Archive for the 'observaciones' Category

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Calle 127 con Avenida Córdoba

Dos carros se estrellan en una avenida. Está cayendo un aguacero terrible y las calles se han convertido en ríos negros y brillantes. Ríos de luces rojas deformes que se quiebran por donde pasa una gota que se desliza sobre el vidrio a través del cual se las mira. Los conductores de los carros se bajan para evaluar el daño e insultarse y quedan completamente empapados de inmediato. La comodidad de saberse guarecidos todo el camino desde el punto A al B se ha visto abruptamente destruida. Los niños en la silla de atrás se aburren, hacen preguntas, juegan, lloran, dormitan.

Al notar la exacerbación de aquel caos, peatones blandiendo sombrillas que no protegen sus piernas de las incesantes salpicaduras empiezan a buscar otro punto desde el cual rogar que pase un bus que les sirva o un taxi que no los humille al revelar su destino. El agua helada anula el horizonte y el mundo se siente hecho de pura imposibilidad mientras las luces convierten la lluvia en un bombardeo de chispas. Todo se siente infinitamente más lejano para quienes esperan, tanto en el carro como en la acera. Los peatones sueñan con la tibieza del interior de un vehículo, pero los estrellados saben —desde hace no mucho, y pronto lo olvidarán de nuevo— que esa es una seguridad incierta y, bajo ciertas circunstancias, completamente repulsiva.

Mientras tanto, los que han quedado atrapados en una buseta maldicen el vaho circundante, las huellas mojadas de color café sobre el piso gris y la música tropical a todo volumen. La única vida que envidian en estas horas detenidas de asfixiante miseria es la de aquellos que hoy no tuvieron que cruzar el umbral de su casa. Esa o la que probablemente existe en un país lejano.

Envueltos de mazorca

Acaba de pasar por mi calle un vendedor de envueltos de mazorca. Su pregón me hace recordar a Himura, que lo imitaba de manera muy graciosa. No a este preciso vendedor, que probablemente nunca escuchamos cuando él venía a la casa, sino a otro en su barrio, o en un barrio anterior. Al parecer, todos los vendedores de envueltos de mazorca utilizan la misma voz nasal y énfasis en la z de “mazorca” porque una vez a Cavorite le dio por decir “envueltosdemazzzzorca” así de la nada y sonaba exactamente igual. Es extraño ver algo que uno creía único de una persona que uno alguna vez quiso en otra persona. O de pronto la venta callejera de envueltos de mazorca es mucho más común y uniforme de lo que yo creía y la ciudad está llena de gente que tiene esa frase con esa entonación grabada en la memoria y en algún momento estallará a repetirla.

Veintinueve

Jesús Cossio dice que a los veintinueve años la gente toma decisiones radicales. Enfrentadas a la inminencia de los treinta, las personas abandonan cosas, emprenden cambios drásticos, corrigen el rumbo en un último intento de verse bien encarriladas a la hora de cumplir edades más serias. Revisando las notas de este blog, me doy cuenta de que este comentario no dista mucho de lo que me dijo j. cuando cumplí años este año. En ese momento no le creí de a mucho, ya que veintinueve es apenas un número primo con dos enes, dos ves y dos tonos de azul. No suena importante; si acaso transicional, un largo letrero de “no se pierda después del corte”. Sin embargo, haciendo un recuento de todo lo que ha pasado en el breve lapso que llevo en esta edad, puedo confirmar que es tan revolucionaria como me prometieron.

Hoy es un día bastante aburrido. Tengo textos por traducir y dibujos por hacer. Pienso en mi breve agenda como si fuera cualquier cosa, pero hasta hace apenas unos meses la parte del dibujo no figuraba en mi vida cotidiana sino en una lista de remordimientos por abandono. Con nostalgia me veía a mí misma a los catorce años, sin amigos ni belleza pero con una guitarra a la cual recurrir, una novela que escribir y dibujos por hacer. Una tríada perfecta que me mantenía en pie y protegida del mundo externo. Con el tiempo, la guitarra fue reemplazada por el ukulele y las aspiraciones literarias por este blog, pero el dibujo se había esfumado en un abismo de inseguridad alimentado por el hecho de que yo nunca había tenido un entrenamiento artístico formal y lo que salía de mi mano era muy simplón. Y todos estos años, ese hueco me pesó.

Ahora hago un breve repaso por todo lo que, después del colegio, dije que era sin ser del todo con el fin de agradar a alguien más. De repente le gusto a otro ser humano —oh sorpresa, se acabó la adolescencia, ya puedo emerger de mi cueva— y tomo vestigios de recuerdos y preferencias para intentar formar un todo que se amolde al todo de esa persona. Y en el proceso no hago lo mío. No estoy dibujando porque no sé dibujar como los que hacen cómics de superhéroes, que en todo caso no me interesan pero igual dejo que los que admiro me hablen largas horas de Batman, así como dejo que me hablen largas horas de cómo entender el universo y sus fenómenos. Escucho. Es cómoda esa pose de fan de los científicos. Quiero ponerle un rótulo a mi aislamiento en términos de los otros pero eso solo me convierte en seguidora de mundos paralelos.

Es solo cuando dejo de mirar a los demás, cuando dejo de buscar afinidades, que comprendo finalmente que el dibujo no es lo que los demás piensen de él sino el ejercicio de intentar proyectar lo que se ve en mi cabeza. Tocar ukulele también es un ejercicio. Cuando las cosas que uno ama pierden su objetivo final es que uno las vuelve a disfrutar plenamente.

Ahora estoy acá, sola en la casa, con un cúmulo de cosas que aún cuando sean aburridas son exactamente lo que quiero hacer, y con la serena certeza de que nada de lo que yo sepa o haga me hace elegible para pertenecer a ningún círculo ni ser merecedora del cariño de nadie. Y eso está bien. No estoy intentando anunciar con esto que me creo muy especial e intocable, sino que en años pasados me sentía un poco perdida pero creo que ya me voy encontrando.

Dicen que los hombres en crisis de la mediana edad compran motos y carros para darle sentido a sus vidas. Yo llegué a los veintinueve y me hice a un curso de interpretación, una tableta de dibujar y un ukulele soprano.

2013-07-26 (Viejitos)

Mirar viejitos japoneses en Hawaii es muy divertido. Uno los ve ahí flaquitos, medio encorvados —unos para adelante, otros para atrás—, con el pelo engominado atravesándoles la cabeza de lado a lado. Todos son iguales hasta que alguno saca una sonrisa enorme que hace que uno crea estar oyendo un gran JA JA JA. Entonces uno se da cuenta de que ese no está recién llegado de Japón sino que es hawaiiano. Los viejitos contentos salen en Aloha shirt a la calle en Kaimuki desde la puerta de sus negocios de letreros descoloridos casi tan viejos como ellos. Los viejitos serios, en cambio, se disfrazan de hawaiiano en Aloha shirt y pasean por Waikiki a pasos cortos sosteniendo bolsas de compra. Algunos están en la playa con el ceño fruncido y las comisuras de los labios y las tetillas apuntando hacia abajo. En cuatro días vuelven a Tokio u Osaka en un avión de All Nippon Airways.

Notas (catorce de marzo)

Este es un post donde no pasa nada. En este post llega un nuevo papa, yo tejo y destejo cual Penélope, Google Reader se acaba —decida usted si abandonará este blog a falta de lector de feeds para seguirlo—, Misaki lleva collar isabelino por culpa de una herida que se hizo en el lomo, y no sé qué más.

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Ayer nos encontramos un pájaro maltrecho en el antejardín de la casa. No era grave, solo le faltaban unas plumas en el ala. Misaki lo olisqueó pero no le hizo nada. Me acordé del video del pitbull que descansa junto a un conejito y otros animalitos tiernos. Le dejé un pedazo de mango pero creo que prefirió picotear el mirto.

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Qué extraño es encontrarse un post donde alguien habla de uno como una posibilidad y constatar al momento de leerlo que esa posibilidad se abandonó poco después. Más extraño aún es seguir avanzando por la línea de tiempo de esa época y saber (desde aquí, desde el futuro) que la irónica brevedad de aquel viejo encuentro —hablar de un prometedor comienzo a la hora del final— no fue tampoco algo absoluto y determinante, la última tristeza, la condena a la soledad, porque poco después empezó otra historia. La continuidad de la vida es sorprendente.

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Me gustan las postales. ¿A usted también? Escríbame a kite arroba olaviakite punto com y deme su dirección. A vuelta de correo recibirá un breve mensaje acompañado de un dibujito en un rectángulo de cartulina de esos que traen una ilustración impresa detrás.

Get Out of Your Head

Necesito cambiar mi noción del tiempo. Necesito dejar de congelarme a la hora de hacer algo y simplemente hacerlo. Sé que este es un tema recurrente en este blog, pero qué le hacemos si uno de mis grandes defectos es la procrastinación crónica. Siempre creo que podría hacer las cosas más tarde porque… No sé por qué. Veo el tiempo como un mar bravísimo y helado que toca cruzar en la débil barquita de las labores y me da miedo. O no sé si miedo sea la palabra adecuada, pero es algo parecido al miedo. Aversión a concentrarme sería un mejor término.

Me acabo de acordar de repente de cuando Minori y yo íbamos a Chicago a pasar el día y pasábamos frente a un restaurante llamado “Medieval Times” al que nunca entramos.

¿Ven? No me concentro en una sola cosa. Sacarme de mis meditaciones inútiles y dedicarle cerebro a un agente externo es algo sumamente difícil para mí; me horroriza la idea de interrumpir mi monólogo interno. Sin embargo, como todos los aspectos del ser funcional requieren bajarme de la nube un rato, lo que hago es posponer el dolor lo más posible. Me pongo entonces a pensar en lo que tengo que hacer, le doy vueltas y me imagino que lo hago, incapaz de traducir esa idea a la acción porque me da la inexplicable sensación de que voy a perder tiempo en ello. De esta manera es que termino no contestando e-mails ni dibujando lo que había dicho que iba a dibujar ni ordenando mi cuarto ni haciendo nada de lo que tengo que hacer a tiempo. Si a ello le sumamos el tremendo miedo a mí misma que cargo, olvídense de que algún barco vaya a zarpar desde este puerto.

Escribo esto para tratar de entenderlo a ver si puedo hacer algo al respecto el año que viene. (La elección de palabras es delatora: “el año que viene” implica que planeo abordar el problema pero la idea de empezar ahora mismo me da algo en el estómago.) Debería más bien dejar de distraerme y ponerme a trabajar ya, pero eso requiere un cambio de mentalidad y no es tan fácil. Dejar el miedo, aceptar la concentración como algo bueno, superar la adicción a pensar ociosidades. Necesito aprender a pasar tiempo fuera de mi propia cabeza.

Falta la palta

El dueño de la casa donde me estoy quedando, un artista sesentón, frita unos huevos, parte una palta en la mitad y voilà, la cena. Admirable. Un país donde todo sea susceptible de ser arreglado con palta es un país en el que quiero vivir. Y si a eso agregamos la presencia de empanadas, pan con queso crema, ají, queso crema con ají, sopaipilla con ají, paté de ave-pimentón y ese invento divino que es el kuchen, yo estoy bien pero bien a gusto. Y todo eso lo bajamos con una buena dosis de mote con huesillo. Ah, Chile, qué bien me tratas.

La cantina del Far West

Vivo en un país que se parece a las tabernas de las películas de vaqueros, esas donde llegan los villanos mal afeitados que aparecen en los letreros de “Wanted” y se miran de reojo con el sheriff y al final todos terminan rompiéndose botellas en las cabezas de todos. En Internet el fenómeno suele multiplicarse, y por los motivos más nimios. Uno diría que esta situación se limita a la gleba ignorante que ve realities, pero a juzgar por la cantidad de antorchas prendidas y rastrillos blandidos por la comunidad científica en los últimos días, uno se da cuenta de que la indignación en redes sociales es un virus que contagia hasta al más ilustrado.

A mí siempre me habían vendido la idea de que la academia era un remanso de paz donde todos caminaban con la toga colgada del brazo y la cabeza ligeramente inclinada hacia el interlocutor, asintiendo silenciosamente y sosteniendo debates de la manera más elegante. Argumento va, argumento viene, pero si esto es así entonces por qué lo otro no es asá, la búsqueda conjunta de la verdad. Pero no, amigos, eso es una quimera. Aquí lo que se estila es llamar fascistas y no sé qué más cosas a los que sugieren una divergencia de lo establecido y piden razones para no diverger. Sobra decir que esas razones jamás llegan. A algunos les extraña que yo parezca incluso más indignada que los directamente implicados, pero es que estoy muy decepcionada de aquellos en cuyas manos supuestamente reposa el conocimiento —¡y el desarrollo!, insisten— de un país y resultan portándose igualito que los borrachos en la cantina del Far West. No llego a entender qué es lo que defienden con tanto celo que los tiene sumidos en esa furia ciega.

Seguro me van a decir “ah, pero usté qué sabe si no es científica ni doctora en nada”. Bueno, yo algo sé. Yo sé que a los golpes nada se obtiene. Yo sé (o me imagino, al menos) que debatir es poner argumentos sobre la mesa y darles soporte hasta que gane el más sólido. Yo sé que nadie ‘se busca’ que lo cubran de calificativos horrorosos por dar una opinión, como vienen sugiriendo. Claro, también sé que en este país escribir en una publicación de circulación nacional es exponerse automáticamente a que los ociosos de los foros se lo coman en salsa de insultos, pero, ¿ustedes los académicos también hacen parte de esos ociosos?

De pronto yo esperaba mucho de los científicos, yo que siempre me enamoraba de ellos y los tenía en un pedestal. Pero ya aprendí mi lección. Ahora sé que el ágora de paz que da origen al saber no existe, y que en su lugar ruedan sombreros, cigarros y dientes a la salida de un bar roñoso. El bar de los que no saben o el bar de los que saben mucho. Lo mismo da.

Notas (primero de septiembre)

  1. No me gusta el pan con mantequilla y mermelada. O se le pone mantequilla o se le pone mermelada. Las dos mezcladas se convierten en un mazacote grasoso y pegachento sin sabor definido. Sin embargo, la cosa cambia cuando se usa mantequilla de maní: es una mezcla buenísima, salada y dulce al mismo tiempo. El pan con mantequilla de maní y mermelada acompañado con té oolong es uno de los pocos recuerdos buenos que tengo de la vida en Ichinoya.
  2. Un zorrito intentó meterse en un edificio en remodelación y quedó atascado en un hueco en el piso. Afortunadamente lo rescataron sin contratiempos. Me encanta la cara de “aich” del animalito en las fotos.
  3. Norman Shapiro es un matemático. Norman Shapiro es un artista. El primer Norman Shapiro hizo un montón de cosas que para qué se las digo si no las entiendo, y además fue uno de los impulsadores de la etiqueta en la Red. El otro es un profesor de geometría que usa el arte para enseñar y hace dibujos algorítmicos en sus ratos libres. Se podría crear un solo Norman Shapiro a partir de estos dos y no habría casi inconsistencias. Norman Shapiro, matemático y artista, impulsador de la etiqueta en la Red, busca patrones geométricos en cuadros famosos y hace dibujos algorítmicos en sus ratos libres.
  4. Minori una vez me contó que dejó de jugar videojuegos cuando se dio cuenta de que lo único que estaba haciendo era seguir los designios de algún equipo de diseñadores. Es posible que con las redes sociales nuestra interacción con los demás también se esté reduciendo a un sistema de dinámicas fijas y acumulación de puntajes (conseguir likes y retweets como quien consigue moneditas en Super Mario Bros., churín, churín, churín).
  5. Por cierto, ¿qué buscábamos cuando los blogs eran nuestro vehículo hacia la popularidad en Internet?
  6. En estas fotos, Lewis Hine documenta el trabajo infantil en Estados Unidos a principios del siglo XX.
  7. Me gustan los blogs personales porque puedo repasarlos cuando quiera, consultarlos y enterarme de quiénes eran sus autores en determinada época, compararlos con lo que yo escribía a la misma edad, ver lo diferentes que son las vidas puestas así en paralelo. ¿Se habrían hecho amigos nuestros yos del pasado? No lo sé. En algún punto nos encontramos, y aquí estamos, siguiéndonos a través de las ondulaciones, yo tras yo tras yo tras yo.

Mi heroína: La Tigresa del Oriente

Les voy a contar por qué La Tigresa del Oriente es mi heroína. No, no se trata de un gustico irónico para animar fiestas de apartamento. Lo digo en serio.

Judith Bustos tenía un trabajo perfectamente aceptable como maquilladora, y no estoy hablando de una vida hojeando revistas mientras llega la clientela del barrio, no: los grandes imitadores de Frecuencia Latina le deben mucho a su destreza, y hasta Raffaella Carrà pasó por sus manos. Sin embargo, ella tenía un sueño: ser cantante. Aquí es donde entrarían los líos de talento, belleza y demás que desaniman a cualquiera, pero ¿ustedes creen que le importó algo de eso? La respuesta es obvia. Cuando el video de “Nuevo amanecer” salió, en 2006, ella ya tenía 62 años, una voz desagradable, nulo sentido del ritmo y las blandas carnes amarradas a como diera lugar. Y triunfó, fíjense.

Yo también me burlé mucho aquella semana de 2007 en la que pasé una inoportuna convalecencia viendo todos y cada uno de sus videos. Pero luego recapacité. Ustedes podrán decir que el fenómeno es apenas un accidente morboso de YouTube, pero tengan en cuenta que todo empezó con varios videos de bajo presupuesto en el Amazonas peruano, de los cuales uno terminó pegando. Es decir, esto no fue una casualidad, no fue “Friday”: ella se esforzó y repitió el ejercicio hasta que dio resultado. El morbo y las críticas están de más porque el éxito es incuestionable.

Una persona que no olvida lo que realmente quiere en la vida pese a que ya ha logrado hacer algo bueno, ignorando los obstáculos de edad y talento, del deber ser, merece toda mi admiración. Quiero seguir su ejemplo y ponerles disciplina a las cosas que me gustan, hacerlas sin pensar que no sé del asunto. No sé a quién le pueda gustar genuinamente la música de Judith Bustos; seguro hay alguien, si para todo hay público. El punto es que ella es la prueba fehaciente de que todo es cuestión de perseverancia.