Archive for the 'bogotá' Category

Page 2 of 4

Primeros acercamientos a los cerros de Bogotá

La primera vez que subí una montaña en Bogotá fue en 2008. Subí por las razones equivocadas: porque Himura lo había hecho antes con la estudiante de intercambio alemana que le gustaba y yo quería hacer todo lo que ellos habían hecho en mi ausencia en aras de convertirme en un ser más deseable para él. En ese entonces yo encontraba imposible el que alguien pudiera quererme a mí por ser yo y no alguien más dechado de virtudes —es decir, con más belleza, mayor disposición a la actividad física y mejores inclinaciones académicas—, así que sentí que tal vez por vía de imitación podría alcanzar algún grado de aceptabilidad. Sobra decir que el asunto empezó mal y terminó peor. Yo quería morirme en la subida gracias a mi nulo estado físico, él me regañaba, el agua de la cascada que finalmente alcanzamos me heló hasta el tuétano y él solo gruñó “tú te lo buscaste”.

Apenas regresé a Japón, al final de las vacaciones, me terminó. Obvio, cómo más iba a acabar esta historia.

Pienso en esto porque he vuelto a subir una montaña en Bogotá. En noviembre del año pasado me metí en una conversación ajena en Twitter y gracias a eso terminé visitando la Quebrada La Vieja con Alejandro Martín. Este no es el mismo cerro de antes (aquella vez fue el Pico del Águila) pero sentí que la ocasión podría servirme para reescribir el recuerdo amargo, así que me puse la misma ropa que llevé la vez anterior.

Himura y yo en 2008
2008

Yo en 2013
2013

No tengo idea de cómo mejoró mi resistencia de 2008 para acá, tal vez fue por virtud de haber atravesado arrozales en bicicleta durante cuatro años, pero el caso es que esta vez no quise morirme en la subida y más bien quedé encantada. Tanto así que ayer repetí el paseo con mi mejor amiga del colegio y una amiga de ella. Lo emocionante del asunto no se limita a haber hecho una especie de acto de psicomagia para exorcizar un mal recuerdo sino que me llevó a darme cuenta de que en poco más de cinco años he cambiado un montón, no solo en lo que a mi estado físico respecta. Ya no estoy pensando en llenar requisitos para agradarle a alguien porque el ser yo está bien, y si sé menos que otras personas o corro menos o deslumbro menos con mis atributos, eso también está bien.

Es raro pensar en los cerros de Bogotá como lugares que se pueden visitar y no un simple telón de fondo que cambia de color según el clima. La Quebrada La Vieja es un tesoro oculto al final de la calle 72 (¡la mismísima calle 72!) que se puede visitar temprano en las mañanas de lunes a sábado. Al adentrarse en el bosque, el ruido de la ciudad desaparece por completo y es reemplazado por sonidos de pájaros, agua y ramas meciéndose al viento. Cuesta creer que hay avenidas llenas de buses ahí al lado y que esto sigue siendo Bogotá. A medida que se avanza, el paisaje va cambiando de tal manera que uno se siente pasando mundos en un juego de correr y trepar. Mi parte favorita es un bosque de pinos donde las agujas caídas absorben el ruido de los pasos y el silencio da la impresión de no estar andando de verdad.

Ahora espero seguir volviendo a la montaña y conocer más montañas. Estoy segura de que hace unos años no habría dicho esto ni en sueños, por lo cual sigo sorprendida.

Calle 127 con Avenida Córdoba

Dos carros se estrellan en una avenida. Está cayendo un aguacero terrible y las calles se han convertido en ríos negros y brillantes. Ríos de luces rojas deformes que se quiebran por donde pasa una gota que se desliza sobre el vidrio a través del cual se las mira. Los conductores de los carros se bajan para evaluar el daño e insultarse y quedan completamente empapados de inmediato. La comodidad de saberse guarecidos todo el camino desde el punto A al B se ha visto abruptamente destruida. Los niños en la silla de atrás se aburren, hacen preguntas, juegan, lloran, dormitan.

Al notar la exacerbación de aquel caos, peatones blandiendo sombrillas que no protegen sus piernas de las incesantes salpicaduras empiezan a buscar otro punto desde el cual rogar que pase un bus que les sirva o un taxi que no los humille al revelar su destino. El agua helada anula el horizonte y el mundo se siente hecho de pura imposibilidad mientras las luces convierten la lluvia en un bombardeo de chispas. Todo se siente infinitamente más lejano para quienes esperan, tanto en el carro como en la acera. Los peatones sueñan con la tibieza del interior de un vehículo, pero los estrellados saben —desde hace no mucho, y pronto lo olvidarán de nuevo— que esa es una seguridad incierta y, bajo ciertas circunstancias, completamente repulsiva.

Mientras tanto, los que han quedado atrapados en una buseta maldicen el vaho circundante, las huellas mojadas de color café sobre el piso gris y la música tropical a todo volumen. La única vida que envidian en estas horas detenidas de asfixiante miseria es la de aquellos que hoy no tuvieron que cruzar el umbral de su casa. Esa o la que probablemente existe en un país lejano.

Envueltos de mazorca

Acaba de pasar por mi calle un vendedor de envueltos de mazorca. Su pregón me hace recordar a Himura, que lo imitaba de manera muy graciosa. No a este preciso vendedor, que probablemente nunca escuchamos cuando él venía a la casa, sino a otro en su barrio, o en un barrio anterior. Al parecer, todos los vendedores de envueltos de mazorca utilizan la misma voz nasal y énfasis en la z de “mazorca” porque una vez a Cavorite le dio por decir “envueltosdemazzzzorca” así de la nada y sonaba exactamente igual. Es extraño ver algo que uno creía único de una persona que uno alguna vez quiso en otra persona. O de pronto la venta callejera de envueltos de mazorca es mucho más común y uniforme de lo que yo creía y la ciudad está llena de gente que tiene esa frase con esa entonación grabada en la memoria y en algún momento estallará a repetirla.

No quiero volver a Bogotá

No quiero volver a Bogotá. No se trata de los trancones o la basura o la inseguridad o la supuesta mezquindad de la gente. Esta no es una diatriba contra la ciudad. O tal vez sí, pero solo un poquito. Son los colores. Llevo meses rodeada de muchos colores mientras que Bogotá es gris y no quiero volver a un lugar gris. Un lugar gris y abigarrado. Un lugar donde la luz en sus mejores momentos se desparrama como un saco de arroz estallado, porque cómo más va a caer la luz sobre el ecuador.

Pero los lugares no son solo sus paisajes o sus colores o la forma de sus sombras. Los lugares son la gente. Las cadenas son la gente. Y otra vez toca irse. Hay una rutina bien establecida, con platos por lavar y camas por tender, pero todo eso va a desaparecer muy pronto. Muy pronto volveré a mi lugar-base que es como mi lugar-nada. Un lugar donde se instala mi vacío, una especie de alacena donde me guardo hasta que pueda volver a llenarme. El gris es el color de los frascos desocupados dibujados en el papel. El gris es un color-nada.

De tanto viajar he dejado de pertenecer. Solo puedo dar fe de mi vínculo con los pequeños mundos creados por cada camino recorrido en el pasado.

No cometan el mismo error.

El Salto del Tequendama

Hoy conocí el Salto del Tequendama. La foto no le hace justicia a su belleza.

Ayer conocí el Salto del Tequendama.

No nos detuvimos ahí, ya que íbamos de paso a otro lado, pero tuve la oportunidad de apreciarlo por un buen rato desde el carro. Quedé boquiabierta. Había oído tantas cosas malas sobre el lugar que me pareció increíble que en realidad fuera tan bonito. Hasta el recorrido del Río Bogotá llegando a la caída es de una belleza sobrecogedora. Digo “el recorrido” y no el río en sí porque el estado tan lamentable de esas aguas es de no creer. Inexplicablemente, incluso la vista de un Alicachín abandonado dominando los últimos meandros del cauce antes de la caída tenía su encanto, aún a sabiendas de su rol en su contaminación.

Al aproximarnos, mis papás se pusieron a cantar canciones viejas sobre la cascada. Una decía algo sobre irse para el Salto pero no a suicidarse, y la otra describía la geografía del Río Bogotá. Sabíamos que en otra época el paraje había sido tan popular que mucho se cantaba en su honor, pero suponíamos que había caído en el olvido absoluto. Cuál sería nuestra sorpresa al sobrepasar el famoso hotel embrujado frente a la cascada y toparnos con un montón de carros parqueados y puestos de fritanga abarrotados al borde del abismo.

Mi abuela dice que cuando ella era niña pasaban por las casas bogotanas vendedores de pescado cuyos productos provenían del Río Bogotá. Hoy en día algo así es impensable. El día que nos contó eso estábamos varados casi a la orilla de una parte muerta del río a la entrada de la ciudad. El hedor era insoportable. Es difícil pensar que ese caldo asqueroso se convierte kilómetros más adelante en uno de los paisajes más hermosos que haya visto en mucho tiempo.

El carro cogió otra curva y el Salto desapareció, pero en la región del Tequendama todavía había mucho más por ver. Fue un gran paseo.

Skein (2)

Durante el último mes y medio me han venido acompañando dos madejas de lana color grafito. No estoy hablando de mi primer proyecto, que por falta de agujas extra tuve que ensartar en un palito de balso para archivarlo, sino de una entrega especial con fecha límite.

Mi extraña afición viajera llamó la atención de Rini, una de mis anfitriones en Chile, a quien en el colegio habían forzado a tejer patincitos y demás partes del ajuar de un bebé hipotético y por tanto lo olvidó todo en cuanto pudo. Fuimos a comprar lana y agujas, le refresqué la memoria sobre cómo empezar y cómo no aumentar puntos accidentalmente, y esta mujer resultó ser el relámpago del tejido. Al cabo de un par de horas ya había acabado con la lana y tenía media bufanda hecha. Mientras tanto yo, el remedo de maestra, no hacía sino volver a empezar y volver a empezar y volver a empezar.

Se suponía que este proyecto era un regalo para entregar en Pittsburgh, pero allá llegué a seguir dándole. Las madejas se fueron convirtiendo en un tejido largo, elástico y blandito —fuwa fuwa, como dirían en japonés—. A veces pillaba a Victor, el roommate francés, tocándolo cuando yo no estaba trabajando en él, estirándolo y estrujándolo. Pasé varias tardes adelantando lo más que podía, pero de repente me mandaron una traducción larga de urgencia y no pude seguir. Las lanas color grafito volvieron conmigo a Bogotá.

Anoche, después de varios días de bloqueo mental crónico, terminé unos trabajos pendientes y decidí que ya nada tenía por qué interponerse entre la bufanda y yo. Tejí. Mis papás llegaron a hacerme la charla. Les hablé sin levantar la mirada de las agujas. Ayudé a mis papás a subir algo pesado por las escaleras. Volví a tejer. Se fueron a dormir. Seguí tejiendo. Me dolía ya la mano derecha: no me importó. Me hice ruido con la televisión para espantar el sueño (el canal de la NHK es óptimo para eso aunque no logré encontrar el programa donde un chef japonés iba a enseñar a hacer tarta de limón francesa). Finalmente, a la 1am, escondí la última colita de lana en la bufanda.

Da una sensación rara ver el producto terminado ya desmontado de las agujas: esa cosa es útil y esa cosa útil la hice yo de cero. Pasé varias horas distraída y de esa distracción salió algo tangible. Increíble. Ahora tengo un regalo de Navidad listo para entregar y el deseo de averiguar qué más puede salir de estas manos.

Back in San Francisco, Day 1: Castro

La última vez que vine a San Francisco, hace nueve años y medio, empecé a hacer un diario de viaje muy detallado que no terminé. De hecho, solo escribí el día 1. Es más, ni siquiera era tan detallado, sino que se deshacía en florituras y me cansé de intentar describir de manera fantástica el que había sido, hasta entonces, el mejor viaje de mi vida. O me pudo la desidia, yo qué sé. En fin. Esta semana San Francisco me volvió a llamar por casualidad, más bien de afán, y yo decidí que esta vez sí haría un diario de viaje completo. Entonces empecemos.

Nuestro primer destino en la ciudad fue Castro. Con Castro yo tenía una deuda enorme porque en mi anterior visita mi compañero de viaje y yo éramos unos ignorantes totales de esos que se juran muy ‘normales’ y esa otra gente huyuyuy. Uno ni siquiera sabe qué piensa de verdad al respecto porque no sabe nada pero igual huy, mire a ese señor con falda y a esas barbies con dildos, huy. En esa época yo creía además que era frígida, así que estamos hablando de un total desconocimiento de la sexualidad humana. Cuando haya máquinas reproductoras de la realidad de otros tiempos procuraré que la gente no me vea ahí.

Pero bueno, afortunadamente en nueve años pasan muchas cosas, como que uno cuestione su lugar en la escala de Kinsey (y se muera de miedo), le dedique un buen rato a los estudios de género y haga amigos entrañables que resulten saliendo de toda clase de clósets. Entonces, otra vez, Castro.

Es muy emocionante salir del metro al Harvey Milk Plaza y ver no solo el GLBT History Museum sino cada vitrina de aquellas calles como testimonio de victoria en una lucha que aún se halla muy lejos de su fin. Vimos pasar hombres mayores por ahí, los vimos sentados en los cafés y los bares, y nos preguntamos qué historias tendrían para contar. Me dio tristeza pensar que en Bogotá me toca escoger entre callar este tema o arriesgarme a recibir comentarios horribles de la gente ‘normal’, tan facultada como está para decidir quién merece dignidad y quién no. Y encima están los malditos chistes de la radio, la radio esa que suena en todos los taxis y todos los buses y que le dice a la gente que está bien burlarse de las mujeres y de los hombres que parecen mujeres porque les gustan otros hombres. No puedo creer —pensé mientras caminaba por ahí— que haya tantas personas dispuestas a arruinarles la vida a otras por quererse o por intentar cuadrar lo que sienten con lo que ven en el espejo. Es culpa de la maldita ignorancia y la necesidad de ser ‘normal’ a toda costa. Lo sé por todo el tiempo que pasé tratando de negar que a mí me gustaban también las mujeres.

Nos fuimos alejando hacia Dolores Park. Pensé en mis amigos, en los puntos del planeta donde no han podido estar tranquilos por ser como son. Quise escribirles a todos y decirles que hubiera deseado estar con ellos aquí en Castro.

Encuentro de dos yos en una biblioteca

—Su última afiliación se venció en 2006.

Todos esos años habían pasado desde la última vez que estuve en la Biblioteca Luis Ángel Arango. El paso del tiempo era de cierto modo obvio: salvo por la entrada y la salida, yo no reconocía absolutamente nada en el edificio. La zona de afiliación quedaba en otro lado, los computadores eran distintos, había un café al final del primer piso. Sin embargo, durante mi breve estancia en el recinto fueron aflorando otros detalles que me confirmaron que este año era este año y no otro año, que ahí estaba esta yo y no la yo de antes. Y que entre las dos había un abismo enorme.

Mi papá me afilió a la BLAA para evitar el enorme gasto en libros que me traería el estudiar literatura. Me compró el libro de introducción a la teoría literaria, que fue el primero que me pidieron, y hasta ahí llegó. Mi pobreza de estudiante me obligaba a aceptar el hecho de que en cuatro años leería mucho, pero ningún libro sería mío. La única excepción es una copia defectuosa de la edición de la RAE de Don Quijote de La Mancha que compré con mis ahorros en preparación para una clase dedicada exclusivamente a este libro, clase que no llegué a tomar porque en vacaciones llamé al Icetex y me dijeron que había pasado la primera ronda del proceso de selección para una beca del Ministerio de Educación japonés.

(Nota al margen: detesto mi Don Quijote desde el día que lo compré porque tiene una arruga en el lomo. Me parece un descuido de mi parte haber elegido un libro con un desperfecto tan obvio, aunque también pudo haber sido un accidente posterior a la compra. Ahora que lo pienso, pobre libro. Merece cariño con su cicatriz y todo.)

La BLAA me vio llegar una tarde con un hombre alto y calvo que me había regalado medio melocotón tras encontrarme leyendo a Maquiavelo en una banca. El sujeto, un estudiante de física de otra universidad, había aparecido para poner a tambalear el orden de mi vida: la relación a distancia que venía manteniendo hasta ese momento se me antojó insulsa de repente en comparación con sus anécdotas anacrónicas. Entonces lo dejé tomarme de la mano en un café, lo dejé mirarme como me miraba, le reproché el haberlo arruinado todo. La biblioteca se convertiría en uno de nuestros destinos habituales en las tantas caminatas por el centro que constituirían la cotidianidad de nuestro amor.

Pero esta vez, este año, no estaba con él. Ya ni recuerdo cómo se siente besar a alguien más alto que yo. El pasado se hizo tangible en esa ausencia, en el subir una rampa de un salón a otro sin parar a leer el tablero de quejas y sugerencias. Entre ese él y la yo de ahora había mares de distancia, pero la biblioteca no los había alcanzado a ver. Aquí se entendía como un corte abrupto, una cinta rota y vuelta a pegar con escenas faltantes.

Tras hacer efectiva mi nueva afiliación, pasé por una mesa de libros en descuento. No sabía bien cómo llegar al otro extremo de la edificación para salir, así que me detuve un momento antes de buscar un letrero de ayuda. La yo de antes se limitaba a pasar saliva frente a las carátulas de Anthony Browne, consciente de que la mesada no daba para tantos lujos y los incentivos para volver a dibujar tendrían que esperar. Esta vez intenté mirar los libros con la misma cautela de antaño, pero esa ya no era yo. Quiero este y este y este y este y este otro. Y dibujar no se pone en duda. Bolsa en mano, recordé de repente cómo llegar a la puerta de salida. Ya me ubicaba perfectamente en mi viejo mapa interno del edificio, aunque sabía que ni este ni yo éramos los mismos. Fue como trazar las mismas líneas de un esbozo antiguo para dar con figuras completamente nuevas.

Me fui de la biblioteca pensando en lo que vendría ahora. Más viajes al centro, aunque sin caminatas románticas. Más lecturas, ojalá, pero todas radicalmente distintas de las obligaciones que me habían llevado allí años atrás. Compré una bolsa de bolitas de tamarindo en la tienda donde siempre solía parar y seguí mi camino.

Notas (幸運)

Esta semana:

  • El vigilante de mi conjunto hizo pasar a un taxi random en vez del que había llamado, causando un breve episodio de tensión (el señor ya nos había llevado pero podía tratarse de un amable y conocido taxista pirata ladrón de carreras)
  • Me abrieron la puerta de un carro mientras estaba adentro mirando hacia la puerta del lado opuesto; otro vehículo pasó por un charco y me cayó un baldado de agua en toda la espalda
  • Fui a trabajar enferma y al volver a la casa me di cuenta de que había olvidado las llaves

Pero:

  • El taxista se ofreció a recogerme todas las mañanas, cosa que fue de inmensa ayuda pese a lo insoportable que es empezar el día con Olímpica Estéreo
  • Conocí la planta de General Motors
  • El clima estuvo inusualmente cálido y soleado cuando me quedé por fuera de la casa, y por casualidad Cavorite llamó, así que ni me aburrí ni me enfermé más mientras esperaba a que llegara a mi papá

Hace poco mi tío político me dijo que debía dejar de decir que tengo mala suerte porque cada vez que voy a un restaurante no hay algo de lo que pido. A partir de este pequeñísimo balance y otro par de detalles generales, he de declarar que tiene razón: en realidad lo que tengo es buena suerte. Lo acepto, sí, todo está más que bien, pero los meseros siguen devolviéndose a mi mesa a darme malas noticias.

Precious Cargo

Si lo que quiero es coger un taxi bajo la lluvia en Bogotá, debería estar cargando un niño pequeño en vez de un cajón de plástico enorme. Así tendría todo el derecho de acechar por detrás a cualquier infeliz que cree haber encontrado transporte y no se explica por qué el taxista de repente no lo quiere llevar. Entonces el conductor señala las sombras que hasta hace unos segundos no estaban ahí y no queda sino resignarse y pensar que es un bebé y uno lo hace por el bebé.

Sigue diluviando, las madres ninjas siguen apropiándose de los taxis conseguidos con esfuerzo por alguien más, y uno sigue siendo un soltero miserable con los pies empapados y nada preciado que llevar a casa salvo un estúpido cajón de plástico para guardar cosas.