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Cómo volver a leer: una reflexión

Ayer volví de Argentina, donde estuve alrededor de nueve días. Tengo una aventura que contar pero es larga y no tengo mucho tiempo para dar detalles ahora. El resumen es que me fui para Córdoba a visitar a Azuma pero terminé en Rosario y luego de vuelta en Buenos Aires y luego sí por fin en Córdoba. Tuve que esperar muchísimo: en aviones volando, en aviones parqueados, en salas de espera. El tiempo pasaba y pasaba y pasaba. La gente estaba desesperada. Pero yo no. Al fin y al cabo, ¿qué podía hacer? ¿Salir corriendo? ¿Adónde, acaso? Claro, me estoy haciendo ver como una santa súper paciente, y sí, yo puedo ser muy paciente con las esperas. Sin embargo, esta vez tuve una ayuda extra.

Por cosas de la vida —específicamente, un bug en el sistema operativo de mi celular—, estuve incomunicada gran parte del tiempo que pasé esperando. Eso tuvo a Azuma al borde de un ataque de nervios porque en el aeropuerto de Córdoba no había noticia alguna del avión. Bien podría decirse que el nuestro era un avión desaparecido. Pero ese no es el punto. El punto es que, sin Internet en el celular y sin adaptador de enchufe para recargar mi computador y meterme a Internet por ahí, me vi obligada a recurrir al libro que había traído en mi morral. Hace rato no leía tanto de un solo tajo. El libro estaba buenísimo, además (era Middlesex, de Jeffrey Eugenides). La señora al lado mío maldecía de ese modo tan visceral y florido que tienen los argentinos, invocando partos y parientes con errrrrrrres de rabia pura. Yo leía. El piloto prometía un descenso que nunca llegaba a ocurrir. Yo pensaba “hm, estos 20 minutos están bastante lentos” y seguía leyendo. El avión se zambullía entre las nubes y volvía a emerger sobre ellas cual pelícano en el mar. Yo alternaba la lectura con la observación casual del paisaje (nubes rosadas – nada gris – nubes rosadas). Aunque me considero una persona muy paciente, no sé qué habría sido de mí si hubiera tenido que aguantar todo eso sin libro.

En el vuelo de regreso a Bogotá, en vez de seguir mi rutina usual (mirar fijamente la silla de enfrente, dormir, mirar por la ventana, mirar fijamente la silla de enfrente), saqué el libro y me entretuve un buen rato. Vaya. Esto no ocurría desde mis primeros años en Tsukuba. No sé por qué me había alejado de la lectura si es tan divertida.

O de pronto sí lo sé. Ahora que estoy de vuelta en la casa y tengo todo el Internet que quiera en mil pantallas, me doy cuenta de que otra vez se me está olvidando que tengo el libro a la mano. Aquí es donde entra el problema de siempre, las redes sociales, el déficit de atención, los clics por reflejo, blablabla. El aislamiento forzoso en el viaje a Córdoba me hizo recordar la época en la que yo me despertaba a leer y me acostaba a leer. Y ahora vengo a decir que no tengo tiempo, que el trabajo, que nosequé. Mentira. Tengo todo el tiempo del mundo y lo gasto en mirar pequeñeces por Internet.

Pero bueno, no es para ponerse dramáticos. La solución, en realidad, es súper fácil: cerrar el computador y ponerme a leer antes de dormir. Empezaré ya mismo.

積ん読

El otro día se me dio por leer un libro en japonés que tenía por ahí. Se trataba de una selección de cuentos de Haruki Murakami que, suponía yo, debía haber venido en una de esas cajas que a veces mando traer de Japón.

Leer en japonés se me dificulta muchísimo ahora que voy a cumplir cuatro años de haber regresado de Tsukuba, así que las imágenes escritas transcurren para mí a paso de caracol. No obstante, aún sin haber terminado siquiera el primer cuento, se me ocurrió que podría conseguir más títulos de la misma colección y seguir expandiendo esta especie de universo recién redescubierto. Así pues, entré a Amazon.jp y busqué el libro que estoy leyendo para así encontrar los demás en los vínculos de “artículos relacionados”. En la parte superior de la página de resultado me salió un aviso: “Usted compró este libro el 24 de febrero de 2010″. ¿¡Qué!?

Según Amazon.jp, hace cinco años ordené cuatro libros: uno para mi tesis, uno de interés general (estudios sobre matoneo entre jovencitas), uno para no sentirme tan bruta y light frente a los hombres que admiraba, y finalmente el libro de cuentos de Murakami. De esos, el único que leí entero fue el de la tesis. Otro lo he intentado leer una y otra y otra vez sin mucho éxito —¿el libro me es insoportable o realmente soy tan bruta y light como creía?—. Los otros dos se quedaron nuevecitos en la biblioteca. Luego los metí en cajas, los mandé en barco hasta acá, los puse en otra otra biblioteca y los olvidé. Hasta ahora. Ya solo queda uno invicto.

Dicen que uno compra libros creyendo estar comprando el tiempo para leerlos. De hecho, los de 2010 no son los únicos que me están esperando; he seguido acumulando más, convencidísima de que tarde o temprano los voy a devorar, o tal vez satisfecha con el mero placer estético de su aparición en mi cuarto. Lo peor es que, como mencioné hace dos párrafos, sigo con la intención de adquirir todavía más. Hubo un momento, hace no mucho, en que llegué a pensar en no comprar más libros hasta no terminar los que tengo, pero no nos engañemos: la tentación es demasiado fuerte como para quedarse uno quieto en las librerías, ya sean físicas o virtuales.

Desafortunadamente, a pesar de nuestra insaciable sed de lectura (o de simple acumulación de papel entintado y cosido), la vida es finita y no podremos devorar todos los tomos que quisiéramos. Peor aún con la amenaza de Internet y sus “contenidos” rondando cerca. No me siento en capacidad de decirles qué deberían hacer al respecto, pero yo, por lo pronto, estoy tratando de convertir los clics nerviosos (mi problema de siempre) en ratos de lectura fuera del computador. Quiero pensar que algún día llegaré a un punto de equilibrio entre los libros leídos y aquellos entrantes y no estoy simplemente desperdiciando mi dinero en promesas acumuladas. No obstante, aún si avanzo a paso de caracol, desde ya tengo la satisfacción de que los libros pospuestos no esperaron su turno en vano.

Distracción consciente (día 2)

Twitter y Facebook están bloqueados. El día laboral empieza con un rato de trabajo juicioso, pero pronto me siento agobiada y tomo el celular. Abro Instagram.

  • ¿Qué es Sascha Fitness?
  • ¿Qué hay en la plaza de mercado del 12 de Octubre? (sigo pensando en mi harina de almendras)
  • ¿Y en la plaza de mercado de Quirigua?
  • El celular timbra para decirme que hay un cómic que todo el mundo está retuiteando. Me detengo a verlo y resulta que tiene mal puestos los signos de admiración. ¿Es irónico? ¿Existe la puntuación irónica?
  • “¡El videoblog!”
  • Debería estar dibujando (reflexión epistolar)
  • Compra de pasaje EZE-BOG para que mi hermana pase Navidad con nosotros (estoy segura de que los adictos al juego sienten algo parecido a lo que yo siento cuando busco el mejor precio en la mejor fecha)
  • Dr. 90210
  • America’s Next Top Model mientras espero a que se arregle Internet (pero al fin no se arregla)
  • Foto de unas fotos de documento que me tomé en enero de 2011 (con maquillaje/sin maquillaje, el cambio es sorprendente)
  • Lamentaciones y dudas sobre dicha foto por manchas y falta de foco
  • Modern Family

Conclusiones:

  • Hay trabajos que avanzan a paso lentísimo y encima uno los evade con distracciones para no sufrirlos tanto. Las traducciones de documentos muy mal escritos encabezan la lista.
  • Hoy hubo menos puntos de distracción que ayer. No terminé el trabajo pero avancé bastante.
  • De todas maneras existen muchas cosas que quiero/debo hacer y no estoy organizando mi tiempo como debería para poder hacerlas.
  • ¿Qué pestañina estaba utilizando en 2011 que me dejaba esas pestañas de muñeca? Seguramente una Bourjois. Extraño tener esa marca de maquillaje a la mano, es buenísima. Al menos sé que la puedo conseguir en ASOS (se demora pero llega) o en el Duty Free de la sala de abordajes en El Dorado.

Distracción consciente

Hoy decidí hacer una lista de todas las cosas que me distrajeron a lo largo del día y por las cuales no terminé de hacer lo que tenía planeado. Seguiré esta observación a lo largo de la semana con la esperanza de que hacerme consciente de los desvíos que tomo me ayude a dejar de tomarlos y aprovechar mejor mi tiempo.

  • Vestidos que no voy a comprar porque leí que son caros y de mala calidad
  • Reseñas de la marca de los vestidos que no voy a comprar para confirmar que son demasiado caros para tener tan mala calidad
  • ¿Dónde venden harina de castañas en Bogotá?
  • Me rindo con la harina de castañas. ¿Dónde venden harina de almendras?
  • Marina Abramopug (si hiciera esto con Misaki sería Marina Abramopit)
  • El ice bucket challenge de los Foo Fighters
  • La lista de todos los peinados de Rory Gilmore en Gilmore Girls
  • Dr. 90210
  • America’s Next Top Model
  • “Hey, ladies—catcalls are empowering! Deal with it”
  • Nimona
  • El regreso de los pantalones de talle alto
  • “I am the Pull-Out King”
  • Garbanzos crujientes
  • Comprobación de mi aislamiento laboral
  • Rita Indiana – La hora de volver (¿por qué estoy viendo el video de una canción que ya sé que no me gusta?)
  • La noticia de la pareja que se casó en Israel en medio de las protestas porque él era musulmán y ella judía convertida al islam

Conclusiones:

  • Esto es vergonzoso. Sé que hoy estoy enferma pero esa no es excusa.
  • La mayoría de las distracciones son links de Facebook y Twitter. Mañana probaré bloqueando ambos.
  • Dos puntos de distracción en la lista corresponden a la televisión que veo mientras almuerzo. Lo malo es ver dos programas seguidos en vez de uno solo.
  • Voy a conseguir la harina de almendras y con ella haré una rica torta chocolatosa. Llevo mucho tiempo prometiéndome que voy a preparar las recetas de un blog que he seguido por años pero… me he distraído.

El Hombre Renacentista

El Hombre Renacentista tenía muchísimos intereses y montones de cosas que hacer y pensar. No se acepta gente así en el mundo de hoy; se supone que hay que especializarse y dedicarse con alma, vida y sombrero a una sola afición. Perseguir la pasión, le llaman. Supongo que esto se debe a que con tanto trabajo y movimiento ya no queda tiempo para ser bueno en más de un ámbito.

Además de no tener que ir a la oficina, el Hombre Renacentista contaba con una ventaja crucial para la consecución de la polimatía: no tenía Twitter, Facebook, Whatsapp e Instagram avisándole todo el tiempo que había algo nuevo para ver YA. El Hombre Renacentista no tenía la posibilidad de caer en el hechizo de querer averiguar cómo este Hombre Renacentista nunca había pintado un cuadro en su vida, lo que logró te dejará sin aliento o las 78 cosas que todo Hombre Renacentista seguramente ha sentido mientras diseña máquinas imposibles (¡en gifs!). Lo que hacía era lo que había, y ya.

Tal vez yo podría ser como el Hombre Renacentista. Me dedicaría a leer y dibujar y escribir y tocar el ukulele —un instrumento muy poco renacentista— sin preocuparme mucho por demostrar que solo una de esas actividades es mi pasión. No sé por qué me molesta tanto el concepto de pasión de hoy en día. Tal vez es porque poner en una hoja de vida que “escribir publirreportajes es mi pasión” es una ofensa a las ideas que realmente dejan sin sueño más de un desdichado. Y yo, que no tengo ideas y tampoco sé bien cómo funciona el mundo, solo tengo entendido que no puedo dejar de lado ninguna de mis aficiones y que tal vez eso deba seguir siendo así, aún si ello conlleva el no convertirme jamás en alguien realmente bueno en algo. Por lo pronto, algo que puedo hacer es dejar de distraerme tanto con tantas estupideces. Saber que lo que hago es lo que hay, y ya.

Multitasking, multiblogging, multialgo

Mientras estaba en Hawaii encargué una tableta de dibujar para que llegara a San Francisco y me esperara allá. Yo siempre me había mostrado muy renuente a dibujar en algo que no fuera papel, pero como no puedo cargar un scanner para todo lado, pues tocó. ¿El resultado? El tiempo que pasé en San Francisco se me fue más que todo en la casa por quedarme aprendiendo a dibujar con la dichosa tableta. Es la maravilla de maravillas. Pero entonces se me olvidó el resto de cosas que solía hacer, como por ejemplo documentar mi vida en texto.

Ahora me siento rara escribiendo acá porque sé que tengo un montón de entradas atrasadas y no soy muy dada a seguir adelante cuando hay cosas represadas —lo cual suele acabar en bloqueo completo porque de la ansiedad no hago ni lo viejo ni lo nuevo—. Pero no quiero cerrar este blog. ¿Acaso qué voy a decir, que con motivo de los 10 años de Doblepensar he decidido que tengo mejores cosas que hacer con mi vida? ¿Que ya maduré y es hora de emprender nuevos rumbos? Nah.

Lo que sí necesito es distribuir mejor el tiempo para hacer un poco de cada cosa y no renunciar a nada del todo. Esa es la gracia de estar aquí en mi casa la mayoría del tiempo y no en una oficina. La avalancha de información basura de Internet sigue pareciéndome un enemigo fuerte que hay que combatir. El adormecimiento cerebral disfrazado de información importantísima me impresiona y asusta con su constante bombardeo. ¿Ya vieron este video del bebé que llora cuando la mamá le canta? ¿Por qué deberíamos verlo todos? ¿Soy una persona menos informada al elegir ignorarlo? Y si sí, ¿qué es eso tan importante de lo que no me estoy enterando? Creemos que nos estamos enterando de los últimos sucesos pero nos estamos llenando de puras burbujas de aire.

En fin, el resumen de todo es que por fin estoy dibujando tanto como quería —bueno, siempre podría ser más— pero no quiero que ello suponga el fin de mis otras aficiones, entre ellas la de escribir este blog.

El fin de la narrativa personal en Internet

Con todo el revuelo de los últimos días por la inminente desaparición de Google Reader, me puse a probar servicios alternativos para dar el salto y poder seguir leyendo mis blogs favoritos sin tener que buscarlos uno por uno. Mi intención era usar Feedly y The Old Reader durante un tiempo y hacer una comparación —por lo pronto ambos me desesperan por diferentes motivos, pero tengamos en cuenta que Google Reader tampoco fue un buen cambio cuando Bloglines amenazó con marcharse—. Sin embargo, en el proceso de importar mis feeds me percaté de algo.

La mayoría de blogs que sigo están muertos.

Bueno, eso no es. O sea, yo ya sabía eso. Con el pasar de los años los vi partir uno por uno y me negué a borrarlos, como por dejar un pasado ahí quieto por si se necesita más adelante. Esa romántica desidia resultó útil, pues me ayudó a constatar que todos los desaparecidos eran autobiografías por entregas. Ahora los que quedan son puros blogs de opinión o cómics. Son páginas que tienen un propósito específico.

Es chistoso porque en 2009 un grupo de old-school bloggers armó un panel en Campus Party para defender el derecho de los blogs a no decir nada. En una época donde los nuevos escritores de Internet se estaban atribuyendo enormes poderes sobre el destino del mundo —como los tuiteros ahora, probablemente—, estos ancianos de la red salieron a reclamar el derecho a no tener ninguna responsabilidad. Me declaro culpable de haber estado allí, aunque no recuerdo haber dicho absolutamente nada además de mi nombre (apenas los demás panelistas sacaron a relucir sus credenciales supe que yo no tenía nada que hacer ahí, o que al menos una estudiante ociosa como yo no era ninguna autoridad para hablar de Internet). Íbamos allá dizque a burlarnos de “cómo monetizar su blog”, pero no solo el panel fue un estrepitoso fiasco (supongo que menos mal no abrí la boca), sino que ahora pagarle a alguien por escribir un blog sobre algo es práctica común.

Lo curioso del asunto es que, para 2013, casi todos aquellos defensores del blog sin rumbo habían abandonado los suyos o los habían convertido en columnas de opinión o herramientas profesionales. Esto significa que en tan solo cuatro años la narrativa personal desapareció casi que por completo de Internet para darle paso al reinado de la opinión. Me gustaría decir que la culpa la tiene Twitter, y sí, en gran parte por su facilidad para convertirse en medio de desahogo inmediato. No obstante, aún en la volatilidad del microblogging tienen más peso las opiniones que la narración, aún (o especialmente) si vienen en forma de aforismo. Quisiera saber qué suscitó este cambio.

Cavorite me sugiere que de pronto lo que ocurre es que la gente ya ha crecido, pero yo me rehúso a creer que madurar sea sinónimo de dejar de narrarse. Sería refrescante volver a leer algo tan único como una vida en lugar del continuo repiquetear del tema del día.

Skein

Hoy recibí mis primeras lecciones de tejido, a crochet y a dos agujas. Quería aprenderlo de mis abuelas —porque cómo era posible que yo estuviera desperdiciando todo ese conocimiento ancestral—, pero la materna me dijo que ella había aprendido de un libro y la paterna, que había tomado un curso. (A veces uno tiene unas imágenes tan románticas del pasado.) Claro que mi abuela paterna sí recibió lecciones de crochet de su abuela, quien le ponía a hacer cadenetas y desbaratarlas hasta que le quedaran bien recticas. Y bueno, debo aclarar que este no es mi primer intento, sino que cuando mi abuela materna intentó enseñarnos crochet a mi hermana y a mí en las tardes después del colegio no le pusimos mucho cuidado, entonces me entró la culpabilidad tardía.

Como otra vez me estoy sintiendo incómoda con mi relación con Twitter (o con los tuiteros), aproveché que por casualidad pasamos hoy por la calle de los almacenes de hobbies para señoras y adornos de Navidad para manifestarles a mis papás mi deseo de encontrar un nuevo pasatiempo (porque leer, dibujar y tocar el ukulele no son suficientes, al parecer). No fue sino decirles para salir de una tienda con una bolsa de agujas, hilo y lanas.

Lo que no sospechaba era que resultaría aprendiendo de mi madre, a quien jamás se me ocurrió preguntarle nada sobre este tipo de manualidades. Se acordó de los puntos que llevaba muchos años sin practicar, me enseñó, supervisó mis primeras hileras y me puso a hacer la misma cadeneta larguísima de mi abuela. También me mostró, para que viera lo radicalmente distinto que puede ser el crochet de diferentes manos, carpetas hechas por mi abuela paterna (hilo finísimo monocromo), mi abuela materna (hilo grueso, colores vivos) y la mamá de mi tío político (lana, rosas en relieve). Mi motivación ahora es sumar algo mío a la colección.

Por lo pronto, mi abuela paterna ya se enteró de mis planes y me dijo que me va a prestar sus revistas de tejido. A la materna le informaré pronto. La bufanda que estoy haciendo está quedando demasiado ancha, pero no planeo deshacerla.

La cantina del Far West

Vivo en un país que se parece a las tabernas de las películas de vaqueros, esas donde llegan los villanos mal afeitados que aparecen en los letreros de “Wanted” y se miran de reojo con el sheriff y al final todos terminan rompiéndose botellas en las cabezas de todos. En Internet el fenómeno suele multiplicarse, y por los motivos más nimios. Uno diría que esta situación se limita a la gleba ignorante que ve realities, pero a juzgar por la cantidad de antorchas prendidas y rastrillos blandidos por la comunidad científica en los últimos días, uno se da cuenta de que la indignación en redes sociales es un virus que contagia hasta al más ilustrado.

A mí siempre me habían vendido la idea de que la academia era un remanso de paz donde todos caminaban con la toga colgada del brazo y la cabeza ligeramente inclinada hacia el interlocutor, asintiendo silenciosamente y sosteniendo debates de la manera más elegante. Argumento va, argumento viene, pero si esto es así entonces por qué lo otro no es asá, la búsqueda conjunta de la verdad. Pero no, amigos, eso es una quimera. Aquí lo que se estila es llamar fascistas y no sé qué más cosas a los que sugieren una divergencia de lo establecido y piden razones para no diverger. Sobra decir que esas razones jamás llegan. A algunos les extraña que yo parezca incluso más indignada que los directamente implicados, pero es que estoy muy decepcionada de aquellos en cuyas manos supuestamente reposa el conocimiento —¡y el desarrollo!, insisten— de un país y resultan portándose igualito que los borrachos en la cantina del Far West. No llego a entender qué es lo que defienden con tanto celo que los tiene sumidos en esa furia ciega.

Seguro me van a decir “ah, pero usté qué sabe si no es científica ni doctora en nada”. Bueno, yo algo sé. Yo sé que a los golpes nada se obtiene. Yo sé (o me imagino, al menos) que debatir es poner argumentos sobre la mesa y darles soporte hasta que gane el más sólido. Yo sé que nadie ‘se busca’ que lo cubran de calificativos horrorosos por dar una opinión, como vienen sugiriendo. Claro, también sé que en este país escribir en una publicación de circulación nacional es exponerse automáticamente a que los ociosos de los foros se lo coman en salsa de insultos, pero, ¿ustedes los académicos también hacen parte de esos ociosos?

De pronto yo esperaba mucho de los científicos, yo que siempre me enamoraba de ellos y los tenía en un pedestal. Pero ya aprendí mi lección. Ahora sé que el ágora de paz que da origen al saber no existe, y que en su lugar ruedan sombreros, cigarros y dientes a la salida de un bar roñoso. El bar de los que no saben o el bar de los que saben mucho. Lo mismo da.

Catorce de septiembre

  1. Acabo de pasar poco más de semana y media en un estero trabajando para una especie de Marlon Brando maduro pre-gordura (y su hijo tímido). Coqueto mas no asqueroso. La despedida fue inusualmente dramática. ¿Ampliación de la noticia? Después, tal vez.
  2. Volví del pantano justo a tiempo para asistir a un concierto de Raphael con mi mamá. Conseguimos las mejores sillas de todo el teatro. Lo tuvimos bien cerca. Las mujeres le gritaban “papacito”. Cantó “Payaso”, mi canción preferida, pese a que yo no la esperaba en el repertorio. Los dioses de los conciertos me tratan bien.
  3. Regresé a Twitter. La cantidad de gente que reapareció en el panorama fue como la escena de Encuentros cercanos del tercer tipo en la que el ovni aterriza, se abre la compuerta y sale un montón de personas que se habían perdido hacía muchos años. Demasiadas personas. No quiero seguir teniendo una lista de relaciones de mentiras. Si apenas nos leemos (sin mayor interés) y nunca nos decimos nada, no tiene caso mantenernos al tanto de nuestras vidas. Tal vez en últimas Twitter no sea para mí, quién sabe.