el país. Muy triste pero muy bien.

No obstante la sensación de poder sobre el tiempo y la información a lo largo del día sin aquella pestaña abierta en el navegador, me invadía con cierta frecuencia la sensación de estar perdiéndome de algo. Finalmente volví a usarlo hoy, supongo que extrañando la engañosa sensación de intercambio con otros seres humanos. No aprendí mayor cosa, como era de esperarse: un equipo de fútbol le ganó a otro, me parece que por goleada. A la gente le sigue gustando la música, pero nunca llegué a recordar qué bandas. Alguien borró su cuenta de Twitter y abrió otra, quién sabe por qué. Hay un programa nuevo sobre zombis (¿es que no hay más tema?). Hubo un temblor más o menos fuerte. Ah, eso me pasó fue a mí.

Después de un par de horas con la ventana abierta volví a ponerme a pensar. Me acordé de mi amiga Seele en Berlín. Hace rato no hablo con ella. Parte de mi cabeza intentó consolarme por la ingratitud: “bueno, pero la has estado siguiendo en Twitter”. ¡Y qué! El hecho de que yo descuidadamente me entere de sus aventuras con el tren y la nieve no me hace mejor persona, no afianza nuestros vínculos, no es prueba de nada. No es que uno tenga que pasársela hablando todo el tiempo para ser un buen amigo, pero nos engañamos si pensamos que a punta de titulares tenemos las relaciones bajo control. Yo no sé nada de ustedes y ustedes no saben gran cosa sobre mí. Y seguramente así se va a quedar, porque ni ustedes ni yo estamos tan interesados en ahondar en las grandes noticias que son el frío y la rabia.

Así que heme aquí, hablando como perdida recién aparecida, tratando de arreglar el daño que me ocasioné dejándole a Twitter el manejo de mis relaciones personales y mi monólogo interior. Como primera medida enviaré postales a los que quieran (a no ser que por ahí veinte personas o más digan yo-yo-yo, pero eso es imposible). No sé de qué vaya a servir, pero seguro es más significativo que favoritear tweets que cinco minutos después pasarán al olvido.

[ Wormhole — Wendy Carlos ]