Archive for the 'love or lack thereof' Category

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Distant Radio

Masayasu llegó de Japón con una bolsa llena de postales. Las examiné aprisa. Como un satélite que se aleja de la Tierra y va captando ondas de radio de otras épocas, las postales me llevaron cada vez más lejos en mi propia historia. Las antiguas promesas, la cotidianidad perdida, lo que iba a ser y ya no fue; todo estaba ahí congelado en la vigencia de la tinta. El satélite recibe transmisiones que dicen “hoy”, pero basta un vistazo en dirección al planeta de origen —¿aún se alcanza a ver desde este punto?— para constatar que ese hoy no tiene ya nada que ver con este momento. Seguí pasando las hojas hasta que de pronto llegué a la frontera, a un amor viejísimo al principio de todo. Sentí ruido blanco en mi cabeza. Por un momento entendí la felicidad de los astrofísicos.

Notas (catorce de marzo)

Este es un post donde no pasa nada. En este post llega un nuevo papa, yo tejo y destejo cual Penélope, Google Reader se acaba —decida usted si abandonará este blog a falta de lector de feeds para seguirlo—, Misaki lleva collar isabelino por culpa de una herida que se hizo en el lomo, y no sé qué más.

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Ayer nos encontramos un pájaro maltrecho en el antejardín de la casa. No era grave, solo le faltaban unas plumas en el ala. Misaki lo olisqueó pero no le hizo nada. Me acordé del video del pitbull que descansa junto a un conejito y otros animalitos tiernos. Le dejé un pedazo de mango pero creo que prefirió picotear el mirto.

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Qué extraño es encontrarse un post donde alguien habla de uno como una posibilidad y constatar al momento de leerlo que esa posibilidad se abandonó poco después. Más extraño aún es seguir avanzando por la línea de tiempo de esa época y saber (desde aquí, desde el futuro) que la irónica brevedad de aquel viejo encuentro —hablar de un prometedor comienzo a la hora del final— no fue tampoco algo absoluto y determinante, la última tristeza, la condena a la soledad, porque poco después empezó otra historia. La continuidad de la vida es sorprendente.

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Me gustan las postales. ¿A usted también? Escríbame a kite arroba olaviakite punto com y deme su dirección. A vuelta de correo recibirá un breve mensaje acompañado de un dibujito en un rectángulo de cartulina de esos que traen una ilustración impresa detrás.

Wir haben viel für einander gefühlt

Mucho hemos sentido el uno por el otro,
sin embargo tuvimos una exacta armonía.
A menudo jugamos a ser un matrimonio
sin que tener sufrir ni tropiezos ni riñas.
Nos divertimos juntos, gritamos con jolgorio,
nos dimos dulces besos y nos acariciamos.
Al final decidimos, con infantil placer,
jugar al escondite por los bosques y campos.
Así hemos logrado escondernos tan bien
que luego nunca más hemos vuelto a encontrarnos.

—Heinrich Heine, Libro de los cantares. Traducción de Andrés Neuman, El viajero del siglo.

Crónica de oootro adiós

Madrugué. Tenía los ojos lo suficientemente hinchados como para dificultarme la postura de los lentes. A las 5:30am llamé un taxi, a las 5:40 llegó, me fui sin despedirme de nadie y a las 5:50 ya estaba en el aeropuerto. Hice la fila —que no era mi fila— cinco veces. Había una raya en el piso tras la que siempre aparecía una auxiliar de gafas gruesas a preguntar “cuántas maletas” y que marcaba el punto donde yo debía devolverme a empezar la espera de nuevo porque no me gusta decirle a la gente “pase, pase, pase” durante quién sabe cuánto tiempo. Él llegó a las 6:20, justo a encontrarme tras la raya y con la señora lista para preguntarnos si registraría solo una maleta, que si él era residente y que si no era residente entonces qué hacía allá. Se miraron raro la señora y él hasta que interrumpí: “es estudiante”.

En la fila apareció una niña que estudió conmigo en el colegio y que ahora vive en otro país. Digo “niña” porque a las del colegio siempre las llamaré así, pero en realidad era una ejecutiva de mirada impaciente y paño negro sobre los jeans. Quise saludarla porque me caía muy bien pero recordé que la gente del colegio no suele reconocerme ahora. Me limité a mirarla hasta que terminó la espera del check-in.

Desayunamos en uno de los dos restaurantes que tiene el aeropuerto. Tres si contamos esa extraña tienda de lácteos. Nada tiene sentido en ese terminal. Parece un centro comercial de lujo sin ninguna tienda útil y del que coincidencialmente salen aviones. Después de comer nos despedimos con el beso breve de quien se va y vuelve ahorita.

Aquí —volviendo a la casa, diciendo otra vez adiós pero por teléfono, lagrimeando un poco al preguntarme mi mamá cómo me fue— debería hablar de la ausencia desgarradora, del vacío. Debería sentir todo eso, de hecho; incluso me preparé para ello. Me puse a ver Annie Hall como para sincronizarme con la pérdida de Alvy Singer, pero en la mitad de la película apareció él en forma de texto.

—¿Houston?— pregunté.
—Y no tenemos ningún problema—, respondió.

La verdad es que lo más apremiante era el sueño.

Back in San Francisco, Day 1: Castro

La última vez que vine a San Francisco, hace nueve años y medio, empecé a hacer un diario de viaje muy detallado que no terminé. De hecho, solo escribí el día 1. Es más, ni siquiera era tan detallado, sino que se deshacía en florituras y me cansé de intentar describir de manera fantástica el que había sido, hasta entonces, el mejor viaje de mi vida. O me pudo la desidia, yo qué sé. En fin. Esta semana San Francisco me volvió a llamar por casualidad, más bien de afán, y yo decidí que esta vez sí haría un diario de viaje completo. Entonces empecemos.

Nuestro primer destino en la ciudad fue Castro. Con Castro yo tenía una deuda enorme porque en mi anterior visita mi compañero de viaje y yo éramos unos ignorantes totales de esos que se juran muy ‘normales’ y esa otra gente huyuyuy. Uno ni siquiera sabe qué piensa de verdad al respecto porque no sabe nada pero igual huy, mire a ese señor con falda y a esas barbies con dildos, huy. En esa época yo creía además que era frígida, así que estamos hablando de un total desconocimiento de la sexualidad humana. Cuando haya máquinas reproductoras de la realidad de otros tiempos procuraré que la gente no me vea ahí.

Pero bueno, afortunadamente en nueve años pasan muchas cosas, como que uno cuestione su lugar en la escala de Kinsey (y se muera de miedo), le dedique un buen rato a los estudios de género y haga amigos entrañables que resulten saliendo de toda clase de clósets. Entonces, otra vez, Castro.

Es muy emocionante salir del metro al Harvey Milk Plaza y ver no solo el GLBT History Museum sino cada vitrina de aquellas calles como testimonio de victoria en una lucha que aún se halla muy lejos de su fin. Vimos pasar hombres mayores por ahí, los vimos sentados en los cafés y los bares, y nos preguntamos qué historias tendrían para contar. Me dio tristeza pensar que en Bogotá me toca escoger entre callar este tema o arriesgarme a recibir comentarios horribles de la gente ‘normal’, tan facultada como está para decidir quién merece dignidad y quién no. Y encima están los malditos chistes de la radio, la radio esa que suena en todos los taxis y todos los buses y que le dice a la gente que está bien burlarse de las mujeres y de los hombres que parecen mujeres porque les gustan otros hombres. No puedo creer —pensé mientras caminaba por ahí— que haya tantas personas dispuestas a arruinarles la vida a otras por quererse o por intentar cuadrar lo que sienten con lo que ven en el espejo. Es culpa de la maldita ignorancia y la necesidad de ser ‘normal’ a toda costa. Lo sé por todo el tiempo que pasé tratando de negar que a mí me gustaban también las mujeres.

Nos fuimos alejando hacia Dolores Park. Pensé en mis amigos, en los puntos del planeta donde no han podido estar tranquilos por ser como son. Quise escribirles a todos y decirles que hubiera deseado estar con ellos aquí en Castro.

Encuentro de dos yos en una biblioteca

—Su última afiliación se venció en 2006.

Todos esos años habían pasado desde la última vez que estuve en la Biblioteca Luis Ángel Arango. El paso del tiempo era de cierto modo obvio: salvo por la entrada y la salida, yo no reconocía absolutamente nada en el edificio. La zona de afiliación quedaba en otro lado, los computadores eran distintos, había un café al final del primer piso. Sin embargo, durante mi breve estancia en el recinto fueron aflorando otros detalles que me confirmaron que este año era este año y no otro año, que ahí estaba esta yo y no la yo de antes. Y que entre las dos había un abismo enorme.

Mi papá me afilió a la BLAA para evitar el enorme gasto en libros que me traería el estudiar literatura. Me compró el libro de introducción a la teoría literaria, que fue el primero que me pidieron, y hasta ahí llegó. Mi pobreza de estudiante me obligaba a aceptar el hecho de que en cuatro años leería mucho, pero ningún libro sería mío. La única excepción es una copia defectuosa de la edición de la RAE de Don Quijote de La Mancha que compré con mis ahorros en preparación para una clase dedicada exclusivamente a este libro, clase que no llegué a tomar porque en vacaciones llamé al Icetex y me dijeron que había pasado la primera ronda del proceso de selección para una beca del Ministerio de Educación japonés.

(Nota al margen: detesto mi Don Quijote desde el día que lo compré porque tiene una arruga en el lomo. Me parece un descuido de mi parte haber elegido un libro con un desperfecto tan obvio, aunque también pudo haber sido un accidente posterior a la compra. Ahora que lo pienso, pobre libro. Merece cariño con su cicatriz y todo.)

La BLAA me vio llegar una tarde con un hombre alto y calvo que me había regalado medio melocotón tras encontrarme leyendo a Maquiavelo en una banca. El sujeto, un estudiante de física de otra universidad, había aparecido para poner a tambalear el orden de mi vida: la relación a distancia que venía manteniendo hasta ese momento se me antojó insulsa de repente en comparación con sus anécdotas anacrónicas. Entonces lo dejé tomarme de la mano en un café, lo dejé mirarme como me miraba, le reproché el haberlo arruinado todo. La biblioteca se convertiría en uno de nuestros destinos habituales en las tantas caminatas por el centro que constituirían la cotidianidad de nuestro amor.

Pero esta vez, este año, no estaba con él. Ya ni recuerdo cómo se siente besar a alguien más alto que yo. El pasado se hizo tangible en esa ausencia, en el subir una rampa de un salón a otro sin parar a leer el tablero de quejas y sugerencias. Entre ese él y la yo de ahora había mares de distancia, pero la biblioteca no los había alcanzado a ver. Aquí se entendía como un corte abrupto, una cinta rota y vuelta a pegar con escenas faltantes.

Tras hacer efectiva mi nueva afiliación, pasé por una mesa de libros en descuento. No sabía bien cómo llegar al otro extremo de la edificación para salir, así que me detuve un momento antes de buscar un letrero de ayuda. La yo de antes se limitaba a pasar saliva frente a las carátulas de Anthony Browne, consciente de que la mesada no daba para tantos lujos y los incentivos para volver a dibujar tendrían que esperar. Esta vez intenté mirar los libros con la misma cautela de antaño, pero esa ya no era yo. Quiero este y este y este y este y este otro. Y dibujar no se pone en duda. Bolsa en mano, recordé de repente cómo llegar a la puerta de salida. Ya me ubicaba perfectamente en mi viejo mapa interno del edificio, aunque sabía que ni este ni yo éramos los mismos. Fue como trazar las mismas líneas de un esbozo antiguo para dar con figuras completamente nuevas.

Me fui de la biblioteca pensando en lo que vendría ahora. Más viajes al centro, aunque sin caminatas románticas. Más lecturas, ojalá, pero todas radicalmente distintas de las obligaciones que me habían llevado allí años atrás. Compré una bolsa de bolitas de tamarindo en la tienda donde siempre solía parar y seguí mi camino.

Perogrullada

Enamorarse es muy fácil; lo verdaderamente difícil es hacer algo al respecto.

Pittsburgh (anotaciones)

(No sea que se me olvide.)

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El apartamento donde vivía Cavorite queda justo encima de un garaje donde el dueño guarda sus autos antiguos de carreras (que funcionan y compiten en Schenley Park en julio). Cada vez que los veía pensaba en el intro del Show de la Pantera Rosa.

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Encontramos un supermercado temático de finales de los años 60. Podríamos ubicar perfectamente el Show de la Pantera Rosa y La fiesta inolvidable de Peter Sellers entre sus estanterías de madera con cajas de cereal bien groovy.

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Me parece increíble que a alguien se le vaya a a ocurrir dárselas de muy chévere-trendy-hippie-hipster por consumir productos orgánicos. Se me hace que el sello “orgánico” no es más que una especie de “agradezca que no lo estamos llenando de tolueno que nos saldría más fácil”. Supongo que parte del precio viene del párrafo al respaldo del producto en las fuentes y colores de moda que le dice a uno que al comerse este cereal y no otro uno está ayudando a salvar el medio ambiente. El aire acondicionado a todo teque, el computador a la basura cada año pero este té ya me convierte en el Capitán Planeta. Somos tan impotentes en este mundo que tenemos que pagar por los huevos de gallinas no torturadas como si las criaran en el patio de un castillo con granitos de oro y encima sentirnos como si en vez de haber ido al supermercado hubiéramos pasado la tarde limpiando pingüinos grasosos.

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Me costó un montón hablar con los cajeros y demás desconocidos dispuestos a intercambiar chispazos de gracia en todo lado. No me nació fingir que los descuentos eran algo más que “oh, good” ni tuve ninguna observación aguda sobre el sabor del pan recién horneado. Yo solía ser más extrovertida en inglés que en español, pero esta vez me sentí como si hubiera tenido que hablar en japonés. El nudo en la garganta y la mente en blanco ahí, todo el tiempo. Apenas pude conversar sobre M&M’s con la cajera de Target. “M&M’s are something that shouldn’t be tampered with”, dijo con simpática desaprobación al ver mis paquetes de coco, menta y frambuesa. Era muy gorda y tenía marcas de algún tipo de irritación en la cara. Denotaba cierta torpeza al hablar aunque disfrutaba la charla, como si no tuviera muchas más oportunidades de departir con alguien salvo esos breves encuentros en la caja. Le dije que podría probar los M&M’s exóticos y si no le gustaban podría regalarle el resto a un amigo. Me dijo que no le gustaba compartir sus dulces.

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“You’re very lucky”, le un viejito muy viejito a Cavorite en un café al saber que yo había venido de muy lejos a visitarlo.

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I think we both are.

Plural

Temo que mis palabras no alcancen a abarcar el tamaño de este momento. Por eso no escribo. Sé que no las puedo hacer mostrar lo magno que es decidir (entre dos) cuándo se va a lavar la ropa (de dos), o quién (de los dos) va a hacer qué parte del desayuno (para dos). No sé cómo darles el significado tan enorme de despertarse y decirle buenos días a una persona que está unos centímetros a la izquierda; la misma que otrora estuviera en este mismo lugar pero a miles de kilómetros de distancia.

Después de muchos meses de simular presencias en una pantalla, puse un dedo arbitrariamente en el calendario para dejar de esperar y me lancé a dibujar estelas en el aire hasta una ciudad que de otra manera no habría llegado a conocer nunca. Vine para reteñir los trazos borrosos de un par de caras en una foto mental tomada en la estación de Tokio hace años. Vine para no creer que aquí estoy, que estamos.

Esto es apenas un pestañeo de lo que me gustaría que fuera, pero procuro tomármelo como si fuera a durar por siempre. Trabajamos en nuestras respectivas cosas, vamos de compras, montamos en bicicleta, turisteamos poco. Qué bien se siente vivir en plural.

Cliché

Aferrarse a una amistad como rezago de algo más grande que fue y jamás de los jamases volverá a ser ni a parecerlo. Aferrarse a algo que se ha denominado “amistad” pero consiste apenas en responder saludos esporádicos. Only speak when spoken to. Una audiencia eterna con el príncipe Naruhito.

Saberse una cabeza más en medio de la multitud. Desear fervientemente que por un momento la masa se disperse y algo lo haga resaltar a uno; que esa persona lo vea a uno ahí, sepa que uno esté ahí, aprecie que uno esté ahí. Entender que nunca será así.

Alejarse. No alterar en lo mínimo la corriente del gentío.