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El Salto del Tequendama

Hoy conocí el Salto del Tequendama. La foto no le hace justicia a su belleza.

Ayer conocí el Salto del Tequendama.

No nos detuvimos ahí, ya que íbamos de paso a otro lado, pero tuve la oportunidad de apreciarlo por un buen rato desde el carro. Quedé boquiabierta. Había oído tantas cosas malas sobre el lugar que me pareció increíble que en realidad fuera tan bonito. Hasta el recorrido del Río Bogotá llegando a la caída es de una belleza sobrecogedora. Digo “el recorrido” y no el río en sí porque el estado tan lamentable de esas aguas es de no creer. Inexplicablemente, incluso la vista de un Alicachín abandonado dominando los últimos meandros del cauce antes de la caída tenía su encanto, aún a sabiendas de su rol en su contaminación.

Al aproximarnos, mis papás se pusieron a cantar canciones viejas sobre la cascada. Una decía algo sobre irse para el Salto pero no a suicidarse, y la otra describía la geografía del Río Bogotá. Sabíamos que en otra época el paraje había sido tan popular que mucho se cantaba en su honor, pero suponíamos que había caído en el olvido absoluto. Cuál sería nuestra sorpresa al sobrepasar el famoso hotel embrujado frente a la cascada y toparnos con un montón de carros parqueados y puestos de fritanga abarrotados al borde del abismo.

Mi abuela dice que cuando ella era niña pasaban por las casas bogotanas vendedores de pescado cuyos productos provenían del Río Bogotá. Hoy en día algo así es impensable. El día que nos contó eso estábamos varados casi a la orilla de una parte muerta del río a la entrada de la ciudad. El hedor era insoportable. Es difícil pensar que ese caldo asqueroso se convierte kilómetros más adelante en uno de los paisajes más hermosos que haya visto en mucho tiempo.

El carro cogió otra curva y el Salto desapareció, pero en la región del Tequendama todavía había mucho más por ver. Fue un gran paseo.