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Nostalgia de un día de grado

No sé si ya había contado esta historia en otra parte del blog, pero qué importa. Hoy es un día nostálgico para mí.

El 25 de marzo de 2011, mis papás y mi tío se fueron al centro de Tsukuba a hacer compras. Ya sabíamos que la ceremonia de grado había sido cancelada debido a que el auditorio estaba en riesgo de colapso por el terremoto, pero de todas formas había que ir por el documento que justificaba mi largo paso por las islas niponas.

Me puse un vestido de flores, me pinté los ojos de verde y me puse en el pelo un gancho que yo misma había hecho en mis días de fiebre de bisutería. Fui a desayunar con Yurika en Sukiya. No recuerdo si fue ahí o en otro desayuno cuando me entregó un anillo que me había traído de Mozambique y que incorporé a mi ajuar de grado. No pude seguir con ella para la universidad porque se me había quedado el carné en el apartamento y ella tenía afán porque la iban a recoger los papás. Volví a buscarlo y fui a la decanatura de mi facultad. Me encontré en el pasillo a Yuta, un compañero que era estudiante mío de español y lo hablaba muy bien. Algo nos dijimos, pero no fue mucho. Felicitaciones, tal vez. Todos estaban yendo en grupitos a graduarse, menos yo. El decano leyó el contenido del diploma y me lo entregó. Nos dimos venias.

Salí del edificio, metí la bonita carpeta morada en una bolsa que colgué del manubrio de la bicicleta y volví a la casa como si nada. Me estaba esperando un e-mail del alquiler de kimonos. Yo les había estado rogando que me alquilaran un hakama de grado —por favor, soy extranjera, nunca más voy a poder ponerme algo así— pese a que se había cancelado la ceremonia y, con ella, los alquileres de vestidos para la misma. Habían accedido con la condición de que fuera ya mismo a Nishi-Ogikubo, en Tokio, a que me lo pusieran para retornarlo al día siguiente. Mis papás y mi tío regresaron, les avisé y salimos corriendo.

En camino

Antes.

El Tsukuba Express estaba funcionando por fin. Cogimos para Akihabara y de ahí un tren de la línea Chuo hasta Nishi-Ogikubo. Creo que usamos el GPS de mi celular para guiarnos. No nos perdimos demasiado.

El almacén de alquiler de kimonos estaba vacío. Este debería haber sido un día súper movido, pero los últimos acontecimientos habían ocasionado una oleada de cancelaciones de sus servicios. Supongo que eso obró a mi favor ese día, puesto que yo solo había pagado por el vestido pero me encimaron el peinado. Creo que es el peinado más bonito que me han hecho en la vida.

お菓子

Después.

Mi papá y mi tío habían estado esperándonos a mi mamá y a mí en un café lindísimo al otro lado de la calle y les gustó tanto que cuando salí de ahí con mi pinta de estudiante de la Era Taisho decidieron que podríamos iniciar la celebración con unas onces allá. Comimos pastelitos y nos tomamos fotos. Luego seguimos hacia Akasaka para la cena. Creo que elegí esa zona de Tokio porque había visto que estaba llena de restaurantes bonitos, pero no recuerdo por qué elegimos uno portugués para nuestro gran banquete. Solo sé que todo salió estupendamente. No tuve ceremonia pero sí tuve celebración, y no estuve sola.

Algo curioso ocurrió desde que me enfundé el hakama: durante el resto del día, la gente en la calle me decía “¡felicitaciones!” y “¡te ves muy bonita!”, cosa que nunca jamás me había pasado en cinco años de vida en Japón. ¿Desconocidos dirigiéndole espontáneamente la palabra a una extranjera? ¿¡Y encima diciéndole que se ve muy bonita!? Milagro de grado, se diría, aunque parece que en Japón la gente en general me veía linda.

Casualmente le mandé a Hazuki un mensaje de texto con la aventura del hakama y me respondió que ella vivía muy cerca de allí. Quise lamentar la falta de una amiga en mi celebración, pero más bien nos pusimos cita al otro día en el mismo cafecito del frente del almacén tras devolver el vestido y los zapatos. Mi intención era sorprenderla, pero resultó que ella y su madre eran asiduas clientas. Luego nos acompañó a Shinjuku, y allí nos despedimos. No pudo ocultar su tristeza. A mí también me entristece todavía no poder volver a verla.

Lo malo de irse a vivir al otro lado del mundo es que uno corre el riesgo de hacer amigos allá y luego se queda preguntándose cómo diablos va a hacer para volver a verlos. Últimamente he tenido un sueño recurrente en el que vuelvo a Japón y voy a comer en un restaurante. Llevo dos años soñando que de nuevo estoy ahí, cada vez con menos angustia. Ya no se trata de un ciclo que no cerré, sino del pedazo de corazón que dejé allá. Dos profesores distintos me dijeron en diferentes ocasiones que cuando uno queda con cuentas pendientes con Japón, el país siempre lo llama a uno a regresar y saldarlas. Cada vez estoy más convencida de que eso es verdad.