初雪

Hoy desperté y, al abrir las cortinas, encontré que el mundo despedía cierto olor a trementina. Donde otrora reposaran prados y ramas sólo habían quedado sus contornos, blancos en el blanco lienzo de las primeras nieves de Tsukuba.

[ Je ne sais pas choisir — Emily Loizeau ]

Un cuerpo del cual avergonzarse

¿De vacaciones, mujer?

Te recomendaría que lo pienses dos veces antes de meterte a la piscina del balneario. Uno nunca sabe, no sea que gracias a tu buen apetito y falta de experiencia en el quirófano y el gimnasio termines exhibida en Flickr bajo los apelativos de “grotesca”, “ballena tratando de hundir otra ballena” o “típica mamá que se pone la ropa que ya no le queda bien”. O tal vez los fotógrafos furtivos sean benévolos contigo y simplemente te etiqueten con un sarcástico “hay mucha más gente a gusto con su cuerpo de lo que uno cree”. Al fin y al cabo, para cuerpos naturales como el tuyo existen otros tipos de traje de baño—¡y qué políticamente correctos estamos siendo al llamarlos “naturales” y no “repulsivos”! No descartes la burqa o un overol de mecánico de entre tus opciones para lucir sin ofender la vista de quienes creen que el sol sólo debería brillar para las carátulas de Sports Illustrated.

Corre a comprar la Cosmopolitan y aprende a meterte el dedo en la garganta antes de que sea demasiado tarde. Recuerda que sólo existe un tipo de cuerpo digno de mostrar, y no es precisamente el tuyo.

[ L. Wells — Franz Ferdinand ]

A Chick Flick Moment

No sé cuántas veces en la vida le he lanzado una sonrisa idiota a un hombre. Supongo que no muchas; no soy lo que llaman ‘una chica popular’ como para que me den la oportunidad. Igual las chicas populares no lanzan sonrisas idiotas sino miradas matadoras y yo de eso no sé, así que la posibilidad de haberlo hecho aumenta, pero las oportunidades siguen siendo pocas.

No obstante, cuando alguien llama mi nombre de la nada y se digna a invitarme a su morada y ofrecerme cafecito, y encima de eso se pone a enseñarme a tocar música andina en guitarra, y como si fuera poco aparece de la nada en el pasillo después casi un mes de ausencia con ojos almendrados y gigantescos y vestido como Scott Weiland… Hace triunfal aparición una sonrisa que no puede decir otra cosa más que “¿Sabías que soy una completa imbécil? ¿Nooo? ¡Pues ya lo sabes, así que no me vuelvas a dirigir la palabra!”

En media hora tengo clase con él. Que la cancelen, que la cancelen, que la cancelen.

[ Placebo Effect — Siouxsie and the Banshees ]

Ich träumte von China

China no es un país reconocido en el mundo por su defensa de la libertad de expresión. Páginas tan útiles e interesantes como la Wikipedia permanecen fuera del alcance del público gracias a la práctica de la censura en Internet. Gracias a ello me vi obligada a refrenar mis impulsos de escribir durante quince días. Quince días sin poder consultar la Wikipedia ni mis feeds en Bloglines. Sin embargo, fueron los quince días más emocionantes que hubiera tenido en un buen rato.

Sí, estuve en China. Y sin embargo puedo decir tan poco al respecto. Podría limitarme a ondear la bandera de la jactancia y hablar de la forma serpenteante de la Gran Muralla, de cómo horas de caminata fueron insuficientes para conocer la Ciudad Prohibida o del cielo del más puro azul que nos recibió en el Templo del Cielo, pero eso significaría subestimar a mi compañera de viaje, a nuestro anfitrión, a la gente y los paisajes.

Cuando tomé el bus de regreso a Tsukuba desde el aeropuerto de Narita me quedé dormida un par de minutos. Desperté desconcertada, esperando encontrarme aún en algún punto del trayecto Tianjin-Beijing, o en la inmensa cama que me habían cedido.

¿No podría simplemente haberme quedado allá? Habría asistido a clases de chino con juicio y desayunado barras de trigo soplado y paquetes de aquel Milo que viene mezclado con cereal. Ya me las arreglaría sin blog; me sentaría en las noches a escribir a su lado en silencio, o nos mostraríamos videos y canciones hasta el aburrimiento, o compararíamos traducciones en diferentes idiomas. Y hablaríamos. Hablaríamos tanto—¿alguien me puede explicar por qué el tablero está dispuesto de esta manera? Moví mi ficha al otro lado del mar pero tuve que devolverla. Ahora sólo espero la posibilidad de una siguiente jugada.

Quiero tener la certeza de que hoy no despierto de un largo sueño invernal. Necesito saber que lo maravilloso es susceptible de ser visto más de una vez, que podré volver, ver más, sobrecargar mis ojos de belleza, seguir haciendo realidad las fantasías inalcanzables.

[ Dernier lit — Emilie Simon ]

La permanencia de la luz

Hace un año estaba en mi casa, rezando la Novena, haciendo compras apresuradas e indigestándome con la que antes fuera mi comida favorita. No tiene caso comparar el fin del año pasado con éste; son épocas distintas y yo he optado por enajenarme de la Novena, la natilla y las celebraciones familiares en general. Son recuerdos distantes y mi vida sólo recobra esos aspectos felices a mitad de año. De resto, mis ojos hundidos y más ojerosos de lo normal en las fotos hablan mejor que este cúmulo de frases inútiles.

Esta mañana hice un dibujo en clase. Lo hice con esmero, a lápiz. Primero hice un borrador a toda velocidad y luego fui borrando parte por parte para reemplazarla por su versión mejorada. La invasión de Japón a Manchuria es un asunto serio y repugnante sobre el cual algún día tendré que escribir un largo resumen a ver si paso la clase, pero por lo pronto no tengo ningún interés en nada que tenga repercusión sobre mi vida académica. Pronto huiré a un lugar más frío, donde nadie me entenderá y mis costumbres adquiridas ahondarán el abismo que me separe de gente que me hará añorar el Terminal de Transportes de Bogotá como si fuera la sección VIP de alguna aerolínea.

Hoy se puso el sol hacia las 4.30pm entre los árboles desnudos. Lo bueno es que el día más corto del año cae esta semana. De ahí para adelante todo será más frío, pero al mismo tiempo se reanudará la carrera hacia la permanencia de la luz.

[ Jaan Pehechaan Ho — Mohammed Rafi ]

Lío de faldas

Hoy por primera vez monté bicicleta en falda, en vista de que todas aquí lo hacen sin problema. Imitando el modelo japonés tomé las precauciones pertinentes, como inclinarla hacia un lado al montarla para minimizar el ángulo de apertura de las piernas al enviar una hacia el otro lado del vehículo.

Mis abogados me recomiendan abstenerme de afirmar o negar la posibilidad de haber dado a conocer mi entrepierna cubierta al público durante el tiempo transcurrido sobre el sillín.

[ Dernier lit — Emilie Simon ]

不思議な秋休み

Doce horas, doce prefecturas.

Kobe, Osaka, Kyoto, el ánimo matutino, el mar, el recuerdo de las geishas como espejismos sobre las callejuelas de Gion.

El lago Biwa en Shiga, donde uno pensaría que no hay nada digno de ser visto. El silencio.

Gifu, gris y desteñida, en donde realmente no hay nada digno de ser visto.

Aichi pasa en un abrir y cerrar de ojos. La región Kansai se apaga de golpe y las conversaciones ajenas se hacen discernibles.

A un lado el monte Fuji y al otro el mar en Shizuoka. Belleza infinita en una región interminable.

Kanagawa es la promesa desesperada de llegada al hogar.

Tokio es un alivio, un milagro, el año 2040. Este viaje no sucedió; yo vengo de la estación de Kanda.

Chiba, Saitama, Ibaraki: un niño pide explicaciones de su padre mientras yo duermo en el bus.

Mi aliento condensando no es suficiente para convencerme de que estoy de regreso en Ibaraki.

Mi viaje a Kansai se acabó. La realidad es Tsukuba; mis amigos en Kobe y Osaka y las geishas furtivas se han disuelto en mi cabeza como el mar dorado que vi en mis sueños cuando ya había anochecido en Shizuoka.

Necesito dormir. Tal vez cuando cierre los ojos reaparezcan las postales intangibles de este día y esta semana cuyos sucesos aún no soy capaz de digerir.

[ Polovtsian Dances — Alexander Borodin ]

NaCl

Después de pasar un par de horas mirando libros en el Maruzen de Nihonbashi, Azuma y yo nos fuimos a Shinjuku y tomamos el bus que nos llevaría a Kobe a las once de la noche. El vehículo, uno de tantos que cubren las rutas nocturnas en las que a uno lo obligan a dormir* (apagan las luces y piden silencio tan pronto arrancan), se detuvo a eso de la una de la mañana en una de esas estaciones de carretera donde hay baños por montones y venden comida y souvenirs. Nada digno de ser comprado, salvo un pececito rojo de peluche que Azuma TE-NÍ-A que llevarse.

Cerca de la salida de la tienda nos encontramos una pequeña estantería donde se exhibía una gran roca rosada rodeada de muchos guijarros rosados, blancos y negros desperdigados, además de frascos y más frascos llenos de estas raras piedrecillas. “Sal de Ankara”, “Sal de Pakistán”, “Sal del Antártico”, decían sus respectivas etiquetas.

Sin ningún tipo de aprehensión, probé una piedra rosa.

Sal.

Sal.

Lástima. Era tan bonita.

Suponiendo que las negras tendrían el mismo decepcionante efecto, tomé una y me la llevé a la boca.

Sal.

Azufre.

El sabor se expandió desde mi lengua hasta obligarme a intentar eructar algo que jamás había tocado mi estómago. Fue como si el sabor a huevo cocinado hubiera provocado la generación de una serie infinita de huevos invisibles que tarde o temprano dejaban de caber en mi boca y debían ser liberados.

Ahora tengo la desagradable sensación de haberme comido un gas intestinal.

[ No More “I Love You’s” — Annie Lennox** ]

*Y sí, dormí, pero los sueños que alcancé a tener estaban relacionados con el dolor*** y entumecimiento de mis piernas que estaba sufriendo al tenerlas estrujadas contra el puesto de enfrente a falta de espacio. Cosas de los buses japoneses.
**Idea para un posible grupo de Facebook: “Yo también creí que Annie Lennox era un travesti”. Por favor, hagan caso omiso de esta idea. De millones de grupos que existen en Facebook, sólo unos pocos representan un esfuerzo válido.
***Y ahora el dolor es de garganta, pues durante el trayecto Tsukuba-Tokio-Kobe perdí la voz por completo.

Un cœur de glace

La noche del 2 de julio Minori Honda llegó a mi dormitorio con una maleta y la firme intención de derretir mi corazón. Nos sentamos en la cama y, después de un largo intercambio de confesiones tardías y ya inútiles, logré reconocer la belleza de su mirada de almendra bajo dos trazos de tinta sumi. Sólo eso quedaba del Minori que había conocido y amado. Seguramente de mí —de la que fui cinco años atrás a orillas del Mississippi— quedaba mucho menos. ¿Cómo es posible que el encuentro con un viejo amor sólo sirva para sentir el mordiente frío de la indiferencia en las entrañas?

***

Las veintipico horas que acumulé volando rumbo a Bogotá el 3 de julio las pasé con una sensación seca y gélida al lado izquierdo de mi pecho. Había compartido mi cama con el fantasma que había rondado mi soledad de viuda imaginaria durante dos años y medio, pero el esperado reencuentro había tenido la misma pasión que tendría el de dos esferos dispuestos uno al lado del otro sobre un escritorio. ¡Qué inconstante se sentía el amor! Nada podría deshacer las agujas de cristal que me atravesaban y que horas atrás habían reventado las intenciones de mi antiguo consorte.

***

A las 9 o 10 u 11 de la noche de aquel día de caucho atravesé los viejos pasillos del aeropuerto El Dorado con una maleta a cada lado y repartí saludos para todos, menos para Himura. Cuando ya no hubo más remedio le di un beso en la mejilla y me desentendí nerviosamente de su presencia, aunque durante el trayecto en carro hacia mi casa le lancé furtivas miradas curiosas a su cabeza, con su pelo y barba recién adquiridos. Una vez apeados del vehículo, me paré frente a él en el antejardín de mi casa, bajo las estrellas y los cables. Lo observé detenidamente. Bajo mis pies corría el agua invisible que mi corazón reblandecido ya no podía retener. Entonces lo abracé.

[ Horse Tears — Goldfrapp ]

Walking After You

Yo no elegí esto. Yo no me fui a vivir catorce horas en el futuro para poner a prueba mi umbral del dolor y de paso el tuyo. Nadie quisiera estar en nuestro lugar—ni siquiera nosotros—y bien lo sabes. ¿Acaso existe el primer idiota que haya tomado conscientemente la decisión de convertir su vida en una sucesión de días deslavados, uniformes e indiscernibles como las cuentas de un viejo rosario pendiente de un mantra de esperanza? ¿No estaban nuestras vidas arregladas de antemano como para venir a deshilacharlas de esta manera?

La solución más sensata a esta masoquista paradoja del espacio-tiempo sería romper los lazos que la generan y concentrarnos en proyectos más factibles. La proximidad, por ejemplo, que es un principio razonable de las relaciones sentimentales en estas épocas tan poco poéticas. Pero no hemos de olvidar que ésta no es una situación de la cual podría liberarme simplemente diciendo “pudo más la distancia” y así partir en busca de una historia más local, más fácil de relacionar con caminatas vespertinas y desayunos en una sartén y dos platos. El deseo ferviente de poder decirle a mi compañera de clase que el hombre que acababa de llegar venía conmigo aquella mañana de sábado no fue algo susceptible de ser aceptado o rechazado con antelación.

Decir que me cansé de esperar no supone una anestésica derrota sino el incalmable dolor que implica esta impotencia de quererte a ti, aquí y ahora, sin más aliciente que tu voz y tu rostro sonriente en diferido. Mi necesidad de hablar contigo cada vez que nuestros diametrales horarios lo permiten no obedece a un impulso egoísta de la soledad irredimible. Es cierto que no hay nadie más, pero no es el “no hay nadie más” de hombros encogidos en una plaza desierta: es la conclusión a la que he llegado tras escrutar entre todas las voces y todos los rostros y comprender que la más cosmopolita de las ciudades es un grotesco amasijo de concreto, vidrio y acero si no vienes para ayudarme a darle forma.

[ Long, Long, Long — The Beatles ]