Archive for the 'maladie' Category

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Un cerebro en un frasco y otros dolores

Hoy mi cerebro flota libremente en un frasco lleno de líquido. Desafortunadamente ese frasco viaja en un camión sobre una carretera destapada. Pa-pum, pa-pum, hace el camión sobre un hueco. Clinc, clinc, clinc, hace mi cerebro contra el vidrio del frasco. Los golpes duelen pero no sé cómo pedirle al camionero que pare, si el camionero soy yo.

***

Ayer en la tarde se hizo claro el punto de donde irradiaba todo mi dolor. Era un gigantesco clavo que atravesaba una de mis vértebras lumbares y desde el cual emanaban rayos que se derramaban lentamente por mis muslos hasta mis rodillas. Intenté distraer de mi mente la presencia de tan incómodo pedazo de chatarra, pero los rayos se extendieron por la parte superior de mi cuerpo y empecé a preguntarme: si me cortaran la cabeza, ¿perdería el cuerpo o perdería la cabeza? ¿Podría aliviarme la cabeza quitándome el cuerpo adolorido? Pero el hachazo tendría que doler todavía más. Además sería justo sobre la garganta, que no me estaba doliendo en absoluto. ¿Y si fallara al primer golpe como el remate del seppuku de Mishima? Se convertiría en algo así como la escena del sacrificio del búfalo en Apocalypse Now. Y entonces me moriría y no habría servido de nada porque ya no sentiría dolor pero tampoco alivio.

***

Tenía ganas de escuchar “Miss Misery”, de Elliott Smith, pero el sonido se fue desintegrando y se convirtió en arenas que se metían en las náuseas y me hacían más insoportable la incomodidad general. Cerré los ojos para apagar la canción, le di la espalda, deseé que se acabara la batería del computador. Las náuseas iban y venían. La marea del mareo. Logré evadir la tormenta con intervalos de sueño, pero en la noche resulté lidiando con un casco de dolor que me recubría la cabeza. No era la misma sensación de ahora —clinc, clinc— sino un colador de espaguetis metálico que no cedía a la presión de los dedos. Rogué por el fin de todas las luces y me agazapé bajo las cobijas.

***

Desperté. Ya no tenía fiebre. Me incorporé en la cama, convencida de mi mejoría total. Clinc, clinc, clinc.

Divagación indigesta

Extraño mucho el arroz con curry japonés. Bueno, tal vez no en este preciso instante puesto que estoy a punto de vomitar un curry “tailandés” de un popular restaurante “asiático” bogotano. Supongo que debo anotar que no fracasan del todo los dueños de esta franquicia: la evocación asiática se logró en cuanto a que el malestar que tengo ahora podría equipararse en cierto modo al que me mantuvo al margen de todo manjar en Bangkok. La diferencia es que en Tailandia me enfermé mucho antes de darle un primer bocado a cualquier cosa, y aquí fue la comida la que me enfermó. Siento que no voy a poder volver a darle nada sólido a mi estómago en mucho tiempo.

Quería escribir acerca del kare raisu que preparaba Minori y el que servían en las cafeterías de la Universidad de Tsukuba, pero el dolor —y la vívida evocación de ese potaje grasoso color anaranjado que me comí al almuerzo— no me deja. No obstante, mi estómago aún tiene el criterio para anhelar (¡pese a todo!) un buen curry con tonkatsu del viejo cocinero de Ichinoya, mi dormitorio-cárcel.

Bueno, no es más porque no puedo más. Deséenme suerte esta noche.

Lingua, sanguis

Estaba comiendo carne de cerdo en la sala de la casa cuando sentí una especie de piedra afilada deslizarse dentro de mi boca, rasgando las papilas. Abrí los ojos como platos, di un par de pisotones sonoros y finalmente dejé escapar un gemido. Creo que dije algo así como “aaa”. Dejé el plato a un lado y me puse a bizquear sacando la lengua. Rosa, una línea roja, una mancha roja. Agh. Es la segunda vez en menos de un mes. La primera estaba en Nueva York y me cavé un pozo en la parte de atrás. Era una especie de impresión de la muela, solo que no en yeso sino en carne.

No entiendo los movimientos involuntarios de la lengua. No entiendo cómo llega a interponerse entre dos filas de muelas vueltas dagas por el bruxismo del mismo modo en que un salaryman suicida se le manda a los trenes. Un saltito y sangre. Breve. La diferencia es que, mal que bien, la víctima sigue funcionando. Ya se siente adormecida, pero me toca reemplazar las eses por efes cuando hablo para no traer de vuelta el dolor. Mañana tengo un almuerzo importante y me va a tocar pedir un caldo por culpa de mi lengua con delirio de Prince of Persia. Prince of Persia que perdió el juego. Preff any key to continue.

Cuatro de abril, 1

No puedo dormir. Tuve ese sueño horrible del que hablé antes y hasta ahí llegué. Son las seis de la tarde allá. Mi estómago gruñe. Contrario a la gripa tailandesa, esta es una que me hace dar ganas de comer y comer y comer. No obstante, me detuve después de la sopa de menudencias. Si estuviera allá no tendría ningún reparo en pararme a la nevera y servirme cereal o arroz con queso parmesano, poner música y resignarme a que amanecerá. Pero acá es diferente. Comer a esta hora no tiene mucho sentido, todo está oscuro y frío y para ir a la cocina toca atravesar la habitación, abrir la puerta, bajar las escaleras, bordear parte de la sala-comedor, empujar la puerta de vaivén de la cocina y buscar. Es una casa muy grande esta, y eso que es chiquita.

Tres de abril

Tengo gripa. Sí, fantástico, a quién le importa. Lo mismo me pasó en Tailandia hace unos meses y qué se le iba a hacer. Dormir y omitir el pad thai porque qué más.

A mi mamá le importa. Llega a mi cuarto con un vaso de jugo de uva caliente y la oigo al teléfono pidiendo sopa de menudencias a domicilio. Si no me muevo estaré mejor mañana. ¿Cuándo fue la última vez que me enfermé y no tuve que enfrentarlo sola sola sola a punta de yujacha y futón? ¿Será que es posible hacerse uno su propio yujacha con cítricos y miel? De pronto el yujacha ni siquiera existe salvo en mi cabeza.

Mientras oscurecía me quedé dormida y soñé que era mi último día en Japón. Era un sueño sumamente angustioso en el que yo estaba en un almacén por departamentos con Azuma buscando souvenirs y una última cena con el tiempo apremiando y el espacio en las maletas prácticamente nulo. Qué alivio me dio abrir los ojos y saber que lo perdido se perdió hace rato. ¿Se perdió realmente? ¿No es como cuando uno despierta y nota que en realidad nunca tuvo aquello que hasta hace unos instantes era tan obviamente tangible?

A mi alrededor no hay mayor evidencia de que los últimos cinco años fueron reales. Azuma me habla desde un lugar amplio y soleado, y es como si siempre hubiera estado allí. Se ríe, come pie de manzana, tiene color en el rostro. Ya no sé por qué conozco a quien conozco. Qué confuso es todo.

La vida después de la tesis: día 1

La vida después de la tesis transcurre apaciblemente. Desperté como si recién me hubieran propinado una golpiza y mientras el cuarto se llenaba de una luz como de gruta del tesoro de Indiana Jones me puse a cantar “All Things Must Pass” de George Harrison. Yurika me invitó a desayunar a su casa; hablamos de nuestras respectivas vicisitudes a la hora de la entrega, miramos las fotos que tomé durante nuestro paseo a Naoshima y nos reímos hasta que nos dolió el estómago.

Tenía plazo para entregar la tesis hasta las 12m del día de ayer. Al parecer la entregué a las 12:00 según el reloj de la oficina. Yo no me di cuenta, pero Yurika casualmente estaba allí y vio cómo estuve a punto de perder de primerazo el chance de graduarme gracias a la extraña falta de miedo que dominó el proceso de escritura del documento más grande de mi vida universitaria.

Me había encerrado en un salón de computadores vacío a eso de las 8am y me puse a arreglar cosas, tan empecinada en negar el paso del tiempo, que aún cuando empezaron a aparecer personas desconocidas preocupadas por mí no sonó ninguna alarma en mi cerebro. Eran las 11:52 y yo seguía tan campante. Poco a poco dejaron de ir y venir para estacionarse alrededor mío y rogarme que detuviera lo que estaba haciendo y entregara la tesis como fuera. Al fin la mitad del creciente equipo de curiosos me separó del computador casi que a la fuerza, puso papel en la impresora, me señaló la ubicación de la perforadora más potente que yo jamás hubiera visto y me mandó a correr. Me di cuenta de que esta no era ninguna tropa de fisgones cuando los oí hablar por celular sobre la coordinación de mi llegada a la oficina y cuando ya en el pasillo apareció de la nada uno de ellos para recordarme qué dirección tomar. La otra mitad del equipo me esperaba a la entrada de la oficina, haciéndome barra. (Esta es la parte de la historia donde Yurika llora de la risa.)

Creo que me volví famosa porque en todo el camino de vuelta a la sala no hice sino recibir felicitaciones de gente que nunca había visto en mi vida. El grupo de apoyo —que resultó ser la mayoría del departamento de Estudios de Área de mi facultad— me invitó a su celebración de fin de tesis. Hubo champaña, pollo frito, croquetas, frutas y chocolatinas. También hubo un (¿último?) encuentro con Alicia, mi amiga de primer año. Se acordaba de mi vida.

Supongo que aquí es donde la historia empata con lo que escribí ayer. Aún no sé bien cómo sentirme, salvo que el cuerpo me falló de repente tras el desayuno de hoy y pasé toda la tarde en cama, sin fuerzas casi ni para hablar. Creo que ya estoy mejor (gracias a los cuidados de Azuma), pero la sensación de qué demonios acaba de pasar permanece. Algo debe seguir después de esto, pero no logro vislumbrarlo.

[ Sunny — Stevie Wonder ]

Panza, bonete, libro y cuajar

Estoy mal del estómago. Otra vez. Siempre estoy mal del estómago. ¿Qué pudo ser esta vez? ¿La leche de soya? ¿El puré de ahuyama? No tiene caso señalar culpables. Me dan escalofríos, bajan hasta la altura del ombligo y ahí se quedan. Rrrrr, rrrrr. Es como si tuviera un motor defectuoso acá adentro. (“Chancletielo, chancletielo”, dice el mecánico inclinado bajo el capot del viejo Renault 4.)

Hace sol pero no quiero salir. Tiene cara de ser ese sol frío que solo sirve para dibujar sombras raras en el pavimento. Es como un abrazo insincero, como un apretón guango de manos. Creo que quiero eructar. O vomitar. O acostarme y agarrarme la barriga con las dos manos. Es blandita mi barriga. No sé para qué querría tenerla dura.

Cuando era chiquita odiaba mi panza. Estaba convencida de que era la única niña barrigona del mundo. Y bueno, en el colegio ayudaban a reforzarme esa noción. En clase de danza, cuando todas teníamos que andar en traje de ballet, una de las compañeras decía que yo parecía embarazada de nueve meses. Sí, definitivamente yo debía ser una anomalía de la naturaleza si todas eran tan rectas y espigadas. Olvidemos que la vida les regalaría poco tiempo después caderas de crinolina; ese es un detalle menor si en la feria de las formas a mí me tocó la de nevera.

En todo caso la barriga siguió siendo un problema central en mi adolescencia. ¿Por qué no usar bikini? Por la barriga. ¿Fotos sentada? Se nota la barriga. La barriga, la barriga, la barriga. Intentaron ponerme una banda de caucho gruesa alrededor de las caderas a modo de recordatorio para meter panza, pero al final del día eso resultaba enrollado bajo las costillas y la pipa seguía ahí, invicta. Para colmo de males, a los catorce años me mandaron a Estados Unidos a un “intercambio cultural” organizado por el colegio. El paseo, que lo único que tuvo de intercambio fue la iluminación que trajimos a nuestros host parents and siblings“yes, we go to school”, “no, we don’t live on trees”, “yes, we do have cars”, “yes, I know that’s a computer and it’s much older than mine back home”—, contaba con la escolta de nuestra profesora de música, quien no dudó en reprochar mis elecciones alimenticias (¡un sándwich entero en vez de medio sándwich! ¡engendro de Gargantúa!). Quién sabe qué diferencia habrá hecho medio sándwich, pero volví del helado estado de Minnesota hecha un tonel. Un tonel con gafas y brackets y acné severo. Y barriga.

Lo siguiente entonces fue la dieta: perder toda esa eh, ganancia, antes de cumplir quince años porque… porque son quince años y quince años no se cumplen todos los días y la fiesta y todo, ustedes saben. Una fiesta a la que invité a dos amigas, de las cuales una llegó un día antes y luego no fue el día que sí era. Así que me consagré a la piña y el atún. Bueno, piña y atún y huevo cocinado y una galleta con chocolate de postre al almuerzo. No hay mucho que pueda decir al respecto, salvo que para la digestión una rodaja de piña en ayunas todos los días es bendita. La panza no se va, claro, pero cuando el ejercicio no es una opción, con que lo abombado se desinfle un poquito ya todos respiramos aliviados.

Supongo que el último capítulo de esta saga de la autoestima juvenil femenina ocurre exactamente diez años después, en Hawaii. Olavia Kite se da cuenta de que no ha comprado un vestido de baño en ocho años y el que lleva a sus vacaciones solitarias es bastante poco presentable. Entra a Macy’s, se dirige a la sección de trajes de baño convencida de que alguien como ella —neveroide, con barriga, toda blandita— requiere uno de una sola pieza. Es una zona remota, pequeña y con una oferta bastante pobre, comparada con la cantidad impresionante de bikinis alrededor. De repente se detiene y piensa: “¿por qué debería comprarme un vestido de baño de una sola pieza? ¿Qué es lo que debería avergonzarme? ¿Acaso tengo algo que esconder?” Así es como por primera vez en mi vida, neveroide, con barriga y toda blandita, me compré un bikini. Y me sentí muy bien.

Ah, sí, el estómago me sigue doliendo, pero a punta de té digestivo y galletas de soda con mermelada estoy segura de que muy pronto me sentiré mejor.

Es lo que hay.

[ Big Girl Little Girl — Sia ]

Festival

Hoy no es día de dibujar. Es domingo, pero no es día de dibujar. Llevo mucho tiempo encerrada. No he hablado con nadie en 36 horas. La situación de Azuma es parecida. Hay que hacer algo. Como un par de pacientes psiquiátricas salimos a caminar a ver si el aire fresco nos sienta bien. La diferencia es que yo no tengo pastillas de colores sobre mi mesa, pero eso no importa ahora. Al otro lado de la calle donde pasan los buses nos espera el Festival de la Universidad.

El caos es una aparición súbita al final del camino tapizado de osmanto. El aroma de las florecillas anaranjadas cae aplastado por el olor a cocción improvisada. Hay gente gritando irasshaimaseeeeeeeee ikagadesukaaaaaaaaa por todas partes, grupos de rock desafinadísimos en las tarimas y puestos de comida que alguna vez nos pareció interesante pero ahora nos da absolutamente lo mismo. Yakisoba, yakitori, takoyaki, yakisoba, yakisoba, yakimanjuu, yakisoba. Parece un sketch de Monty Python, solo que nadie se ríe. Este es nuestro último festival y nos da la misma nostalgia que tuvo Moff Tarkin cuando mandó destruir Alderaan.

Primero entramos a ver la exposición de arte. Antes íbamos a ver algún cuadro de Azuma exhibido junto a los de sus compañeros, pero ahora que su obra se ha trasladado a su casa solo vamos a examinar el trabajo de los demás. Hay una estudiante de nihonga que cada año saca el mismo cuadro craquelado de una lechuga. Esta vez son dos lechugas. Progreso. Yo juego a la crítica de arte y me invento discursos de análisis de las peores obras. Hago cara seria, gesticulo con las manos, digo “otredad”, “reapropiación” y “paradigma”. Nos desternillamos de risa y seguimos.

Fuera del edificio de artes, un grupo de unas diez personas toca música andina con caras excesivamente sonrientes. Es el club de Folklore (“Phorukurooore”). Tienen ruanas graciosas encima de la ropa de asalariado, dos tamboras, alrededor de cinco zampoñas que no suenan y como mil charangos. No entendemos lo que cantan; ellos tampoco. Más allá hay una demostración de kickboxing. Entre los luchadores debe estar el stalker de Azuma. Ella aparta los ojos del ring mientras yo alcanzo a ver de reojo cómo defienden su virilidad con desespero, como si en algún momento fuera a sorprenderlos la policía de género. O sus propias dudas.

El día está insoportablemente húmedo. El cuerpo se siente pesado como cuando ya ha pasado el mediodía y uno sigue en pijama. Alcanzo a preguntarme si me bañé. También me pregunto si desayuné, si almorcé, si he tomado líquidos en todo el día. Solo me recuerdo leyendo. Paramos en el puesto de comida africana para saludar a Mamadou, el senegalés, cuya camisa lo convierte en la viva imagen de Carl Anderson en el papel de Judas. Queremos una igual. Yo, además, quiero una porción de ese arroz con pollo cuyo nombre no llegué a entender.

Poco después llegamos al edificio de culturas comparadas y biología. No tiene caso preguntar por qué carreras tan disímiles comparten sede, así como tampoco lo tiene seguir caminando. Giramos en redondo y dejamos que el ruido se vaya sofocando mientras mi mano acaricia los arbustos. Las ramas apenas teñidas de rojo en las puntas se desprenden de mis dedos y se mecen como cortinas que corremos para volver a encerrarnos tras bambalinas, allá donde nadie nos ve.

[ China cubana — Willie Colón ]

Devenir

Hace exactamente un año me desmayé. En un par de horas oscurecerá, diré “ya vengo”, iré al baño a cepillarme los dientes y no reapareceré sino hasta el otro día. Luego me sentaré a recoger parches de lo que alcance a recordar. Pero bueno. Ahora como bien. Subí de peso, pero a quién le importan las caderas blanditas si el cerebro funciona de buena gana y no se reinicia solo.

A esta hora debería estar haciendo una llamada a Ginebra. Si marcara, empero, lo más seguro es que me contestaría un anuncio en francés señalando lo que ya sé: que al otro lado de la línea no hay nadie. Ahora, si de lo que se trata es de buscar al dueño del número ahora inactivo, podría marcar otro número, pero ya no sería una llamada de buenos días sino una de lamento despertarte a medianoche. El inevitable cambio, un continuo reajuste. Hace un año ni siquiera había interlocutor al teléfono.

Nos movemos, cambiamos, nos estrellamos contra paredes que aparecen de la nada en medio de autopistas, taladramos caminos entre las paredes, avanzamos de una manera u otra. Las más férreas resoluciones se ablandan y disuelven. Se hace evidente lo inútil que es el miedo a lo borroso del horizonte cuando miramos hacia atrás y entendemos que lo que se avecinaba, ahora tan claro, era imposible de ver con antelación, que a la larga de nada sirvió planear. Hace un año hablé de quien era yo diez años atrás. Hoy hablo de esa yo de hace un año. Diez años, un año, la misma inmensa ignorancia. Caminamos miopes por la vida mientras los sucesos nos saltan a la cara como gatos asustados.

[ L’âge d’or — Emily Loizeau ]

Tomber

Una vez fingí estar inconsciente para asustar a mi hermana. Éramos chiquitas y ella se puso a llorar. Prometí no volver a hacerlo.

Cuando estaba en bachillerato me gustaba dejarme caer en el pasto como si me desmayara. Esto siempre culminaba en un doloroso golpe en la cabeza, pero era divertido.

Una vez me desmayé de verdad. Estaba en mi casa. Nadie se enteró.

[ Murder of Birds — Jesca Hoop ]