Estaba haciendo un post acerca de cómo debería estar haciendo de mi tiempo algo productivo leyendo el libro que me prestaron en la Embajada o haciendo la tarea que me puso Himura en vez de escuchar todo Jesus Christ Superstar. Sin embargo, Blogger fue sabio y borró mi labor. Ahora tendré que levantarme de la silla, alistarme para ir a Agro Expo y hacer las planas que tanto he evadido. A las 3pm se supone que tengo que elaborar mi horario de universidad, pero no tengo absolutamente ningún afán. Volveré de mi loca jornada con Jane Goodall y cumpliré mi deber calmadamente.

Los dejo con Riptide, gran fruto de mi desocupe. La foto me decepciona un poquito: en mi mente el geek se parecía a TRON… Y yo creía que Joe Penny había actuado en otra serie famosa, pero al parecer no…

[ Left for Dead — Voodoo Glow Skulls ]

Dansez-Vous

Me gusta bailar. Me gusta aunque haya durado años y años sentada con un codo cortando la circulación en un área determinada de mi muslo, la correspondiente mano empujando la piel de la mejilla contra el pómulo, la mirada perdida en la esperanza de que me recogieran pronto. Me gusta aunque durante todos esos años las niñas hubieran ejercitado sus extremidades al ritmo de El preso mientras yo seguía en la posición anteriormente descrita y el vallenato no hubiera sido más que un gran espectáculo de discreta melosería sobre un solo baldosín del salón. Después de un par de minitecas de colegio (las detestaba, no fui sino como a tres en total), unas cuantas fiestas de quince (ajenas; la mía fue una comida no más) y mi prom, decidí rendirme. Todo era bastante claro en mi vida: fiesta = infinito aburrimiento (de ahí mi antigua larga reticencia a asistir a los TOLMs). No conozco el mundo flotante simplemente porque nunca fui bienvenida en él, porque al otro lado de un par de lanzas cruzadas los cuerpos se retorcían rítmicamente al son de las peticiones de números telefónicos, besos furtivos pese a su lentitud y presentaciones inaudibles.

En décimo conocí a quien pensé sería una buena pareja de baile para los (pocos) subsiguientes eventos sociales que se avecinarían. Él estaba solo, yo estaba sola, ¿por qué no intentarlo? El niño celebraba fiestas sin razón en su hogar, un apartamento que aunque grande, no estaba diseñado para albergar una horda de caderas moviéndose “a la derecha, a la izquierda, a la derecha, a la izquierda”. En una de esas ocasiones aprendí que, si bien yo no me sentía segura en mis pasos, siempre habría gente bailando mucho peor. Esa misma joya fue responsable de que el mejor recuerdo bailado de mi prom hubiera transcurrido… con mi papá.

Después de mi salida del colegio pasó un año desprovisto de toda forma de baile. Estaba decidido: yo no necesitaba ese aspecto en mi vida. Al fin y al cabo, la falta de práctica me hacía una pésima bailarina y ¿quién querría actualizarme en algo que nadie quiso practicar conmigo en el plazo adecuado? Tomé por curiosidad una brevísima lección de baile de salón, pero me di durísimo en la cabeza con mi pareja de swing mientras dábamos una vuelta. ¿Estaba decidido antes? Estaba decididísimo ahora: Yo no servía para este negocio. El japonés con quien pensaba pasar el resto de mi vida (menos una larguísima e insoportable espera) vino a Colombia y dejé que mi tía lo ilustrara apropiadamente sobre el tema mientras yo pasaba por ahí desentendida, peinándome o leyendo revistas viejas.

Sin embargo, cada vez que uno se hace un firme propósito, y en especial uno negativo, el destino se encarga de mandarle un tortazo a la cara para reírse de uno hasta las lágrimas. Tan sólo un mes después, alguien se sentó a mi lado en un sofá blanco y me hizo una peculiar invitación.

En los archivos de algún computador debe haber una foto en la que este personaje y yo salimos muy elegantemente ataviados, de negro, bailando bambuco. No pedí que me la mandaran creo que por lo ridículo de la situación. Esa noche la danza había cobrado un significado diferente para mí, había logrado ver en ella un lado que tal vez sólo los gansos comprenden. Para el momento del bambuco ya estábamos bailando prácticamente cualquier canción que se nos atravesara.

Nunca conocí el mundo flotante, pero mientras observaba a los demás con mi mala cara tras las lanzas cruzadas, zapateaba y asentía siguiendo el ritmo lejano. Hay un ligero vacío en la historia de mi vida, un vacío que pensé que podría ignorar por siempre, pero que causa escozor inexorablemente cada vez que oigo las anécdotas intrascendentales de las personas cuya vida sigue un curso más bien normal. Retumban las congas y mis pies se mueven debajo del escritorio.

[ High Tide or Low Tide — Ben Harper & Jack Johnson ]

José Feliciano: anécdotas inútiles

Les di a mis amigas las indicaciones incorrectas para llegar al lugar. Casi se pierden. Lo mejor fue haber puesto sólo la dirección en el blog a ver cómo se las arreglaban para aparecer. Por un momento creí que sólo seríamos Lynn, Mare, Lowfill, Himura y yo. O Lynn y yo. ¡Pero no! Resultó buena la asistencia, así que es menester agradecer (en orden de aparición según recuerdo) a Lynn, Lowfill, Arcandolf, Maffesita, Neocygnus, Jean-Paul, Mare, Liam, Himura y KoshKat.

Es la tercera y última celebración de mi cumpleaños este año. Me aferro al iPod como a un tesoro. Hay ponqué de mi abuela y sólo se me ocurren anécdotas tontas, como el regreso a mi hogar en Transmilenio anoche. El bus iba lleno y finalmente hubo puesto para mí al lado de un señor profundamente dormido. Llegando a la estación Quirigua, el señor en medio de su letargo movió su mano derecha, ubicándola muy convenientemente sobre mi muslo izquierdo. Inmediatamente me alejé y el señor se despertó sobresaltado, tan sólo para encontrar la cara de pocos amigos de Himura. Se bajó en Quirigua, desconcertadísimo y procurando evitar el más ligero roce conmigo, “permiso, permiso”. El estrecho espacio entre puesto y puesto pareció de repente un pasillo amplio.

Al notar la presencia de El hombre que calculaba sobre el escritorio del computador:
Mi tío (ingeniero civil): “El hombre que calculaba —hasta que se le cayó el puente…”
Mi papá (arquitecto burócrata): “…y quedó inhabilitado para contratar con el Estado por siete años”.

Los audífonos no logran borrar la presencia de José Feliciano en el equipo de sonido. “Qué será, qué será, qué será… Qué será de mi vida, qué será…” Mi tío se sabe esa canción en italiano y la traduce simultáneamente.

Olavia: José Feliciano sale en un capítulo de Kung Fu. Yo lo vi.
Himura: ¿Ah, sí? ¿Y de qué hace?
Olavia: Pues de ciego…

[ Baker Street — Undercover ]

Happiness Is a Warm Blog!

Millones de bloggers no pueden estar equivocados. ¡Únase a la adicción!

[ Our House — Talking Heads ]

Gormandizin’

Ya se avecina el cumpleaños de Olavia Kite (el final de Prince of Persia no tiene nada que ver, aunque me gustaría mucho tener una cama llena de cojines como la de la princesa). El 5 de julio se celebrará el ingreso de la señorita a la mayoría de edad de Estados Unidos y otros tantos países. Ya sólo falta cumplir 25 para poder alquilar un carro sin pagar recargo. Sin embargo, el martes es un día poco user-friendly, por lo que la dueña de este blog ha decidido convocar a una pequeña repetición del día de su santo el sábado 9 de julio (para evitar contratiempos con nuestro vetusto amigo Charly).

Debido a que en Juan Valdez se corre el riesgo de maltrato, en Café Tostión el impulso de bailar en las sillas rodantes es irrefrenable, yo no soy amiga de la ingesta de alcohol y la comida japonesa es… un toque costosa (y NO NO NO voy a Wok), ha surgido una genial idea: una gran comilona.

Sí, señores, preparen sus estómagos para una sobredosis de comida mexicana barata. Al decir barata, digo realmente barata. Después de atiborrarnos vemos qué hacemos.

Lugar: Sara’s, Calle 71 #9-67
Hora: 7:30pm

Sería bonito contar con su presencia. Bonito como los cojines de la princesa del juego.

[ Never On Sunday (Pote Kin Kiriaki) — Pink Martini ]

Francisco dice que sólo en Colombia los establecimientos tienen nombres tan interesantes. Espero que vuelva pronto; me viene haciendo falta.

[ Club Foot — Kasabian ]

Náusea

Esta noche, la ciudad se ha convertido en un caldo de olores. Puedo ver cómo me envuelven en medio de la calle, otorgándoles brillantes tonos rosas y anaranjados en medio del interrumpido vacío negro. Pasa una joven caminando y su perfume como de muñeca plástica sisea bajo mi nariz. Flota incómodamente como una cinta de tul, negándose a apartarse de la entrada de mis fosas.

El andén de amplios cuadrados grises termina donde empiezan los bloques de concreto que contienen insignificantes flores rosadas. Camino a su lado y su olor dulzón lanza gritos agudos. Están forzándome a tornar mi vista hacia ellas, tristes enanas de circo. Empiezo a incomodarme. Sus chillidos se mezclan con los remolinos cálidos que tiñen la atmósfera, y noto que he tomado demasiadas cucharadas de esta desagradable sopa. Si dejo de caminar, de moverme, todo se estanca sobre mí, me asfixia, me venda los ojos y me hacer dar decenas de vueltas antes de golpearle a la piñata en la que se ha convertido mi estómago. Rechazo un abrazo: aquella chaqueta huele a la tela de la que está hecha, a través de sus fibras se logra colar su colonia como caramelo por entre un cedazo. No lo soporto más.

Todos los planes de la noche caen estrepitosamente bajo el peso del espeso sancocho que se ha cocinado a mi alrededor, sólo para mí. No queda más remedio que despedirme en un murmullo mareado y volver a casa lo más rápido posible. En el bus, la ventana abierta de par en par, por favor.

[ Sympathique — Pink Martini ]

Náusea

Esta noche, la ciudad se ha convertido en un caldo de olores. Puedo ver cómo me envuelven en medio de la calle, otorgándoles brillantes tonos rosas y anaranjados en medio del interrumpido vacío negro. Pasa una joven caminando y su perfume como de muñeca plástica sisea bajo mi nariz. Flota incómodamente como una cinta de tul, negándose a apartarse de la entrada de mis fosas.

El andén de amplios cuadrados grises termina donde empiezan los bloques de concreto que contienen insignificantes flores rosadas. Camino a su lado y su olor dulzón lanza gritos agudos. Están forzándome a tornar mi vista hacia ellas, tristes enanas de circo. Empiezo a incomodarme. Sus chillidos se mezclan con los remolinos cálidos que tiñen la atmósfera, y noto que he tomado demasiadas cucharadas de esta desagradable sopa. Si dejo de caminar, de moverme, todo se estanca sobre mí, me asfixia, me venda los ojos y me hacer dar decenas de vueltas antes de golpearle a la piñata en la que se ha convertido mi estómago. Rechazo un abrazo: aquella chaqueta huele a la tela de la que está hecha, a través de sus fibras se logra colar su colonia como caramelo por entre un cedazo. No lo soporto más.

Todos los planes de la noche caen estrepitosamente bajo el peso del espeso sancocho que se ha cocinado a mi alrededor, sólo para mí. No queda más remedio que despedirme en un murmullo mareado y volver a casa lo más rápido posible. En el bus, la ventana abierta de par en par, por favor.

[ Sympathique — Pink Martini ]

"What then to do about this Jesus-mania?"

No recuerdo cuándo fue la primera vez que oí la famosa ópera rock en su versión cinematográfica. La gigantesca funda del disco doble me desconcertaba un poco, con los soldados con ametralladoras ante la cruz. ¿Cómo sería la película de la cual este disco era banda sonora? Una amiga del colegio (la única que sabía del asunto a nuestros ocho años, más o menos) aseguraba que Judas bajaba del cielo en una cadena. Al igual que las primeras descripciones que recibí del sushi y el onigiri, ésta aumentó mi curiosidad. Cantaba los coros de What’s the Buzz, bailaba King Herod’s Song, y así fui creciendo a la espera de la oportunidad de ponerle rostros a las ya tan familiares voces.

Pues bien, cuando estaba en 10° u 11° pude al fin conocer la película para constatar que 1) Jesus (Ted Neeley) era bonito, 2) Mary Magdalene (Yvonne Elliman) era hawaiiana, 3) la escena de King Herod (Josh Mostel) era totalmente distinta de como me la imaginé, 4) Judas (Carl Anderson) bajaba de una cadena, pero de un modo muy diferente del que dibujaba mi mente retorcida y 5) Pontius Pilate (Barry Dennen) tenía mucha, pero muchísima actitud. La he visto unas dos o tres veces más desde entonces. La última vez, cuando la vi en cine con Himura y mi mamá, ella y yo estábamos muy emocionadas de ver una vez más algo que era perfectamente inherente a nuestra alegría familiar. Llegamos al punto de cantar en la fila de entrada. Después de esa tarde las canciones volvieron a dormir en mi cabeza y me olvidé del asunto…

… hasta que Changhee las trajo de vuelta.

Inocentemente me envió Everything’s Alright, ante lo cual respondí que ya la conocía y… Hey, ¿y las demás canciones? ¿No podré tener Jesus Christ Superstar en un formato distinto del acetato? Y así empezó esta obsesión. No fue suficiente saber que Pontius Pilate tenía la suficiente actitud para cantar con esa voz inimitable, chillona, potente, arrogante,— y además andar por el desierto con gafas oscuras gigantes y camiseta de terciopelo. No, no lo fue: pasé algunos días buscando fotos de Dennen por todas partes mientras lo oía contar los latigazos que le dieron a Neeley (¿fueron latigazos de verdad en la película?).

Ahora Dennen está viejito, calvo y presta su voz a personajes malvados en videojuegos (más o menos el mismo destino de Mark Hamill); Anderson murió no sé de qué después de años de giras con Neeley representando los mismos papeles una y otra vez, Elliman tuvo un éxito en la música disco y no se volvió a oír de ella. Yo, mientras tanto, sigo oyendo estas canciones una y otra vez (no acepto las versiones originales ni las posteriores, tienen que ser las de la banda sonora de la película) y espero el día en que pueda tener en mis manos el DVD para acaparar el televisor y terminar de aprenderme de memoria los parlamentos, así como cuando era pequeña podía recitar todo TRON en español.

[ Trial Before Pilate — Andrew Lloyd Weber & Tim Rice ]

Lepidoptera

Las mariposas no se han ido. Engel dice que en medio de éstas siempre se halla una polilla, que de todos modos ambas son la misma cosa. Son lepidópteras, sí, pero esto no las hace iguales. Siempre hay una parte de mí que trata de espantarlas, cosquillosas salpicaduras de colores obligándome a entrecerrar los ojos, pero al final siempre caigo rendida en una sonrisa involuntaria.

“I hope I make you proud as my best friend,” dijeron los ojos de brillante tinta al otro lado de la línea. Al final de mi otra mano se encontraba la que ahora acuna mis mejillas de cuando en cuando, la responsable de esta imprevista invasión de insectos. Ya no hay amargura en su acento, repicando en mi oído. Ya no hay esa mirada fiera, prehistórica, hirviendo a mi lado. Por un momento, por fin, todo parecía tener un poco de orden y paz.

[ Miss Misery — Elliott Smith ]