El wok

De las cosas que tenía en Tsukuba y tuve que dejar ya no me hace falta ninguna. Ninguna, excepto el wok. El wok, marca T-Fal, edición limitada con un patrón de hibiscos impreso en toda la superficie exterior, fue una de mis últimas adquisiciones antes de abandonar Japón definitivamente. Sin embargo, ahora que lo pienso, en cierto modo marcaba también un comienzo truncado: por fin estaba empezando a aceptar mi apartamento como un hogar permanente, un espacio en el que merecía darme gusto. Hasta entonces el máximo lujo que me permitía era el cereal alemán que compraba en la tienda de importados. Eso y los viajes, obviamente.

Hoy llegó un paquete a mi nuevo apartamento: un nuevo wok. Misma marca. Mismo color. Mejor material. Un modelo más avanzado, en todo caso. Pero no tiene flores ni ningún tipo de dibujos. Esperaba ponerme más feliz al verlo, pero no. Lo dejé al lado del lavaplatos y me fui al computador a buscar fotos del otro.

Llevo años esperando el retorno del modelo de hibiscos o la aparición de uno mejor, no sé exactamente por qué. Podría haberlo comprado de nuevo por Internet y mandado traer apenas llegué a Colombia —solo lo vendían en Japón—, pero lo pospuse por la clásica falta de dinero del recién aterrizado. Cuando finalmente tuve un trabajo que me dio lo suficiente como para procurarme ese tipo de lujos nostálgicos, la línea entera de sartenes se había agotado. Después salieron otras ediciones especiales, pero una era de Winnie Pooh y la otra de Mickey Mouse. El año pasado hubo una con una Torre Eiffel fea, unos globitos voladores en los colores de la bandera francesa y la palabra “Merci!” flotando en el cielo con un corazón en la i.

Mirando las fotos que me tomé a finales de 2010 con mi wok de hibiscos, me pregunté por qué me gustaba tanto, por qué lo añoro aún. Mi memoria se expandió entonces a otros recuerdos de mi apartamento en Tsukuba, y a otros anhelos. Yo quería una aspiradora Electrolux anaranjada, pero nunca cambié la de ¥2000 con la que tocaba repasar y repasar para poder levantar algo del piso. Tenía un solo plato, negro con hojas blancas, comprado en una tienda de cien yenes en Fuchu, Tokio. Un solo bol, beige con pepitas cafés diminutas. Un solo platico chiquito y hondo que no supe para qué servía originalmente pero venía en el mismo juego del bol y terminó siendo mi platico de agua para pintar.

Tenía visillos de ramitas de bambú y cortinas rosadas del Jusco, el supermercado del centro. Pienso en esto específicamente porque ahora tengo una persiana súper bonita que hace resplandecer el apartamento cuando le da el sol. ¿Por qué me aferro a lo que tuve antes, a mi vida de antes? Tengo la impresión de que extraño aquella floreciente sensación de arraigo, de empezar a construir un hogar a mi gusto y no decorado al estilo de las limitaciones del estudiante. Reconozco, al mencionarlo, que esto es absolutamente ridículo porque ahora tengo un nuevo espacio propio, uno con mejores cosas si así lo quiero. Pero lo tengo que querer de verdad. Tengo miedo de volver a pensar en esto como algo temporal, como lo hice en tres años de vida en mi apartamento japonés, y no darle forma sino hasta que sea demasiado tarde. Extraño mi viejo hogar y en ese extrañar desperdicio el nuevo.

El sol de la tarde brilla sobre el santuario de Monserrate. No he tenido que moverme de la cama para verlo.

A Procrastinator’s Plight

Trato de entender la ansiedad. El temor paralizante de hacer cosas. De iniciar. ¿A qué le temo en realidad?

Intento escribir algo. De repente, me detengo. ¿Estoy recordando bien lo que quiero contar? ¿Por qué estoy sintiendo lo que quiero describir? ¿De dónde viene todo? ¿Qué pasó exactamente? ¿Qué estoy pensando exactamente?

Las tareas, por pequeñas que sean, se convierten en un camino infinito, un obstáculo infranqueable.

Se abren mil pestañas en mi mente y en mi navegador. Cosas que quiero averiguar sin razón particular.

Escribo esto porque no tiene sentido ser prisionera de mi propia mente. Quiero entender a esta carcelera para poder burlarla y escapar.

No encuentro una buena frase para cerrar esto.

2018 (積読をやめよう)

El año pasado —que es otra manera de decir “hace unos días”— me acordé de mí misma en la época en que leía un montón de libros. No de las circunstancias en las que me encontraba en ese entonces, sino de la imagen de mí misma en mi cuarto despachando libros cada mañana. Me dio nostalgia de esa persona. Así pues, empecé el año con libros. Cuesta retomar la concentración de otrora, pero no por eso va uno a desanimarse. Puede que no se me ocurra ningún otro propósito para 2018, pero acabar con los libros apilados e inexplorados me parece un plan suficientemente valioso.

Un señor de Tayikistán

En Tsukuba, cuando trabajaba en un club de conversación en inglés para viejitos japoneses, conocí a un señor de Tayikistán.

“Te pareces a mi esposa”, me dijo. Me pareció un comentario muy barato e incómodo para un recién conocido.

Sacó el celular.

Me mostró una foto.

ERA YO CON HIJAB.

Al menos ahora sé que mi doppelgänger es una señora de Tayikistán.

I’m So Sorry, Dear Blog

Hace tiempo empecé a sentir que me daba mucho, mucho sueño cuando intentaba escribir algo por acá. Probablemente eran los nervios de creer que no tenía nada interesante que decir. Saber que escribo mal, o puras bobadas.

Después vino la inercia. Pensar “quiero escribir”, recordar que hace rato no lo hago, y preferir no cambiar ese estado. No perturbar ese silencio. Ver hasta dónde podría llegar aquella línea recta.

Hoy recordé que tenía que renovar mi dominio, así que hice el pago e intenté entrar a la página. Escribí la dirección y, ¡oh, sorpresa! No funcionaba. Entonces me sentí mal. Había dejado morir el blog y ni siquiera me había dado cuenta. Afortunadamente era un problema fácil de solucionar y Cavorite lo resolvió al instante.

Ya no recuerdo lo que les he dicho a otras personas sobre las actividades que más me gustan y lo que me aleja de ellas; lo que sé es que he dejado de hacerlas. Me gusta dibujar. No dibujo. Me gusta cantar. No canto. Me gusta escribir. No escribo. No me gusta bailar. Estuve bailando un par de meses pero creo que me lesioné la cara interna de los muslos.

Pero aquí estoy ahora, pidiéndole perdón a mi blog por abandonarlo y haber dejado que se dañara sin darme cuenta. De repente siento que todo este tiempo he estado equivocada porque en realidad yo no estoy escribiendo para los que me podrían leer, sino para el blog mismo. Siendo así, no tiene ningún sentido volver a preguntarme cuál es el sentido de contar las nimiedades que componen mi vida. Se trata de ponerme a teclear y ya.

Desayuno en Oakland

Ayer me levanté temprano y me fui a Oakland a encontrarme con una amiga que conocí en un curso de interpretación de conferencias hace poco más de un mes. Nos habíamos puesto cita para desayunar en un restaurante que le habían recomendado. A juzgar por el nombre del sitio (incluía la palabra “grill”), lo más probable era que la porción fuera a ser bastante más generosa de lo que suelo poner frente a mí en la mesa. Pero bueno, no le iba a hacer el feo a la invitación.

Pedí unos huevos benedictinos con pasteles de cangrejo y papas. Como era de esperarse, me sirvieron en una pieza de vajilla que sería más correcto denominar como bandeja. Alcancé a comerme un huevo y un pastel cuando de repente me empecé a sentir como si hubiera desayunado, almorzado y cenado al mismo tiempo y el paso de un solo bocado más por mi garganta fuera físicamente imposible. Yo miraba mi plato, desconcertada: estaba casi intacto. Pedí una caja para las sobras y nos fuimos.

Mi amiga y yo dimos una vuelta por el puerto. Nos tomamos fotos con la estatua de Jack London, vimos su cabaña (que en realidad es media cabaña y el resto réplica porque la otra media cabaña está en Canadá, también completada con pedazos de réplica) y nos cruzamos con un tipo con pinta de eterno viajero que decía good morning y otra vez good morning y luego con rabia good morning de nuevo. (Yo había contestado hi, pero al parecer esa no era la respuesta correcta. En fin, huimos.) También nos topamos con un grupo grande de gansos descansando al lado de una banca.

A medida que avanzábamos, mi llenura se fue convirtiendo en dolor y angustia. Necesitaba un baño. Hice todo lo posible por sostener la conversación como si nada, pero las palabras se fueron extinguiendo hasta que quedaron apenas granitos de ideas esparcidos entre risitas cortas.

Llegamos al centro y se hizo el milagro de encontrar la estación del Bart (el tren de cercanías de la bahía de San Francisco) sin mucho esfuerzo. Hora de despedirnos. El brillo de los edificios que se levantaban alrededor me hizo dar muchas ganas de quedarme explorando en vez de irme. Sin embargo, tuve que descartar esa idea en el acto.

El trayecto en tren fue más breve de lo que esperaba. Por contraste, la caminata hasta la casa fue un suplicio en cámara lenta. ¿Por qué las cuadras en Estados Unidos tenían que ser tan largas? ¿Por qué de repente estaba haciendo tanto calor? ¿Por qué tenía que ser tan inoportunamente mañosa la llave del apartamento?

No tuve tiempo de explicarle mayor cosa a Doña Stella, la mamá de Cavorite, cuando el cerrojo finalmente cedió y dejé mis cosas tiradas en el pasillo. Ella, generosa y dulce como siempre, me hizo un caldo.

La caja de sobras sigue en la nevera. No me atrevo a tocarla.

Dream Over, Insert Coin

Estoy empezando a pensar que el mundo donde ocurren mis sueños es un mundo limitado como el de los juegos de video. Últimamente mis sueños llegan a un punto en el cual no puedo avanzar más, no como si me estrellara contra una pared invisible sino que mis acciones se ven de repente severamente restringidas y por ende la historia no puede seguir. Entonces despierto.

En un sueño reciente necesitaba anotar algo —sufro porque no escribí el argumento del sueño al despertar y ahora no recuerdo el contexto de esta acción—, pero la mano me pesaba y apenas me salían garabatos. En otro, estaba aprendiendo a tocar batería pero mi pie era sumamente débil y no le sacaba nada al bombo. En el de anoche necesitaba leer un mensaje en el celular para recibir un paquete, pero mi mano perdía el control de la pantalla y más bien resultaba abriendo por accidente un video tipo Snapchat de una amiga que vive en Alemania anunciando que estaba de visita en Colombia.

Se me ocurre ahora que mis sueños son como la línea a la que tocaba llamar hace años para programar la cita de solicitud de la visa de Estados Unidos. Apenas pasaban quince minutos (ni un segundo más), el operador dejaba de ofrecer información y se limitaba a decir que si uno quería saber algo más tenía que pagar otra vez y volver a llamar. La diferencia es que mis sueños no me dan ninguna opción para retomar; no me queda más sino despertar y olvidarlos.

Riding a Rollercoaster with a Pigeon Smashed Against Your Throat

Vi un video donde un señor va en una montaña rusa y de repente algo lo golpea en la garganta. El señor se lleva la mano al cuello y encuentra un bulto de plumas. Lo aparta y lo observa. Está vivo. Horror. Lo aparta; ahora tiene sangre en la cara y la mano. Impresión y asco. Sin embargo, pronto vuelve a la realidad y recuerda que está en una montaña rusa. Levanta un brazo y disfruta la caída.

Creo que la vida es un poco así: una montaña rusa donde a uno se le estrellan palomas en la garganta y a pesar del shock toca tomar la decisión de seguir divirtiéndose con la cara ensangrentada.

Sesenta y cinco turnos

El banco está a reventar. Frente a las cajas hay un número muy optimista de sillas en torno de las cuales hay un montón de gente parada, resignada, extrañamente paciente. El sistema de papelitos numerados acabó el año pasado con las filas intimidantes y ya uno no sabe en qué lío se está metiendo sino hasta que se da cuenta de que está a sesenta y cinco turnos de hacer un pago urgente.

Yo estoy a sesenta y cinco turnos de hacer una transacción cuyo plazo se acaba hoy. Existe la posibilidad de que me manden algo del trabajo para entregar lo más pronto posible pero lo rechazo porque he perdido toda noción de mi futuro cercano. Alcanzo a ir a otro banco y hacer una averiguación. Regreso: nada ha cambiado. A mi lado una pareja de costeños mayores se plantea la posibilidad de que los números vayan de diez en diez, porque la discrepancia entre el que está impreso en el papel que tienen en la mano y el que sale en la pantalla simplemente no puede ser. Pero es. Deciden irse a otra sucursal. Casi al mismo tiempo queda un puesto libre para sentarme. En realidad no es uno sino medio puesto, ya que en cada hilera hay tres sillas amplias pero en una decidieron apretujarse cuatro y nadie restableció el orden normal cuando el cuarto ocupante se fue. Por un momento se me ocurre que podría más bien pasar el tiempo en el supermercado, pero un puesto en el banco es algo que cuesta conquistar y no hay que abandonarlo así como así. Me acomodo y saco un libro de Isaac Asimov que cargo para este tipo de circunstancias.

Entre las personas de pie aparece un señor con un casco rojo. Su pinta casual hace que sea difícil determinar si de repente tuvo que dejar su trabajo a medias o si el casco es un fashion statement. Si la opción número dos es la correcta, debo decir que lo lleva muy bien.

A veces entran personas que habían decidido irse a hacer otras cosas mientras les toca su turno. En algunos casos llegan justo en el momento preciso y caminan con paso seguro de la puerta a la caja que les corresponde. Otras veces frenan en seco y miran con decepción su papel, luego la pantalla, luego el papel otra vez. Ya es demasiado tarde y no les queda energía para pedir otro turno y repetir la operación en busca de mejor suerte.

Detrás mío hay un papá con su hija. La niña habla animadamente de una infinidad de temas sin transición alguna entre uno y otro. El papá la escucha y corrige su pronunciación, paciente pero firme. Tran. Tran. S. S. Trans. Trans. Transportar. Tranksportar.

La lectura me transporta (¿tranksporta?) a mi adolescencia, a las vacaciones en la finca de mi abuelo sin más opciones de entretenimiento que un par de libros de Asimov y un montón de Selecciones del Reader’s Digest. Me quedaba horas en la hamaca leyendo. Ahora me pregunto qué hacía mi hermana mientras yo leía. Cuando nos acompañaba mi primo el tipógrafo, la lectura pasaba a un segundo plano y los tres nos dedicábamos a buscar caminos y recorrerlos para ver adónde nos llevaban mientras jugábamos a que éramos científicos exploradores. Detesto haber perdido el contacto de mi primo el tipógrafo.

De repente estoy a cinco turnos de que me llamen y ya no me puedo concentrar en el libro. Muchos portadores de papelitos han claudicado ya y el banco ha quedado casi vacío. Ahora la voz computarizada que anuncia nuestros números los va saltando rápidamente al notar los cajeros que aquellos clientes ya no llegarán. Toca poner mucha atención y brincar apenas digan “H155” como si de un bingo se tratara, no sea que me confundan con otro turno perdido.

Cavorite dice que ser adulto es hacer vueltas porque ya nadie las va a hacer por uno. Salgo del banco como si nada, como si no hubiera pasado quién sabe cuánto tiempo esperando para hacer una operación brevísima, y me dirijo al supermercado. De allí emerjo poco después arrastrando una caja gigante de cereal. La definición de Cavorite es muy cierta, pero desde hace unos años yo tengo una adicional: ser adulto es ganar plata para luego tener la libertad de comprarse con ella todo un kilo de Corn Flakes.

Un romance adolescente en Colina Campestre

Colina Campestre es un barrio al norte de Bogotá donde vivía un montón de gente de mi colegio. Antes constaba de unos cuantos conjuntos rodeados de potrero infinito, pero ahora de campestre no tiene nada. Mi amigo Changhee dice que Colina Campestre es un sitio muy propicio para los romances adolescentes. Puede que tenga razón: mi primer beso fue justo en ese barrio.

Una amiga me invitó a su fiesta de cumpleaños una noche de octubre, cuando yo tenía dieciséis años y estaba estrenando mi nueva cara: sin acné, sin brackets y sin gafas. Desde nuestras sillas Rimax alguien me señaló a un tipo sentado al otro lado del salón comunal. No me pareció nada feo. Tenía una naricita puntuda que me gustaba mucho. (Curiosamente, ese tipo de narices ya no me suscita el menor interés.) Era bastante más bajito que yo, pero eso solo lo llegaría a constatar después. El chico era amigo de internet de otra amiga que también estaba en la fiesta; intercambiaban mensajes y fotos, pero todavía no se conocían personalmente. No sé por qué me lo presentaron a mí en vez de a ella.

El recién conocido arrimó una silla blanca frente a mí y nos pusimos a hablar. Pronunció mal una palabra. Seguro me burlé y lo corregí. Se me ocurrió presentárselo a mi amiga, quien (yo suponía) tendría interés en tenerlo frente a frente por fin. Sin embargo, ella se molestó conmigo: me pegó un “gato” (golpe dado con el puño que imita el movimiento de la pata delantera de adivinen qué animal) en el brazo, recriminándome mi inoportuna actuación como Celestina, y se fue. Me pregunto qué tan noventero es el recuerdo de que a uno le hayan pegado gatos. El caso es que quedé con este interlocutor para mí sola, y la charla fluyó libremente.

Nos salimos del salón comunal y seguimos la conversación al borde de una gran matera. Yo, que nunca sé de qué hablar con la gente, me puse a disertar sobre las constelaciones. Tauro se veía bastante bien. Ahí estaban las Pléyades, que me gustan porque —en la noche contaminada de luz— uno no sabe bien si las está viendo o no.

—Qué bonitas estrellas— dije.

—Qué bonitos cables— respondió.

Detrás nuestro se levantaba la inmensidad del potrero como un gran muro negro. Me levanté y avancé un par de pasos, con la mirada fija en el cielo. Él me siguió, se paró al lado mío y muy sutilmente puso su mano detrás de mi mano, de tal manera que se tocaran. Al constatar que yo no me retiraba, pasó a rodear mi cintura. Entonces nos terminamos de acercar.

“Ah, ¿es esto?”, pensé durante el beso. La sensación no me pareció gran cosa —no fue culpa de él, estoy segura de que fue un beso decente— pero no hice nada por detenerlo las dos veces siguientes que interrumpimos nuestra caminata a un costado del conjunto.

Yo no tenía idea de qué hacer después de retirar mi cara de la suya y solo se me ocurrió apoyar mi cabeza en su hombro. Recordemos que él era más bajito que yo, así que esto no es la típica escena de las películas donde la mujer se recuesta en el pecho del hombre mientras bailan despacio, o al menos mejilla con mejilla. Mi mentón quedó perchado sobre su hombro un rato y yo quedé medio agachada. Luego reanudamos la marcha. Cuando llegamos al final de la cuadra, pasó por ahí una camioneta de la policía y recordamos que esto era Bogotá y de pronto era mejor dejar de deambular por las calles. Entonces volvimos a la fiesta como si nada.

Ayer fui con mis papás a un nuevo centro comercial allá en Colina. A la salida me di cuenta de que nos encontrábamos justo a las afueras de aquel salón comunal. El potrero había desaparecido. Yo acababa de comprar pijamas dentro de su reemplazo.

Dos años después de la fiesta, cuando estaba a punto de graduarme del colegio, el chico y yo nos cuadramos (fijo esta expresión pasó de moda con el Y2K). A mí me encantaba ser una de esas niñas que tenían a alguien al que podían mencionar todo el tiempo, llevar a las reuniones como “miren, no vengo sola” y escribirle e-mails desde un café internet carísimo y lentísimo en la excursión de grado. No obstante, yo odiaba la palabra que describía nuestra situación (por cursi) y me refería a él como “mi asociado”. Tres meses más tarde, me fui a vivir a Iowa y en un asado en medio de la nada conocí a mi segundo novio. Tuvo que pasar un par de años para que el chico y yo volviéramos a ser amigos. Ahora él está casado y esperando una hija. Nos vemos mucho menos de lo que quisiéramos. Nunca hablamos de esa noche.