Onde fica a alameda dos sonhos?

Limitarse a pensar “nadie me quiere todos me odian” no trae soluciones mágicamente. Dejar abandonado el propio clan bajo el pretexto “esto no funciona”, en vez de trabajar para mejorarlo, es cobarde. Los codos me duelen de tanto divagar; es mejor que me duelan las muñecas de tanto escribir.

Sí señores, volví a la dirección del Boulevard des Rêves. Sin embargo, no todo es color de rosa en este momento.

Pensaba hacer un gran discurso, pero el computador me ha borrado ya cuatro veces lo que quería decir. En fin, sólo quiero comunicarles a los miembros que a este clan le hace falta un poco de cohesión e identidad. Más o menos sabemos qué somos y qué queremos (¿ah? ¿no lo saben? ¡entonces los veo discutiendo en los comments!). Quisiera saber qué es lo que cada uno cree que lo une a este clan, y espero que no sea simplemente el icono de Monet o la palabra ‘sueño’. Sean sinceros y todos participen (los miembros, obviamente). Si veo que nuestras opiniones resultan ser muy dispares, me veré obligada a disolver el clan para que todos estemos en algo que realmente funcione.

Gracias por su atención.

SUENA: algo que parece ser The Calling

And a Fly Hovered Over the Screen…

Érase una vez, en un lejano reino binario, una señorita quien a falta de mejores cosas que hacer se dedicó a mantener un blog dentro de una comunidad de nombre inglés. Lo mantuvo con amor y un poco de obsesión, dándole retoques cada vez que fuera necesario y llenándolo de cuanto código nuevo apareciera en la página principal de la singular comunidad.

Un día como cualquier otro, la señorita decidió abrir un clan. Las razones para hacerlo no fueron suficientes; tal vez quiso un bonito icono al lado de su nombre, tal vez quiso tener la sensación de que el fruto de sus largas horas de ocio tenía algo en común con otros frutos de la misma índole. Dio a conocer su idea pese a una notoria falta de preparación… y una pequeña cantidad de dueños de páginas se acercó a su naciente clan, llamado Boulevard des Rêves.

Pasó el tiempo, porque una de las poquísimas cosas que sabe hacer éste es pasar. Eso y detenerse diez minutos antes del fin de las clases aburridas. Por razones poco claras, la señorita retiró su página de la comunidad, y por consiguiente abandonó su clan. Sin embargo, el tiempo transcurrido fue más fuerte que su voluntad de enclaustramiento virtual, forzándola a regresar. La reaparición en la comunidad se pudo calificar como algo ‘normal’, como todo aquello que nos negamos a describir ante una evidente falta de emoción circundante. No obstante, el clan que la señorita había dejado al cuidado de su cofundador se convirtió para ella en una entidad extraña, carente de cohesión. ¿Qué clase de identidad tenían los miembros del Boulevard?

Pensando en esto, la señorita dejó pasar más tiempo, convencida de que más tarde arreglaría la situación en el clan abandonado. Pero, ¡qué gran desilusión! Nunca hubo tal arreglo. La señorita, en cambio, pasó algunos días sentada frente a la lista de clanes existentes y pensó en todo aquello que convertía a sus miembros en merecedores de tal título.

—Claro —razonaba ella consigo misma —, si ellos han pasado gran parte de sus vidas juntos, ¿cómo no ser clan? Jamás podría pertenecer allí. Tampoco de ellos; no tengo ese estilo que exuda autoridad y refinamiento.

Así se durmieron sus antebrazos bajo el peso de su barbilla, de sus labios fruncidos en una mueca que terminaba en los sorprendentemente estables aunque pequeños codos. No había solución para este asunto tan nimio. Pertenecía y no pertenecía al mismo tiempo; pertenecía por códigos insertados, pero no pertenecía, no lograba pertenecer así lo intentara en ocasiones. Todo por simple falta de… ¿de qué?

—Así me saldrán callos en los codos —, se reprochó ante una ligera punzada. Se incorporó en la silla y procuró reflexionar sobre alguna otra minucia.

SUENA: Living in America — James Brown

20

Un año en casa después de la montaña rusa. Más de un año transmitiendo letras al mundo inexistente. Casi dos años sintiéndome como Penélope y negándome rotundamente a abandonar esta posición. Dos años sin uniforme escolar. Cuatro años con los dientes y la piel en mejor estado. Cinco años y medio despierta del letargo que me mantenía lejos del espejo. Seis años con la visión borrosa. Siete años reconociendo mi ineptitud social desde la distante silla de una fiesta. Nueve años con la frente al descubierto. Diez años lejos de mi primera mejor amiga. Doce años enamorada del bordado y la tinta china. Trece años con recuerdos de un mar que veía por segunda vez. Quince años marcada por la Zarza. Diecisiete años leyendo. Dieciocho años traspasando personajes de mi mente al papel. Diecinueve años caminando. Veinte años con la luz intermitente del mundo en la cara.

Veinte.

Twenty.

Vingt.

Nijyu.

Dos décadas.

Cuatro lustros.

Veinte años.

Hako no Naka III

Para terminar con el ciclo de posts más inútil de la historia y retirarme de una buena vez a descansar la vista (por cierto, ya me siento mucho mejor y la esclerótica de mi ojo izquierdo ha recobrado su saludable color blanco), terminaré de contarles (¿a quiénes?) acerca de las maravillosas cositas que vinieron en la misteriosa caja que me entregaron una mañana de sábado.

No recordaba que le había pedido al remitente un pin del Hard Rock Cafe Tokyo, así que ésta fue una grata adición a mi colección (ya dirán “uuuy no pues…” pero ni siquiera tengo el de Bogotá, así que… bueno, es una colección que apenas comienza— no, éste no es el primero).

Lo que sí esperaba con fervor —no, en realidad también lo había olvidado pese a haberlo pedido vehementemente— era el útil escolar más importante de mi tímida incursión al mundo de la lengua japonesa:

¡¡TATÁN!! ¡UN MARCADOR-PINCEL! ¡SE ACABÓ LA RASPADERA DE TINTA! ¡AHORA PODRÉ PRACTICAR CALIGRAFÍA DONDE SEA CUANDO SEA! ¡¡¡HURRA!!!

Por último hablaré de lo más curioso que vi en toda la caja. Se trata de una propaganda muy particular en uno de los videos que me grabó el remitente. Aparentemente, ésta es una propaganda de McDonald’s como cualquier otra, promocionando la Cajita Feliz, para-pa-papá I’m loving it! (lástima que no digan I’m rubbing it en una hermosa demostración de Engrish.) Sin embargo, al final sale el infaltable Ronald McDonald…

…¿¡con ojos rasgados!?

Sí señores, Ronald McDonald se amolda perfectamente al fenotipo de los aislados habitantes de las islas niponas. Quisiera saber cómo es Ronald McDonald en India, en Vietnam, en Senegal… Oh, vaya, según mcdonalds.com no hay restaurantes en Vietnam ni Senegal, y el Ronald de India es igual al del resto de Occidente… Olvídenlo. ¡Pero en McDonald’s Hong Kong Yao Ming promociona las Big Mac!

En fin. Ya que este blog fracasa estrepitosamente en una posible intención de ilustrar, sorprender, divertir, o al menos dar la impresión de que la dueña tiene una vida mínimamente interesante, me voy a abrir el paquete de Kit-Kat con sabor a pie de limón que venía en la caja.

SUENA: All at Sea — Jamie Cullum

Hako no Naka II

Antes de que la gripa, la blefaritis y la queratitis me enviaran derechito a la cama (lo cual significa que no debería estar aquí), abrí la caja y examiné su contenido. No, no había libros de arte, ni DVDs, ni piedras de go, ni fotos, ni sake. Mucho menos había una gata de Foto Japón. Lo primero que noté fue una carta en una mezcla indistinta de inglés, japonés y español.

El remitente me dijo por msn que debía tener cuidado con la gelatina de konnyaku (el konnyaku, por lo que he logrado ver, debe ser un tubérculo). ¿¡Qué!? ¿Gelatina en esta caja? En efecto.

Y no eran estos paquetes lo único comestible. Era una cantidad increíble de paquetes y cajitas de chocolatinas, chicles y frunas, además de aderezo para bolas de arroz. No sé cuánto tiempo me tomará consumir y repartir tanto dulce.

Sin embargo, con la gripa apaleándome, todo parece indicar que mejor espero a que llegue mi cumpleaños para empezar a gozar de todos aquellos manjares. Tampoco puedo empezar a disfrutar los objetos no comestibles (de los cuales hablaré después) si me toca andar con gafas oscuras y sin lentes durante una semana entera. Como venía diciendo, no tengo por qué estar sentada frente a este computador achicando los ojos. Mejor vuelvo a la camita a convalecer.

SUENA: You and I Both — Jason Mraz

Hako no Naka I


Esta caja me tendrá entretenida durante muchos, muchos días… ¿qué habrá adentro? (Casi me vuelo un dedo con el bisturí tratando de romper tanta cinta pegante.)

SUENA: Spice Up Your Life — Spice Girls

The cat was just a shadow in charcoal…


…and the air was a giant sheet of colorful paper.

SUENA: How Come, How Long — Babyface feat. Stevie Wonder

Les flèches bleues ou Morceaux d’une photo sous le photo-maton

Elle a lu la lettre abandonnée devant le photo-maton. Ensuite, elle a noté les flèches bleues, dessinées sur le sol. Il semblait un long chemin… et morceaux d’une photo sont apparus sous la même cabine.

“…y sabes que si hubiera tomado el lado opuesto de una de las tantas bifurcaciones que tiene este laberinto, tal vez ni siquiera habría hallado las flechas. No las habrías pintado. El hecho es que esta tiza ya no se puede borrar, y así no lo aceptes avancé un par de pasos, curiosa por el misterioso destino que ofrecía, aunque no lo suficientemente cerca como para acercarme al posible barranco de la confusión…”

“…embargo, no hay razón alguna para estar confundido: tú estás en tu camino y yo en el mío, tal vez paralelos, tal vez entrecruzados. Las flechas que hallé siempre me harán sonreír y siempre querré seguirlas, aún si el final de la película no puede ser el mismo. Siempre pasaré por el fotomatón en busca de otra carta como la que tuve que abandonar aquí donde tratas de pegar estos fragmentos para generar una imagen completa…”

“…que si avanzara unos pasos más, si decidiera no mirar hacia atrás y abandonar las flechas de otro color que alguna vez alguien me tendió, correría a alcanzarte; porque el tonto mira el dedo que señala, porque un telescopio te anuncia y agitas los extraños fragmentos que nos unen, porque si el camino se hubiera bifurcado de otro modo habría abierto la puerta y te habría hecho seguir el patrón de…”

“…nada que lamentar. Tampoco podemos actuar, ni siquiera esperar un resultado determinado. Deja que las flechas apunten adonde deban, deja que creen senderos complejos por su cuenta y, sobre todo, deja que mis pasos se acerquen un poco a esa cabina telefónica desde la que agitas tu mano…”

“…Al fin y al cabo, no puedes evitar el flujo de tus palabras certeras en el momento preciso, ni la aparición de mi invisible sonrisa, ni el modo en que nuestras frases logran armonizar tan a menudo. Y por eso,…”

Cassiopeia

Si me preguntan, mis conocimientos astronómicos eran mucho mejores cuando jugaba Where in Space is Carmen Sandiego? y soñaba con volverme una gran astrónoma, de la mano de nombres que daban pistas en el juego y que aún retumban en mi memoria, como Tycho Brahe y Percival Lowell. El programa nombraba también a otros personajes que tenían que ver con ese increíble vacío brillante, aunque de otro modo; entre ellos, H.G. Wells y Ursula K. LeGuin. Adivinen a quiénes terminé haciéndoles más caso. Así que, una vez decidida a sumirme en el mundo de los universos inventados y por descubrir, dejé paulatinamente de preocuparme por saber qué estrella era cuál. Seguía mirando hacia arriba, pero me conformé con un pequeño cúmulo de conocimiento, compuesto únicamente por los nombres Orión, Pléyades, Mérope, Híades, Aldebarán y Betelgeuse.

Debido a esta ignorancia elegida, la cual habría de provocarme cierto remordimiento posteriormente bajo los cielos limpios de Dubuque, solamente he podido ver a Casiopea una vez.

Ocurrió durante la única época en el año en que las estrellas se confabulan para mostrarse, galantes, en eventos que requieren de gran participación de público. Esto es, el advenimiento de la Navidad. En mi época escolar esto quería decir un sinnúmero de cosas, pero entre ellas sobresalía una que ahora extraño: el coro de Uncoli. El coro, al menos ése, reunía a estudiantes de los colegios integrantes de Uncoli para cantar diversas piezas navideñas. Todavía tengo varias melodías en la cabeza. Las presentaciones se hacían cada año en un colegio distinto, pero yo diría que las mejores eran las que se llevaban a cabo en el San Carlos, cantando Silent Night al aire libre… y mi cabeza desviada hacia las estrellas sin nombre.

Una noche, a la espera de nuestra triunfal entrada al recinto donde tendría lugar la primera parte del recital, me quedé pasmada observando la amplia bóveda de diamantes que se desplegaba sobre mi cabeza ante la escasez de luz eléctrica a mi alrededor. Como era habitual (y aún lo es), busqué a Orión e inmediatamente localicé las Pléyades (tuvieron un especial significado durante un tiempo… de ahí mi dirección de correo electrónico). Alguien se me acercó. Era un integrante del coro, lo cual para mí era bastante extraño, dado que yo no logré socializar allí con nadie. Miraba hacia arriba también. Las palabras que intercambiamos se han ido borrando de mi memoria, pero sé que le hablé del cúmulo de estrellas que estaba viendo. A cambio de mi inútil comentario, él me señaló a Casiopea. Lo que podría haber sido una simple y accidental W en el cielo, era ella en su trono, más bella que las Nereidas.

Fue la única vez que hablamos, y supongo que la última vez que lo vi. También fue la única vez que reconocí a Casiopea. Cuando volví a buscarla en el cielo estrellado de otra noche, se me había perdido, como un kanji recién aprendido que se refunde entre miles de pinceladas mudas.

SUENA: Marble Halls — Enya

Abutillon pictum

Veo estas flores y veo mi infancia…

SUENA: Gilmore Girls