Archive for the 'diatriba' Category

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It’s (Not) My Party

Hoy me harté. Estaba viendo un paisaje verde furioso desteñirse lentamente entre Mariquita y Armero cuando le eché un vistazo a mi celular y me irritó lo que encontré en esa red de monólogos en la que estoy metida. Pensé que era apenas una señal de mi mente para mirar más por la ventana del carro y decidí esperar hasta la noche. Ahora estoy en mi cama y la sensación de hartazgo continúa. Quiero una desintoxicación. Quiero salirme de la fiesta —porque no importa cuánto me proponga lo contrario, yo siempre siempre me aburro en las fiestas—. No estamos teniendo ninguna conversación real ustedes y yo, en todo caso. No en Twitter. Fijo vuelvo más tarde, pero por ahora dejo mi vaso a medio tomar en cualquier mesa y me alejo del ruido. No sé por qué de repente me veo pedaleando en Tsukuba a medianoche con un frío tremendo.

Vida de sastre

Es difícil ser adulto. Hay que decidir muchas cosas. Hay que balancear los deberes y los deseos. Hay que posponer los sueños, temerles. Hay que convertirse en una lista de gratas experiencias laborales.

Hay que andar con tijeras en el bolsillo y cortar lazos a lo largo del camino. Se supone que lo que realmente hay que hacer es pararse en más cocteles con copas y reírse cuando todos se rían y hacer contactos, pero la vida tal cual es un poco diferente a la aspiración responsable del ser social y en ocasiones uno se pasa la copa a la otra mano para sentir las tijeras contra la cadera y saber que en cualquier momento habrá que dar la estocada. El acto de inauguración de uno mismo.

Hay que tensar en paralelo varias cuerdas e intentar caminar sobre todas ellas, sentirlas reventar bajo el propio peso hasta que solo quede una, inescapable, sobre el vacío. La más tediosa suele ser la más fuerte.

Aficionada

Últimamente me ha resultado más fácil dibujar que escribir. No sé si lo que en realidad quiero decir es que dibujar me hace más feliz que escribir. Escribir siempre es doloroso y va y resulta un bodrio ahí que uno con gusto quemaría si no fuera porque esto es un blog y hacer clic en “move to trash” no tiene nada de mágico ni liberador. Un blog es como una bitácora de progreso en la que no hay mayor progreso. O al menos así lo es para mí. No sé cómo será para el autor publicado. De pronto es un repositorio de borradores. Ahora me acordé de ese ex novio que me dijo que yo no era más que una escritora de blog, y pues sí, es la verdad. Lo que significa que en realidad no soy escritora sino que ocupo el mismo lugar de los que arman rompecabezas o se dedican a la filatelia. Pero bueno, tampoco es tan grave. Cuento con la fortuna de tener más de una afición apasionante, y el ensimismamiento que me trae el dibujo me es en este momento mucho más grato que la lucha con/contra las palabras (que de todas maneras no puedo abandonar). Tal vez algún día llegue a ser una aficionada famosa como Bob Ross, aunque él pintaba árboles felices y yo dibujo Olavias malacarosas.

Televicio

Me angustia ver televisión. Pasa el tiempo y de repente me doy cuenta de que los números del reloj han cambiado radicalmente y en mi cabeza no hay nada. Las imágenes pasan de la pantalla a mis ojos a mi nuca a la pared: soy una estatua de hielo —preferiblemente no un cisne—. No obstante, en estas primeras horas de libertad, disfruto dejando que las manecillas hagan ejercicios de estiramiento y den vueltas mientras Don y Betty Draper se revuelcan en su glamorosa miseria. Entonces salen los créditos y me doy cuenta de que el color del cielo ha cambiado. Oh, no: tengo que hacer algo. Me pongo a escribir esto pero suena música en mi cabeza. Tomo el ukulele y compruebo que no puedo tocar “The Fairest of the Seasons”. Vuelvo a escribir esto pero me doy cuenta de que es una idiotez. Debería ser como esos escritores que no duermen ni nada porque se lo impiden sus grandes ideas, pero solo se me ocurre pensar que ojalá cancelen New Girl porque ya está bueno de series donde la fealdad consiste en tener gafas y las mujeres se convierten en mujeres de verdad en esa escena donde salen por una puerta con vestidito y sin gafas y con vergüencita y los hombres quedan boquiabiertos. Oh, no. Ahora sí que se pasó el tiempo y, entre ver televisión y reflexionar sobre ella, no hice nada. Mejor dicho, me voy.

Divagación indigesta

Extraño mucho el arroz con curry japonés. Bueno, tal vez no en este preciso instante puesto que estoy a punto de vomitar un curry “tailandés” de un popular restaurante “asiático” bogotano. Supongo que debo anotar que no fracasan del todo los dueños de esta franquicia: la evocación asiática se logró en cuanto a que el malestar que tengo ahora podría equipararse en cierto modo al que me mantuvo al margen de todo manjar en Bangkok. La diferencia es que en Tailandia me enfermé mucho antes de darle un primer bocado a cualquier cosa, y aquí fue la comida la que me enfermó. Siento que no voy a poder volver a darle nada sólido a mi estómago en mucho tiempo.

Quería escribir acerca del kare raisu que preparaba Minori y el que servían en las cafeterías de la Universidad de Tsukuba, pero el dolor —y la vívida evocación de ese potaje grasoso color anaranjado que me comí al almuerzo— no me deja. No obstante, mi estómago aún tiene el criterio para anhelar (¡pese a todo!) un buen curry con tonkatsu del viejo cocinero de Ichinoya, mi dormitorio-cárcel.

Bueno, no es más porque no puedo más. Deséenme suerte esta noche.

Am Telefon

Ayer recibí una llamada.

La voz, que no escuchaba hacía muchísimo tiempo, me dijo (sin saludar antes siquiera) una cantidad de cosas feas que yo debería haber interpretado como broma, pero dado que llevaba un buen rato sintiéndome mal, me dejaron peor. Peor o igual, no sé, da lo mismo. No sé ni por qué estoy escribiendo esto. Sí sé. Lo hago porque no puedo seguir evadiendo más este rectángulo blanco, así sea para llenarlo de querido-diario-estoy-triste. Lo he intentado, creo que ni siquiera conscientemente. Huir, jurar que tengo cosas más importantes que hacer, olvidar las palabras. Y sin embargo vienen la ira y la tristeza y qué diablos tienen que importarme a mí las horas laborales cuando es mi cabeza la que está a punto de estallar. Entonces vengo aquí a hablar de lo que la voz al otro lado de la línea consideraría nimiedades. O pruebas de mi fragilidad. Supongo que esta es la manera terapéutica de la voz de hacerme más fuerte. Ya he oído ese discurso antes. Eres débil: toma tu patada. Siempre son llamadas desde lejos para decirme eso.

Ocho de mayo

Este blog debería contener algo mejor que el diario inútil de una persona que no existe.

天気予報

El informe del estado del tiempo dice que el clima nunca mejorará. Dice que el gris durará por siempre y habrá que usar botas de nieve pese a que nunca hay nieve. El informe también dice que nunca saldré de aquí.

11-1-11

El segundo día lleno de palitos se comunica conmigo la segunda persona que me había dejado de hablar. Shock. La desesperanza me había ganado hace rato. No me gusta que la gente huya. Necesito agarrarme con las personas que quiero y decirles que son unos tontarras y que me digan lo mismo y que refunfuñemos hasta que uno de los dos diga algo chistoso y no tenga ningún caso seguir peleando.

Quedo a la expectativa.

[ Party with Children — Ratatat ]

French Dressing Porn

Estoy harta del jabón líquido japonés. Estoy harta de que los supermercados me prometan la exótica experiencia del pepino ultrahidratante o el mango con manzana (¿para qué mezclar una fruta tan genial como el mango con la más fome de todo el universo?), solo para que el frasco me escupa de mala gana una porquería viscosa blancuzca que huele apenas a limpio. Limpio genérico desagradable. Imposible verlo de otro modo. Tal vez a ciegas sea más soportable, pero nunca me ha gustado bañarme a oscuras y ante mis ojos miopes el blanco viscoso borroso sigue siendo blanco viscoso. Me da mal genio de solo acercar la mano al dispensador.

Como si fuera poco iniciar el día de esa manera, al almuerzo recibo un plato de ensalada de repollo con repollo que tal vez mejoraría con un poco de aderezo. Pero entonces, helo ahí: un frasco gigantesco de salsa —¡adivinaron!— viscosa y blancuzca. Podrían reemplazarla con jabón y nadie se daría cuenta. La imagen mental sigue luchando contra el apetito. El cuento de “フレンチドレッシング(白)” —“French dressing (white)”— no me lo creo yo ni en un millón de años. Me digo el que para mí es el nombre real de la sustancia mientras la vierto con resignada repulsión.

Así las cosas, traje un jabón líquido de Bogotá con la esperanza de darle un descanso a mi matutina mueca de disgusto. “Sedúceme”, dice el envase. “Para una piel deliciosamente irresistible. Con crema de chocolate y chantilly hidratante”. Suena grasoso, pero son apenas metáforas rimbombantes para el laureth sulfato de sodio. En fin. Si no me detengo a leer las instrucciones de uso —”esparce esta espuma súper cremosa por tu cuerpo, vistiendo toda tu piel con ella”, “enjuaga y ¡prepárate para seducir y ser seducida con una piel deliciosamente irresistible!”—, creo que le doy el visto bueno. Lo de la seducción está aún por verse, pero por lo menos el aroma a chocolate recién lavado (¿?) y color oscuro me tranquilizan e incluso alcanzo a olvidar que al otro lado de la ducha todavía me espera ese dispensador barrigón, sonriente y macabro como el fin de las vacaciones. El único problema es que me despierta unas ganas terribles de comer chocolatinas, pero bañarse con hambre es mucho mejor que bañarse con asco.

Respecto del aderezo no he hecho ningún esfuerzo por buscar una solución, salvo tal vez comer más seguido en mi casa. De todas maneras la ensalada es la ensalada y hay que nutrirse. Afortunadamente, mi imaginación sobrestimulada cede al primer bocado. Sabe a vinagre con nada. Sabe a me faltan tres estómagos para digerir esto. Qué insoportablemente insípido es el repollo.

[ I Have Seen — Zero 7 ]