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Nueve de abril: el discurso de Olavia

Hablar. Odio hablar. Me cuesta mucho y me suena horrible. En español no pronuncio la mayoría de las consonantes, vaya usted a saber por qué. No vivo en Bogotá sino que io en ootá. No me gusta preguntar precios en las tiendas o si tienen tal cosa, y mucho menos me gusta llamar por teléfono. Se supone que en japonés no sufro de este problema fonológico, pero la ansiedad que me da no tener el suficiente vocabulario para desenvolverme en la conversación me deja como al rey George VI en The King’s Speech.

Tuve que llamar a Japón a agradecer un favor que me iban a hacer pero al fin no necesité. Le di largas al asunto por varios días. Me dio dolor de estómago cuando finalmente resolví hacerlo. Repasé mentalmente mi parlamento. Marqué. Ay, ay, ay. Hubo pausas y risas nerviosas. Cuando colgué, quedé exhausta. El teléfono me pone mal.

A veces pienso que si pudiera me comunicaría exclusivamente por escrito y usaría las cuerdas vocales solamente para cantar. Las compras y diligencias las haría en cajeros, máquinas expendedoras, Internet. Máximo en un supermercado donde solo le dijeran a uno el precio, gracias, adiós. Sin embargo, el asunto se complica cuando uno ya no vive solo y tiene que aguantarse el chirrido que tiene por voz diciéndole sí a la mamá o preguntándole a alguien si quiere hacer algo mañana. Pero no está mal eso. Lo único es que, si bien disfruto la compañía, me cansa ejercitar los labios, la mandíbula y el diafragma de ese modo.

Ocho de abril

Vida social. Ooooh. Hay que salir, hay que llamar a avisar que voy tarde, hay que recordar que esta es una ciudad y uno se demora un montón de tiempo para llegar a cualquier parte. En una semana en Bogotá he tenido más encuentros con personas que en tres meses o más en Tsukuba.

Asai Sensei lleva un buen rato esperándome. Gracias a su existencia no tengo que preocuparme demasiado por el destino del japonés que aprendí. Él, que se la pasa solo —y yo soy especialista en soledad— habla y habla y se desahoga. Yo, que necesito practicar, escucho y entiendo y respondo y me dejo corregir hasta que la cabeza se me recalienta y se me empiezan a borrar las consonantes.

¡Y ahí no termina! ¡Después de eso tengo otra cita! ¡Tengo que llamar a otra persona y decirle que ya voy para su casa! ¡Y esa persona a su vez llama a oootra persona y llegan dos personas y vamos a un restaurante y allá llega una más! ¿¡Ah!? Y no es de esa gente que me invitaba por pesar o para tener la fiesta más concurrida de todas o porque tocaba por ser la amiga de alguien popular o porque se necesitaba más mano de obra para poner adornos navideños. No; esta vez es gente amena y asumo que no les parezco demasiado fome. Ja. Fíjense. La nueva vida de la gran paria de Tsukuba.

Llego a mi casa tarde (¡carambola!) y todos (más de dos) nos acordamos de lo mismo. Medibot.

Siete de abril

Mis padres y yo vemos Lost in Translation. Entiendo la mayoría de los diálogos en japonés. La primera vez que seguí a Bob y Charlotte, en 2004, no tenía la menor idea de lo que los japoneses decían, pero ahora reconozco en cada instancia algo que a mí me tocó durante los últimos cinco años. “Pude tomar la foto”. “Llene este formulario”. “¿Cuántos años lleva en Japón?” Hai, hai, hai. El viejito en la sala de espera dibuja un círculo en el aire representando un año. Bob no entiende, pero tiene sentido. Se vuelve a las flores de cerezo, el ciclo inicia de nuevo. Yo aún tengo el impulso para volver a empezar pero la línea en curva no se cerró, quedó a la deriva como un listón al viento. Igual, ¿impulso para qué? Todo lo que había para mí allá se acabó.

Siempre pensé que mi salida de Japón se parecería al final de Lost in Translation, pero no fue así. No sonó The Jesus and Mary Chain mientras intentaba imprimir en la memoria cada letrero sobre la autopista. Recogí lo que pude como pude, abandoné el apartamento y me dormí en el bus a Narita. Todavía me atormenta el estado en que quedó todo. Me atormenta la falta de tiempo, las vías cerradas, el terremoto que a mí no me tocó por estar subiendo y bajando lomas en Nagasaki y que me dejó lejos de donde debía estar durante los días que había destinado específicamente para finiquitar mi relación con el 310 de Raiku Mansion.

¿Qué habría cambiado si hubiera estado en Tsukuba el 11 de marzo? Si hubiera viajado en las fechas que tenía previstas originalmente y no hubiera ido a recibir el certificado de trabajo como TA. Tal vez habría cambiado este vacío por algo de certeza —así fuera la certeza de haber visto todo caer—, tal vez habría podido darme el lujo de realizar el acto consciente de botar mis cosas y no resignarme a dejarlas intactas en el no-lugar que les dio el intento de orden. Pero no puedo (y no sirve de nada) imaginar escenarios paralelos. Fue lo que fue. Ya no estoy allá. Con el tiempo olvidaré lo que perdí. Necesito olvidarlo. Dejé un Pripyat en mi cabeza.

El Mar Interior

No sé cómo explicar lo que me pasó en estos días. Hoy desperté no sé a qué hora y hacía frío. No hacía frío cuando me fui. Cuando me fui a dormir. Cuando tropecé y caí en el abismo—el negro café morado naranja bolitas y estrellas—las luces de Purkinje—

Podría empezar por hablar de lo que vi. Números en el agua dentro de una casa oscura. Una habitación escondida que contiene una catarata. Un iglú de cuyo piso brotan gotas de agua que corren solas como mercurio. Una isla con olivos en todos los andenes. Las olivas sin encurtir son amargas. なめるだけでわかる。Calabazas gigantes en las playas. El ático de una casa vieja. Las paredes se están descascarando—hay algo tras el estuco—papel de envoltura de Matsuzakaya—“thank you”—orquídeas—hojas de un periódico—Eisenhower—アイゼンハワー—buscamos la fecha desesperadamente por todo el cuarto—1949. La oscuridad. El café yemení. Parezco mitad japonesa y mitad árabe, me dicen. Dos de las tres tiendas de este lado de la otra isla están cerradas por un funeral. Ya no hacen los funerales así, dice ella mientras pasamos por delante de una procesión con muñecos de papel. Les archives du cœur. La sala de espera del cielo. Un cuadro plano azul brillante en el que se puede entrar. No se conoce el fondo de las cosas. Walter de Maria. Cruzar el umbral y encontrarse en un sueño jodorowskiano. Las escaleras y la bola gigante y los palos dorados. Tadao Ando. Monet. Cuando me muera todo será como el Museo de Arte de Chichu.

También podría hablar de Yurika. Yurika y su risa y sus muecas. Ella me invita a bañarnos juntas porque el baño público de la isla también es una obra de arte. Lo que se sugiere versus lo que se muestra. Mi modo de vestir es bastante atrevido para los estándares japoneses. Hay un elefante sobre el muro. Me explica cómo se mata un pulpo. Le explico la operación de reasignación de género a partir del proceso de matanza del pulpo. Le cuento mis pasajes favoritos de El mono desnudo. Bicicletas prestadas. Subir colinas, bajar colinas. Con ella pierdo por completo el miedo a hablar en japonés.

Y acordarme de Yoji, nuestro anfitrión. Vivió en el País Vasco y ahora nos prepara lentejas. Toma la guitarra. La voz. La voz. La voz. If a fiddler played you a song, my love, and if I gave you a wheel, would you spin for my heart and my loneliness? Las versiones originales no le hacen justicia a lo que él hace. 神田川。”Kandagawa” no es lo mismo si no la canta él. Quiero que siga cantando. Quiero que no deje de cantar en mis recuerdos. “Tsukuba es lo que hay el día después del fin del mundo”. Le gusta mi frase, se la repite a todos. Invita a un amigo. El amigo tiene los pies más horribles que yo haya visto jamás. Trae una guitarra bonita. Es un virtuoso. Toca canciones de los Beatles y yo las canto. Hacemos un dúo guitarra-ukulele para “Love” (la de John Lennon). Yoji nos cuenta que la canción fue inspirada en la simpleza del haiku. ¿No podré cantar así por siempre? ¿No podré cantar aquí por siempre?

どこでも
どこへも

Okayama. Himeji. Kobe. Yokohama. Tokio. Pestañeos vistos por un resquicio. Y de repente se acaba, inexplicable como todos los sueños. Hace frío.

[ Meditação — João Gilberto & Caetano Veloso ]

Ultimate Showdown

Tengo que pensar en cosas que hacer cuando regrese a Colombia.

No sé si después de haber dicho esto deba explicar que voy a regresar a Colombia. Sí, for good. Sí, tanto tiempo ha pasado, querido lector, y todo se acaba. Por suerte este blog no —fear not—, pero las becas sí. Cuando el sensei hace las rondas de la mañana y ve que uno ya domina bien las artes de dejar las frases sin terminar, responder toda pregunta con “¡hn!” y dar venias como si la vida fuera el eterno final de un show de variedades, hay un close-up a su cara de satisfacción mientras emite un gruñido y asiente lentamente. Entonces es hora de recibir un pedazo de papel primorosamente adornado y desfilar en carro de bomberos bajo una lluvia de papelitos de colores.

Claro que en este momento la Universidad de Tsukuba tiene otra opinión y pretende enviarme de regreso a casa a patadas y sin diploma. Yo sigo intentando convencerlos de que, habiendo aprendido los rudimentos del japonés, el alemán, el ukulele, la bisutería y la humillación, ya he cumplido mi misión en este lado del mundo, pero parece que aún me falta un par de sesiones de flagelación y vueltas al pueblo en cepo. Parece un asunto excepcional, pero es tan solo otro emocionante capítulo de un año cargado de acción burocrática, no acabando de emerger del episodio aquel en el que intentaban sacarme de mi apartamento por no contestar el teléfono cuando me llamaban a pedirme que pagara meses de arriendo que ya había pagado. Cabe anotar que los que llamaban no eran los dueños del inmueble sino los dulces y carismáticos encargados del centro de estudiantes internacionales, siempre tan dispuestos a ayudar al extranjero en apuros. Ahora mis verdugos son las directivas de la facultad, empeñados en hacerme ver que en casi cuatro años no he atinado a hacer absolutamente nada bien. Extranjera estúpida, siempre haciendo de las suyas. ¿Es que no conoce las reglas? Pues no, no señor, a mí nadie me explicó nada. La persona encargada de ello pasaba cada mes a pedir mi firma para que le pagaran y ya.

En fin. Hoy empieza otro round de la pelea, siempre un paso más cerca del ultimate showdown, y yo ya voy preparando las vendas y el alcohol. De cualquier manera, ya casi se acaba el final de este periplo. Estuvo todo muy bueno y muy malo al mismo tiempo, muchas gracias, pero ya quiero que llegue el día de coger mi atado de ropa y subirme de polizonte a un tren de carga para llegar con la cara sucia y sudorosa a aquel ranchito perdido en medio de las colinas que tanto recuerdo. Espero que quien me reciba al otro lado no se asuste al encontrarme toda cubierta de cicatrices. Son historias; ya nos sentaremos al amor del fuego a contarlas todas.

[ Ping Island Lightning Strike Rescue — Mark Mothersbaugh ]

Cosas que pasan cuando uno estudia alemán en Japón

Yo: Hi. [ Hola. ]
Compañera: Where are you going? [ ¿Adónde vas? ]
Yo: There. [ Allí. ]
Compañera: The bakery? [ ¿La panadería? ]
Yo: Yeah. [ Sí. ]
Compañera: 行ってきた。 [ Vengo de allá. (Lit: fui y volví.) ]
Yo: パン買った? [ ¿Compraste pan? ]
Compañera: うん。 [ Ajá. ]
Yo: おなかすいた? [ ¿Tienes hambre? ]
Compañera: いや。 Ich habe アルバイト nach der Schule. Deshalb, bevor ich gehe muss ich… [ Nah. Tengo trabajo después de clase, así que antes de ir debo… ]
Yo: Musst du essen? [ ¿Debes comer? ]
Compañera: Ja. [ Sí. ]
Yo: Gut. じゃ、tchüss! [ Bien. Bueno, ¡chao! ]
Compañera: Tchüss! [ ¡Chao! ]

[ It Must Have Been Love — Roxette ]

Decanatura


El otro día fui a la oficina de decanatura de mi facultad a preguntar si podía hacer un reemplazo de una materia obligatoria. Era un asunto más de curiosidad que de necesidad, así que esperaba salir rápido de la diligencia como quien pregunta un precio y se va de la tienda. La secretaria desapareció con mi pregunta tras un panel divisor del que emergió después para invitarme a pasar. En el espacio escondido había dos sofás de cuero y una mesita con dos pocillos de café y un platico repleto de cacahuetes. En cada sofá había un profesor. Uno de ellos, calvo y con cara de haber pasado tiempo fuera de Japón, era el decano.

El decano repitió la pregunta que le había dicho la secretaria para cerciorarse de estar entendiendo. Yo quería tomar una clase de esta lista que en el libro de las materias sale al lado de la lista de clases de japonés que yo tenía que inscribir en reemplazo de las clases obligatorias de inglés. ¿Correcto? Así es. Se levantó, consultó el manual de inscripción de materias y constató que nada había escrito en él al respecto. Entonces llamó a otra dependencia a transmitir mi duda. El otro profesor decidió entonces amenizar mi espera con un interrogatorio en inglés. ¿Estaba preguntando esto porque había perdido una materia? No, yo no he perdido inglés, yo nunca tomé inglés porque me informaron mal sobre los reemplazos de las materias y tomé lo que no era. Ah. Al cabo de un rato apareció una secretaria diferente a la que me había atendido y anunció que tendría que remitirle la pregunta a otro superior. Acto seguido se esfumó. Lo que pasa, me dijeron los profesores entonces, es que ella es nueva y no sabe qué hacer en estos casos. Risas. Caras de qué hacer qué hacer. En algún punto al segundo profesor se le salió una palabra en alemán.
Deutsch? —anoté yo, sonriente, sin imaginar la señal que estaba dando con el comentario. El profesor suspiró aliviado al no tener que usar más inglés y empezó a volver a explicarme que la pregunta que yo había hecho no la había hecho nunca nadie y en el manual de inscripción de materias no había nada escrito al respecto así que lo mejor era que yo tomara japonés normalmente como para estar seguros y no meterme en problemas luego. En alemán. Asumo que dijo todo eso por los gestos y porque, mal que bien, algo entendí.

La secretaria volvió a aparecer y dijo que como este caso era nuevo y nada había escrito al respecto en el manual de inscripción de materias, el superior había dicho que este caso habría que llevarlo a otro superior.
—Habrá que discutirlo en un consejo general de la universidad— me explicó el decano—. Tomará tiempo.
—¿Días?
El tono de mi voz era enteramente jocoso.
—Meses— respondió él con toda seriedad—.

Ya me iba a ir cuando el profesor de alemán me detuvo. Woher kommst du? Que de dónde era, que dónde aprendí alemán, que si lo había estudiado en mi país. No, yo empecé aquí. Ooooh. Se adivinaba algo de satisfacción en su cara. Supongo que le enorgullecía saber que alguien hubiera logrado aprender un idioma extranjero en esta universidad.

Cogí mi maleta, repartí un par de venias, shitsureishimasu, y me fui.

[ Birds — Emilíana Torrini ]

GCEA

Aprender a tocar un instrumento nuevo es como aprender un nuevo idioma. Ayuda haber aprendido un [instrumento/idioma] parecido antes, pero uno inevitablemente incorpora [acordes/vocabulario] del [instrumento/idioma] equivocado de vez en cuando. Al menos eso me pasa a mí: me confundo al hablar, me confundo al tocar. G en ukulele se toca igual que D en guitarra. Ima (“ahora” en japonés) suena como immer (“siempre” en alemán).

Mis manos pequeñitas parecen haberse adaptado rapidísimo al ukulele, y ahora la guitarra se me antoja gigantesca. Me pregunto cómo sería si en este momento retomara el bajo. Se sentiría kilométrico, seguramente. Recuerdos de colegio, de los pocos buenos que hay. Prácticas eternas en las tardes. Callos. Tengo tres nuevos en los dedos de la mano izquierda. Cuando estoy lejos de casa me los palpo, compruebo su insensibilidad con las uñas y noto cómo esta nueva adicción invoca pedazos de mí que creía perdidos. Tengo catorce años y felicidad infinita en el aislamiento.

[ How Can I Tell You — Cat Stevens ]

Au secours!

Hoy presenté un examen de francés para el que no estudié ni un ápice. Se me había olvidado por completo que lo tenía, inclusive planeaba no ir a la clase para seguir luchando con un cuento que debo terminar para la revista del Departamento de Lenguas Extranjeras de la universidad y que ya va tarde. El cuento tiene principio y fin, pero aún no logro conectarlos bien. Escribir cuentos me duele mucho. Pero ese no es el punto: el punto es que Rena Numoto me mandó un mensaje a las 12:10 preguntándome si tenía idea de que había un examen a las 12:15. Y yo en pijama. Y afuera lloviendo. Lo más triste es que aún si hubiera decidido ir a clase no habría estudiado sino traducido el capítulo siguiente del libro con la orgullosa sensación de estar haciendo las cosas bien tan solo para enterarme de lo que ahora sabía mientras las gafas se me llenaban de gotitas y un pedazo del cuento se hacía claro justo al bajar una cuesta leve y dar una curva a toda velocidad en el suelo resbaloso.

Mientras llenaba un papel a la guachapanda con garabatos que parecían números y palabras adivinadas maldije mi vida y mi pereza y lo que sea que me ha mantenido alejada del francés durante todo este tiempo. A ver, Olavia, usted dejó de estudiar alemán para concentrarse en el francés. No, no es cierto. Yo dejé de estudiar alemán porque no tenía caso traducir eternamente del alemán al japonés. Lo peor es que los exámenes de alemán eran más fáciles. No, no eran más fáciles: eran más prácticos. Tiene más sentido tener el diccionario a la mano y traducir de la mejor manera posible un párrafo del alemán al japonés que aprenderse de memoria lo que dice el libro de francés y con esa información llenar casillas. De todas maneras nadie aprende nada.

Pero yo para qué busco culpables si aquí la única que no está progresando soy yo. Yo, la que a los 15 años debería aprender un nuevo idioma según la profesora de inglés porque estaba en la edad perfecta para asimilar bien las lenguas extranjeras y tenía especial habilidad para ello. Yo, la que llegó directo a Francés 4 en Los Andes después de apenas haber estudiado por su cuenta con el viejo libro de su madre y salió con la mejor nota de la clase y dándole venias al profesor porque el japonés—que luego se le olvidó en Japón—estaba permeando su vida. Yo, la que no siguió a Francés 5 porque “ya con lo que tenía seguro podría seguir por mi cuenta y mejor me concentro en el japonés”. Qué idiota.

No quise mirar la hoja de respuestas que me entregaron al terminar. El ojo apenas alcanzó a fijarse en una palabra antes de doblarla como quien cierra una puerta pesada: secouru. Volví a mi casa pedaleando sumergida en gris líquido, con la idea del cuento borrándose sobre la misma cuesta en la que había aparecido y la convicción de que lo único que hay por socorrer en este momento es mi cerebro, que quién sabe en qué momento perdió toda noción de prioridad.

[ Tattva — Kula Shaker ]

Edger

Universidad de Tsukuba, salón 2B207, 9:15am.

La hoja que nos entregó la niña que está haciendo la presentación tiene como título “Edger Allan Poe and Horrid Laws of Political Economy” (sic). Edger. En un curso anual sobre Edgar Allan Poe. Habiendo tenido más de una semana para obturar las pupilas frente a una fotocopia que dice en letras grandes y negras “Edgar Allan Poe and the Horrid Laws of Political Economy“. ¿Esta gente realmente lee o su cerebro corre Google Translate?

No tiene absolutamente ningún sentido venir a un salón a dejar vibrar los huesecillos del oído mientras alguien dedica toda la clase a presentar un resumen traducido de tres párrafos de la lectura que nos han repartido. Me gustaría estar aprendiendo algo aquí, pero creo que desde 2006 ha ocurrido de todo menos eso. Claro que en las aulas japonesas me he afianzado en el dibujo, si hemos de verle el lado positivo al asunto.

Me es imposible poner atención si no hay nada a lo cual poner atención. Poner atención al silencio, a las fastidiosas voces nasales que parecen estar diciendo algo pero en realidad solo farfullan fonemas vacíos. A mi lado alguien duerme.

QUÉ HAGO AQUÍ.
QUÉ HAGO AQUÍ.
QUÉ HAGO AQUÍ.

En momentos como este es fácil llegar a desear la muerte solo porque ello aseguraría que uno nunca más tendría que tumbarse sobre un retorcijón de metal y madera pelada a practicar la meditación forzada durante 1.25 horas.

Esto no es sino una sala de espera en la que no dejan leer revistas. Paciencia kafkiana.

[ A Bar in Amsterdam — Katzenjammer ]