Archive for the 'familia' Category

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Déjalo pasar (aclaración)

El acto sexista del que hablé anoche es mucho más pequeño de lo que ustedes imaginarían. Fue un chiste. Un estúpido chiste sobre las mujeres. “Aaaah, noooo, pero eso no es nada”, dirán. Pero para mí, es bastante. Es bastante si uno se detiene a pensar en la cantidad de veces que tiene que tolerar en la vida estas cosas que “no son nada”. ¿Han oído los chistes en la radio? ¿Han llamado “nena” a alguien cobarde? ¿Han oído/hecho algún comentario sobre cómo lo mal que conduce alguien halla explicación en el hecho de que ese alguien es mujer? ¿Les cae mal una mujer y de una vez la van llamando “perra”? ¿Han cuestionado la vida sexual de una mujer especulando sobre su amplia o escasa experiencia en la materia? Pues de eso se trata. Todo esto —además de las cosas grandísimas y horripilantes que viven ocurriendo, las violaciones, los asesinatos, las golpizas— es lo que no quiero seguir dejando pasar.

Le he dicho a mi hermana que nosotras podemos seguir demostrando con nuestros actos lo fuertes que somos (y ella lo ha hecho con creces), pero eso por sí solo no va a detener las microagresiones. Ella tiene un modo de actuar más calculador y, tarde o temprano, responde de manera brillante. Yo me inclino más por el temprano, cosa que, obviamente, me trae problemas. Aunque en este momento estoy tan harta que no me importan los problemas.

Hago esta aclaración para que no piensen que a) en mi casa hay un caso de abuso intrafamiliar, o b) mi hermana es machista (el chiste estúpido fue una generalización sobre las mujeres que vino de otra persona a raíz de algo que hizo ella, algo que ni siquiera hizo mal). También lo aclaro para llamar la atención sobre las microagresiones que sufrimos todos los días y respecto de las cuales nos piden que tengamos buen humor y no armemos escándalos por bobadas. No son bobadas.

Déjalo pasar (o En serio ya no doy más con el sexismo)

Hoy me opuse fuertemente a un acto de sexismo en mi propia familia. Alguien me pidió que lo dejara pasar “para estar tranquila conmigo misma”. Otra persona dijo que ella “es fuerte y esas cosas le resbalan” y, palabras más, palabras menos, que mi defensa de ella la ofendía.

Desde entonces he estado muy triste y pensativa. ¿De verdad se puede vivir tranquila siendo mujer y “dejando pasar” ofensa tras ofensa? ¿Por qué la mejor opción es “volverme fuerte” y hacer que “me resbalen” hechos que no deberían ocurrir en absoluto? ¿Por qué mi silencio sería un acto de fortaleza? ¿En qué contribuye a mi paz interior permitir que continúe esta hostilidad tan corrosiva?

Las mujeres somos tema de chiste todo el tiempo. Nuestro género es la razón de cualquier cosa que nos salga mal. Nos enseñan a vivir para agradar. Tiene que llegar un punto en donde uno ya no aguante más. Yo, por lo menos, he alcanzado el mío. No concibo la fortaleza ni la tranquilidad en estas condiciones.

No me importa si me acusan de aguarle la fiesta a la gente, si me miran con pesar, si me dicen —como hoy— que “contigo siempre es así”. SÍ, SIEMPRE SERÁ ASÍ. Será así porque, si no hablo, el silencio dirá por mí que lo que hacen en nuestra contra es normal, que lo acepto, que todas lo aceptamos. Y todas sabemos que eso no es verdad.

Work-Sister-Work

Pensaba que había sido tan de malas que justo durante la visita de mi hermana es que me toca hacer esta traducción terrible que absorbe toda mi vida. Pero en realidad soy de buenas porque puedo distraerme y ver películas con ella en vez de dejarme llevar del todo por el vórtice de la ocupación. Yo me conozco. En cierto modo, ella me está salvando de convertirme en la versión hikikomori trabajadora de Tom Hanks en Náufrago. Hoy aproveché que me rindió muchísimo haciendo el capítulo más largo de todo el libro y vimos juntas los Premios Oscar. No he visto ninguna de las películas nominadas, pero bueno.

Empieza la recta final del trabajo. Estoy animada. La próxima semana estaré confundida con tanto tiempo libre.

At a Party (Briefly)

Me invitaron a una fiesta en un bar. Llegué más tarde de lo planeado por quedarme hablando con Cavorite sobre azúcar y viajes en carretera. Cuando llegué no vi al grupo, así que me senté sola en una mesa a pensar. Al fin se me ocurrió llamar y llegué adonde era. Pedí una cerveza michelada (sin tequila) y unos chili fries, against my better judgment.

Intenté hablar con una amiga del procedimiento de depilación IPL al que me estoy sometiendo, pero creo que ese tema solo me parece fascinante a mí (en serio, es increíble). Algo comentamos sobre el paso del tiempo, entonces. El hijo de ella está en quinto de primaria. Mi primo Juanfran acaba de cumplir dieciocho años. Vaya.

La cumpleañera nos presentó a un doctor en historia que vivió siete años en París y llevaba solo uno en Bogotá. El sitio estaba cada vez más ruidoso, así que terminamos hablando solo los dos porque las voces no alcanzaban a llegar a más de un par de oídos. Me contó que fue a China y a Tanzania y no recuerdo adónde más. Brasil, probablemente. Chile también, de pronto. Concluyó los apuntes de viajes observando que es muy difícil viajar desde Colombia. No supe qué responder. Me preguntó si había leído Crimen y castigo. No. Me preguntó si había leído el último libro de Juan Gabriel Vásquez. No. Hablamos de cómic un rato. Me recomendó algo de BD pero no pude oír bien los nombres de los autores.

A la mesa llegó un tarro de Jenga. El historiador, el esposo de una compañera del colegio y yo nos pusimos a jugar y llegamos al punto en el que ya no se podían sacar más bloquecitos. No pensé que eso fuera siquiera posible. Todo un logro de la mini-arquitectura moderna. El novio de mi amiga pasó tomando fotos. Creo que no salí en ninguna. El historiador me habló de lo curioso que era ver una cámara que no fuera de celular ni profesional en esta época. Luego se fue a jugar billar.

Mis amigas cambiaron de puesto. Ahora estaban todas juntas en un sofá. Quedé sola en mi silla. No se me ocurrió qué más hacer, así que pagué y me despedí. Le conté a la cumpleañera que había dejado las llaves de mi casa y tendría que volver pronto para no molestar demasiado a mis papás. Me escabullí y no me despedí del historiador; me pareció raro buscarlo y abordarlo sin dirigirle la palabra a nadie más. Salí. La calle estaba repleta y amenazante. En el camino a casa metí la mano en un bolsillo de la cartera: mi llave de repuesto estaba ahí.

Esperaba encontrar la casa a oscuras y en silencio, ahora que ya no tenía que timbrar, pero mi papá estaba en la sala viendo Gravity. Me senté a su lado y empecé a preguntar cosas sobre lo que estaba pasando. No me quiso contar. Me dijo que no importaba si ahora veía solo el final porque igual me faltaba verla desde el principio. La película terminó y subí a descansar. Y aquí estoy.

La impresora láser

Una vez en el colegio me tocó trabajar en grupo con N. y, por lo tanto, tuve que ir a su casa. El apartamento de N. quedaba en una loma, allá donde están los edificios finolis cuyos apartamentos ocupan todo un piso y uno sale directamente del ascensor al vestíbulo, sin pasillos de por medio.

El apartamento de N. tenía las paredes verdes y los apliques dorados, como dictaban las normas de decoración bogotana de ese entonces. No recuerdo mucho más, salvo que imprimimos el trabajo en papel Kimberly y para el título empleamos la fuente de las portadas ochenteras de la revista Ideas. También recuerdo una cosa más, la más importante: al terminar de escribir, N. puso el papel gris moteado sobre una gran mole cúbica ubicada en una esquina del estudio. La mole se comió el papel y al instante lo devolvió calientico y cubierto de letras nítidas y negrísimas. Era una impresora láser y lo que hacía era magia pura.

No sé si esto ocurrió antes o después de adquirir nuestra primera impresora: una Canon bubble jet monocroma cuyo prospecto de compra me mantuvo con afán durante mi primer y único viaje a Manizales, poco después de mi cumpleaños número 11. Las calles tipo montaña rusa estaban muy bien y el nevado prometido no se veía nunca, pero yo quería volver ya a Bogotá para tener impresora y jugar a plasmar en papel las locuras que hacía en Creative Writer. Debo decir que para ser de inyección de tinta, la BJ-200ex era una máquina excelente. El otro día estuve sacando trabajos viejos del colegio y me sorprendí de la calidad de impresión de ese aparato. Además venía con un diskette con varias fuentes que no dudé en implementar en todas mis tareas.

Desde entonces he vivido fascinada con las impresoras láser. Sin embargo, llegar a tener una era absolutamente impensable. Mis papás nos trajeron impresoras a color después —nunca tan buenas como la Canon monocroma—, pero de impresoras láser ni se hablaba. Era ridículo querer algo tan empresarialmente costoso. Entonces usaba las que podía a mi alrededor. En Iowa, la universidad me dio un número de páginas para imprimir gratis, y como decidí no quedarme allá para terminar la carrera, aproveché para hacerme hojas adornadas a todo color con mi nombre en el encabezado y bordecitos bajados de esa novedosa maravilla dosmilera que era Clipart Online. En Los Andes prefería hacer fila y pagar en la sala de computadores del edificio B que volver a presentar un trabajo todo rojo por culpa de los caprichos de la impresora a color de la casa.

Nuestra impresora más reciente, una multifuncional cuyo escáner sacaba todo en degradé porque el bombillo solo alumbraba de un lado, me sacó una noche el letrero de “no hay tinta” poco después de habérsela cambiado. Me propuse no olvidar que necesitaba tinta nueva pronto y empecé a ir a un café Internet del barrio con reggaeton a todo volumen para imprimir cosas. Un día me devolvieron la memoria USB con un archivo nuevo llamado sex_algo_nosequé.lnk, y otro día me mandaron a usar yo misma un computador tan rebosante de malware que me tomó más de 15 minutos abrir un simple archivo PDF y mandarlo a la impresora. Láser. Me quisieron cobrar ese tiempo. Quería cobrárselo más bien yo a ellos porque quién me devuelve ese pedazo de mi vida. No volví al café Internet. Tampoco le volví a poner tinta a la multifuncional.

Entonces llegamos al fin de semana pasado. Estaba con mi papá en un almacén de electrónicos y vi una impresora láser con un precio perfectamente asequible para un ámbito no empresarial. Era monocroma, como mi primer amor. De repente se me ocurrió que ahora soy adulta y gano plata y puedo tener todo lo que quiera. Entonces me la compré, y de paso me compré también un escáner aparte.

Volví a la casa, la puse en el piso en la mitad de mi cuarto, ahí donde pudiera hacer más estorbo, y la instalé. Le mandé unos archivos aburridos pero urgentes. Salieron al instante, calienticos, nítidos y negrísimos. El sueño de toda una vida hecho realidad.

2015 (Sopor)

Hoy las piscinas públicas de La Dorada están a reventar. De resto, casi todo está cerrado.

Nosotros no vamos a la piscina a pesar del agobiante calor. Comemos paletas, tomamos siestas, nos encerramos en los cuartos más frescos, pero ni siquiera tenemos vestido de baño como para unirnos al plan general.

Mi primo de ocho años decide desechar la idea de visitar a un amigo y se queda en la casa con el resto de la familia. Durante el almuerzo-cena jugamos a imaginarnos televisores que estallan con tal fuerza que acaban con el universo y con el mismo estallido crean nuevos universos, y bebidas con gas más feas que el té con gas. (Después Cavorite me recuerda que el kombucha es té con gas y a mí me gusta mucho.)

Mi tío dice que no es muy común que un adulto le dé toda su atención a un niño durante tanto tiempo como lo he venido haciendo hoy con mi primo. Supongo que lo hago en parte porque es mi primo y me cae muy bien y en parte porque imaginar cosas locas es genial pero los adultos no andan muy en la onda de eso, así que hay que aprovechar cuando uno tiene un niño al lado.

En cuanto al año que empieza, ya habrá tiempo de entrar en él en forma. Primero hay que huir de este calor para que nos dejen de pesar tanto los párpados.

Arqueología de los papeles III: El polvo maldito

Cuenta la leyenda que los exploradores abrieron la tapa del sarcófago e inhalaron fascinados el aire rancio que de escapó de su interior después de miles de años. Poco después murieron en circunstancias inexplicables.

Yo destapé estas cajas llenas de papeles de hace una década y ahora el pecho me está silbando. Mi mamá me pidió que suspendiera la labor hasta después de mi cumpleaños.

2014 (The Life of the Party)

En casa de mi tío (hermano de mi mamá) hubo una gran fiesta para celebrar Año Nuevo. Poco después de medianoche, tras los saludos y abrazos de rigor y después de negarme a recibirle a la ex esposa del cuñado de mi tío una rebanada de pan que había que comerse para la prosperidad o algo así (cómo me voy a embutir un pan con esta llenura), me acomodé en un sofá del estudio y me quedé dormida mientras en el salón contiguo todos bailaban.

Al otro día mi abuela paterna nos dio ajiaco y pasta (nota mental: nunca repetir esta hazaña estomacal) y por fin nos reveló la receta de su ponqué, mantecada y buñuelos dulces. Una de las tareas este año es prepararlos bajo su supervisión para contar con su visto bueno y mantener la tradición. La otra tarea importante es hacer un dibujo cada día en un cuaderno de tapas rosadas que compré el 31 de diciembre antes de zamparme aquel helado de mil sabores con Cavorite.

Fue un día bonito; hizo mucho sol, mis padres y yo le dimos una vuelta al barrio de infancia de mi papá, atravesamos las humaredas de varios asados y les tomamos una foto a unas flores moradas bonitas que había en un antejardín de esos que ya no existen en los edificios nuevos.

No tengo un plan ambiciosísimo para este año, apenas seguir haciendo lo que me gusta pero con más frecuencia. El asunto se torna ligeramente más complicado cuando “lo que me gusta” comprende todo un abanico de actividades, pero no importa. Es lo que me hace feliz, y si ser feliz es así de fácil, entonces qué estoy esperando.

2013-07-16 (Keita)

La regla estipula que en un entorno social nuevo no me integraré con el grupo pero haré un solo buen amigo. En este caso, mi amigo es Keita.

Keita, cuyo apellido significa “carmín”, es un japonés cuarentón que se sienta detrás mío en las clases. Para los demás japoneses del curso, este hombre constituye todo un misterio, pues no se conoce bien su oficio y a su edad sigue soltero. Pero la verdad es más sencilla: él es una anomalía del sistema. Arquitecto, antiguo salaryman que decidió salirse del engranaje por no sentirse él mismo, Keita se encuentra ahora en una búsqueda interior —el término en español no suena tan bonito como soulsearching— que lo trajo a esta isla a tomar lecciones de batería, interpretación y actuación.

Empezamos a hablar el primer día de clases sobre alguno de los bizcochos que nos habían dejado de bienvenida. Luego le dije que tenía pura cara de japonés. Para el mediodía ya estaba compartiéndole mi bebida. No sé por qué le cogí tanta confianza de primerazo, tal vez es ese penchant —”afición” no suena ni la mitad de chévere— que tengo por la gente medio rara, pero hoy resultamos enredados en una conversación larguísima después del almuerzo. Al final me dijo que ojalá volvamos a encontrarnos para hablar, y por la noche me sorprendió con un e-mail con clips de anime viejísimo para mostrarme de dónde venían sus gustos musicales.

Por otro lado, hoy debía estar cumpliendo años mi abuelo. Me la pasé pensando en él.

Papá Julito

Papá Julito no estaba hecho de carne y hueso, o al menos no primordialmente. Estaba hecho de palabras. Esto le dio una gran ventaja cuando le falló el cuerpo, pues entonces descubrimos que se había multiplicado en todos nosotros.

Mi abuelo materno tenía tantas historias para contar que hasta el último instante lo oí murmurando algo sobre un señor muy bajito que tenía un caballo mucho más grande que él y que era respetado en todo el pueblo. Papá Julito trazaba un puente que se extendía a través del tiempo hasta el puerto de Beirut, de donde había zarpado su abuelo en misión de negocios, y pasaba por un caserío de Córdoba llamado Tres Piedras. En el mundo que cargaba consigo había, entre un sinnúmero de cosas, una casa con un telégrafo, el olor del chicharrón recién hecho en las mañanas, frases en árabe y la canción que anunciaba el principio de las funciones de un cinema de pueblo.

La última vez que nos vimos me preguntó si otra vez saldría para Pittsburgh. Asentí. “Que no se le vaya a volver vicio”, bromeó con el hilito de voz que le quedaba. No es esa lucecita apagándose la que recuerdo más, empero, sino un haz poderosísimo que una tarde me retó a un concurso de risa y yo perdí del susto de pensar que con esa carcajada arrolladora le iba a dar un infarto.

Quién sabe adónde irán a parar los cuentos que no nos alcanzó a referir, las cosas que nos dijo y olvidamos, lo que fui incapaz de anotar por miedo a la tristeza que me embargaría si llegara a releer sin tenerlo al lado. No obstante, creo que el puñado de frases que alcanzamos a retener es suficiente para no ver su desaparición como una ausencia total. Es cierto que ahora faltan algunos elementos importantes, que ya no podemos sentir sus manos arrugadas y frías ni pedirle un beso en la frente, pero no es sino que nos pongamos a hablar para que se manifieste de inmediato entre nosotros.

“Vea usted”, decía él que decía yo que decía él.