Archive for the 'comida' Category

Page 2 of 6

El problema de no escribir

El problema de no escribir es que la memoria no da para sostenerlo todo. Por ejemplo, desde ayer he estado tratando de recordar una frase sabia de Edmond Baudoin, pero solo vuelven a mí las circunstancias en las que me la dijo:

Yo estaba parada frente a una nevera con un pedazo de pizza en la mano y Baudoin, lleno de vida como siempre, diciendo que… Siempre va a ser difícil, pero es en la persistencia frente a la dificultad donde se mide lo mucho que uno quiere algo. Creo que es eso. Creo. Después me dieron una segunda tajada de pizza, una repleta de tomate jugoso por encima. Estaba rica pero difícil de manipular. Luego alguien me dijo que yo le parecía hermosísima y que se iba del país enamorado de mí, pero yo no pude darle ninguna respuesta inteligible porque en ese momento tenía la pizza agarrada en parte con la mano y en parte con los dientes y el jugo del tomate estaba goteando sobre mi vestido. Finalmente mis compañeros de hotel me anunciaron que había llegado su taxi y yo bajé corriendo las escaleras para ver si podía pegármeles y llegar a dormir temprano también. Otra persona corrió tras de mí y me preguntó si ya me iba. “No sé”, respondí. Y me fui.

Y la gran frase importante de Baudoin se quedó entre la nevera y las escaleras. Entre todas las cosas que debí haber escrito pero no lo hice porque para qué. He ahí el para qué.

Caprichos memoriosos de un perfume

Ayer me puse un perfume que solía usar en mi primer año en Tsukuba. Me terminé de vestir para encontrarme con alguien pero tuve que cambiarme porque al verme al espejo reconocí mi pinta de siempre de 2007-2008. Era como si el perfume me hubiera forzado a retroceder y ser aquella persona que lo usaba habitualmente.

Hoy me desperté con el olor aún encima. Quise, sin saber por qué, desayunar pan tajado con mantequilla de maní y mermelada. Pasé un buen rato en la cama fantaseando con esa comida improbable. De repente me di cuenta de que el pan tajado con mantequilla de maní y mermelada (y un par de sorbos de té oolong frío) eran mi desayuno habitual del primer año en Tsukuba. Una vez más, el perfume me estaba llevando a otro momento de mi vida sin yo darme cuenta.

Ahora le temo un poco a ese perfume. ¿Cuánto hay encerrado en un olor? ¿Cómo será mi próximo regreso involuntario a 2007-2008? ¿Volveré a tener una vecina china que me despierte en la mitad de la noche con sus golpes desesperados en la pared porque supuestamente estoy hablando duro?

Desde que no vuelva a ese horrible dormitorio al borde de la Nada, supongo que todo está bien. Pero la memoria de los olores es una cosa realmente increíble.

Vega, Mission, telenovelas

Ayer me encontré con Vega. Comimos comida peruana, recorrimos Mission de cabo a rabo bajo el sol, probamos las bebidas frías de una chocolatería increíble (“small batch”, “artisanal”), le dimos una oportunidad a un jugo que creímos de corozo pero resultó no parecerse en nada al corozo (sabía más bien a vino avinagrado) y, finalmente, estuvimos viendo novelas viejas en YouTube. Amar y vivir no estaba completa, pero sí Café con aroma de mujer. Vimos pedacitos de varios episodios desde el principio hasta el final y, ayudados por Wikipedia, nos hicimos una idea general de la trama. Concluimos que el lío de Café no habría podido ocurrir en la era de las redes sociales y los celulares. Bastaba con que Sebastián y Gaviota se hubieran agregado a Facebook al principio de su idilio y ya. Se habrían ahorrado muchas malas decisiones. Vivimos en un futuro sin desencuentros donde ya nadie se pierde.

The Slow Teleporter

Qué lento es teletransportarse. Y eso que uno pasa todo ese tiempo en un estado semiinconsciente que mantiene viva la ilusión de instantaneidad hasta cierto punto.

Hace muy poco estaba caminando desde el Parque de la 93 hasta el Museo del Oro con el biólogo de Parques Nacionales. Hablamos de huesos rotos. Señalamos cada casa antigua que vimos en el recorrido. Miramos plantas carnívoras y suculentas en el mercado de las pulgas. Mencioné que una vez sin querer le pegué un codazo a un cactus. Me puso a tararear Clair de lune de Debussy y luego la escuchamos desde su celular (a ver qué tanto había recordado) en pleno Parque Nacional. Nota: la gente que trabaja en Parques Nacionales no trabaja en el Parque Nacional.

Volví de la caminata, hice un lote de galletas de chocolate y paf, desaparecí. Del primer trayecto solo recuerdo una luna enorme y amarilla siguiéndonos. Mi vecina de puesto estuvo maldiciendo un rato mientras buscaba infructuosamente una pastilla para dormir. Creo que todo el mundo iba hibernando en la cabina menos yo, que quedé privada hasta que me encontré con la luna, y de ahí para adelante estuve escuchando música. Al principio del viaje me preguntaron qué quería comer pero nunca llegué a ver esa comida. Mejor, porque quién cena a la una de la mañana.

Para el segundo tramo del viaje, el efecto de velocidad ya había menguado y alcancé a sentirme incómoda y aburrida. Me comí una ensalada en la que parecía que hubieran vaciado todo un huerto de rúgula, tomé fotos del paisaje desértico, fui consciente de un turupe en el cojín de mi silla, y finalmente aparecí en mi destino final: San Francisco.

Este es un paseo que había planeado y pagado con tanta antelación que alcancé a olvidarlo y sentirme a la llegada como si me hubiera ganado un viaje gratis. Sorprendidísima. Supongo que soy buena engañándome a mí misma. Ahora vamos a ver qué pasa acá.

2014 (The Life of the Party)

En casa de mi tío (hermano de mi mamá) hubo una gran fiesta para celebrar Año Nuevo. Poco después de medianoche, tras los saludos y abrazos de rigor y después de negarme a recibirle a la ex esposa del cuñado de mi tío una rebanada de pan que había que comerse para la prosperidad o algo así (cómo me voy a embutir un pan con esta llenura), me acomodé en un sofá del estudio y me quedé dormida mientras en el salón contiguo todos bailaban.

Al otro día mi abuela paterna nos dio ajiaco y pasta (nota mental: nunca repetir esta hazaña estomacal) y por fin nos reveló la receta de su ponqué, mantecada y buñuelos dulces. Una de las tareas este año es prepararlos bajo su supervisión para contar con su visto bueno y mantener la tradición. La otra tarea importante es hacer un dibujo cada día en un cuaderno de tapas rosadas que compré el 31 de diciembre antes de zamparme aquel helado de mil sabores con Cavorite.

Fue un día bonito; hizo mucho sol, mis padres y yo le dimos una vuelta al barrio de infancia de mi papá, atravesamos las humaredas de varios asados y les tomamos una foto a unas flores moradas bonitas que había en un antejardín de esos que ya no existen en los edificios nuevos.

No tengo un plan ambiciosísimo para este año, apenas seguir haciendo lo que me gusta pero con más frecuencia. El asunto se torna ligeramente más complicado cuando “lo que me gusta” comprende todo un abanico de actividades, pero no importa. Es lo que me hace feliz, y si ser feliz es así de fácil, entonces qué estoy esperando.

Baking for Boredom: Galletas de chocolate y pimienta

Después de varios días de sentirme parecido a como me sentía en Tsukuba —pero sin el radiotelescopio ni la luz bonita ni la posibilidad de darme una vuelta en Tokio—, se me metió en la cabeza que quería hacer galletas. Esto es un poco extraño puesto que normalmente no soy una gran entusiasta de la repostería, pero recordando el disgusto que me llevé en Honolulu cuando volví a comer Chips Ahoy después de muchos años, decidí gastar mi tiempo de esa manera.

Las Chips Ahoy Chunky eran las mejores galletas del universo según yo hace diez años. Eran increíblemente chocolatosas y… no recuerdo más. Solo me veo sentada en la mesa del comedor compartiéndolas con mi novio de esa época. Probablemente valdría la pena repetir la experiencia, pensé al volver a verlas este verano. Digo “probablemente” porque pasé frente a la sección de galletas una y otra vez, dubitativa, antes de decidirme a comprarlas. Llevé un paquete a la casa, saqué unas cuantas y las acompañé con un vaso de leche de almendra. ¿El veredicto? Cartón demasiado dulce, arena solidificada demasiado dulce. Es difícil de explicarlo, pero estos no eran bizcochos dignos de ser digeridos y no entendí cómo fui capaz de disfrutar tamaño engaño en el pasado.

Entonces, volviendo al día de ayer: el desespero de esta mala sensación con la que ando se mezcló con el recuerdo de aquel falso bocado y terminé en el supermercado armándome de cocoa, harina y otros tantos ingredientes. Se suponía que solo me estaba preparando para ponerme manos a la obra otro día, pero apenas llegué a la casa y se desgajó el aguacero del fin del mundo supe que no había tiempo que perder. Nunca antes había hecho galletas desde cero, así que las probabilidades de que saliera una cosa asquerosa eran altísimas. Mientras batía la mezcla recordé que una vez en Tsukuba nos reunimos a hacer empanadas pero yo leí mal la cantidad de harina y por mi culpa resultamos con galletas saladas con pollo fosilizado en su interior.

Tardé más o menos dos horas yendo y viniendo del horno porque la mezcla resultó como para repartirle galletas a un pelotón. En todo ese tiempo no se me ocurrió pensar en cómo me estaba sintiendo; en mi mente solo había masa, calor, papel parafinado y un reloj que vigilar. Las primeras galletas se quemaron por ponerlas en el lado equivocado del horno, pero las siguientes quedaron fenomenales. Tienen pedacitos de chocolate amargo y pepas de pimienta negra cuyo sabor estalla en la boca sorpresivamente. Quedé muy contenta con el resultado.

Como salieron tantas galletas, voy a regalar algunas, pero ya estoy pensando en mi próxima acometida culinaria. Tal vez hasta invite a alguien a comer a mi casa.

2013-08-14 (Jeux Olympiques)

Hoy fue nuestra última clase del curso de intepretación. Por última vez tuve a Keita sentado detrás mío en el salón. Da tristeza pensar en lo pronto que hay que cortar los lazos que recién se empiezan a tejer.

Fuimos a almorzar con Keita y Judy (una señora de Hong Kong divertidísima) a un restaurante tailandés. Pedimos arroz frito con piña, entre otras delicias. Para este punto Keita ya sabe que soy fanática de la piña y compra piñas enteras para tajar y convidarme. Esta mañana llegó a la universidad con un recipiente lleno de cubitos por si yo no había alcanzado a desayunar.

Mañana es la gran prueba final: los exámenes de certificación. Me siento como una atleta olímpica que se ha preparado durante mucho tiempo para un destello de adrenalina que durará apenas unos minutos. Espero poder llevar a casa unas cuantas medallas.

2013-07-17 (The House on Alaula Way)

Vivo en la casa de un bombero hawaiano llamado Chance.

Chance tiene el típico cuerpo de los surfistas consagrados: sólido, magro, tostado por el sol. Cuando no está atendiendo emergencias, se dedica a cortar árboles (en su mente son bonsáis gigantes y se pueden amoldar tal cual). También tiene una finca al otro lado de la isla.

El primer piso lo ocupan él y una joven pareja, Coral y Mohammed, junto a Willow, su bebé de 8 meses. Son súper guapos, entre los dos conjugan la mezcla de un montón de razas. Mohammed es moreno de ojos miel, pelo muy crespo y la típica estructura ósea del rostro francés. Por su parte, Coral tiene la piel trigueña y los ojos ligeramente rasgados, negros como su pelo liso larguísimo. Willow sonríe casi todo el tiempo con sus cuatro dientecitos, con los que también suele tratar de mordisquear cuanto zapato se tope en el piso.

Chance es padre soltero. Sus dos hijos, Chay (16 años) y Mei Li (11), viven en el segundo piso. Mi cuarto está en medio de los de ellos. Mei Li está aprendiendo a tocar piano y ukulele. Le caí bien de inmediato porque se enteró de que compartimos la afición por este último (me prestó el suyo apenas supo). Se la pasa practicando la melodía del primer riff de “Smoke on the Water”.

Mei Li tiene mucha fe en mis habilidades con el ukulele. Cuando dije que quería ir a un festival de este instrumento en el Parque Kapi’olani, ella preguntó si era un concurso y si yo iba a participar. No, no lo es, respondí. Comentó entonces que si lo fuera y yo concursara seguro ganaría. Bueno, también un compañero del colegio de ella, aclaró, pero él toca canciones más alegres y yo toco más como salido del corazón. Quedé conmovida. Supongo que si una niña hawaiana aprueba lo que sale de un ukulele cuando cae en mis brazos ya puedo darme por bien servida.

Hoy en la tarde quedé atrapada en un trancón cerca de la playa en Fort DeRussy (extremo occidental de Waikiki). Resolví bajarme del bus, caminé hacia el agua y metí los pies. Se me mojaron las botas del pantalón, pero eso qué me iba a importar. Me di cuenta de que llevo todo este tiempo pensando en el deber y muy poco me he detenido a disfrutar. Me hallé de nuevo frente a la disyuntiva que me llevó a ver a Billy Joel en el Tokyo Dome en vez de estudiar para el final de historia de Japón años atrás. “¿Qué voy a recordar en el futuro?” La respuesta no deja de ser obvia.

Cuando volví a la casa, Coral me ofreció sopa de papaya con jengibre y pollo, ñame al horno y un vaso de agua de coco. Creo que es la mejor sopa que he probado en la vida, y el ñame ni se diga. Pedí la receta. Para surtir el agua, Mohammed salió al jardín con un enorme coco verde y un machete. Es bien bonita la vida hawaiana.

2013-07-15 (Malasada)

La importancia de los viajes exploratorios de Vasco da Gama radica en gran medida en que constituyeron la vía de entrada de los portugueses para esparcir su legado de azúcar, harinas y grasa hasta los confines de la Tierra. Hoy en día no es posible concebir a los pueblos del Asia sin sus magníficas herencias culinarias. ¿Qué sería de Japón sin el tempura y la castella, de India sin el vindaloo? Aunque con bastante retraso, las Islas Hawaiianas también recibieron eventualmente su respectiva dosis ibérica de sacarosa y gluten en forma de dos bizcochos: la malasada y el pão doce.

La malasada es una confección que, en mi opinión, también podría llamarse “bienfrita” dada la cantidad de aceite que llega a absorber. Sin embargo, no difiere en nada de la dona común de panadería colombiana, excepto tal vez por la posibilidad de que la segunda venga con relleno de arequipe. Probé la malasada en una feria local pero todavía tengo que repetir la experiencia en una panadería tradicional que las vende de todos los sabores (por ejemplo, piña —¡qué raro!—). La que comí esta vez era de poi y, aunque esperaba un relleno morado, me salió fue la misma dona con el mismo sabor a dona pero toda morada.

Y ya. También me compré una caja de piña en cubos y unas sandalias cómodas.

2013-07-12 (Poi)

A partir de hoy todo cambia. El mar queda lejos, al otro lado de las montañas que ahora me rodean. Ya no tengo que tomar el bus para ir a la universidad —lo cual está bien dado que ya tuve la bella experiencia de viajar al lado de un indigente cubierto de arena—. La visita de mis papás termina y quedo sola. Fue bonito tenerlos al lado, aunque por mis clases no pudimos hacer casi nada juntos.

De despedida fuimos a un restaurante típico hawaiiano con fotos autografiadas por celebridades ochenteras en las paredes y nos devoramos todo lo que nos sirvieron —oh, kalua pig, ¡oh!—. Recordé de repente que la primera vez que vine a Hawaii llegué con el firme propósito de probar el poi (papilla de ñame, alimento básico de la Polinesia) porque lo mencionaban en un especial de The Baby-Sitters Club. Fue esa primera exploración la que nos condujo a este festín.

***

Cuando vine a ver esta casa por primera vez —para ver si sí o si no, aunque realmente no había más opción— me recibió un arco iris sobre las montañas doradas. No creo que haya un mejor signo que ese.

Tras despedirme de mis padres, fui a hacer unas compras y para el regreso tomé el bus en dirección equivocada. Después de pasear mucho no sé por dónde, llegué tardísimo pero la pareja que vive en el primer piso me recibió con puré de kalo (ñame), ensalada con mucho ajo y pulpo en kimchi. La cosa pinta bien, sí que sí.