Archive for the 'reminiscencias' Category

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El vestido de Hoi An

Ayer me puse un vestido que mandé hacer en Hoi An, un pueblito de Vietnam famoso por sus sastrerías y botes de colores. El vestido está descosido por un lado, pero siempre se me olvida eso y termino dejándome puesta la chaqueta encima para que no se vea el hueco sobre mis costillas.

Es un vestido extraño. Empezó como una muy mala reproducción de la foto de un catálogo, pero a falta de tiempo para exigir más revisiones tuve que recibirlo en su segunda versión porque era eso o irme para el siguiente pueblo sin vestido y sin plata. Las modistas se pusieron muy contentas cuando por fin lo acepté. Ahora pienso —o tal vez desde ese momento siempre he pensado— que debí haberme mandado hacer otra chaqueta en vez de ese adefesio. De todas maneras, es un adefesio en el que me veo bien (o eso dice mi madre, al menos).

Este pedazo de tela suave y deforme tiene la propiedad de enviarme a momentos que no tienen valor sentimental, como la fila para pagar en un supermercado en Medellín o el momento de subirme a una van en una esquina de mi barrio en Tsukuba. También me la llevé de compras a Tokio antes de Navidad, pero eso no lo recuerdo yo sino mi cámara.

No sé si esta reflexión venía al vestido en sí o a que me sorprende un poco todo el tiempo que ha pasado desde el viaje a Vietnam. O a que quisiera volver allá. O a que quisiera irme lejos. Como si no hubiera regresado de lejos hace apenas dos días. Como si no me fuera a volver a ir lejos dentro de poco. Como si no existiera nada lo suficientemente lejos para encontrarme de nuevo.

Aceitunas

De las aceitunas me gusta todo, incluyendo la palabra. Aceituna. La sola palabra da hambre. En 2010, Yurika me llevó a Shodoshima, una islita en el Mar Interior donde las calles estaban bordeadas de olivos. Bajamos un par de aceitunas de un árbol y las probamos. Eran amargas. Es increíble cómo esas bolitas incomibles se convierten en el mejor manjar que un frasco pueda contener. Negras, kalamata, verdes. Rellenas de pimentón, de anchoa, de salmón, de queso, de pepas. En el Strip District de Pittsburgh hay una tienda de todoslosquesosdelmundo donde además tienen baldados de aceitunas de todo tipo para que uno se sirva las que quiera. Cavorite llena un recipiente de plástico con esas perlitas y luego se las echamos a la ensalada. Qué felicidad.

En estos días estoy trabajando para un vendedor de aceitunas californianas. Es un poco duro porque el señor llega a la reunión de negocios y de repente saca un montón de frascos y latas y yo quisiera abrirlos ahí mismo y comérmelo todo todo. Si pudiera acabaría hasta con las rodajitas negras, esas que los tacaños de Subway en Japón tenían la delicadeza de contar mentalmente cuando uno pedía. Hay un total de 4 rodajitas de aceitunas negras en cada sándwich de Subway pedido en sucursales japonesas, máximo 5.

Recuerdo que Yazan, el sirio de mi clase de japonés, me trajo una vez un frasco de aceitunas saladas del olivar de su casa. Fueron un tesoro maravilloso que perdí en la mudanza a Tsukuba. A veces no es bueno dosificar las viandas.

El señor con el que estoy trabajando está casado con una griega. Yo le cuento que mi mamá estuvo en Grecia dos veces y nos trajo un montón de aceitunas. Quisiera que volviera allá para que nos trajera más. Claro que podríamos ahorrarnos lo de los pasajes aéreos de mi madre si el señor me entrega ahora sus frascos. O podría, mientras el señor termina de concretar sus negocios con los dueños de las grandes superficies, bajarme de estos tacones que ya me tienen las piernas temblando de dolor y correr a un supermercado a premiarme con aceitunas, aceitunas, aceitunas. No serán tan ricas como las que compra Cavorite o las que me dio Yazan, pero algo es algo. De solo pensarlo ya siento la felicidad.

Encuentro de dos yos en una biblioteca

—Su última afiliación se venció en 2006.

Todos esos años habían pasado desde la última vez que estuve en la Biblioteca Luis Ángel Arango. El paso del tiempo era de cierto modo obvio: salvo por la entrada y la salida, yo no reconocía absolutamente nada en el edificio. La zona de afiliación quedaba en otro lado, los computadores eran distintos, había un café al final del primer piso. Sin embargo, durante mi breve estancia en el recinto fueron aflorando otros detalles que me confirmaron que este año era este año y no otro año, que ahí estaba esta yo y no la yo de antes. Y que entre las dos había un abismo enorme.

Mi papá me afilió a la BLAA para evitar el enorme gasto en libros que me traería el estudiar literatura. Me compró el libro de introducción a la teoría literaria, que fue el primero que me pidieron, y hasta ahí llegó. Mi pobreza de estudiante me obligaba a aceptar el hecho de que en cuatro años leería mucho, pero ningún libro sería mío. La única excepción es una copia defectuosa de la edición de la RAE de Don Quijote de La Mancha que compré con mis ahorros en preparación para una clase dedicada exclusivamente a este libro, clase que no llegué a tomar porque en vacaciones llamé al Icetex y me dijeron que había pasado la primera ronda del proceso de selección para una beca del Ministerio de Educación japonés.

(Nota al margen: detesto mi Don Quijote desde el día que lo compré porque tiene una arruga en el lomo. Me parece un descuido de mi parte haber elegido un libro con un desperfecto tan obvio, aunque también pudo haber sido un accidente posterior a la compra. Ahora que lo pienso, pobre libro. Merece cariño con su cicatriz y todo.)

La BLAA me vio llegar una tarde con un hombre alto y calvo que me había regalado medio melocotón tras encontrarme leyendo a Maquiavelo en una banca. El sujeto, un estudiante de física de otra universidad, había aparecido para poner a tambalear el orden de mi vida: la relación a distancia que venía manteniendo hasta ese momento se me antojó insulsa de repente en comparación con sus anécdotas anacrónicas. Entonces lo dejé tomarme de la mano en un café, lo dejé mirarme como me miraba, le reproché el haberlo arruinado todo. La biblioteca se convertiría en uno de nuestros destinos habituales en las tantas caminatas por el centro que constituirían la cotidianidad de nuestro amor.

Pero esta vez, este año, no estaba con él. Ya ni recuerdo cómo se siente besar a alguien más alto que yo. El pasado se hizo tangible en esa ausencia, en el subir una rampa de un salón a otro sin parar a leer el tablero de quejas y sugerencias. Entre ese él y la yo de ahora había mares de distancia, pero la biblioteca no los había alcanzado a ver. Aquí se entendía como un corte abrupto, una cinta rota y vuelta a pegar con escenas faltantes.

Tras hacer efectiva mi nueva afiliación, pasé por una mesa de libros en descuento. No sabía bien cómo llegar al otro extremo de la edificación para salir, así que me detuve un momento antes de buscar un letrero de ayuda. La yo de antes se limitaba a pasar saliva frente a las carátulas de Anthony Browne, consciente de que la mesada no daba para tantos lujos y los incentivos para volver a dibujar tendrían que esperar. Esta vez intenté mirar los libros con la misma cautela de antaño, pero esa ya no era yo. Quiero este y este y este y este y este otro. Y dibujar no se pone en duda. Bolsa en mano, recordé de repente cómo llegar a la puerta de salida. Ya me ubicaba perfectamente en mi viejo mapa interno del edificio, aunque sabía que ni este ni yo éramos los mismos. Fue como trazar las mismas líneas de un esbozo antiguo para dar con figuras completamente nuevas.

Me fui de la biblioteca pensando en lo que vendría ahora. Más viajes al centro, aunque sin caminatas románticas. Más lecturas, ojalá, pero todas radicalmente distintas de las obligaciones que me habían llevado allí años atrás. Compré una bolsa de bolitas de tamarindo en la tienda donde siempre solía parar y seguí mi camino.

La Nuez Dulce

Las mañanas bogotanas de mi infancia —más exactamente entre los tres y cuatro años— se parecen mucho a la de hoy: oscuras y llenas de nubes superpuestas como paletas desordenadas de grises. En ese entonces había guantes y bufandas y un chaleco de bayeta bajo el uniforme. También había una bahía de parqueo en la que mi vecina y compañera de colegio y yo jugábamos a imaginar que nadábamos mientras esperábamos a que nos recogiera el bus. Ella luego caía dormida por el camino y su cabeza rebotaba de un lado a otro como aguja de metrónomo.

Mientras tanto, en el extremo opuesto de la ciudad, había una ardilla. No era una ardilla de verdad sino la silueta de una, congelada en el acto de comer al lado de un rectángulo: “LA NUEZ DULCE”. La ardilla y sus letras dominaban una enorme pared vacía al pie de los cerros. A juzgar por el estilo del aviso, el lugar que anunciaba —una puertecita a través de la cual no se veía casi nada— me precedía por muchos años. Mi fascinación infantil con las ardillas y el diseño comercial de los 70 dictaminaba que ese era un lugar que yo debía visitar. Pero no. Nunca les dije nada a mis papás y nada nos acercaba a ese punto. Pasó el tiempo. Cambié de colegio y dejé de ver a mi vecina.

Crecí. La ciudad cambió. Las bolsas de Cafam dejaron de traer el dibujo de un niño descalabrado con un anuncio ya no recuerdo de qué. Colsubsidio de la 26 se modernizó y pasó de ser un lugar mágico con túneles en el acceso a la juguetería, flechas gigantes en las escaleras, un jardín artificial en la sección de jardinería y grandes gotas de vidrio llenas de burbujas o vapor a la entrada de la la librería a convertirse en otro supermercado más. La Nuez Dulce, empero, siguió ahí, intacta. Lo poco que se podía adivinar de su interior se fue volviendo más intrigante a medida que se alejaba de la actualidad. Yo seguía sin tener cómo ni por qué detenerme por ahí. Iba y venía por la avenida, siempre pendiente de que la ardilla no hubiera desaparecido, consciente de que alrededor de esa puerta enigmática nunca habría nada para mí.

Sin embargo, no estaba del todo en lo cierto. Ayer me mandaron a trabajar en un lugar a una cuadra de aquel muro gris. A la hora del almuerzo salí del sitio y me puse a caminar distraídamente hacia el sur. Entonces apareció: La Nuez Dulce. Nunca había tenido la ardilla tan cerca. Le eché una ojeada desde afuera, pero los muebles oscuros de quién sabe qué edad no me decían nada. Entré. Era una tiendita bastante espaciosa —tendiendo a vacía— con cajas de cereal y frascos de chutney de mango en la misma estantería. Miré nerviosamente a mi alrededor, escudriñé sin detenerme demasiado en nada, observé las pailas de cobre y jamones (¿de plástico?) colgados del techo a lo largo del mostrador. Salvo por los productos, el lugar estaba efectivamente congelado en el tiempo. Tomé un jugo de cajita como por no entrar y salir tan bobamente y lo puse al lado de la caja registradora. Esperaba sacar de ahí algo más exótico, la verdad. La tendera, una viejita que describiré como ‘muy querida’, me habló con la familiaridad que se permiten los que viven en esos edificios de apartamentos enormes en ese lado del cerro. Quise decirle que había soñado toda la vida con venir a este lugar, que quería saber desde hace cuánto funciona, pero apenas emití fórmulas de cortesía. Salí un poco derrotada. No obstante, estaba feliz.

“Cuando Cavorite venga, lo voy a llevar”, pensé mientras me alejaba, sorbiendo el jugo de mora.

鹿の角

Lo bueno de que hoy hace un año haya aterrizado en Colombia es que las conmemoraciones ya se hacen más distantes e innecesarias. Y bueh, es que mañana se cumplen seis años de haberme ido a fritarme la cabeza entre los arrozales. Pero ya no estoy allá. Todo ha cambiado mucho. Ya no importa. O sí importa porque ahora sueño que les cuento a unos japoneses que me atacó un ciervo y me pude defender de sus cuernos con una ahuyama. Pero no recuerdo cómo se dice “cuerno” en japonés y los japoneses en mi cabeza no me saben dar razón. Es “tsuno”, para futuras referencias.

The Ides of March

Hace un año cogí un tren bala a Kioto. Allí me despediría de María Lucía, tomaría un tren a Kobe y ahí un avión a Nagasaki. El plan era escribir sobre ese último viaje en solitario antes de graduarme y volver a casa. Algo alcancé a hacer. Primer capítulo de una serie que no tuvo más entregas.

Ya dio vuelta la espiral. Estoy en el mismo punto de partida pero un paso más alejada de todos los lugares que este mes ha contenido en calendarios pasados. Una playa. Un tren. Un túnel. Ciruelos en flor.

Qué diferencias tan grandes entre 2009, 2010 y 2011. Y entre estos tres años y el aburrimiento de 2012. No me gusta que todo se desvanezca así. Me entristece saber que estoy cada vez más lejos de allá, de todos los allás que he tenido. Me veo anclada en este escritorio y me aterra imaginarme así de quieta por siempre.

Necesito un plan de escape.

いちご

Hace un año regresé de Bangkok a Tsukuba. Estaba muy enferma. La noche anterior me había comido el único pad thai de lo que quería ser un viaje gastronómico pero resultó en un camarote frente a un intoxicado austríaco. Pero creo que de esto ya he hablado; nunca sé qué le he contado a quién y mis amigos se arman tener paciencia y me dicen “sí, eso ya me lo contaste”. Cada vez que oigo eso me siento como de noventa y seis años. “Sí, abuela”.

Debe estar haciendo frío en Japón. Pienso en eso todo el tiempo. Pienso en los ciruelos florecidos que ya no puedo ver. Y en las fresas. Debe haber fresas de todos los tamaños y precios en los supermercados. Los ponen en cajitas transparentes encima de cajas grandes de cartón, blancas con letras rojas: いちご (“ichigo”). Era rico comer fresas con leche condensada. Mi mamá habla de las fresas como si fueran cualquier cosa; están ahí en la tienda y ya. Pero en Japón son especiales. Son frutas de invierno, de invierno nada más. Uno ve las fresas y sabe que hace frío afuera. Y entonces las chocolatinas vienen con sabor a fresa, y la leche y el mochi con fríjol. Chocolatina Meiji 70% fresa. Todavía me quedan algunas que traje y dejé olvidadas por ahí. Ahora deben saber a plastilina.

“Ichigo” también se escribe en kanji: 苺. Es un kanji peculiar, me parece a mí, porque contiene el radical de hierba (la rayita cruzada dos veces de arriba) y el caracter de “madre” (母). ¿Será la fresa la madre de las frutas?

Odio lo que escribo.

TGV

Temíamos no despertar a tiempo, pero el mismo temor nos hizo saltar de la cama ante el pitido de la alarma. La Gare Cornavin se sentía lejos aunque en realidad no lo estaba tanto. Con el tranvía aún en descanso, arrastramos las maletas por toda la Rue de la Servette en la oscuridad de la madrugada. Quisiera recordar con exactitud el recorrido, mas nunca logré hacer un mapa mental de aquella vía.

Nos quedamos dormidos en el tren al instante pese a la incomodidad de los puestos. Por un momento abrí los ojos y vi un destello de ámbar derramándose sobre una superficie sinuosa de color verde oscuro salpicada de sombras alargadas. Esos colores solo los había visto antes en los museos. Ahí entendí la existencia de los impresionistas: una luz así tenía que ser grabada a como diera lugar. Pero yo no tenía más que un cerebro confuso, y toda la belleza del mundo no pudo evitar que los párpados se me cayeran como losas. La revelación no habría durado más de un minuto. Cuando volví en mí, el delirio había abandonado por completo el paisaje. Entonces llegamos a París.

2011

Nara – Osaka – Tokio – Bangkok – Saipán – Nagasaki – Kobe – Kioto – Tsukuba – Bogotá – La Dorada – Buenos Aires – Nueva York – Bogotá – Buenos Aires – Valparaíso – Viña del Mar – Santiago – Lima – Bogotá.

En general no fue un año muy feliz que digamos. Ahora me falta un abuelo, y encima se me acabó Japón y no me pude despedir. Pero bueno, también tuvo sus partes rescatables. Me gradué —sin ceremonia pero con hakama—, viajé, viajé, viajé, viajé y viajé, lloré con Madama Butterfly —y su tierra me acogió en el peor momento de mis cinco años de vida nipona—, hice realidad mi sueño adolescente de conocer una isla casi inalcanzable (¡donde los niños tocan ukulele en el colegio!), tuve encuentros bonitos y pasé una temporada más o menos larga conociendo Chapinero con Cavorite. Ahí hay buenos recuerdos para compensar, al menos, aunque la tristeza no halla una manera de desaparecer del todo. Ahora no veo nada en el futuro, entonces qué más da que llegue el año nuevo.

3/11 – 11/3

El 11 de marzo de 2011 vi el primer cerezo en flor del año. Fue en Nagasaki, en una colina llena de casas antiguas entre cuyas puertas abiertas se colaba el viento marino con el eco de “Un bel dì, vedremo”. Era un día soleado y perfecto. Yo estaba planeando una serie de textos sobre los viajes del último mes y este era un bonito culmen: tulipanes, el mar difuminado entre las montañas, Madama Butterfly, aquel único cerezo en flor.

Después de mucho deambular por caminos empinados llegué a Dejima, la isla artificial que representaba el único contacto directo entre Japón y el extranjero hasta la era Meiji. Ya estaba cansada y aburrida de ver salones con muebles antiguos que a mí me resultaban muchísimo menos exóticos que al turista japonés promedio, así que tomé asiento en una sala de proyecciones al final de una exhibición sobre la historia del azúcar y abrí Twitter en el celular. Había un montón de mensajes para mí: querían saber cómo estaba yo. Estaban preocupados. ¿Qué había pasado?

En este momento, rememorando, lo que me impresiona es encontrar una foto tomada por mí a la hora en la que estaba temblando. Es obvio que la imagen no muestra nada fuera de lo normal, si yo estaba a mil kilómetros de Tsukuba. Es una mala foto, incluso. Un edificio antiguo de ladrillo y una mujer con una bolsa de compra revisando su celular. Feo ángulo, sobreexpuesta. No sé por qué quise recordar precisamente esa escena, aunque tampoco tiene ninguna conexión con lo que estaba ocurriendo en ese momento al norte de mi casa sin que hubiera manera de percatarme. Bien podría no haber tomado ninguna foto y seguir derecho por esa calle en busca de más lomas para explorar.

El sol de la tarde no perdió su brillo cuando Azuma me contó por teléfono que no pasaría la noche en nuestro edificio por el posible riesgo de colapso, pero fue el fin del tour por Dejima. Caminando un poco sin rumbo pero automáticamente volviendo al hotel hice un par de llamadas. Quise avisarles a mis padres antes de que llegara la ola de pánico que yo no estaba allá y, por consiguiente, estaba bien. Fue tan inútil como las barreras de contención que se desmoronaron bajo la primera embestida del tsunami en los pueblos desaparecidos.

Llegué al ryokan. Algo comenté con el dueño en recepción. Subí al cuarto. Prendí el televisor. El paisaje era familiar aunque no hubiera estado allí nunca. Y el agua se lo estaba comiendo todo.